Agustín Fernández Mallo: Nocilla Dream
Agustín Fernández Mallo
Nocilla Dream; Candaya, Canet de Mar (Barcelona), 2006
(A continuación de este paréntesis, transcribo la reseña de Nocilla Dream aparecida en el número de noviembre de la revista Quimera. Las razonables normas impuestas por la publicación impiden la euforia excesiva al hablar de los libros comentados –algo que me parece muy sano–, y por eso puede dar la impresión de que el libro de A. Fernández Mallo no me ha gustado tanto como efectivamente lo ha hecho. Y no estoy solo, de hecho, tras las votaciones de todo el equipo crítico de Quimera, la novela ha resultado ganadora del premio a la mejor novela del año. Creo que es un libro fundamental; no abre un estilo –hay libros anteriores en esa línea, incluso recientes–, pero está tocado con esa magia especial e inexplicable que preña todo lo que toca este inclasificable espécimen literario gallego. He añadido una nota que no está en la reseña. Dicho esto, cierro paréntesis y comienzo la reseña)
El realismo aumentado
Están conectados a mi versión de América
pero el jugo está en otra parte.
John Ashbery
Decir “ciencia ficción” es una redundancia porque toda ciencia es ficción.
A. Fdez. Mallo, Nocilla Dream
Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) es una de las voces más interesantes de la literatura actual, lo cual no es poco decir teniendo en cuenta que la mayor parte de su producción está aún inédita. Pero a lo ya publicado se suma ahora este experimento narrativo que, por la formación científica del autor, nos obliga a algunas consideraciones previas.
Luis Arroyo, uno de los estudiosos de las relaciones de interacción entre personas y ordenadores (guiadas por las llamadas interfaces), es uno de los máximos defensores de un término, Realidad Aumentada, que es complementario del de Realidad Virtual, y que busca el perfeccionamiento de la idea de realidad que obtenemos a través de los mundos informáticos o pangeicos. Para Arroyo, “el incremento del realismo en el aspecto del mundo virtual obliga a disponer de potentes máquinas que sean capaces de ejecutar complejos algoritmos de síntesis de imágenes (ray tracing, radiosidad, etc.), en tiempo real, de tal modo que la visualización de la escena cada vez que el usuario cambia su punto de vista sea generada en tiempo real”. En otro texto de Arroyo, citado por Fernández Mallo en su novela (p. 36), se habla de recuperar “la información perdida” mediante esta “combinación del mundo físico y el virtual”. Como ya sabemos por los excelentes poemarios de Fernández Mallo, ninguna de sus citas científicas está fuera de contexto o es generada por el capricho. De hecho, y aplicada a Nocilla Dream, la Realidad Aumentada podría ser entendida como el modo técnico de relación con el lector (interface literaria) que provoca que el efecto de la lectura lleve a una percepción “visual” de la realidad superior a la que se produciría en una narración convencional. Para ello, Fernández Mallo extrema los procedimientos ya existentes para la recuperación de la “información perdida” (vgr., el narrador omnisciente, informes, noticias reales), uniéndolos a otros experimentales con los que se intenta dibujar una idea de realidad, aunque, como luego veremos, esa realidad buscada es, paradójicamente, bastante idealista.
