Firma (Digital) Invitada: Germán Gullón
Comenzamos hoy las nuevas secciones del blog para esta temporada. Y es para mí un placer inaugurar la sección de Firma (Digital) Invitada con Germán Gullón, uno de los críticos más agudos del estado actual de la narrativa española contemporánea. Espero que su artículo os dé que pensar.
Germán Gullón (Santander, 1945) es catedrático de Literatura Española e investigador en la Escuela de Estudios Culturales de la Universidad de Amsterdam. Ha publicado numerosos libros de crítica y teoría literaria sobre la novela de los siglos XIX y XX, así como de antologías (La poesía española de vanguardia) y ediciones de autores clásicos modernos, desde Benito Pérez Galdós, pasando por Miguel de Unamuno y Ana María Matute, hasta de José Ángel Mañas. También cultiva la creación literaria. Es autor de dos libros de cuentos (cuentelas) y de una novela. Tiene una amplia experiencia del mundo editorial y. figura como asesor en el consejo de redacción de numerosas revistas, editoriales, y publicaciones en todo el mundo. Es también colaborador de El Cultural. Su libro Mercaderes en el tiempo de la literatura (Caballo de Troya, 2004) quedó finalista del Premio Nacional de Ensayo. Más información en www.germangullon.com.
La desmemoria crítica y las letras españolas
Vivimos claramente un momento en que la literatura tiene que re-situarse, es decir, encontrar de nuevo su puesto en el horizonte cultural, pues la observamos zozobrando en este inmenso mar de la cultura de masas. La mayoría de los entendidos apuntan a una causa principal: el abismo creado por línea que separa a las personas menores de 35/40 años de los mayores de esa edad; los últimos prefieren los libros mientras los jóvenes se inclinan al consumo intelectual en formato digital. Yo pienso, en cambio, que la causa antecede a la era de la digitalización y se relaciona directamente con la internacionalización de la cultura del mercado, iniciada en los años setenta del siglo XX. El cambio copernicano que trae la mercantilización de las relaciones sociales reside en una permuta funesta: el principio de solidaridad social basado en la confianza del intercambio justo, custodiado por el estado de derecho, es sustituido por el frágil acuerdo mercantil basado en las leyes de la oferta y la demanda. La literatura se convirtió así en un mero producto comercial, y ninguno de los actores que participan en su producción, venta o promoción, se ajusta a los principios de la solidaridad, sino a los del mercado. Se creaba de esta manera un clima de desconfianza en el ámbito literario, pues nadie se fiaba de nadie, porque sus relaciones supuestamente se basaban en la confianza, cuando en realidad era una relación puntual. El autor era interesante para el editor mientras le produjera un beneficio; igualmente el autor cambia de editor cuando otro le ofrece mejores condiciones económicas.
Sin embargo, yo quisiera deciros unas palabras sobre un aspecto de nuestra cultura que me parece enturbia tanto o más que la mercantilización y el entorno digital la perspectiva con que debemos encarar las creaciones intelectuales del presente: la falta de memoria crítica. Tengo la impresión cuando leo artículos o libros, bastantes de ellos buenos, que ganarían muchísimo con unos cimientos mejores. Demasiados volúmenes de crítica empiezan apoyándose en el vacío, una impresión, un pensamiento de moda, o, aún peor, en ideas mandadas recoger. Nada hay que me moleste tanto que encontrarme con la edición de un libro que lleva un prólogo donde la bibliografía citada obvia los últimos estudios sobre el mismo y, lo que en verdad me solivianta, cuando la ignorancia del editor le lleva a citar y apoyarse únicamente en conocidos suyos.
Cuando comparo los espacios culturales español y holandés --tengo la fortuna de poder experimentar ambos a la vez -- observo, fuera del agobiante personalismo hispano frente a un ambiente más abierto y democrático, la seriedad con que se plantean los asuntos culturales. Lo noto inmediatamente a la vuelta de las vacaciones. Los diarios y revistas dedican largos artículos a poner las cosas en su sitio, las novedades editoriales, los premios que se avecinan, y luego a revisar las cuestiones pendientes, como la cuestión de Günter Grass. Quien como sabéis este verano confesó haber acudido voluntario a las SS, siendo lo peor que guardó silencio sobre el asunto hasta ahora, cuando se acerca a los ochenta. Se examinaron detenidamente todas las implicaciones del asunto, como las heridas causadas por los ataques de Grass a Joachim Fest, un escritor de derechas que sin embargo mantuvo siempre a los nazis a distancia. Se revisaron las implicaciones morales, políticas, sociales y literarias. Mientras en España atendimos principalmente a la noticia, y la toma de posición moral fue inmediata, antes de leer la autobiografía donde se cuenta el asunto. Lo mismo podemos decir de tantas otras cuestiones candentes, como el acoso permanente a los escritores turcos, como Orhan Pamuk por la ultraderecha, y la cuestión aún mayor de las repercusiones de la integración de los inmigrantes en la sociedad, y muchos más. La cantidad de libros sobre estos asuntos comentados impresiona, pero lo que más me gusta es que hay en los medios culturales una memoria, más o menos consensuada, de lo que se va escribiendo sobre cada tema, y los avances, matizaciones si se prefiere, que se efectúan en su entendimiento.
