Joseph Conrad, el cazador de almas
Joseph Conrad
El corazón de las tinieblas / La soga al cuello (Orbis, 1986)
Lord Jim (Bibliotex, S. L., Madrid, 1999)
El duelo (Berenice, Córdoba, 2006)
El cazador de almas
Como Stanislaw Lem y otros muchos escritores polacos, Joseph Conrad nació en una localización que hoy no está ya dentro del actual territorio de Polonia. De nombre Józef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski, nace en Berdyczów (Berdichev) en 1857. Esta ciudad es hoy territorio ucraniano. Este curioso desplazamiento es sólo un símbolo del continuo peregrinaje que, como ciudadano, como marino y como escritor, desarrolló Conrad, un hombre cuyas errancias incluyeron las de la lengua de escritura (algo frecuente en europeos, véanse los casos de Beckett, Cioran, Nabokov o Kundera). Como apunta Julián Jiménez Heffernan en el largo y excelente prólogo a El duelo, hasta 1898 Conrad se dedicó a vivir, y a escribir lo vivido a partir de entonces. Su trayectoria vital durante sus primeros años es agitadísima, casi tanto como su actividad escrituraria posterior, que le llevó a la redacción de veinte novelas y varios relatos, mas varios textos inconclusos. De ese periplo han quedado varias obras maestras de la literatura, como El corazón de las tinieblas, Lord Jim, Nostromo o La línea de sombra. En estos días celebramos la recuperación de El duelo, una nouvelle incluida originalmente en un conjunto de seis relatos largos, anteriormente publicada en castellano pero que Berenice presenta en una nueva traducción de Mario Jurado (reciente premio al libro mejor traducido en Andalucía por El circo del Doctor Lao, también publicado por Berenice).
Llama la atención de los libros de Conrad la textura de su prosa, configurada de un modo bastante singular, con un ritmo entrecortado por injertos de informes, confesiones orales, conversaciones a su vez tartamudeantes, donde se sugieren los rumbos del pensamiento del personaje con frases a medio decir, recuerdos inopinados, relatos cruzados, etc. Los críticos han visto en eso algo más que un problema textual de la prosa conradiana: la pregunta sería, más bien: ¿escribe Conrad sobre algo, sobre algún “pre-texto”, o éste se delimita por la posterior operación narrativa? Heffernan parte en el prólogo de El duelo de una sagaz observación de Edward Said: “el texto era para Conrad la cosa producida, la cosa producida”. Lo que significa, a juicio del primero, que “esa cosa producida no es otra cosa (…) que un denso tejido de narraciones en abîme, narraciones casi siempre enunciadas, es decir, orales. De ahí que cualquier otra cosa (misterio semántico, intención psicológica, motivación ética) quede subordinada en cierta medida al proceso producido del narrar” (p. 42). Si la física micromolecular tolerase las extrapolaciones gratuitas, hablaríamos de una variante del principio de incertidumbre de Heisenberg: la veracidad (y el modo de contarla) de lo observado se altera por la observación (por el proceso narrativo). Como explica Heffernan, esto supone una riqueza, una apertura hermenéutica, la feraz alegría de no poder tener del todo atado un texto de Conrad, siempre en rotación significativa.
