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Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

08-12-2006 12:27:47

Agustín Fernández Mallo: Nocilla Dream

Categoria: GeneralVicente Luis Mora

Agustín Fernández Mallo
Nocilla Dream; Candaya, Canet de Mar (Barcelona), 2006


(A continuación de este paréntesis, transcribo la reseña de Nocilla Dream aparecida en el número de noviembre de la revista Quimera. Las razonables normas impuestas por la publicación impiden la euforia excesiva al hablar de los libros comentados –algo que me parece muy sano–, y por eso puede dar la impresión de que el libro de A. Fernández Mallo no me ha gustado tanto como efectivamente lo ha hecho. Y no estoy solo, de hecho, tras las votaciones de todo el equipo crítico de Quimera, la novela ha resultado ganadora del premio a la mejor novela del año. Creo que es un libro fundamental; no abre un estilo –hay libros anteriores en esa línea, incluso recientes–, pero está tocado con esa magia especial e inexplicable que preña todo lo que toca este inclasificable espécimen literario gallego. He añadido una nota que no está en la reseña. Dicho esto, cierro paréntesis y comienzo la reseña)


El realismo aumentado

Están conectados a mi versión de América
pero el jugo está en otra parte.
John Ashbery

Decir “ciencia ficción” es una redundancia porque toda ciencia es ficción.
A. Fdez. Mallo, Nocilla Dream


Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) es una de las voces más interesantes de la literatura actual, lo cual no es poco decir teniendo en cuenta que la mayor parte de su producción está aún inédita. Pero a lo ya publicado se suma ahora este experimento narrativo que, por la formación científica del autor, nos obliga a algunas consideraciones previas.

Luis Arroyo, uno de los estudiosos de las relaciones de interacción entre personas y ordenadores (guiadas por las llamadas interfaces), es uno de los máximos defensores de un término, Realidad Aumentada, que es complementario del de Realidad Virtual, y que busca el perfeccionamiento de la idea de realidad que obtenemos a través de los mundos informáticos o pangeicos. Para Arroyo, “el incremento del realismo en el aspecto del mundo virtual obliga a disponer de potentes máquinas que sean capaces de ejecutar complejos algoritmos de síntesis de imágenes (ray tracing, radiosidad, etc.), en tiempo real, de tal modo que la visualización de la escena cada vez que el usuario cambia su punto de vista sea generada en tiempo real”. En otro texto de Arroyo, citado por Fernández Mallo en su novela (p. 36), se habla de recuperar “la información perdida” mediante esta “combinación del mundo físico y el virtual”. Como ya sabemos por los excelentes poemarios de Fernández Mallo, ninguna de sus citas científicas está fuera de contexto o es generada por el capricho. De hecho, y aplicada a Nocilla Dream, la Realidad Aumentada podría ser entendida como el modo técnico de relación con el lector (interface literaria) que provoca que el efecto de la lectura lleve a una percepción “visual” de la realidad superior a la que se produciría en una narración convencional. Para ello, Fernández Mallo extrema los procedimientos ya existentes para la recuperación de la “información perdida” (vgr., el narrador omnisciente, informes, noticias reales), uniéndolos a otros experimentales con los que se intenta dibujar una idea de realidad, aunque, como luego veremos, esa realidad buscada es, paradójicamente, bastante idealista.

