El posmodernismo feminista de Rosa Mª Rodríguez Magda
Rosa María Rodríguez Magda
El modelo Frankenstein. De la diferencia a la cultura post; Tecnos, 1997
El placer del simulacro. Mujer, razón y erotismo; Icaria, Barcelona, 2003
El deseo y la mirada; Llambert Palmart S.L., 2003
De los pensadores literarios de la actualidad, siempre me ha llamado la atención, por su especificidad, el trabajo de Rosa María Rodríguez Magda, una pensadora sita en la diferencia y la más estricta contemporaneidad. A raíz de la lectura del interesante ensayo El modelo Frankenstein me hice con el volumen colectivo, coordinado por ella, y María del Carmen África Vidal, Y después del posmodernismo, ¿qué? (Anthropos, 1998), para seguir con El placer del simulacro. También adquirí y leí su poemario El deseo y la mirada, de preocupaciones complementarias a las de su obra teórica, y espero hacerme pronto con otras obras como Transmodernidad (Anthropos, 2005).
La obra ensayística de Rodríguez Magda se inserta en un espacio problemático, aquel que intenta encajar el feminismo con la posmodernidad, marco que está propiciando una interesante discusión sobre ambos conceptos, y sus relaciones. Para autoras como Linda Nicholson (1990), el feminismo es una de las características de la posmodernidad. Para otras como Celia Amorós, la posmodernidad consiste sobre todo en “adoptar voz de mujer” (1997:335), creando estatutos femeninos (como los del Antiedipo de Guattari y Deleuze) cuya voz es falseada o más bien fruto de una ventriloquia masculina de fondo (en el mismo sentido, Owens 1985:96). Casi todas las posturas feministas coinciden, eso sí, en echar la vista atrás para localizar las tensiones clave: como señala Rodríguez Magda, “el pensamiento de la diferencia sexual arrancaría más bien de la constatación de la quiebra de la modernidad, aunque no enmarcándose necesariamente en un movimiento tan heterogéneo como ha resultado ser el postmoderno” (1997:94); para Amorós, la tensión central es la Ilustración; para Nicholson, la Modernidad; mientras que “para Susan Hekman, la postmodernidad tiene dos caras. El talante postmoderno, como buena parte del feminismo, desvaloriza las epistemologías de la Ilustración, un rasgo especialmente marcado en los debates sobre las ciencias humanas. Pero pocas feministas se definen como postmodernas. ¿Por qué? Porque los feminismos precursores comparten el ideal ilustrado de la emancipación que también caracteriza al humanismo liberal y al marxismo. (…) Para Hekman, la solución sería un feminismo y un postmodernismo mutuamente influidos” (Lyon 2000:122).
La postura de Rodríguez Magda, tras el rótulo de “transmodernidad”, es una variante de una postura extendida: aquella que busca retomar el proyecto incompleto de la Modernidad (Habermas 1985), eludiendo el posmodernismo como estilo y poniendo en cuestión la Posmodernidad como categoría válida de delimitación histórica. A diferencia de otras personas que han establecido su visión en este marco (pienso en el Sánchez Robayna de La luz negra, en el Eduardo García de Una poética del límite, en los Francisco León y Alejandro Krawietz del prólogo a su antología “tardomoderna” La otra joven poesía española), la intención de Rodríguez Magda es la de retomar alguno de los elementos de la posmodernidad, añadiéndoles una “visión trans” que complete el parco mapa dibujado de nuestra contemporaneidad. En palabras de la propia autora:
Retomar los retos de la modernidad, asumiendo su crisis posmoderna es lo que caracteriza el ímpetu ético de unan ueva era, que he dado en llamar ‘transmodernidad’. No es el ‘pos’ el sufijo que caracteriza nuestro presente sino el ‘trans’: transformación, transmisibilidad, trasnacional, transpolítica, transexual… Dinamismo, flujos, redes… configuran la faz de la economía, de la cultura y hasta de la imagen personal. Frente a la aseveración posmoderna de que ya no eran posibles los grandes relatos, ha surgido un nuevo gran relato con vocación todavía más omnicomprensiva que los anteriores: la globalización (2003:8).
Algunos de esos temas no son nuevos; es conocido que Baudrillard habló en Las estrategias fatales de la “transpolítica”, como escenario posmoderno del simulacro y la desaparición de la realidad en el “intercambio” político. De lo “trans” vienen hablando desde hace mucho tiempo los teóricos queer, y de lo trasnacional tenemos múltiples ejemplos, por no hablar del concepto antropológico de transculturación, de larga tradición académica desde 1935. Pero Rodríguez Magda no se limita a una labor terminológica, compartimental; es más, su postura es bastante contraria al etiquetado estático: “qué manía esa / de poner nombres / a las cosas y quedarse / tranquilos como si hubiéramos / zanjado la media luna” (El deseo y la mirada, p. 47). Uno de sus puntos fuertes es la investigación sobre el concepto de metamorfosis en esa poética metanoica que es El modelo Frankenstein. A la autora le interesa precisamente el transcurrir del curso, el transcurso, la dialéctica en marcha del pensamiento, y el modo en que esa transversalidad conceptual puede lograr espacios operativos de trabajo. Y en ese sentido, le preocupa especialmente el trabajo que corresponde a las mujeres a la hora de redefinir su lugar en la sociedad contemporáneo, lo que se hará, a su juicio, desde el placer del simulacro y “la ficción de unir la estética a la ética en el reto de la autonomía”, que resitúe al yo femenino: “la teoría del sujeto-mujer hoy debe reunir una serie de requisitos para, asumiendo la crisis de la modernidad, mantener su operatividad y consolidar su presencia: autonomía gnoseológica y crítica, elementos para analizar la formación cultural, histórica y social de la identidad de género, construcción de un genérico, operatividad y reconocimiento como agentes sociales y políticos del cambio” (1997:97-98). Creo que el suyo es un trabajo válido para entender algunas de las cuestiones claves de la dialéctica entre feminismo y posmodernidad, e interesante porque además propone un modelo de actuación. Y creo que escritoras como Juana Castro, María do Cebreiro o Concha García están, cada una a su muy distinta manera, estableciendo proyectos estéticos encuadrables en esos espacios éticos de ficción femenina dirigidos a rescribir, como quería Luce Irigaray, los mitos tradicionales desde un nueva óptica que contenga menos cantidad de aquello que llamaba Derrida “falogocentrismo”. Con independencia de que lo consigan o no, es obvio que están haciendo literatura de primer nivel, que es lo importante.
Citas:
Amorós, Celia (1997): Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad; Cátedra / Universidad de Valencia / Instituto de la Mujer, Madrid.
Habermas, Jürgen (1985): “La modernidad, un proyecto incompleto”, en Hal Foster (ed.), La posmodernidad; Kairós, Madrid.
Nicholson, Linda (1990): Feminism/Postmodernism; Polity Press, Cambrigde.
-(1999): The Play of Reason: From the Modern to the Postmodern; Ithaca, N.Y.
Owens, Craig (1985): “El discurso de los otros: las feministas y el posmodernismo”, en Hal Foster (ed.), La posmodernidad; Kairós, Madrid.
Rodríguez Magda, Rosa María (1997): El modelo Frankenstein. De la diferencia a la cultura post; Tecnos, Madrid.
- (2003) El placer del simulacro. Mujer, razón y erotismo; Icaria, Barcelona.
:Wa-Mx: El blog de Culiacán » Transmodernidad — 2009-06-24 00:11:11
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