El duelo
La edición de El duelo de Berenice ofrece al lector, en realidad, dos libros: el de Conrad, y otro del editor e introductor, Julián Jiménez Heffernan, que se extiende por casi cien páginas y que intenta exponer un horizonte de lectura de la obra de Conrad, centrada en esta novela corta. El duelo, llevada por Ridley Scott al cine en 1977 como Los duelistas, es la asombrosa historia -basada en un hecho real- de dos oficiales napoleónicos que estuvieron batiéndose en duelo durante dos décadas, no sólo durante la conquista de Europa, sino incluso acabadas las contiendas militares del Emperador. Esta nouvelle es el más imparcial de los relatos de Conrad; en un momento dado llegamos a leer: “éste es el registro fiel de las palabras intercambiadas durante la retirada de Moscú por los coroneles Feraud y D’Hubert” (p. 160). La desaparición de Marlow, el marinero que relata otras novelas de Conrad, ajeno siempre a escaramuzas no marítimas, hace que la historia no llegue a tener nunca conciencia de sí misma, pareciendo una descripción naturalista de un argumento que se sostiene solo, si es que esto es posible. Y la cuestión es que El duelo tiene una construcción idéntica a la de Lord Jim; si ésta última se monta sobre una determinación, la de que “resulta imposible derribar al fantasma de un hecho” (p. 171), el indigno comportamiento de Jim al abandonar el Patna en plena navegación, en El duelo todo se monta alrededor del “fantasma de un hecho”, ya que la larguísima sucesión de duelos entre los dos militares protagonistas tiene su origen en algo que todos los personajes del libro ignoran, aunque los lectores del libro saben (y sólo ellos) que de seguro surge del enfado de Feraud al ver las galanterías que su oponente procura a su admirada señora (que para colmo está casada). Hay algo más en común: Conrad utiliza exactamente la misma frase para presentar a D’Hubert (El duelo, p. 194) y a Jim (Lord Jim, p. 49, también p. 274 y p. 349): ambos son “uno de los nuestros”, como diciendo: la fatalidad, el sinsabor amargo de la vida pueden presentársele a cualquiera, y la medida de su respuesta es también la medida de su alma.
Una de las explicaciones de la disputa es muy interesante: “la enemistad se había originado en el pasado lejano. Habría sido algo inconcebible en el presente estado en que se hallaban, pero sus almas recordaban aún la animosidad y mostraban un antagonismo instintivo” (p. 134), y es interesante sobre todo porque podría haber inspirado un relato de Borges, precisamente llamado “El duelo”, incluido en El informe de Brodie, donde dos puñales luchan entre ellos, utilizando generaciones de hombres para cumplir su destino.
La violencia y el corazón de las tinieblas
Como otras novelas de Conrad, El duelo participa de la fascinación o incomprensión del autor por la violencia entre personas, por ese “fogoso e insensato animal que conduce a los hombres a la batalla” (p. 105). Pero es quizá en El corazón de las tinieblas donde la presencia del odio y de la violencia entre iguales está más presente. El propio Borges, en un prólogo a El corazón de las tinieblas, escribió que esta novela es “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado”. Y añade una curiosidad: “según el testimonio de H. G. Wells, el inglés oral de Conrad era muy torpe. El escrito, que es el que importa, es admirable y fluye con delicada maestría”. Tendremos que creer a Wells para los primero, pero cualquier ejemplar de cualquier novela de Conrad nos disipará las dudas sobre lo segundo. La historia de The Heart of the Darkness nos la cuenta un auditor (p. 64), cuyo nombre no nos consta, que con magnífica humildad se limita a escuchar la historia del citado marino Marlow, mientras esperan a que la marea suba a la entrada del Támesis. Como en todo lo que Conrad imagina, hay que ir más allá: a poco que nos fijemos, el escritor normalmente es eso, un mero oidor que oye historias (sea dentro de su cabeza, sea fuera de ella) y luego las transmite. Ese auditor humilde es la personificación del escritor, que hace de testigo casi mudo al marinero que narra la vibrante historia de la búsqueda del comerciante de marfil Kurz por el centro de África.
La sombra
Para Jung, la sombra era esa parte de la personalidad que acumula todas las energías mentales e inconscientes negativas: las represiones, la pulsión destructiva, el egotismo, la negación. Ignoro si el psicoanalista había leído a su contemporáneo Conrad; de ser así, hubiera encontrado en su obra más materia literaria de la que Freud hallase en las tragedias griegas o en las obras de Shakespeare. La obra de Conrad es, por decirlo con el título de Poe, “Un descenso al maelström”, al remolino interior y terrible del individuo. Como Dostoievski o Kafka, Conrad no sólo conoce a Los demonios del alma, sino que son su tema favorito: “sé que yo lo tengo, el demonio, quiero decir. No lo he visto nunca, claro, pero me baso en pruebas circunstanciales”, dice Marlow en Lord Jim (p. 41), y es significativo que lo diga precisamente el narrador de varias novelas de Conrad, el que se dedica a narrar y extricar los hechos circunstanciales de los demás. Como Freud, Conrad piensa que la más elevada conquista mental del hombre es “la de luchar con éxito contra una pasión interior provocada por una causa a la que se ha entregado él mismo” (“El Moisés de Miguel Ángel”, 1914).
