"Terraria", de Francisco León
Francisco León
Terraria; La Garúa Libros, 2006
Lo que sigue no es una reseña al uso de las que suelo hacer, por una sencilla razón: no puedo distanciarme de este libro de Francisco León. El motivo es que estoy intentando hacer algo parecido, no formalmente, sino en el mismo ámbito tonal y espacial. Por ese motivo, apunto una descripción a vuelapluma, que desde luego es una viva recomendación y una fascinada invitación a leer este libro, cuya importancia otros pueden ahora mismo aclarar mejor que yo, demasiado próximo espiritualmente a lo que en él se cuenta.
Define el DRAE el terrario como “Instalación adecuada para mantener vivos y en las mejores condiciones a ciertos animales, como reptiles, anfibios, etc.”; el terral como el viento que viene de la tierra, y el terrizo como “dicho del suelo: De tierra, sin pavimentar”. De todos estos términos no hay que extraer el significado aproximado de lo que puede significar Terraria; como la Tristia de Ovidio o Maldelstam puede hacer referencia a las tristes o a un país simbólico; entre su entorno semántico estarían todas las terrenidades, torres y torrideces imaginables, pero también el (t)errar y el (t)error. Terraria puede ser, también (y a la vez) un nombre alternativo de Lanzarote, que se viene constituyendo como un espacio mítico de la última poesía canaria (recordemos el último y estupendo libro de Melchor López, Fama del día, pero que viene siendo, desde hace décadas, un espacio privilegiado de inspiración, como se leerá en el último y muy interesante texto del libro, sobre Pierre Alechinsky.
Lo que más me ha sorprendido en este libro de poemas en prosa de Francisco León, casi siempre celebratorio y festejador de la naturaleza, es un cambio o modificación en su obra, capaz ahora de poemas desolados, en los que puede leerse: “toco la muerte cada día”. Del ensalzamiento de la naturaleza de Tiempo entero o plaquettes anteriores se pasa a un entorno geográfico exhausto, degradado, desértico. Hay textos de una crudeza insólita y terrible (p. 49), cuyo realismo macabro es tan fascinante que acaba, como la prosa de muertos de Juan Rulfo, generando misterio. Pero son la excepción, casi siempre el autor utiliza su habitual mezcla de descripción afinada, a través de un lenguaje de notable riqueza, con giros o historias de corte onírico e incluso fantástico, donde Tanatos aparece puntualmente como personaje donde se enroca el yo elocutorio, después de desalojar al Eros tan presente en poemas más antiguos. Ignoro si ya podemos hablar de dos etapas en la obra de Francisco León, quizá es demasiado pronto para saberlo; en todo caso, muchos elementos permanecen: vgr., no se ha abandonado la ansiedad de trascendencia que siempre ha estado presente en su obra: “la poesía es comunicación, claro que sí; comunicación con el dios, en la lengua del dios y con los fines del dios” (p. 52). Un dios en minúscula, sí, pero ninguna palabra es ingenua ni inocua, como ya viera Freud y despejara Lacan, y menos en un poeta tan preocupado por el lenguaje y las resonancias del lenguaje.
Hasta aquí puedo hablar con cierta objetividad; de aquí en adelante, que hablen otros. Les dejo con este fragmento, que me ha encantado:
Me adentro desnudo en el desierto, descalzo como un monstruo avaricioso. Huyo con la cerviz inclinada contra el suelo, para abrir en secreto el óvulo dejado esta mañana por el mar. Pensé: “lo llevaré hasta el templo, más allá de la última playa, a donde nadie ha ido, hasta el lugar que sólo yo conozco”. Lo llevo ahora en mis manos y siento que en mi pecho se desbocan tambores de impaciencia. Creuzo las parameras solitarias, los tarajales orinados por cabras ilusiorias. El óvulo es pesado, como un cuerpo que contuviera un ser dormido, un pez o un tritón. Tomo al fin una piedra afilada y lo golpeo con furia hasta que estalla y su pulpa melosa y roja y espesa mancha mis manos, y mis labios, y mi boca la recibe con ansia y paladeo como un monstruo avaricioso el fruto potente del origen.