El tecnorromanticismo de Alberto Santamaría
Alberto Santamaría, El idilio americano. Ensayos sobre la estética de lo sublime ; Ediciones Universidad de Salamanca, 2005.
Alberto Santamaría es uno de los poetas jóvenes más raros de nuestro panorama, capaz de montar un libro sobre la anécdota de un hombre que muere dentro de la tarta sorpresa que quiere regalarle a su mujer, y de juntar a los Ramones con Wallace Stevens. Parece difícil superar estas simbiosis, y hacerlo con una poesía depurada y honda, y sin embargo él es capaz de hacerlo, constituyéndose como una de las voces más interesantes de entre los poetas de su edad. Sin embargo, no viene hoy Santamaría aquí por un poemario nuevo, sino por una investigación más próxima a la reflexión estética global que a la estrictamente poética: su ensayo El idilio americano. Ensayos sobre la estética de lo sublime . Un libro que cubre un hueco en la bibliografía sobre el tema, desde su perspectiva particular, ya que su objeto es más amplio de lo que los estudios habituales sobre lo sublime suelen abarcar.
Santamaría marca para empezar el recorrido tradicional que la Estética suele hacer del concepto de lo sublime: comenzaría en Longino, se recobra en la obra de Addison y Edmund Burke a mediados del XVIII tras el tratado anónimo de 1554, para pasar a la “normalización” que hace Kant del concepto en 1790 y el paso del mismo a lo romántico, confundido con la visión del Romanticismo sobre la naturaleza; en todo caso, siempre hablamos de una “noción de matiz trascendental, sometida a cánones históricos, y en última instancia (Kant mediante) situada en la órbita moral” (p. 12). El propósito del ensayo es rastrear dónde “había estado” lo sublime en aquellas épocas de aparente abandono, explorando la multiformidad que a finales del XX toma el concepto, una vez desmoralizado (quizá en ambos sentidos del término) y disperso en cuanto a los distintos paisajes que toma como referencia. Entre estos últimos, destaca el configurado por “los efectos estéticos de la tecnología”. Por ello, siguiendo los pasos de su maestro, José Luis Molinuevo, que en su indispensable Humanismo y nuevas tecnologías (Alianza, 2004), se lanza a un estudio estético del modo en que varios mitos (la Caverna platónica, el Prometeo, el tecnocuerpo) se han reformulado en las últimas décadas, Santamaría obra lo propio con la presencia de nuevos paisajes codificados en la literatura norteamericana el siglo XX y en el movimiento ciberpunk. El factor geográfico es importante: a juicio del autor, es en “el espacio cultural norteamericano desde el siglo XIX” el más propicio a ser considerado como “lugar de apropiación de lo sublime” (p. 13).
Para Santamaría, es importante la noción de “inversión de lo sublime”, generada por Harold Bloom (entre otros lugares, en Poesía y creencia), conceptualizada como un agón o lucha entre el sublime del creador contra los sublimes anteriores; a juicio de Santamaría, esto es fácilmente legible en la estética norteamericana desde finales del XIX, pero especialmente en el XX y en algunos autores tardomodernistas como Wallace Stevens (un poeta al que el propio Bloom toma como referencia insoslayable). Así que estamos ante una noción de sublime que es, en realidad, un anti-sublime, algo opuesto a las estéticas anteriores, frente a las cuales se opone con una ansiedad de superación. Frente a este modelo americano, la lectura europea del sublime, desde Lyotard a Nancy, se construye más bien como una reflexión sobre la posibilidad / imposibilidad de presentación (p. 22). Una de las partes más interesantes del ensayo es precisamente la descripción del “idilio americano”, de la voluntad constituyente de lo norteamericano como “posibilidad” y no como fin (p. 90) por sus fundadores, desde Jefferson a sus primeros literatos. De los documentos aportados por Santamaría se genera una sorprendente diferencia de mirada entre los jóvenes “yanquis” de principios del XIX y sus contemporáneos y antiguos vecinos ingleses. Charles Olson, en una frase que me gusta mucho y que quizá cito demasiado, sostenía que el hecho diferencial de Norteamérica es el espacio, y muchas de las citas aportadas en El idilio americano prueban que, precisamente el paisaje monumental recién descubierto es uno de los hechos que los nuevos pobladores arguyen como signos distintivos de esa identidad posible y diferente a la europea. Los textos de Jefferson, de Twain, de Whitman, de Emerson, son muy claros a este respecto, y dan pábulo a una auténtica fundación cultural de lo norteamericano partiendo de lo sublime de su naturaleza. Es cierto que en esa mirada hay, como apunta Santamaría, cierta ingenuidad (p. 92), pero esa inocencia en obras como La naturaleza de Emerson no se debe a la inmadurez, sino a la pureza de la mirada infantil, en el sentido de mirar lo nuevo con ojos nuevos y capacidad de asombro. Dentro del largo y ameno desarrollo de este nuevo “sublime norteamericano” es muy valioso el apartado (pp. 190ss) dedicado por Santamaría a Wallace Stevens, uno de sus (y mis) poetas preferidos y clara influencia en su propia obra poética. La última y muy sugestiva parte del libro aborda las pervivencias del sublime romántico en su disolución en el sublime tecnológico, auténtico mundo aparte cuyo gigantesco tamaño ha obligado a Santamaría a elegir una de sus partes para incorporarla a su libro. El autor, creo que con buen tino, ha elegido la literatura ciberpunk, un género literario de no poco valor dotado de un elemento que Santamaría ha sabido ver, y es su metatecnologismo: es una literatura construida, completa y conscientemente, sobre el hecho tecnológico, hasta el punto de convertirse en una criatura doble, hija de dos excesos técnicos: el literario y el semántico, la estructura de la prosa como engranaje y la tecnología como fin. De ahí que sea especialmente rica para ver en ella los procesos de transformación de lo sublime de nuestro tiempo (no en vano la colección que aloja el ensayo de Santamaría se llama “Metamorfosis”), que han terminado en una incontestable secularización. Como dice Santamaría, “en las nuevas tecnologías se produce, en tanto que extensión de modelos estéticos previos, un desarrollo o herencia de esa secularización (…) se abandona la pesada carga trascendental de absolutos y totalidades, creando entonces ese nuevo romanticismo” (pp. 299-300). En suma, un libro muy valioso y, como la propia poesía del autor, dotado a la vez del rigor y de la originalidad.