La vida ausente, de Ángel Zapata
Ángel Zapata
La vida ausente; Páginas de Espuma, Madrid, 2006.
Quizá haya llegado el momento en que la imaginación esté próxima a volver a ejercer los derechos que le corresponden
André Breton
Imaginen la estepa
Ángel Zapata
A pesar de su brevedad (98 páginas) este libro de relatos del psicoanalista, escritor y crítico Ángel Zapata nos ofrece, en realidad, dos volúmenes de cuentos. En uno, escrito en un tono despojado (o irónicamente ampuloso, como en la primera pieza), encontramos la descripción cortante de diversas formas de sonambulismo social –luego volveremos a esto–; en el otro (que ocupa la parte II del volumen), lo que sería la puesta por escrito del onirismo de los sonámbulos en un acercamiento, muy poco frecuente en la narrativa española actual, al surrealismo estético. El último cuento, “Mientras dicen adiós”, sería el momento del encuentro entre esos dos libros, y su cabal desenlace común.
Debe destacarse que La vida ausente (título homenaje a la famosa frase “la existencia está en otra parte”, de Breton) es una obra muy singular dentro de nuestra narrativa contemporánea, cuyas características iremos viendo; pero antes también hay que apuntar que llama particularmente la atención en estos relatos los continuos hallazgos que revelan, junto a un poderosísimo sentido del humor, una desarmante capacidad de observación: “en la vitrina, junto a los Episodios Nacionales, dos de las moscas se han puesto a copular, y la tercera (que se conoce que es optimista) las mira fijamente y se frota las manos” (p. 51); así como su soberbia capacidad de desmonte de las nuevas mitologías del consumismo, como la añagaza (siempre rozando el protofascismo) de los superhéroes (véase el cuento “Días de sol en Metrópolis”).
Los relatos de Zapata están atravesados de cotidianidad, de realidad inventada pero verosímil, transidos del desencanto dócil de las clases medias, de los sábados por la tarde sin planes (memorable “Las otras vidas”), de los soportales oscuros de las calles atestadas de neones, de las zonas en penumbra mediática de la globalización. La narrativa de Zapata es social, y lo es contundente y verdaderamente, social hasta la médula en cuanto hinca sus garras en los convencionalismos, en la rutina de la semana (teórica) de treinta y cinco horas, en los excesos del ultracapitalismo, en los entresijos de una época angustiada y obsesionada por la obsesión del dinero y de la apariencia de éxito: “El piso de Toto está orientado hacia poniente (y él se lo dice siempre a las visitas, porque al decir ‘poniente’ le parece como si su casa –un piso del montón– fuese un velero rumbo a las antillas)” (p. 48). Estamos ante una observación que deja al desnudo, como las novelas de Belén Gopegui, la desesperanza humanista de nuestra forma de vida, donde es imposible que estemos a la altura de las expectativas que el sistema, los demás o nosotros mismos, nos imponemos (véase “Un día vendrá”). Pero no hay que engañarse: estamos ante un proyecto estético en las antípodas del nihilismo. Basta leer la cita de Breton que abre el libro: “es preciso que el hombre se pase, con armas y equipajes, al bando del hombre”. La radical “crítica de la vida” que ejerce Zapata en sus textos está al servicio de la misma revolución (artística e ideológica) que amparaba el Manifiesto Surrealista: un modo de acción, una forma de cambiar la realidad, a partir de la denuncia en unos casos, y de la subversión artística del orden estético dominante, en otros (y ambos caminos, como dijimos al principio, conforman La vida ausente), mediante el desarreglo del sentido (narrativo). Por lo demás, el autor (parte del colectivo surrealista La Llave de los Campos, vide http://www.lallavedeloscampos.com) lo suscribe de manera expresa y vibrante:
y en aquella poesía fulgurante, atravesada por lo aleatorio, por la utopía y por la ensoñación, yo encontraba la llama y el latido interior de mi vida, me descubría surrealista, o descubría en el surrealismo, igual da, una lengua anterior a la lengua materna, una realidad contigua a aquella realidad desoladora (…) una región donde habitar (p. 21).
Una de esas formas de actuación es la disección de las formas de poder. En “Un día vendrá”, un hijo conversa con su padre y le cita una serie de profesiones, preguntándole si se sentiría orgulloso de él, en el caso de ejercerlas. Después de leer el magnífico ensayo de Zapata El vacío y el centro: tres lecturas en torno al cuento breve (Fuentetaja, 2002), un relato de Zapata que aborda la identidad y lo paterno debe leerse (o se enriquece de forma infinita si se lee) desde la perspectiva psicoanalítica, e incluso desde la ideológica: el individuo enfrentado como deseante ante la instancia superior que controla (y en cierta forma, legitima) su goce. No hay deseo, sino derecho al deseo, y el ejercicio de ese deseo, parece sentenciar Zapata, no depende de nosotros, está en otras manos, que nos autorizan a perseguirlo. A veces. No hay amparo, ni conformismo, ni sometimiento, ni calidez alguna en estos cuentos, donde aparece lo humano mismo como lo que es, un despojo, un hueco irrellenable, para el que ni siquiera el humor del relato es salvación o viático, sino otro medio más de abrir la herida, y examinar la piel abierta, al efecto del diagnóstico. Y el diagnóstico de Zapata es aterrador, por exacto. Su método coincide, punto por punto, con una autopsia. Y tal diagnóstico es esa imagen tremenda, brutal, a la altura del mejor Beckett, del último relato: dos hombres que hablan, incapaces de comunicarse ni entenderse en su diálogo, en una estepa (el desierto de lo real, que diría Zizek) imaginaria: dos hombres perdidos, dos sonámbulos a la intemperie de la existencia.
Y para terminar, qué mejor corolario que esta pieza, contenida en el conjunto “Migraciones”, donde Zapata se entrega a un ejercicio de escritura donde el surrealismo encuentra un espacio (si no posmoderno, sí al menos tardomoderno) de reactualización, que entraría de lleno en el grand style narrativo, del que tan ahítos andamos:
Un trozo de algo, por ejemplo la hebilla de un cinturón, y un círculo de tiza dibujado en una pizarra, no podrían injertarse uno en otro –y ni siquiera permanecer por mucho tiempo uno al lado del otro–, pues las afinidades entre las cosas, regidas por el ciclo de las mareas, no admiten ese hueco, ávidamente diurno, de los encuentros impremeditados. Las cosas, dices, el peso de las cosas, un cepillo de dientes, una escalera de aluminio, también los reglamentos y el filo hendido de las lágrimas; esta alegría maltrecha de quien ya no imagina más tropiezos, pero sigue esperando a que esté oscuro para amontonar cabecitas de pájaro en la puerta de las comisarías.