La poesía como lenguaje turbador: Amalia Iglesias Serna
Amalia Iglesias Serna
Antes de nada, después de todo (Servicio de Publicaciones de la
Universidad del País Vasco, Bilbao, 2003)
Lázaro se sacude las ortigas (Abada, Madrid, 2006)
El orden turbador
donde habita la escarcha tiritando entre ortigas
A. Iglesias Serna, Un lugar para el fuego
Diez años ha dejado pasar Amalia Iglesias Serna (Menaza, 1962) entre su último libro de poemas, Dados y dudas (1996), y esta novedad, que aparece en la sugerente colección “Voces” de Abada. Pero no estamos ante el cierre súbito de un largo parón escriturario; parecido tiempo separó aquel excelente poemario de Memorial de Amauta (1988), con la breve interrupción de la plaquette Mar en sombra (1989); más bien, este diapasón apunta a un modo reposado de entender el mester poético, un ajuste a la palabra esencial entendido no sólo (y como veremos) como la precisión o la palabra justa flaubertiana sino la esencialidad de una voz que sólo habla cuando tiene algo verdadero que decir. En un panorama dominado por la abundancia, la repetición y el exceso, Iglesias Serna alza sus delgados poemarios a modo de elogio de la contención concentrada. No es por ello casual que sus reconocidos maestros, presentes en diferentes partes de Lázaro se sacude las ortigas, sean Gamoneda, Valente, Zambrano o Huidobro (como en libros anteriores fueron Rilke, Char o Perse). De todos ellos ha aprendido la autora la lección de ser expresiva sin abandonar el despojamiento, de ser discursiva sin caer en la retórica.
Lázaro se sacude las ortigas responde a varias líneas de fuga, técnicas y temáticas, pero guarda una saludable coherencia con la obra anterior de la poetisa palentina. La poesía de Iglesias Serna es original en el sentido orteguiano, esto es: de retorno al origen. Al suyo y al nuestro, al particular y al común; como si cada vez que decidiese, pasados los años, tomar la palabra, se armara con la panoplia de su experiencia (personal y lírica) y de su tradición cultural, forjada caleidoscópicamente de varias y exigentes tradiciones. La aparición de los presocráticos, de los temas bíblicos (Lázaro), los mitos griegos y los topoi filosóficos y literarios clásicos (el hortus conclusus, la caverna platónica, la renacentista música de las esferas, la doctrina del eterno retorno), así lo atestigua a lo largo del poemario. Pero no hablamos de tópica de topos, sino de trófica y trópica, de retorsión, de explorar las posibilidades de caminos que parecen mil veces trillados y que, gracias al trabajo indagador de la autora, nos parecen nuevos, recién estrenados. Iglesias Serna es una poeta elegíaca esencial que consigue, a ratos, parecer posmoderna: la tradicional endecha no escamotea estos versos actualísimos: “tal vez por eso, para no sentirnos culpables, / escribimos más versos, como quien marca / teléfonos móviles que sigan sonando en vuestras tumbas”. Y no es el único ejemplo: del “Telémaco en claro pasaba las horas y estaba / desvelado en la noche inmortal” de Homero se pasa al “has perdido la fe / en la noche sembrada de satélites”. Estos últimos versos, por cierto, pertenecen a un poema que nos abre una pista sobre ese constante retorno al origen de la poeta. Hay un juego de espejos, supongo que deliberado, entre ese poema de Lázaro se sacude las ortigas, titulado “El día sin aurora”, y el último de Memorial de Amauta, que tiene como rúbrica “La palabra perdida”. Con 18 años de diferencia, ambos textos comienzan con una referencia a María Zambrano, hacen referencia a la palabra poética como medio de expresión de lo interior, utilizan la metáfora del mar -otra constante en la lírica de Iglesias Serna (1)-, tienen versos muy parecidos: “caminaba a tientas / sobre el blanco vacío sin aurora” (1988); “ese día será y a para siempre / el cielo más oscuro sin aurora” (2006), e incluso tienen recursos plásticos semejantes:
