César Antonio Molina: El rumor del tiempo
César Antonio Molina
El rumor del tiempo. Antología poética (1974-2006); Galaxia Gutemberg, 2006
Prólogo de Antonio Gamoneda; selección y epílogo de Julián Jiménez Heffernan
Estamos ante un volumen que constituye un lujo literario por muchos motivos. Primero y más importante, por la necesaria poesía que recupera para el gran público: buena parte de la vasta obra poética de César Antonio Molina (1952), que yacía muy perdida en ediciones ya lejanas o difíciles de encontrar. Segunda, por la excelente edición, como todas las de esta colección eximia de Galaxia Gutemberg / Círculo de Lectores, que incluye un extraño pero interesante prólogo de Antonio Gamoneda. Y tercero, por suponer la recuperación de Julián Jiménez Heffernan para la crítica de poesía española contemporánea, que parecía haber abandonado tras su excelente ensayo Los papeles rotos (2004); a su cargo corre la selección de poemas y un esclarecedor y denso epílogo que cierra el libro.
César Antonio Molina guarda en sí varias personas: un poeta, un dietarista capaz de aunar biografía y ficción en una mezcla verosímilmente literaria (Regresar a donde no estuvimos, Vivir sin ser visto), un narrador con varios títulos a la espalda, un gestor cultural de éxito, un periodista, un profesor, un traductor y un ensayista (véase su Sobre el iberismo) notables. Comparece aquí con la que quizá es su máscara más verdadera, la de poeta, en una selección de todos sus poemarios Heffernan ha preparado ahondando en algunos de sus topos y relegando otros también interesantes, como lo que denominaríamos la parte “celta” de la poesía de Molina, aunque visto el resultado parece que, en efecto, la línea de escritura “costera” elegida por el editor es más feraz y une todas las épocas de su práctica poética.
Yo señalaría tres fases en la poesía de Molina. En primer lugar, una etapa que iría desde los inicios hasta su obra en gallego A fin de Fisterra (1988), caracterizada por un hálito novísimo: preocupación culturalista, cultivo del lenguaje retórico y puntuales apariciones de metapoesía, habituales del grupo de poetas (Talens, Villena, Colinas, etc.), que siguieron de cerca los pasos de los antologados por Castellet hasta el final de los ochenta, cuando éstos llegaron a la cátedra. En Para no ir a parte alguna (1994) la poesía de Molina entra en una corta fase de normalización, ajustando –de un modo que ahora resulta bastante forzado y excéntrico en su obra– su tono a la entonces triunfante línea clara, aunque eso sí: más en el tono elevado y culto de un L. A. De Cuenca o en el elegíaco de Fernando Ortiz (véase “Fuente del Berro”), que en los más prosaicos de otros practicantes del mester. De hecho, alguna de sus mejores piezas, como el poema que rotula la antología, “El rumor del tiempo”, se incluye en esta colección. Pero es significativo que en ella encontremos giros de época, como: “el / Maligno, / cuyo número ahora mismo confundo / con el teléfono de algún impostor”, que pueden encontrarse utilizados en otro libro también de 1994, Partes de guerra, de Juan Bonilla: “marcando sin cesar el 666 / y que nunca dejase de llover”. Por último, la tercera y a mi juicio mejor fase de la obra de Molina sería la que se abre con Olas en la noche (2001), donde aparece un poeta europeo, rúnico, buzo de mundos simbólicos y admirador del resplandor de las ciudades; un flanêur que acaba sucumbiendo en la desolación de En el mar de las ánforas (2005), último poemario hasta el momento y donde vemos ya la torsión formal hacia un estética próxima a la de Valente o Celan. Pero todo ello, como apuntamos, dentro de una coherencia general: prueba de ello es que el primer poema de Olas en la noche parte del último de Para no ir a parte alguna. Del mismo modo, el apuntado sesgo nihilista de En el mar de las ánforas tiene antecedentes puntuales, voces que iban anunciando los ecos. En La estancia saqueada leíamos: “el poema aplastado entre lo indistinguible / como un alma que alcanzara el límite abovedado, el horror, / y quizá por primera vez el misterio que susurra / sin palabras en el vacío de su órbita incesante”.
Cuando en su tiempo examinamos En el mar de las ánforas, intentábamos comprender el lugar “terminal” que, en varios sentidos, este excelente y despojado poemario ocupa dentro de la búsqueda del autor. Las antiguas referencias al vacío se metamorfoseaban allí en constantes referencias a la nada, sobre todo en la primera parte del volumen; no hay que saber mucho de mística occidental o de filosofía oriental para darse cuenta de que ambos conceptos no significan en absoluto lo mismo. Del mismo modo, el antiguo defensor de la lectura platónica del conocimiento como olvido, el lector de Pascal, el gran defensor de la visión de Heidegger sobre Hölderlin, se volcaba en el citado texto en un cuestionamiento irónico del papel de los filósofos, que semejaban no ofrecer ya siquiera la apariencia de certeza que antes prometían. A ello había que unir un escepticismo nada moderado: “el más allá / no es parte alguna”, que tampoco parecía dejar muchos resquicios a la esperanza. En este sentido, se echa en El rumor del tiempo de menos una nota final o prologal del autor (quien a veces las ha incluido en sus libros), intentando contextualizar la publicación de una antología que es –y la edición, muy armada, y su título, así lo atestiguan– una summa de lo hecho hasta el momento.