Para el narrador polaco, la presentación de los personajes en ciertos espacios crea el ambiente propicio para la aparición de los conflictos en los cuales aparece más fácilmente esa sombra, el lado oscuro, las tinieblas del corazón. Por eso, yerran quienes opinan que los ambientes de Conrad parecen escapistas o exóticos; en realidad, son los lugares más apropiados para que un alma se enfrente consigo misma (requisito básico del verdadero miedo, según un navegante francés que habla con Marlow en Lord Jim). Las guerras napoleónicas de El duelo, los infinitos y amenazadores mares de Salvamento o Juventud, o la selva africana, son espacios escénicos ideales para el desarrollo de una dramaturgia subjetiva, el alma humana sometida a torsión agónica, según describiese San Agustín. Por ejemplo, en El corazón de las tinieblas, el paisaje de África no es visto como un entorno de delectación, sino como una amenaza. Si los poetas románticos veían la naturaleza como una prolongación de su estado sentimental, para Conrad la frondosidad africana es un trasunto del estado moral de sus personajes: “el gran muro de vegetación, una masa exuberante y confusa de troncos, ramas, hojas, guirnaldas, inmóviles a la luz de la luna, era como una tumultuosa invasión de la vida muda, una ola arrolladora de plantas, apiladas, con penachos, dispuestas a derrumbarse sobre el río, a barrer la pequeña existencia de todos los pequeños hombres que, como nosotros, estábamos en su seno. Y no se movía” (p. 56). El estatismo (la indiferencia) es la auténtica amenaza. Y, más allá, y en el mismo sentido que le hemos podido leer a Kapuscinski en sus viajes por África, el continente negro se configura como un espacio amoral, un lugar donde “se puede hacer todo, todo”, como colgar a un hombre, sin temer a la responsabilidad (p. 61) –también en Lord Jim el mar tras el naufragio se configura como un lugar fuera de la ética, sin “miedos, ni leyes” (p. 110)–; un espacio que para Conrad, que remontó el río Congo trece años antes de escribir esta novela sobre un hombre que remonta un río como el Congo, se caracteriza por “la muerte en acecho, el mal escondido, las profundas tinieblas del corazón humano” (p. 62). Una tierra que “no parecía la tierra” (p. 66), donde oscuros hombres primitivos y crueles se escondían, y sin embargo, uno sabe en el fondo hay un “remoto parentesco con aquellos seres salvajes”, y “el que es hombre sabe y puede mirar aquello sin pestañear” (p. 67). Más adelante justifica esos arranques como naturales por la ausencia de civilización: “¿cómo no poder imaginar entonces a qué determinada región de los primeros siglos pueden conducir los pies de un hombre libre en el camino de la soledad, de la soledad extrema donde no existe policía, el camino del silencio extremo (…)?” (p. 88). Conrad comienza a prevenirnos de que ese descenso al centro de África, al principio de la vida, al comienzo de la civilización humana, es también un descenso al maelström interior, a lo más oscuro y atávico de nosotros… que es esencialmente igual, en todos, en el fondo. Subir el Congo hacia dentro es un camino de imperfección, una Bildungsroman inversa: “penetramos más y más espesamente en el corazón de las tinieblas” (p. 66). Los senderos de Conrad no se bifurcan, sino que se precipitan en el abismo, el del alma del individuo.
