Reseña en marcha de José Luis Rey
José Luis Rey (Puente Genil, Córdoba, 1973) ha sacado en poco tiempo tres libros (Caligrafía de fuego, La familia nórdica y La prosa del soldado), que vamos a reseñar conjuntamente. Pero me gustaría hacer el experimento de hacerlo en marcha, progresivamente, quizá aprovechando para releer La luz y la palabra y buscar una explicación de la visión global de la poética de este autor, a mi juicio uno de los poetas jóvenes más inspirados y capaces de nuestro tiempo.
Pues comenzamos.
José Luis Rey
La familia nórdica; Visor, Madrid, 2006
mi lugar está lleno de futuro
J. L. Rey
En sus diarios madrileños, publicados bajo el título de La prosa del soldado, José Luis Rey (Puente Genil, Córdoba, 1973) explica las razones de su fascinación por Emily Dickinson en varias ocasiones. En una de ellas leemos lo que sigue:
Amo la poesía de Emily Dickinson porque en ella veo lo que tuve en la infancia: cuando llegamos a las puertas de la eternidad, ya no es posible retroceder. El misterio nos rodea como el agua. Y hay que saber el modo tranquilo de estar as if the chart were given. (2006:96)
Rey es un poeta generoso, fascinado por la obra de otros, pero no sólo por la de la poeta norteamericana, y aunque La familia nórdica se presenta como un poemario escrito tras la estela de Dickinson, habría que precisar esa consideración. Julián Jiménez Heffernan ha señalado en varios lugares, pero sobre todo en Los papeles rotos (2004) cómo los mejores poetas españoles han escogido una vía de la tradición hispana que suele garantizar buenos resultados estéticos: la canción lírica, ese poema “pequeño, claro, libre” con antecedentes en la poética renacentista y que, a través del Barroco y resistiendo el embate de la poesía mística, logró vía Juan Ramón Jiménez insertarse, gracias a Lorca, Cernuda y Valente (pero también gracias a Aleixandre o Gimferrer y, de retorcidas maneras, gracias a Gil de Biedma y Gamoneda) en nuestra poesía reciente e incluso contemporánea. A este delgado hilo viene a unirse, claramente, José Luis Rey, que a pesar de construir La familia nórdica como un homenaje a Emily Dickinson, a quien está festejando, inconscientemente, es a esa línea patria y en especial a Juan Ramón (“cómo no iba yo a ver la casa de Juan Ramón Jiménez si me sabía sus poemas de memoria”; La prosa del soldado, p. 36). La poeta de Amherst está aquí, sí, pero lleva puesto un traje talar (admitamos ambos sentidos del término), y por más que intenta quedarse desnuda de no sé qué ropajes, la pureza de La familia nórdica se debe más al aliento de la poesía en castellano que al de la poesía en lengua inglesa, aunque Rey sea un experto conocedor de Dickinson, Eliot o Dylan Thomas. Es fácil observar cómo muchas estrofas de este libro comienzan con versículos para acabar siendo rematadas con versos de arte menor, como si Rey quisiera obligarse a un verso largo y nervioso, a lo Thomas, y no pudiese acabar más que en ecos lorquianos o juanramonianos: “y esto fue ser feliz: / tan sólo haberlo sido. Y esto fue / haber escrito la altura, / haber flotado en el tiempo”. O más claro aún, en los romances dispersos por el libro: “en el trigo de otro mar, / en la luz, que me esperaba, / en el oro que seremos / ha empezado la mañana”.
