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Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

30-09-2006 18:19:20

La poesía como lenguaje turbador: Amalia Iglesias Serna

Categoria: GeneralVicente Luis Mora

Amalia Iglesias Serna
Antes de nada, después de todo (Servicio de Publicaciones de la
Universidad del País Vasco, Bilbao, 2003)
Lázaro se sacude las ortigas (Abada, Madrid, 2006)


El orden turbador


donde habita la escarcha tiritando entre ortigas
A. Iglesias Serna, Un lugar para el fuego

Diez años ha dejado pasar Amalia Iglesias Serna (Menaza, 1962) entre su último libro de poemas, Dados y dudas (1996), y esta novedad, que aparece en la sugerente colección “Voces” de Abada. Pero no estamos ante el cierre súbito de un largo parón escriturario; parecido tiempo separó aquel excelente poemario de Memorial de Amauta (1988), con la breve interrupción de la plaquette Mar en sombra (1989); más bien, este diapasón apunta a un modo reposado de entender el mester poético, un ajuste a la palabra esencial entendido no sólo (y como veremos) como la precisión o la palabra justa flaubertiana sino la esencialidad de una voz que sólo habla cuando tiene algo verdadero que decir. En un panorama dominado por la abundancia, la repetición y el exceso, Iglesias Serna alza sus delgados poemarios a modo de elogio de la contención concentrada. No es por ello casual que sus reconocidos maestros, presentes en diferentes partes de Lázaro se sacude las ortigas, sean Gamoneda, Valente, Zambrano o Huidobro (como en libros anteriores fueron Rilke, Char o Perse). De todos ellos ha aprendido la autora la lección de ser expresiva sin abandonar el despojamiento, de ser discursiva sin caer en la retórica.

Lázaro se sacude las ortigas responde a varias líneas de fuga, técnicas y temáticas, pero guarda una saludable coherencia con la obra anterior de la poetisa palentina. La poesía de Iglesias Serna es original en el sentido orteguiano, esto es: de retorno al origen. Al suyo y al nuestro, al particular y al común; como si cada vez que decidiese, pasados los años, tomar la palabra, se armara con la panoplia de su experiencia (personal y lírica) y de su tradición cultural, forjada caleidoscópicamente de varias y exigentes tradiciones. La aparición de los presocráticos, de los temas bíblicos (Lázaro), los mitos griegos y los topoi filosóficos y literarios clásicos (el hortus conclusus, la caverna platónica, la renacentista música de las esferas, la doctrina del eterno retorno), así lo atestigua a lo largo del poemario. Pero no hablamos de tópica de topos, sino de trófica y trópica, de retorsión, de explorar las posibilidades de caminos que parecen mil veces trillados y que, gracias al trabajo indagador de la autora, nos parecen nuevos, recién estrenados. Iglesias Serna es una poeta elegíaca esencial que consigue, a ratos, parecer posmoderna: la tradicional endecha no escamotea estos versos actualísimos: “tal vez por eso, para no sentirnos culpables, / escribimos más versos, como quien marca / teléfonos móviles que sigan sonando en vuestras tumbas”. Y no es el único ejemplo: del “Telémaco en claro pasaba las horas y estaba / desvelado en la noche inmortal” de Homero se pasa al “has perdido la fe / en la noche sembrada de satélites”. Estos últimos versos, por cierto, pertenecen a un poema que nos abre una pista sobre ese constante retorno al origen de la poeta. Hay un juego de espejos, supongo que deliberado, entre ese poema de Lázaro se sacude las ortigas, titulado “El día sin aurora”, y el último de Memorial de Amauta, que tiene como rúbrica “La palabra perdida”. Con 18 años de diferencia, ambos textos comienzan con una referencia a María Zambrano, hacen referencia a la palabra poética como medio de expresión de lo interior, utilizan la metáfora del mar -otra constante en la lírica de Iglesias Serna (1)-, tienen versos muy parecidos: “caminaba a tientas / sobre el blanco vacío sin aurora” (1988); “ese día será y a para siempre / el cielo más oscuro sin aurora” (2006), e incluso tienen recursos plásticos semejantes:

(1988):
y quise en cada huella un fulgor innombrable,
derramada belleza
de un verso que no existe;
las alas de la luz,
los goznes de la luz…

