Diego Vaya y el misticismo oscuro
Diego Vaya
Un canto a ras de tierra; La Garúa Libros, 2006
Con este libro ganó brillantemente Diego Vaya (Sevilla, 1980) el I Premio de Poesía Joven La Garúa. Alterado y dolorido, Un canto a ras de tierra busca incardinarse en una tradición de palabra exigente que, desde la línea vallejiana (y como ella), rescata una tradición española barroca, si bien Vaya no ahonda en los entresijos quevedianos sino en la línea mística. Pocos antecedentes tiene este modo de proceder en poetas jóvenes, quizá El único umbral (1990), opera prima de Diego Doncel, tenía similares pretensiones, aunque Un canto a ras de tierra no busca subvertir irónicamente, como aquel, el orden logomáquico místico, sino hacer una recuperación contemporánea, evitando –y no es poco– el anacronismo habitual en este tipo de prácticas. La posmodernidad es muy reacia a rescates de corte religioso, y sin embargo nuestra poesía joven no escasea en muestras de acusado (Raúl Alonso, Jesús Beades, Enrique García-Máiquez) o sugerido (Juan Antonio Bernier) compromiso trascendente. Vaya estaría en un terreno intermedio, donde los sentidos homenajes a San Juan de la Cruz no impiden en ocasiones un distanciamiento irónico, acentuado por el inteligente uso de la paronomasia: “Qué otra cosa podía hacer oh padre sino buscar tu filo tus clavos y tu púa Qué otra cosa podía ser oh puadre” (p. 29). Esos deslizamientos paronomásicos son uno de los mayores aciertos (como señala Andrés González Castro en el prólogo) del libro, y lo convierten en una experiencia creativa bastante singular dentro de la poesía española joven. Luego volveremos a esta insularidad, pero para cerrar la semántica religiosa del libro debemos aclarar que el del autor es un cristianismo nada complaciente, unamuniano, agonístico; un credo hecho a partir de la experiencia del abandono (véase la alusión al Sermón de las siete palabras en p. 45) y de la caída en la existencia, que tiene muy presente que “el cielo es oscuro y sin estrellas y dura lo que dura” (p. 47): es decir, una travesía religiosa que se debate (como la de casi todos, supongo) entre la esperanza y la más cruda desesperanza.
Vaya consigue, con apenas 26 años, el milagro de no parecerse a nadie, de tener una voz propia, quizá aún no del todo conseguida, pero de sorprendente madurez y consistencia. De la capa de sus claras y no escondidas referencias hace un sayo muy personal, muy consciente y de honda valentía. Vaya se atreve a cortar la expresión poética al uso, dejando las frases, por ejemplo, a medio terminar cuando el lector ya tiene la suficiente información para tejer por sí solo el resto del discurso. Esta mutilación de la retórica, en combinación con la esencialidad vallejiana, dota a sus poemas de una tensión expresiva por desgracia poco extendida:
Y queda lo que somos nombre número fecha dirección y la huida quizás de ester resumen bautizo libro de familia nómina de esta esquela objetiva de periódico desde el principio hsata el final y mientras Y en este mientras que es la vida no merece la pena que me escuches soy un hombre solo que solamente lleva un canto a ras de tierra
Podemos destacar también el tratamiento de ciertos temas poco habituales en la poesía joven, como el Holocausto (que emparentan este libro con el poemario El sueño del monóxido –DVD, 2006– de José Daniel García, otro nombre joven a tener muy en cuenta), y la existencia en Un canto a ras de tierra (título de feliz anfibología) de numerosos hallazgos particulares, que suelen rozar lo aforístico: “quien se duerme a la sombra de una fuente despierta con los cabellos azules” (p. 27); “despertar es llegar a aquello que no quiero de la forma más simple” (p. 41); “ya ciego la belleza sigo buscando en ti con la memoria” (p. 52). La última parte del libro, ya absolutamente despojada, sustituye la mística semántica por la expresiva, en un ejercicio lírico de contención y persecución expresiva muy en la órbita del mejor José Ángel Valente, con quien tantas cosas comparte el autor. En resumen, el libro de Diego Vaya es de lo más sugestivo que uno ha leído en la poesía joven última, sin que con esto queramos decir que estamos ante un proyecto de futuro: Un canto a ras de tierra es un presente incontestable, que contiene mejores textos que algunos poemarios publicados en este año por autores consagrados. Termino transcribiendo este poema, donde Vaya teje la línea de sus ascendencias, en una pieza que, por cierto, será muy del interés de Ángel Zapata, de Eduardo García y de todos aquellos que utilicen el psicoanálisis como medio de exploración analítica de textos:
He buscado tantísimo la llave que la búsqueda ha sido la prisión Algo falta en mí en aquel anciano San Juan de la Cruz extendiendo la celda con sus pasos en éste Fray Luis que se encierra en la música de las esferas en el niño César Vallejo que se ciega con su propia orfandad y en ese otro Juan Rulfo ardiendo en el comal de su pasado y en ése Lorca doméstico perdido en la arista hiriente interminable de la pena fraguada con su sangre en mano ajena Es muy triste saber que no podemos tener otra hermandad que no sea esta Falta lo que no existe