(1988):
y quise en cada huella un fulgor innombrable,
derramada belleza
de un verso que no existe;
las alas de la luz,
los goznes de la luz…
(2006):
En sus pupilas retumba un altar de ceniza,
un cauce extraviado de ríos
sin mar que desemboque,
sin oración para la noche de los satélites
sin ofrendas para dioses efímeros
Demasiadas coincidencias, creo; e incluso, si se tratara de una mera causalidad, esos paralelismos nos harían pensar en el modo en que determinados tonos y obsesiones reverberan cíclicamente en la obra de Iglesias Serna, mereciendo incluso un tratamiento estrófico similar. Pero merece la pena seguir explorando esa voluntad reinventora que apuntábamos más arriba, referida a temas clásicos. En lo semántico, esa actitud da lugar a textos como “Carmina filológica”, un poema que nos recuerda el excelente “De vita philologica” de Jaime Siles, donde el lenguaje acaba, sobre un verso de Cirlot, corporeizando el deseo: por él, dice Amalia Iglesias, “yo hablaría la lengua de los dioses / para amar / orangutansílabas, / abrecriaturas, / silencionarios” (otros neologismos, como “incerti-lumbre”, leíamos en versos de 1985). Hay varios poemas (por ejemplo, “Escribir”), donde la expresión metaliteraria se suelda íntimamente a la experiencia propia, al hecho mismo de la respiración natural; siguiendo un lugar habitual de la poesía femenina contemporánea, la escritura se vuelve germinación, productividad genésica, mientras que la incapacidad de escribir, la omnipresencia del hueco (normal en una autora con tan extensos períodos de silencio) provoca un poema estremecedor como “Poema no escrito” (no sabemos si en persecución de Auden o de Carnero, quizá de los dos), donde “el verso amordazado guarda células muertas, / se amontona la lava en tu boca”, de lo que se colige, en dos versos que quizá monten la poética del libro, que “el alfabeto a oscuras / sólo escribe epitafios”. No es un libro que cante a la muerte, sino a la extinción, lo que no es lo mismo: Lowell lo vio en aquel verso que decía “he hablado la extinción hasta la muerte”. Iglesias Serna habla lo extinto con pulsión de vida, en un nuevo juego requebrador, requebrantador, resquebrajador, deconstructivo.
Esto, en cuanto a la retorsión semántica; de la trópica da muestra ejemplar el poema “Juegos presocráticos”, que hace exactamente lo mismo que hizo Ducasse en sus Poesías al “deconstruir” la logomaquia moral de su tradición cercana (La Rochefoucauld, Joubert): de igual manera, Amalia Iglesias toma aforismos presocráticos y les cambia por completo el sentido, para lo cual basta a veces sustituir el orden de los términos: así, la imagen de Heráclito (rescatada por Nietzsche) por la cual el tiempo es un niño que juega, es retorcida por Iglesias concediendo que “el niño es un tiempo que juega”, lo cual demuestra también que las reglas de la filosofía –y de la poesía– no son matemáticas, ya que el producto depende del orden de los factores; en concreto y como decía Parménides en el Poema, del “orden turbador de las palabras” (B 8, 52). Una precisa definición de la poesía de Iglesias Serna, por cierto. Por cierto, ese niño aparecía ya en Un lugar para el fuego:
Sobre la arena
un niño rosa olvida nuestros nombres,
un niño circular,
con el estigma de los astros inútiles,
ordena el ritmo de las olas,
inventa sonrisas para musas estériles,
abre hipocampos y puentes con ausencia.
Un niño cruel organiza el horizonte
y me entrega tu distancia
con sus manos más limpias.
