Vonnegut, el hombre sin patria
El escritor de ciencia ficción Kurt Vonnegut, un clásico vivo, acaba de publicar Un hombre sin patria (Planeta, 2006), una curiosa obra de tintes diarísticos y biográficos, donde da su opinión sobre muchas cosas, y desliza algunas perlas como las que siguen.
La vida no es forma de tratar a un animal, ni siquiera a un ratón.
Se me considera un escritor de ciencia ficción desde que alguien decretó que yo era un escritor de ciencia ficción. Yo no quería que me catalogaran como tal, por lo que me pregunté cuál era mi ofensa para que no se me considerase un escritor serio. Llegué a la conclusión de que era porque escribía sobre tecnología, y la mayoría de los escritores estadounidenses de prestigio no saben nada sobre tecnología. Me catalogaron como escritor de ciencia ficción por el simple hecho de que escribí acerca de Schenectady, Nueva York. Mi primer libro, La pianola, trataba sobre Schenectady. Allí sólo hay fábricas enormes y nada más. (…) Y cuando escribí acerca de la Compañía General Eléctrica y Schenectady, a los críticos que nunca habían estado allí les sonó a fantasía futurista.
En nuestra preciosa Constitución hay un fallo trágico, y no sé qué puede hacerse para arreglarlo. Es el siguiente: sólo los casos clínicos quieren ser presidente. Ocurría exactamente lo mismo en el instituto. Sólo los que estaban claramente desquiciados se presentaban a delegados de clase.
¿Puedo decirles la verdad? Porque esto no son las noticias de la tele, ¿no? Pues ésta es la verdad tal como yo la veo: todos somos adictos a los combustibles fósiles y nos negamos a reconocerlo. Y como tantos otros adictos al afrontar el mono, nuestros dirigentes cometen ahora crímenes violentos para conseguir lo poco que queda de lo que nos tiene enganchados.
Ojo a ésta frase, aplíquensela quienes de mayores aspiran a ser críticos literarios:
(...) le pregunté al tristemente desaparecido pintor Syd Solomon, que fue un vecino muy amable de Long Island durante muchos veranos, cómo se podía distinguir una buena obra de arte de una mala. Me dio la respuesta más satisfactoria que llegaré a oír jamás: "Mira un millón de obras y no podrás equivocarte".