Tenemos nuestras dudas para considerar a Nocilla Dream una novela; pertenece más bien a esa órbita de libros imprescindibles que construyen sus cimientos en el terreno pantanoso de la cuestión sobre la propia identidad. El libro de Mallo, lleno de micronaciones y de habitantes de fronteras, comparte esa condición anfibia en lo tocante a su estructura. La contraportada cita como referente el París de Benjamin y su “zapping literario” pero, a mi juicio, el modelo claro de este libro es la obra de Thomas Bernhard El imitador de voces; como esta última, el texto de Fernández Mallo es una colección numerada de textos breves, casi ninguno superior a tres páginas, que desarrolla historias más o menos cerradas, incorporando de vez en cuando noticias o historias reales. Bernhard sacó estas últimas de su etapa de periodista de tribunales; Mallo las toma de su faceta de investigador científico e internauta, y llama docuficción al procedimiento, que incluye periódicamente la distorsión de alguna noticia real. Hay diferencias entre ambos libros, por supuesto: en Nocilla Dream hay varios personajes que se repiten en multitud de cuentos, y el austrocentrismo crítico de Bernhard se sustituye por una localización global, muy centrada en Estados Unidos. Además, y a modo de poética, en la p. 182 se utiliza la técnica del apropiacionismo artístico (muy popular en el arte norteamericano pop de los setenta), para denunciar el exceso de silicona en la construcción de edificios, que Mallo trae a capítulo añadiendo: “a propósito de la novela”. Es decir: estamos ante una serie de materiales expuestos de forma exenta, sin el pegamento que supondría su conversión en novela. Como aclara Fernández Mallo en la nota final, estas técnicas tienen son un correlato de la “poesía postpoética” que el autor practica en su lírica, y que es de difícil exposición aquí, aunque apuntaremos dos de sus coordenadas: primera, el abandono de los sistemas tradicionales de expresión; segunda, la incorporación en régimen de continuidad indistinta de elementos de los mundos científicos o artísticos al literario. Todo este Sistema expuesto hace que Nocilla Dream se aleje del modelo de la novela tradicional (como del libro de relatos), algo a lo que también ayuda que no haya una historia central (sólo hay un hilo conductor, el nihilismo simbolizado en los desiertos que pueblan la novela), ni personajes: sólo encontramos avatares o sombras sin personalidad, caracteres extremos o raros cuya esperpéntica peripecia vital está llenando la narrativa occidental contemporánea y que toman su modelo de los poco creíbles “secundarios” de las series norteamericanas. Están por ver los beneficios de este tipo de caracterizaciones sobre la narrativa actual, aunque adelanto que mi posición al respecto es más bien pesimista. No obstante, como entiendo que Nocilla Dream no es una novela, esta construcción superficial no tiene por qué ser un defecto; en realidad es inherente a todo libro de textos exentos, por problemas de espacio. Lo que ocurre es que vemos que todas las renovaciones de la narrativa planteadas actualmente tienden a abandonar al personaje como referente (1): ya vendrán los filósofos a decirnos si esto es o no el síntoma definitivo de la disolución posmoderna de la identidad.

Decíamos antes que la “realidad” que tan denodadamente y por tantos procedimientos de completud busca Nocilla Dream era bastante idealista. Es un hecho comprobable, y bastante sorprendente, la tendencia de varios narradores y poetas actuales a localizar en Norteamérica sus historias, pero en una Norteamérica ficticia e ideal, proveniente de la imagen de los medios de comunicación y, en consecuencia, distorsionada. En este sentido, es clara la influencia sobre Nocilla Dream del poeta Pablo García Casado: varias páginas reproducen la atmósfera y alguna técnica de El mapa de América (2001), del poeta cordobés, que compartía idéntica fascinación por el nuevo Imperio, sin haber pasado los autores por el imprescindible requisito de una larga residencia en los USA para superar el idealismo descriptivo. Una muestra de ello: para Fernández Mallo, la civilización americana “se basa en el predominio del tiempo sobre el espacio” (p. 39), cuando en realidad, y al experto juicio de norteamericanos inteligentes como Charles Olson, Pohl o Sam Shepard, el hecho constitutivo de lo americano es, precisamente, el espacio, los grandes espacios que desde Emerson y Jefferson constituyen la memoria idiosincrásica de los Estados Unidos. En este sentido, la América de Fernández Mallo (como la de García Casado) se parece más a la América (1986) de Baudrillard (una variante de ficción) que al país de geógrafos y paisajistas que describe el Pynchon de Maxon & Dixon. Esto no tiene por qué constituir un demérito para la novela, pues toda narrativa es en sí misma espacio de ficción, pero deja traslucir una cierta contradicción con los mecanismos de Realidad Aumentada, a no ser que entendamos que ésta no busca una verdad, sino una verosimilitud.