El resultado es una poesía singularísima, que vacila –o mejor oscila, aunque la duda es algo inherente a la autora de Dados y dudas– entre lo oscuro y lo iluminador, entre lo comprensible y lo parcialmente hermético. Como decía Miguel Casado en una lejana reseña, precisamente sobre ese libro, en la poesía de Iglesias Serna “el léxico y las imágenes (…) componen frases cuya lectura lineal suele hacerse imposible: hay que recurrir a una lectura de substancias, a la progresiva acumulación de pequeñas dosis ambientales, de las que se desprenderá una atmósfera”. En efecto, el orden turbador de este libro puede ser, lógica o razonablemente mirado, un desorden; pero su razón es otra. Es poética, esencial, y requiere del lector no un esfuerzo, sino una sensibilidad, una capacidad de ver más allá.
Y es que la humanidad, la capacidad de buscar la fibra sensible, es indispensable para entender estos poemas transidos de emoción y, en no pocos casos, de sufrimiento propio y ajeno. Hay mucha muerte, ya desde el título, en Lázaro se sacude las ortigas (2), y por desgracia no sólo retórica: aquí comparece la de José Ángel Valente, por ejemplo, retratado en sus últimos días en un emocionante poema. Por eso, de entre las muchas cosas que Amalia Iglesias intenta decirnos en este poemario, destacaría la identificación entre la esencia humana y la levedad; no en el sentido de Kundera, sino en el de Virginia Woolf: la especie como animal sumamente frágil que se desmorona con una mala palabra, con una mirada cruel, con un suspiro de desprecio (“nada sublime / se puede habitar sin desgarro”). La visión del ser humano como un pequeño cuerpo latiente que puede desaparecer en cualquier momento, y cuyo mayor milagro es, de manera precisa, la supervivencia confiada en una inexistente fortaleza. La visión de los amantes como “enredaderas humanas”, como imanes o “atractores extraños”, como “cuerpos / abrazados a la deriva”. Nuestro mundo como minúsculo jardín perdido en un cosmos ardiente, lleno de gases tóxicos y radiación abrasiva, donde se confrontan “los inmensos hornos volcánicos / donde fermenta la luz”, con “los pequeños úteros calientes / donde se amasan todas las criaturas” (de “Engranajes del universo”, un poema portentoso). La existencia, en suma, como un milagro a cuidar, como un soplo –divino o no– cuya respiración nos justifica. Hay una sensibilidad ética, y una ética de la sensibilidad en Lázaro se sacude las ortigas que, en verdad, nos devuelve a la vida, a lo vital, a lo esencialmente precioso que tenemos. Lázaro es cualquiera de nosotros cuando descubre de nuevo la existencia, el hecho de vivir, en su interior. Cuando valora que “habrá que regresar / después de todo”, pero también que, después de tanta muerte, “las estrellas muertas / volverán a vivir en otros ojos”.
Notas:
(1): En concreto la imagen, psicoanalíticamente significativa, del naufragio: “Porque tuyas son las llanuras y tuyos los naufragios, / el viento sur que justifica las columnas, / los ahogados que vuelven a habitar el espejo” (Un lugar para el fuego); “Pero la hermosa metáfora no bastaría / para trazar la estirpe del hombre y sus ahogados, / ni arcángeles ni hogueras justifican / su trasiego de peces abrazados al lodo”; (Memorial de Amauta). En Dados y dudas escribe: “Un mar muerto rozaba cada página en blanco / y no supe esribir la insumisión de la maleza”; y también: “soy el pez náufrago que espera / su tiro de gracia”.
(2): Frente a la carga de muerte de este libro, la obra de Iglesias Serna comenzó con estos versos: “Te buscaré para decirte / que estoy enamorada de la vida”, pertenecientes al primer poema de Un lugar para el fuego (1985), con el que la autora ganó en 1984 el Premio Adonais. El mismo poema inaugural sigue así: “amo la vida / que me pesa y me trasnocha (…) que amo la vida / a pesar de ese miedo cegado de vertientes / donde te busco, / porque aún esquivo la muerte / y amanece”.