(2006):
En sus pupilas retumba un altar de ceniza,
un cauce extraviado de ríos
sin mar que desemboque,
sin oración para la noche de los satélites
sin ofrendas para dioses efímeros

Demasiadas coincidencias, creo; e incluso, si se tratara de una mera causalidad, esos paralelismos nos harían pensar en el modo en que determinados tonos y obsesiones reverberan cíclicamente en la obra de Iglesias Serna, mereciendo incluso un tratamiento estrófico similar. Pero merece la pena seguir explorando esa voluntad reinventora que apuntábamos más arriba, referida a temas clásicos. En lo semántico, esa actitud da lugar a textos como “Carmina filológica”, un poema que nos recuerda el excelente “De vita philologica” de Jaime Siles, donde el lenguaje acaba, sobre un verso de Cirlot, corporeizando el deseo: por él, dice Amalia Iglesias, “yo hablaría la lengua de los dioses / para amar / orangutansílabas, / abrecriaturas, / silencionarios” (otros neologismos, como “incerti-lumbre”, leíamos en versos de 1985). Hay varios poemas (por ejemplo, “Escribir”), donde la expresión metaliteraria se suelda íntimamente a la experiencia propia, al hecho mismo de la respiración natural; siguiendo un lugar habitual de la poesía femenina contemporánea, la escritura se vuelve germinación, productividad genésica, mientras que la incapacidad de escribir, la omnipresencia del hueco (normal en una autora con tan extensos períodos de silencio) provoca un poema estremecedor como “Poema no escrito” (no sabemos si en persecución de Auden o de Carnero, quizá de los dos), donde “el verso amordazado guarda células muertas, / se amontona la lava en tu boca”, de lo que se colige, en dos versos que quizá monten la poética del libro, que “el alfabeto a oscuras / sólo escribe epitafios”. No es un libro que cante a la muerte, sino a la extinción, lo que no es lo mismo: Lowell lo vio en aquel verso que decía “he hablado la extinción hasta la muerte”. Iglesias Serna habla lo extinto con pulsión de vida, en un nuevo juego requebrador, requebrantador, resquebrajador, deconstructivo.

Esto, en cuanto a la retorsión semántica; de la trópica da muestra ejemplar el poema “Juegos presocráticos”, que hace exactamente lo mismo que hizo Ducasse en sus Poesías al “deconstruir” la logomaquia moral de su tradición cercana (La Rochefoucauld, Joubert): de igual manera, Amalia Iglesias toma aforismos presocráticos y les cambia por completo el sentido, para lo cual basta a veces sustituir el orden de los términos: así, la imagen de Heráclito (rescatada por Nietzsche) por la cual el tiempo es un niño que juega, es retorcida por Iglesias concediendo que “el niño es un tiempo que juega”, lo cual demuestra también que las reglas de la filosofía –y de la poesía– no son matemáticas, ya que el producto depende del orden de los factores; en concreto y como decía Parménides en el Poema, del “orden turbador de las palabras” (B 8, 52). Una precisa definición de la poesía de Iglesias Serna, por cierto. Por cierto, ese niño aparecía ya en Un lugar para el fuego:

Sobre la arena
un niño rosa olvida nuestros nombres,
un niño circular,
con el estigma de los astros inútiles,
ordena el ritmo de las olas,
inventa sonrisas para musas estériles,
abre hipocampos y puentes con ausencia.
Un niño cruel organiza el horizonte
y me entrega tu distancia
con sus manos más limpias.

El resultado es una poesía singularísima, que vacila –o mejor oscila, aunque la duda es algo inherente a la autora de Dados y dudas– entre lo oscuro y lo iluminador, entre lo comprensible y lo parcialmente hermético. Como decía Miguel Casado en una lejana reseña, precisamente sobre ese libro, en la poesía de Iglesias Serna “el léxico y las imágenes (…) componen frases cuya lectura lineal suele hacerse imposible: hay que recurrir a una lectura de substancias, a la progresiva acumulación de pequeñas dosis ambientales, de las que se desprenderá una atmósfera”. En efecto, el orden turbador de este libro puede ser, lógica o razonablemente mirado, un desorden; pero su razón es otra. Es poética, esencial, y requiere del lector no un esfuerzo, sino una sensibilidad, una capacidad de ver más allá.