Pregnado de referencias a las últimas tendencias de arte, moda, diseño internacional, urbanismo y arquitectura, a ratos parece que Fernández Mallo ha novelado un ensayo de Vicente Verdú, añadiéndole muchas páginas de una demoledora eficacia narrativa o postnarrativa, que le emparenta con alguna de las últimas voces más interesantes del panorama actual, como Robert-Juan Cantavella. Algunas pegas, como un camionero norteamericano leyendo a Borges (p. 44), ciertos defectos subsanables (“lo que en realidad es, es poeta”, p. 47; “del cual es su director”, p. 117), algún autobombo fuera de lugar (p. 204) y pequeñas erratas idiomáticas (“Yelow”, p. 63, “reallity”, p. 69), no obstan a un libro lleno de aciertos, de piezas memorables (pp. 60, 79, 103, 200), de detalles deliciosos como la imaginada e irónica supervivencia del Che Guevara, de verdad literaria –no sociológica– y que, como apunta Juan Bonilla en su ajustado y certero prólogo, de ninguna manera debiera pasar desapercibida.



(Addenda)
Con posterioridad a la publicación de la reseña, hablé con Fernández Mallo y me comentó que no había leído dos de los libros que cito como posibles influencias (el de Bernhard y el de García Casado). Aprovecho la anécdota particular para apuntar algo al respecto de las influencias: que el autor influenciado no las conozca no es problema del crítico; las referencias están ahí, alimentando con su apertura el sistema referencial general, y es deber del escritor conocerlas. Sobre todo tiene esa obligación cuando hay algún artista anterior que ha trabajado temas, métodos, técnicas o tonos similares, y lo ha hecho de un modo conocido o es un autor de tal envergadura que, en cualquier caso, era necesario su conocimiento previo. No leer obras antiguas que están en el entorno de lo que uno hace "para no contaminarse" es condenarse uno a la repetición absurda y, en el fondo, es un reconocimiento del miedo que se tiene a no poder superar o mejorar lo existente.

Pero volviendo a la novela en estudio, leídas en la trama del tiempo, El mapa de América y Nocilla Dream van en este orden, opinen lo que opinen sus autores. No sé si me explico. Lo que quiero decir es que si a uno le llaman cortazariano y no ha leído a Cortázar, quien tiene un problema no es el crítico, sino el autor, que es culpable: 1) de no conocer la referencia; 2) de haber transitado caminos ya poblados por otros, sin saberlo. En una ocasión reciente el crítico Roberto Valencia señaló una clara correspondencia entre un relato mío y otro de Cortázar. Para mi vergüenza, yo no había leído ese cuento concreto del narrador argentino. Cuando lo leí, me di cuenta de que yo era, en todo caso, consciente o incoscientemente, culpable de descuido. Quien había tenido todo el cuidado del mundo era el crítico, que había leído todos los textos semejantes, haciendo perfectamente su trabajo. Él había hecho las tareas, yo no.

Creo que ahora me he explicado mejor.


Notas
(1) Con posterioridad he encontrado parecido juicio en un excelente crítico, José-Carlos Mainer, con quien suelo diferir en juicios sobre poesía tanto como concuerdo en valoraciones de narrativa: “bastantes de las novelas de hoy en día podrían catalogarse como ‘novelas a noticia’: relatos nacidos de la perplejidad, sumergidos en la niebla de un mundo que nos llega a través de la información cotidiana, conscientes de la inviabilidad de penetrar en los auténticos motivos de las acciones humanas, poblados de personajes que parecen hallarse allí más por obra de la mera casualidad que por cálculo del narrador”; Tramas, libros, nombres. Para entender la literatura española, 1944-2000; Anagrama, Barcelona, 2005, pp. 203-204.

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Comentarios

  1. "Cuando lo leí, me di cuenta de que yo era, en todo caso, consciente o incoscientemente, culpable de descuido. Quien había tenido todo el cuidado del mundo era el crítico, que había leído todos los textos semejantes, haciendo perfectamente su trabajo. Él había hecho las tareas, yo no."