Tenemos nuestras dudas para considerar a Nocilla Dream una novela; pertenece más bien a esa órbita de libros imprescindibles que construyen sus cimientos en el terreno pantanoso de la cuestión sobre la propia identidad. El libro de Mallo, lleno de micronaciones y de habitantes de fronteras, comparte esa condición anfibia en lo tocante a su estructura. La contraportada cita como referente el París de Benjamin y su “zapping literario” pero, a mi juicio, el modelo claro de este libro es la obra de Thomas Bernhard El imitador de voces; como esta última, el texto de Fernández Mallo es una colección numerada de textos breves, casi ninguno superior a tres páginas, que desarrolla historias más o menos cerradas, incorporando de vez en cuando noticias o historias reales. Bernhard sacó estas últimas de su etapa de periodista de tribunales; Mallo las toma de su faceta de investigador científico e internauta, y llama docuficción al procedimiento, que incluye periódicamente la distorsión de alguna noticia real. Hay diferencias entre ambos libros, por supuesto: en Nocilla Dream hay varios personajes que se repiten en multitud de cuentos, y el austrocentrismo crítico de Bernhard se sustituye por una localización global, muy centrada en Estados Unidos. Además, y a modo de poética, en la p. 182 se utiliza la técnica del apropiacionismo artístico (muy popular en el arte norteamericano pop de los setenta), para denunciar el exceso de silicona en la construcción de edificios, que Mallo trae a capítulo añadiendo: “a propósito de la novela”. Es decir: estamos ante una serie de materiales expuestos de forma exenta, sin el pegamento que supondría su conversión en novela. Como aclara Fernández Mallo en la nota final, estas técnicas tienen son un correlato de la “poesía postpoética” que el autor practica en su lírica, y que es de difícil exposición aquí, aunque apuntaremos dos de sus coordenadas: primera, el abandono de los sistemas tradicionales de expresión; segunda, la incorporación en régimen de continuidad indistinta de elementos de los mundos científicos o artísticos al literario. Todo este Sistema expuesto hace que Nocilla Dream se aleje del modelo de la novela tradicional (como del libro de relatos), algo a lo que también ayuda que no haya una historia central (sólo hay un hilo conductor, el nihilismo simbolizado en los desiertos que pueblan la novela), ni personajes: sólo encontramos avatares o sombras sin personalidad, caracteres extremos o raros cuya esperpéntica peripecia vital está llenando la narrativa occidental contemporánea y que toman su modelo de los poco creíbles “secundarios” de las series norteamericanas. Están por ver los beneficios de este tipo de caracterizaciones sobre la narrativa actual, aunque adelanto que mi posición al respecto es más bien pesimista. No obstante, como entiendo que Nocilla Dream no es una novela, esta construcción superficial no tiene por qué ser un defecto; en realidad es inherente a todo libro de textos exentos, por problemas de espacio. Lo que ocurre es que vemos que todas las renovaciones de la narrativa planteadas actualmente tienden a abandonar al personaje como referente (1): ya vendrán los filósofos a decirnos si esto es o no el síntoma definitivo de la disolución posmoderna de la identidad.
Decíamos antes que la “realidad” que tan denodadamente y por tantos procedimientos de completud busca Nocilla Dream era bastante idealista. Es un hecho comprobable, y bastante sorprendente, la tendencia de varios narradores y poetas actuales a localizar en Norteamérica sus historias, pero en una Norteamérica ficticia e ideal, proveniente de la imagen de los medios de comunicación y, en consecuencia, distorsionada. En este sentido, es clara la influencia sobre Nocilla Dream del poeta Pablo García Casado: varias páginas reproducen la atmósfera y alguna técnica de El mapa de América (2001), del poeta cordobés, que compartía idéntica fascinación por el nuevo Imperio, sin haber pasado los autores por el imprescindible requisito de una larga residencia en los USA para superar el idealismo descriptivo. Una muestra de ello: para Fernández Mallo, la civilización americana “se basa en el predominio del tiempo sobre el espacio” (p. 39), cuando en realidad, y al experto juicio de norteamericanos inteligentes como Charles Olson, Pohl o Sam Shepard, el hecho constitutivo de lo americano es, precisamente, el espacio, los grandes espacios que desde Emerson y Jefferson constituyen la memoria idiosincrásica de los Estados Unidos. En este sentido, la América de Fernández Mallo (como la de García Casado) se parece más a la América (1986) de Baudrillard (una variante de ficción) que al país de geógrafos y paisajistas que describe el Pynchon de Maxon & Dixon. Esto no tiene por qué constituir un demérito para la novela, pues toda narrativa es en sí misma espacio de ficción, pero deja traslucir una cierta contradicción con los mecanismos de Realidad Aumentada, a no ser que entendamos que ésta no busca una verdad, sino una verosimilitud.