Y es que la humanidad, la capacidad de buscar la fibra sensible, es indispensable para entender estos poemas transidos de emoción y, en no pocos casos, de sufrimiento propio y ajeno. Hay mucha muerte, ya desde el título, en Lázaro se sacude las ortigas (2), y por desgracia no sólo retórica: aquí comparece la de José Ángel Valente, por ejemplo, retratado en sus últimos días en un emocionante poema. Por eso, de entre las muchas cosas que Amalia Iglesias intenta decirnos en este poemario, destacaría la identificación entre la esencia humana y la levedad; no en el sentido de Kundera, sino en el de Virginia Woolf: la especie como animal sumamente frágil que se desmorona con una mala palabra, con una mirada cruel, con un suspiro de desprecio (“nada sublime / se puede habitar sin desgarro”). La visión del ser humano como un pequeño cuerpo latiente que puede desaparecer en cualquier momento, y cuyo mayor milagro es, de manera precisa, la supervivencia confiada en una inexistente fortaleza. La visión de los amantes como “enredaderas humanas”, como imanes o “atractores extraños”, como “cuerpos / abrazados a la deriva”. Nuestro mundo como minúsculo jardín perdido en un cosmos ardiente, lleno de gases tóxicos y radiación abrasiva, donde se confrontan “los inmensos hornos volcánicos / donde fermenta la luz”, con “los pequeños úteros calientes / donde se amasan todas las criaturas” (de “Engranajes del universo”, un poema portentoso). La existencia, en suma, como un milagro a cuidar, como un soplo –divino o no– cuya respiración nos justifica. Hay una sensibilidad ética, y una ética de la sensibilidad en Lázaro se sacude las ortigas que, en verdad, nos devuelve a la vida, a lo vital, a lo esencialmente precioso que tenemos. Lázaro es cualquiera de nosotros cuando descubre de nuevo la existencia, el hecho de vivir, en su interior. Cuando valora que “habrá que regresar / después de todo”, pero también que, después de tanta muerte, “las estrellas muertas / volverán a vivir en otros ojos”.




Notas:
(1): En concreto la imagen, psicoanalíticamente significativa, del naufragio: “Porque tuyas son las llanuras y tuyos los naufragios, / el viento sur que justifica las columnas, / los ahogados que vuelven a habitar el espejo” (Un lugar para el fuego); “Pero la hermosa metáfora no bastaría / para trazar la estirpe del hombre y sus ahogados, / ni arcángeles ni hogueras justifican / su trasiego de peces abrazados al lodo”; (Memorial de Amauta). En Dados y dudas escribe: “Un mar muerto rozaba cada página en blanco / y no supe esribir la insumisión de la maleza”; y también: “soy el pez náufrago que espera / su tiro de gracia”.
(2): Frente a la carga de muerte de este libro, la obra de Iglesias Serna comenzó con estos versos: “Te buscaré para decirte / que estoy enamorada de la vida”, pertenecientes al primer poema de Un lugar para el fuego (1985), con el que la autora ganó en 1984 el Premio Adonais. El mismo poema inaugural sigue así: “amo la vida / que me pesa y me trasnocha (…) que amo la vida / a pesar de ese miedo cegado de vertientes / donde te busco, / porque aún esquivo la muerte / y amanece”.

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Comentarios

  1. Ahora que doquiera donde soplas la flauta te (per)siguen
    (claro: ¿Dónde va la gente? Donde va Vicente)
    Ahora que nadas entre letras cual Thorpe australiano
    practicando la ascesis (poética y laica en tu caso) como fray Luis de león
    Ahora que ya eres más famoso que las piruletas
    (que no saben a Mora pero que algo tienen de fruta silvestre)
    Ahora, digo, a ver si apañas el servidor donde tienes colgado el blog
    Y es que llevo 10 minutos esperando y el muy $%$& no se carga
    Sólo quería felicitarte por los cubos de flores con los que te cubre Jorge Carrión en La Vanguardia (algo de amigo tendrá) y recordar que Bonald ha ganado el Nacional de poesía con manual de infractores, aquel libro que no os gustó demasiado.(http://www.elmundo.es/elmundo/2006/10/03/cultura/1...)