Siempre que me preguntan por quiénes son los mejores poetas nacidos con anterioridad a 1970, me salgo por la tangente aludiendo al gran número y a la diversa lección, pero nunca rehuyo la cuestión cuando se trata de nacidos después de esa fecha: para mí Antonio Lucas, Mariano Peyrou y José Luis Rey están en un lugar más destacado, y Rey tiene una especie de don para elevar el tono y enraizarse en esa escogida tradición patria de grandes poetas, sosteniendo una voz lírica de extraordinaria contundencia. Curiosamente, el desafío mayor de La familia nórdica es intentar poner una sordina a esa voz, hacerla pasar por el tamiz finísimo de la poesía de Dickinson y someterla a narrar anécdotas concretas, pequeñas, delgadas: poemas sobre una gotera, sobre un destello, sobre una calle, sobre una cuchara, sobre cotidianeidades generales que intentarían ser sublimadas por un visionarismo íntimo. En la nota de la contraportada, claramente escrita por alguien que conoce bien la poesía de Rey y que podría ser él mismo, leemos que hay un giro hacia una “poesía trascendente (…) una celebración que desemboca en una suerte de mística verbal”. Así leído puede dar un poco de miedo, pero vamos a explicarlo: esa trascendencia no es la de siempre, no estamos ante una variación de poesía religiosa, no hay dioses ni habitados ni deshabitados, no hay Leopoldo Panero padre, ni siquiera cierto Valente. No hay Dios: hay Ser. Esa trascendencia ha de ser entendida dentro del mismo contexto heideggeriano que Rey utiliza al examinar la poesía de Gimferrer en su magnífico estudio Caligrafía de fuego (Pre-Textos, 2005), o cuando comparando en La prosa del soldado a Juan Ramón y Rilke acaba Rey así: “para los dos, la poesía se convierte al final en la única religión verdadera” (2006:41). Dejemos ahora la pertinencia o no del uso del filósofo alemán, pero es ahí donde se encuentra la explicación, nada numinosa, de esa “revelación que habita cada cosa, como cima luminosa del Ser”. En realidad, si es o no mística (verbal), si persigue o no al Ser, nos da exactamente igual. Yo más bien hablaría, siguiendo al Eduardo García de Una poética del límite, de “realismo visionario” (Pre-Textos, Valencia, 2005, p. 79 -esto está quedando muy cordobés, intentaremos solucionarlo en sucesivas revisiones de la reseña-) Lo que importa, porque sin esa materialidad los intentos metafísicos quedan en nada cuando hablamos de poesía, es que los poemas funcionan, que la voz poderosa de Rey se eleva sobre la anécdota pequeña y sobre la poesía de Dickinson, que su voluntad de celebración se yergue sobre el silencio sajón, y su majestuosidad castellana quiebra toda la humildad programada, para bien de su lírica y para gozo nuestro. Si la Dickinson escribe con exquisitez concreta: “el dolor –tiene un Elemento de Blanco–” (pain has an element of Blank, si no recuerdo mal, no tengo el original a mano), Rey construye esta maravilla:
Escribí un lugar blanco para morir en él.
Lo poblé de leyendas y de pájaros.
Le di leyes, un sol, una raza naranja,
muchachas en la arena mordiéndose desnudas,
grandes camiones verdes, detenidos al final de una frase.
Entre estos versos supuestamente condenados a lo infinitésimo se puede entrever un corpachón gigante, exigiendo su espacio de profeta: “el silencio no sirve, porque está lleno de oro”. Rey es por naturaleza órfico (en el sentido explicado en Singularidades, no en el otro), canta el mundo, y no es introspectivo; frente al intimismo y el recato editor de Dickinson, se alza su generosidad rítmica y adjetival, sus más de cien páginas de poemario, el ciclo ya por poco tiempo inédito de La luz y la palabra: veinte libros, nada menos: una cosmovisión absolutamente inversa a la de la poeta norteamericana. Pero la clave, insisto, no es la actitud vital: no los hechos, sino los dichos, la pulsión de gran poesía que se impone, celebratoria, sobre cualquier deseo de pequeñez: “Las tropas verdaderas tomaron el país, / (…) las sábanas del topo, / la versión oficial sobre el ser y el no ser, y siempre chimeneas. / Pero si ahora dormimos veréis la eternidad. / Y la física estalla porque a veces volamos. / Abro los ojos y el verano crece. / Ay cómo salta el mundo cuando canto”. Si es que de eso se trataba, justo de eso.