    Podría funcionar como un microrrelato de la perplejidad de la nota (1) de este post, Vicente. Lamentablemente sólo puedo opinar sobre la nota, porque -no he hecho los deberes, está claro-, sin haber leído el libro, parece un artefacto con mucho jugo que exprimir.Al leerla he recordado un librito de Jesús Ferrero, "La era de la niebla", creo que se llamaba, y después, "El año que tampoco hicimos la revolución", del Colectivo Todoazen, en Caballo de Troya. Pues sí, tramas, libros y nombres. Lo interesante es cómo la confusión va cambiando de aspecto a cada época; las imágenes del futuro pertenecen a pasados también diferentes, como la convivencia entre modos de leer-ver esa realidad aumentada, pero no creo que sea tan constante el ser consciente (en modo aumentado)de esa realidad multiforme. De la misma manera que se enciende y se apaga un electrodoméstico, somos capaces de querer leer lo que vemos, o no; y hacerlo de una manera u otra. De alguna forma, estoy interesado en un tipo de propuestas (que no necesariamente hablan de metropolis hipertecnificadas pasto de convulsiones), o más bien en un tono, que sea expresivo dentro de ese universo. Libros como El fantasma accidental de Burroughs, por sólo decir uno. Voy a untar otro sueño. Saludos.

    carlos m. — 12-12-2006 16:31:08

  2. Oye, muy buena la novela. Y este montaje sorprendente un poco a lo Lynch mola mucho. Dentro de una semanita la volveré a leer. A esta novela le van las relecturas.

    Hipo — 15-12-2006 21:10:09

  3. La voy leyendo y es una gozada, la comparación con "la velocidad de las cosas" de Frresán me parece muy acertada pero creo que Fernández Mallo va en su línea más allá en la fragmentación (postnarrativa como dices) y se nota en cada una de sus páginas el origen poético (la poética, en fin) de Mallo. A mi, a riesgo de parecer algo bobo a mi lo del camionero leyendo a Borges me gustó mucho pese a que admito que es un defcto.

    Alvy Singer — 06-01-2007 12:07:23

  4. Recojo la interesante crítica de José María Pozuelo Yvancos publicada hoy en el ABCD de las Letras y las Artes. Aunque no estoy de acuerdo con el excelente crítico en que Nocilla Dream tenga estructura de blog, creo que su lectura del libro es afortunada:




    Narrativa -
    Llega la estética del «Blog»

    Por José María Pozuelo Yvancos.

    Nocilla Dream
    Agustín Fernández Mallo

    Cada cambio radical en el sistema de comunicación ha traído una modificación importante de los géneros literarios. El paso de la oralidad a la escritura modificó las series líricas y épicas; el advenimiento de la imprenta volvió a redibujar el panorama, con la emergencia de la novela, su gran aliada. Posteriormente el periodismo y la fotografía significaron la quiebra de aquella ilusión realista del XIX e hizo emerger la interioridad infotografiable de la subjetivad con Joyce o Virginia Woolf. No puede pasar mucho tiempo sin que Internet vuelva a convulsionar la fisonomía de los géneros. Es inútil adoptar en tales ocasiones alternativas de apocalípticos o integrados. La literatura, que es una necesidad no dependiente del medio, ha sobrevivido a cada cambio profundo del canal de su difusión. Y lo hará igualmente en el siglo XXI. Pero no será la misma. Ni siquiera es deseable que lo sea.

    En momentos de cambios profundos hay siempre oportunistas que dan gato por liebre. Agustín Fernández Mallo entrega una novela seria, trabajada, aparejada con su propia poética. Su manifiesto habla de llevar a la narrativa la «pospoética», o lo que es lo mismo, de convulsionar el género narrativo y el lírico de la misma forma que la posmodernidad en sus diferentes formatos (el happening, la cultura rock, la rap, el cine de Fassbinder o los hermanos Coen, David Lynch o Blade Runner) ha revolucionado la estética visual y narrativa de los formatos vecinos a la literatura, principalmente el cine o los videoclips. Me he atrevido a añadir de mi cuenta el concepto y realidad de los blogs de Internet, porque esta novela se estructura de la forma que tienen las que deberíamos llamar bitácoras, pero todo el mundo llama blogs.

