Aeropuertos
En el último número de la revista digital Kiliedro (http://www.kiliedro.com), hay un interesantísimo cuento (como todos los suyos), de Germán Sierra, amén de otros diversos contenidos, que hacen de esta publicación digital un especimen curioso y casi único por su polifonía. Recomiendo la lectura de la revista en general y del cuento en particular.
La cuestión es que el tema del relato de Sierra, la vida en aeropuertos, parece estar configurándose en un topoi literario y sociológico de la máxima actualidad. Amén de la película La terminal, está presente en la primera y más que recomendable novela de Agustín Fernández Mallo, Nocilla Dream, que acaba de ver la luz en Candaya y que no deberían perderse -ya hablaremos de ella aquí, en extenso-. Pueden completar estas experiencias fílmicas y literarias con la página The Budget Traveller's Guide to Sleeping in Airports (http://www.sleepinginairports.net), donde encontrarán amenas descripciones de instalaciones aeroportuarias de las más diversas partes del mundo, con decenas de comentarios de sus usuarios habituales, para quedarse a vivir en ellas o hacer su corta estancia (que incluye, por supuesto, pasar una noche en los aeropuertos para ahorrarse el hotel) lo más agradable posible. El aeropuerto está dejando de ser un no-lugar para convertirse en un lugar de encuentro (al menos, en el terreno de la ficción, y quizá no solamente allí) de voluntades y figuras perdidas. Augé definía el no-lugar precisamente a partir del aeropuerto: “los aeropuertos, las cadenas hoteleras, las autopistas, los supermercados (…) son no lugares en la medida en que su principal vocación no es territorial, no consiste en crear identidades singulares, relaciones simbólicas y patrimonios comunes, sino más bien en facilitar la circulación (y, por ello, el consumo) en un mundo de dimensiones planetarias” (Marc Augé, El tiempo en ruinas; Gedisa, Barcelona, 2003, p. 101), pero encontramos ahora colectivos (ficcionales y reales) que buscan del aeropuerto precisamente lo que tiene de lugar de detención, de encierro (el aeropuerto es una síntesis perfecta de las sociedades de encierro de Foucault y de las sociedades de control de Deleuze), y de permanencia. Kafka, supongo, haría hoy sus cuentos de El médico rural ambientados en una de estas miniciudades llenas de permisos, códigos de acceso, aduanas, pasaportes y registros. Si La terminal acabara con un plano de un ataúd obteniendo el permiso de salida del aeropuerto, sería una versión exacta de El castillo.
En su curioso artículo "Airports: A Personal Memoir" (incluido en Here, There, Elsewhere. Dialogues on Location and Mobility; Open Editions, London, 2002), Peter Wollen repasaba los más de cien aeropuertos que ha visitado en su vida, uno por uno. De sus cortas descripciones se deducía la inquietante idea de que cuando se ha pasado demasiado tiempo en aeropuertos, te queda la impresión de que estás siempre en el mismo lugar, un Aeropuerto compuesto de millares de fragmentos similares o clonados del Aeropuerto Arquetípico, perdonen la imagen borgiano-platónica, que está más allá de nuestra realidad, en alguna caverna de la mente.