Pregnado de referencias a las últimas tendencias de arte, moda, diseño internacional, urbanismo y arquitectura, a ratos parece que Fernández Mallo ha novelado un ensayo de Vicente Verdú, añadiéndole muchas páginas de una demoledora eficacia narrativa o postnarrativa, que le emparenta con alguna de las últimas voces más interesantes del panorama actual, como Robert-Juan Cantavella. Algunas pegas, como un camionero norteamericano leyendo a Borges (p. 44), ciertos defectos subsanables (“lo que en realidad es, es poeta”, p. 47; “del cual es su director”, p. 117), algún autobombo fuera de lugar (p. 204) y pequeñas erratas idiomáticas (“Yelow”, p. 63, “reallity”, p. 69), no obstan a un libro lleno de aciertos, de piezas memorables (pp. 60, 79, 103, 200), de detalles deliciosos como la imaginada e irónica supervivencia del Che Guevara, de verdad literaria –no sociológica– y que, como apunta Juan Bonilla en su ajustado y certero prólogo, de ninguna manera debiera pasar desapercibida.
(Addenda)
Con posterioridad a la publicación de la reseña, hablé con Fernández Mallo y me comentó que no había leído dos de los libros que cito como posibles influencias (el de Bernhard y el de García Casado). Aprovecho la anécdota particular para apuntar algo al respecto de las influencias: que el autor influenciado no las conozca no es problema del crítico; las referencias están ahí, alimentando con su apertura el sistema referencial general, y es deber del escritor conocerlas. Sobre todo tiene esa obligación cuando hay algún artista anterior que ha trabajado temas, métodos, técnicas o tonos similares, y lo ha hecho de un modo conocido o es un autor de tal envergadura que, en cualquier caso, era necesario su conocimiento previo. No leer obras antiguas que están en el entorno de lo que uno hace "para no contaminarse" es condenarse uno a la repetición absurda y, en el fondo, es un reconocimiento del miedo que se tiene a no poder superar o mejorar lo existente.
Pero volviendo a la novela en estudio, leídas en la trama del tiempo, El mapa de América y Nocilla Dream van en este orden, opinen lo que opinen sus autores. No sé si me explico. Lo que quiero decir es que si a uno le llaman cortazariano y no ha leído a Cortázar, quien tiene un problema no es el crítico, sino el autor, que es culpable: 1) de no conocer la referencia; 2) de haber transitado caminos ya poblados por otros, sin saberlo. En una ocasión reciente el crítico Roberto Valencia señaló una clara correspondencia entre un relato mío y otro de Cortázar. Para mi vergüenza, yo no había leído ese cuento concreto del narrador argentino. Cuando lo leí, me di cuenta de que yo era, en todo caso, consciente o incoscientemente, culpable de descuido. Quien había tenido todo el cuidado del mundo era el crítico, que había leído todos los textos semejantes, haciendo perfectamente su trabajo. Él había hecho las tareas, yo no.
Creo que ahora me he explicado mejor.
Notas
(1) Con posterioridad he encontrado parecido juicio en un excelente crítico, José-Carlos Mainer, con quien suelo diferir en juicios sobre poesía tanto como concuerdo en valoraciones de narrativa: “bastantes de las novelas de hoy en día podrían catalogarse como ‘novelas a noticia’: relatos nacidos de la perplejidad, sumergidos en la niebla de un mundo que nos llega a través de la información cotidiana, conscientes de la inviabilidad de penetrar en los auténticos motivos de las acciones humanas, poblados de personajes que parecen hallarse allí más por obra de la mera casualidad que por cálculo del narrador”; Tramas, libros, nombres. Para entender la literatura española, 1944-2000; Anagrama, Barcelona, 2005, pp. 203-204.