    Gestos de ruptura. El primer problema es si se trata o no de una novela. Problema implanteable que el autor ha despachado irónicamente, imaginando unas reacciones de perplejidad o resistencia que este crítico no piensa adoptar. Y no por exonerarme de quedar dibujado en alguna de sus hipotéticas e inflexibles ortodoxias, sino quizá por lo contrario: porque lo que Fernández Mallo hace, en cierta medida, ya ha sido hecho muchas veces en la literatura del XX, especialmente en las vanguardias históricas, pero con intentos que no han acabado de cuajar en literatura, cuando sí triunfaban en las artes plásticas. Ocurre que los gestos de ruptura con el realismo, la inteligibilidad, la lógica, o incluso la respetabilidad de los materiales, cuando ocurrieron en la pintura o en la escultura, se elevaron a canónicos (desde Duchamp a De Chirico y Warhol), pero en la poesía y la novela quedaron siempre arrumbados en los aledaños o enterrados en las plantas de raros y curiosos.

    No va a ocurrir lo mismo con Nocilla Dream, un libro muy inteligente, juguetonamente serio, y que al margen de ciertos desmayos hacia su mitad, mantiene una tensa estructura de interés (sobre la paradójica base de matar lo que ha supuesto hasta ahora, con la intriga, la estructura básica del interés narrativo). Su autor la rehace de otro modo: imaginando situaciones que llevan al lector a una constante intertextualidad cultural. Cada imagen trae a la imaginación del lector escenas que ha visto en el cine, canciones que ha oído, situaciones de los telefilmes, o bien realidades interculturales y mezcolanza que la globalización ha convertido en cotidianas.

    Lo que más me ha interesado es su estética visual. Esta novela no podría vivir sin el cine. Cada espectador pondrá las películas que quiera. Algunas hay citadas, como París, Texas; otras, que no se citan, como Fargo, penetran también la realidad del libro, con esas amplias mesetas estadounidenses, semidesérticas. Fernández Mallo va metiendo como quien no quiere la cosa toda la realidad de una cultura posmoderna, que los lectores sentirán suya a poco que hayan estado despiertos a esas otras modalidades de lo real. Incluso será celebrado el juego que su autor, físico de profesión, hace con la indeterminabilidad de las categorías espaciales y temporales de la ciencia. Si la ciencia negocia con la ficción absurda, ¿por qué no la literatura?

    Zapatos en el árbol. Esta invención hace sobresalir ciertas ligaduras recurrentes, como la excelente imagen poética del álamo instalado absurdamente en el desierto del que penden como si fuese un árbol de Navidad zapatos de muchos de los que ha pasado por allí. También se repiten algunos personajes y situaciones. Pero los hilos del tejido son tenues en su solo aspecto temático, aunque fuertes en su planteamiento teórico o poético. Ha hecho bien su autor en convocar a Borges y a Italo Calvino (que lo descubrió para nosotros) con el concepto de rizoma. Es ahí donde la Red alcanza a ser una metonomia trazada primero por el genial vate ciego rioplatense, pero que nutre toda nuestra contemporaneidad. Ésa será la forma que adopte esta novela y quizá muchas del futuro.

    Nocilla Dream tiene fallos, claro; no siempre las piruetas resultan igual de afortunadas. Pero este libro salta, está vivo. Y habla de cosas que conciernen a los lectores de mañana (que deben empezar a serlo hoy).

    José María Pozuelo Yvancos

    vicente luis mora — 06-01-2007 12:57:32

  5. En alguna obra de Harold Bloom, este comenta más o menos (citando, creo recordar, a E. M. Forster) que se debería leer como leen los escritores, quienes sólo se interesan por lo que pueden incorporar a su propia obra.
    Sin creérmelo demasiado, pues, escritores también leerán por el mero placer de la lectura aunque no les reporte demasiado a su labor; quisiera emplear esa idea a modo de justificación por si alguien encuentra un poco o muy alejado del tema lo próximo:
    “Nocilla dream” me parece fantástica, es una de esas lecturas (o eso me ha ocurrido a mí) que no tienen marcha atrás: algo (te (me))cambia.