Me da la impresión de que las revistas culturales y los suplementos españoles carecen de espacio suficiente para ofrecer este tipo de cobertura, probablemente por la escasa demanda, y que a pesar del alto número de libros que se publican todavía tenemos un largo camino que recorrer en la amplitud de la oferta. Publicamos muchos libros, pero menos títulos de los que parece, según opina Beatriz Moura. La mayoría de la gente quiere titulares y poco más. Estamos consiguiendo que el libro deje de ser un escenario válido para el debate donde hacer propuestas relevantes.
Otro aspecto importante en el que nos diferenciamos de los países con una crítica fuerte y sana reside en el distinto punto de partida con respecto a qué es la literatura Los españoles utilizamos un libro de estilo con respecto a lo literario absolutamente caduco. Diría que la mayoría de los críticos siguen creyendo en brujas, o lo que es lo mismo, valiéndose de una idea de la literatura retrógrada y altamente dañina. Piensan todavía que la literatura es algo muy especial, creado por unos seres extraterrestres, y que los lectores son seres escogidos capaces de disfrutar esos deliciosos frutos, los libros. La lectura de los cuales nos pone en contacto con las verdades de la naturaleza que se quedaron en el tintero de la Biblia, porque la literatura funge de segunda Biblia. La arrogancia de tales caballeros tiene que ver, como explicó con agudeza John Carey, en que los hombres somos incapaces de entrar en la conciencia de otros, y por lo tanto resulta imposible determinar si lo que yo siento al leer uno de mis libros favoritos, Platero y yo, resulta superior a lo experimentado por un amigo mío que frecuenta libros de entretenimiento, a la Ruiz Zafón. Por ende, el placer derivado de la literatura no resulta tan exclusivo ni ése es el camino.
Mientras no haya un consenso sobre qué es literatura, es imposible que nuestro entorno cultural tenga un fuerte impacto en España, que los libros se valoren como deben de ser valorados, que los lectores pidan más textos críticos. Los editores de las secciones culturales, tan aficionados a abrillantar lo obvio, a las celebraciones de personajes, deberían comenzar por escribir unas normas de estilo literario, desterrando frases como el ‘mítico libro’, que no dicen nada, pero sí ayudan a extraterritorializar la literatura, a ponerla fuera de donde debe de estar, al alcance del debate racional. También sería muy de mi agrado que desaparecieran de las publicaciones culturales esos sustitutos de la argumentación bien trabada que son los artículos donde se parodia o se cuenta a medio chascarrillo lo que queda sin pensar, lo apenas entrevisto. Son incitaciones a la mediocridad, a ver las soluciones de un sudoku verbal con grado de dificultad 0. Muchas veces tengo la impresión de que la literatura en España está impresa en papel de fumar, porque parece hecha para que se aspire y obtener así un cierto placer, que luego acaba consumiéndose y del que al final sólo quedan cenizas.
Jamás ha dejado de sorprenderme la falta de consenso entre las diferentes publicaciones con respecto a la memoria crítica. Carecemos de memoria en lo que respeta al desarrollo de nuestras letras. Me explico. Los españoles somos estupendos a la hora de montar homenajes, actos donde se habla mucho y se dice poco, porque los invitados nunca son los que saben del tema, sino sus organizadores y beneficiarios directos. Todos estamos de acuerdo en que hay que celebrar cuantas fechas y aniversarios existen: es lo más cercano a un mandamiento cultural. Sería interesante sondear si los lectores han aprendido algo más de Cervantes, fuera de los lugares comunes, en la celebración de la publicación del primer tomo del Quijote. Yo me pregunto si ha quedado algo del libro o de Cervantes. Me temo que poco, y por ello tiendo a pensar que nuestra memoria crítica está medio vacía. De hecho, muchas veces siento que el crítico a modo de Sísifo tiene siempre que empezar desde el principio, bosquejar un marco de entendimiento del libro del que habla, porque no hay puentes críticos que le abrevien el camino hacia un argumento más complejo. Nuestra memoria cultural, insisto, está hecha a base de capítulos de la historia de la literatura, un instrumento del nacionalismo del siglo XIX para que las gentes se identificaran con un pedazo geográfico y una lengua, que en la era de la globalización resulta obsoleto, y con la lista de centenarios, pero escasean esas unidades de sentido crítico que forman la gran tradición cultural de occidente a partir de la Ilustración.
Termino con una gota de optimismo. Estos últimos años han aparecido en las librerías una serie de excelentes traducciones de Goethe, de Voltaire, de Sainte-Beuve, de Cyril Connolly, por citar un puñado de textos y autores importantes, geniales creadores de núcleos de sentido crítico de que hablo, que quedaron incrustados en el acerbo cultural occidental, a modo de espacios de luz, a los que podemos regresar cuando perdamos el camino. Ellos constituyen un excelente trasfondo, un apoyo, para que nuestros Galdós, Unamuno, Ortega, puedan salir de la cárcel de la historia literaria, de las respectivas celdas del realismo, del noventayocho, de la generación del 14, y sus obras servir para crear esos lugares de crítica. Y acabaremos llegando a donde nos debe llevar la literatura, a aprender sobre el rumbo del destino humano.
Quizás cuando una nueva generación mejor armada críticamente se ponga al timón las cosas cambien, entonces tendremos por fin la memoria crítica que nos falta.
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