    Tipo — 05-10-2006 00:31:11

  2. Si has leído el artículo de Carrión, habrás visto que hay cardos enredados entre las flores, también. Lo de Caballero... con los magníficos libros que ha escrito, es extraño que lo reciba precisamente por Manual de infractores. Pero en fin. Cosas.

    vicente luis mora — 05-10-2006 08:24:17

  3. Queridos amigos, perdonad la incursión, ¿os perece esto poesía, acaso prosa y mala?

    Luis García Montero
    BABELIA - 07-10-2006

    Nunca es tiempo perdido

    discutir con los sumos sacerdotes

    la existencia de Dios.

    Se aprenden cosas de los hombres.


    Es como discutir asuntos de belleza

    con devotos del arte y padres de la patria.

    La acuarela sensible,

    el paisaje bonito,

    la página exquisita, nos convencen

    de lo que no debemos escribir.


    Pero entre todas las lecciones

    hay una que conviene no olvidar.

    Es la que recibimos al compartir un sueño

    con el amigo puro

    que acostumbra a mezclar la poesía y la ley,

    o la verdad y los castigos.

    Sin hacer equipaje de rencores,

    sin bromas en el reino de los justos,

    uno aprende a cambiar de domicilio.

    Resulta imprescindible

    medir el tiempo de la realidad


    y que no sea demasiado tarde.

    Baudrillard — 07-10-2006 12:36:47

  4. Ay, Baudrillard, en los berenjenales que me metes. No he censurado tu comentario, porque no me parecía de recibo, pero este no es el lugar para hablar de la poesía de Luis García Montero (sobre todo, para hablar de un solo poema, habría que esperar al libro entero, que supongo aparecerá en 2007), sino de la poesía de Amalia Iglesias Serna, pues este es su post, y ella sí tiene un libro nuevo del que hablar, bastante interesante, por cierto. De modo que, por favor: no más comentarios sobre García Montero en este post; me reservo el derecho de no colgarlos. Tiempo habrá de hablar del nuevo libro del poeta granadino, en su momento. Saludos.

    vicente luis mora — 07-10-2006 12:55:00

  5. Perdona Vicente, yo lo hacía por la nostalgia que tengo de los buenos ratos vividos el año pasado con tantas disputas.
    Un sincero abrazo y mis más sinceras disculpas.
    Baudrillard

    Baudrillard — 08-10-2006 12:27:31

  6. Cuando te respondí ayer, Baudrillard, no había leído aún el Babelia, y no conocía que LGM acaba de sacar libro de ensayos. Pronto lo reseñaremos aquí, y entonces sí será ocasión de hablar de él. No tienes que disculparte, sólo trataba de evitar que el debate sobre la obra de Amalia Iglesias (inexistente hasta el momento, por desgracia), se dispersara. Es curioso lo difícil que es hacer que se hable aquí de cierto tipo de literatura, de cierta complejidad y altura (Iglesias Serna, Eduardo Milán, Rodrigo Fresán...) En fin, no desespero. Saludos.

    vicente luis mora — 08-10-2006 12:55:17

  7. Cuatro apuntes rápidos:

    -Gracias por la constancia, a menudo recojo pistas, sigo rastros de tu paso y más de una vez he agradecido descubrimientos. Espero que me pase lo mismo con esta autora que nos señalas, te lo diré si sucede.

    -Me reconforta y me hace llevarme la contraria, y hasta darme algún capón, leer "Y es que la humanidad, la capacidad de buscar la fibra sensible, es indispensable para entender estos poemas transidos de emoción y, en no pocos casos, de sufrimiento propio y ajeno".

    -Que un autor transite por terrenos parecidos, por senderos adyacentes, con 18 años de distancia y el mismo afán en el que convergen, me hace repensar la cita que traje de Whitman. Una vida entera emplean autores para abrir ese resquicio, ese canal para sí.

    -Cuando te quitas las gafas sin desprenderte de la mirada, y alabas o condenas las letras, sin dejar de valorarlas, de peritarlas, cuando abres de par en par la ventana sin dejar que la corriente te traspapele la intención, salimos todos ganando. Yo ya me entiendo.

    Un abrazo.

    Sergi Bellver — 08-10-2006 20:40:20


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