    Vicente Luis Mora habla en su reseña (y en muchos otros lugares) de la “disolución posmoderna de la identidad”.
    La disolución de la identidad (y de la realidad, de la novela, etc.) suponen la existencia de una identidad (realidad...) que se diluye.
    Queda, entonces, trabajar con la identidad sabiendo que ésta no es y no ya diluyéndola.
    Una sensación de pasmo nihilista (lo sé, soy un poco facilón, por no decir cobarde) es lo que me ha producido una lectura diagonal de “Nocilla dream”: La identidad (realidad, novela...) ya no es tal, ni se encuentra tanto en una fase de deconstrucción; es otra cosa, si es algo, lo que aparece. Ya no hay ni dilución.

    Quizás debiera haber leído “Nocilla dream” una segunda vez para comprobar el grado de perversión de mi pensamiento respecto a la obra, (lo que leí y lo que quise leer), pero la precipitación puede resultar así más interesante. De todas maneras , me temo: mañaná u otro días cuando lea este post me diré algo que será parecido a, mira que eres capullo.

    Una cosilla más. Habla usted, estimado Vicente, en su anotación de “algún autobombo fuera de lugar (p. 204)”. Me resulta curioso esto, pues mi lectura fue muy distinta. No me resultó curioso que fuese distinta mi lectura sino que me recuerda, en cierta manera ese “fragmento” a un poema suyo de “Nova” titulado “Razones por las que nunca escribiré mis memorias, III” y más aún a uno de “Ciudad del hombre: Barcelona” de Fonollosa que empieza así: “Tengo ya preparadas las respuestas/ para las entrevistas periodísticas/ . que me harán en la prensa, radio y tele(...)” y termina “Todo está preparado. Todo a punto. /Puedo empezar, pues, a escribir mi libro.”
    Perdón por no transcribir el poema entero pero desconozco si es lícito.
    Saludos y gracias por permitirme molestar un poco.

    Genaro — 17-01-2007 16:03:04

  6. Qué puedo decirte, Genaro. Uno denuncia en los demás los errores que sabe que pudo cometer él mismo... Gracias por tu opinión. Saludos.

    vicente luis mora — 18-01-2007 09:50:31

  7. Debo disculparme pues me ha usted malinterpretado. Debí haberme explicado mejor, mea culpa.
    El poema de Nova al que me refería me gusta mucho, y también el de Fonollosa, no me parece ninguno un error.
    Intentaré explicarme un poco.
    Poco creíble resultaría si un escritor dijese que ni tan siquiera en su adolescencia había tenido algún tipo de sueño de grandeza, que no había soñado ser un imán coronado con laureles.
    Luego el tiempo pasa y las necesidades son otras, o quizás no.
    (En el libro-catálogo “El Mundo de Juan Eduardo Cirlot”, recuerda una de sus hijas el que según su padre era el cuento más terrorífico, que más o menos venía a ser así:
    Un escrito resucita y al recorrer las bibliotecas comprueba que no aparece en los archivos. Por otra parte Gamoneda sostiene que si no nos esperase la muerte, como nos espera, el arte no existiría. A veces también lo pienso así, pero otras pienso que quizás entonces el arte estaría más próximo a Beuys o a ciertas propuestas de John Cage)

    Esa, digamos, vanidad es tratada por incontables autores y desde infinidad de enfoques distintos; el suyo, por ejemplo, en el, para mí, magnífico poema de Nova, es distinto al de Fonollosa, o al del propio Fernández Mallo en algún lugar de su “Joan Fontaine Odisea”(lo siento, diría donde, pero no lo tengo a mano en este momento).
    Lo que quería decir es que yo no vi autobombo, vi ironía.
    Termino ya. Gracias a usted por su paciencia.

    Genaro — 18-01-2007 23:30:55


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