Hay otras evoluciones, a mi juicio, entre la poesía de la primera época de César Antonio Molina y las últimas. Todas están marcadas por la tensión del lenguaje y por la presencia de un lugar. Pero el lenguaje de la primera época es manierista, más adornado; no es difícil encontrar en él cultismos (“lóriga”) o erudición no explicada (“latomías”, del italiano latomia). Los lugares son en esta etapa entornos paisajísticos sin nombre, atópicos, simbólicos; pero a partir de Olas en la noche los espacios del poema ya tienen nombre y son reconocibles, legado de los innumerables viajes que el autor ha hecho y sigue haciendo a lo ancho del mundo, de los cuales son testimonio varios de sus libros y no pocos de sus títulos: Regresar a donde no estuvimos, Derivas, ¿Dónde termina el viaje?, Para no ir a parte alguna. En su prólogo, Gamoneda tienta una descripción general de esa poética del lugar de Molina, que a su juicio: “Podría resumirse diciendo que el poeta está en todos los lugares y los descifra”. En efecto, siempre que entendamos que previo al proceso descifrador hay uno de cifrado estético, dentro de un rígido sistema sígnico, paratáctico y simbólico que Heffernan desmenuza laboriosamente. En cambio, difiero con el gran Gamoneda en otra de sus aportaciones: Molina no es un poeta del “mar”, sino de la playa, del rompeolas. No es un vate del océano, como Manoel Antonio o Juan Ramón, sino de la idea de mar como El contemplado, al modo de Pedro Salinas; un poeta obsesionado con la orilla (uno de los libros traducidos por Molina es Sobre esta playa, de Jorge de Sena). De esa esencialidad de lo liminar costero de la lírica en estudio ha sido muy consciente Heffernan en su afortunado epílogo, “Derrelictos”, donde abunda en la playa como escenario, y en el concepto de “derelicción” o abandono (marítimo) presente en toda la obra de Molina, y en especial en su concepción subjetiva: “el sujeto poético de Molina sólo conoce estos dos papeles: o sujeto-derrelicto o sujeto receptor del derrelicto”, todo ello dentro de un discurso crítico que sigue de cerca, sin citarlo, el libro de Jacques Derrida Donner le temps (1991).
Todo lo expuesto, así como todo lo que Heffernan y Gamoneda suman, no son más que tentativas para explicar el horizonte lírico de sucesos que El rumor del tiempo nos ofrece; un panorama que en sí mismo un mundo, el acontecer de un nuevo día que se eleva sobre el mar, desde una playa llena de objetos gastados. El mismo mar, sí, de todos los veranos, pero visto desde la perspectiva de una poética en constante metamorfosis, a contar entre las más sólidas de nuestro tiempo.
Addenda. Releyendo esta reseña antes de colgarla, me he fijado en una de sus frases: “todo ello dentro de un discurso crítico que sigue de cerca, sin citarlo, el libro de Jacques Derrida Donner le temps (1991)”. Cuando releo una crítica mía ya publicada, quien lee ya no es el autor de la misma, sino otro crítico. Y al leer esta frase, me ha asaltado la impresión de que si yo fuese una persona muy malintencionada, y recalco lo de la mala intención, quizá pensase que Vicente Luis Mora está acusando de plagio a Julián Jiménez Heffernan, cuando no es tal cosa. Y no lo es por dos motivos: primero, porque Heffernan ha citado hasta la saciedad no sólo ése, sino muchos de los libros de Derrida, de quien es uno de los máximos difusores en nuestro país. Segundo, porque sé que a los editores de Galaxia Gutemberg (cuya colección de poesía, como digo en la reseña, es eximia) no les gustan nada las notas bibliográficas, y a veces han recomendado o animado a algún prologuista o epiloguista a suprimirlas o recortarlas. Conociendo la pasión de Heffernan por Derrida (y, en concreto, por ese libro, que ha citado abundantemente y volverá a citar en breve, en un trabajo próximo a aparecer sobre Riechmann y Méndez Rubio), sabiendo como sé que para él es un orgullo citarle, sabiendo que para él la cita de autor y texto y el trabajo anotador en general es lo que distingue al verdadero crítico literario del reseñador impresionista, y conociendo por distintas vías la alergia de la inmensa mayoría de editores a la erudición, concluyo sin más que lo que ha pasado es lo segundo. Hago constar esto porque, como autor de la reseña publicada en Quimera, lo único que quería decir es que Heffernan ha seguido el texto de Derrida (ése y otros muchos), pero su anotación no ha podido ver la luz, por razones ajenas a su voluntad. Y a la nuestra, claro. De modo que las personas muy malintencionadas no pueden tener apoyo alguno para deducir más allá de lo que he expuesto; creo que es obvio que sólo yo puedo aclarar lo que yo mismo he escrito, por si quedase alguna –injustificada- duda. Lo que se hace constar a los efectos oportunos.