Marlow y la búsqueda de almas
Joseph Conrad bien pudo haber hecho suyo el lema los versos del poeta José Luis Hidalgo: “mi vida / será oscura memoria de otras almas”. La indagación por lo espiritual como denominador común de la raza, cruza por la base todas sus novelas. De todos los personajes de Conrad, mi favorito no es Kurtz, ni Jim, ni otros conocidos, sino Marlow, ese marino narrador de Juventud, El corazón de las tinieblas y Lord Jim. No sólo es mi preferido porque por él accedamos al relato, sino porque es, de puro oblicuo y oscuro, uno de los más interesantes y complejos. Marlow es el cazador de almas. Le fascina de Jim “la niebla en la que se movía y en la que habitaba su ser”, y también “la lucha misteriosa, inexplicable e impalpable que sostenía su alma herida”; de Kurtz, “aquella alma saciada de emociones primitivas”. Capaz de hacer miles de millas náuticas para conocer de cerca el caso de Jim, de penetrar la selva africana esquivando la muerte para hablar con un hombre; dotado a la vez del mayor sentido aventurero y del mayor estatismo, también puede luego estarse horas quieto, sentado, relatando a media voz una historia. Su inmovilidad al contar es legendaria, el auditor la enfatiza al final de El corazón de las tinieblas, y también la apunta el misterioso narrador de los cuatro primeros capítulos de Lord Jim: “desde la primerísima palabra el cuerpo de Marlow, extendido en reposo en el asiento, se quedaba muy quieto, como si su alma se alejara volando hacia atrás en el tiempo y hablase por sus lados desde el pasado” (p. 41). Esto es muy hábil por parte de Conrad: el alma de Marlow desaparece, se aleja, para dar cabida a la de sus personajes. Síntesis oximorónica del moverse y el estar, preocupado no por la historia, sino por las almas que la generan (Lord Jim, p. 59), o mejor por las oscuridades de las almas, es una imagen perfecta del escritor y, por tanto, el alter ego exacto del propio Conrad. Lo que en éste es temporal y sucesivo (varios años de viajero, otros tantos de escritor sedentario después), en Marlow es simultáneo: viaja y cuenta, o cuenta (como en el principio de El corazón de las tinieblas) mientras viaja. Tiene un peculiar sentido de la ética narrativa: si se decide a relatar, no esconde nada a quienes le escuchan (Lord Jim, p. 135). Incluso tiene su propia poética: “para él [Marlow] la importancia de un relato no estaba dentro de la nuez sino afuera, envolviendo la anécdota de la misma manera que el resplandor circunda la luz, a semejanza de uno de esos halos neblinosos que a veces se hacen visibles por la iluminación espectral de la claridad de la luna” (El corazón de las tinieblas, p. 17). Hay quien le reprocha, lo recuerda Manuel Hidalgo en el prólogo a Lord Jim, el hecho de contarlo todo, pero el propio Marlow, humildemente, dice en la marítima novela que “mi debilidad consiste en no ser capaz de distinguir lo accesorio” (p. 89), aunque su excesivo detallismo está a veces justificado: “les he contado estos dos episodios con detalle para mostrarles la forma que tenía de comportarse bajo las nuevas condiciones en que se desarrollaba su vida” (p. 170).
Conclusión
Conrad es un narrador a veces excesivo, a veces demorado en exceso, pero sus momentos brillantes son de una calidad excepcional. Su conclusión de que la Tierra no es lo suficientemente grande para un hombre que huye (Lord Jim), su temple para sostener una historia (El duelo), su capacidad de llegar hasta lo más negro del alma (El corazón de las tinieblas), su capacidad de entrever cuál es el momento de la vida donde cada decisión tiene un peso trascendental (La línea de sombra). Es admirable su rara habilidad para mostrar nuestras flaquezas, las de todos, como especie: “ningún hombre tiene éxito en todo lo que emprende. En ese sentido todos somos fracasados” (El duelo, p. 183).
Pero, y en unión con lo anterior, lo importante de la literatura de Conrad, con lo que nos quedamos, es que este ingeniero en oscuridades humanas, este perito de sombras, este dibujante de abismos, tiene al final una confianza en la vida, en el empeño de los otros, que le salva y que, sobre todo, nos salva a nosotros, “pues –como dice en Lord Jim– en el fondo de nuestros corazones confiamos para nuestra salvación en los hombres que nos rodean, en las visiones que nos llenan la mirada, en los sonidos que nos llenan los oídos y en el aire que nos llena los pulmones”. Y es que, al final, no hay más que eso.