Metamorfosis®, de Juan Francisco Ferré
Ayer noche presentamos en Málaga, perdiéndonos el partido de España, el excelente libro de relatos de Juan Francisco Ferré. Por supuesto, esto no es una reseña, sino la purga de mi corazón.
Presentación de Metamorfosis®
Málaga, 19/06/2006
1. Hipertecnificación: el tecnotexto
Estamos en una sociedad que camina del posindustrialismo al postecnologismo. Mientras que la economía industrial estaba sustentada en la fabricación del producto, de cosas tangibles, nuestros tiempos digitales van en busca de la creación artificial de realidades, a través de la realidad virtual, de la clonación, de la subsunción audiovisual de las existencias imitadas en programas como Gran Hermano u otros de reality. En la Modernidad, la copia imaginada del relato auténtico se agotaba en la triste y demacrada expresión de las figuras del museo de cera, fácilmente distinguibles de la imagen primigenia, lábiles, desintegrables con una cerilla. Por el contrario, la realidad alternativa de nuestro tiempo, gracias a la hipertecnificación, ya no permite siempre la distinción entre el original y la copia. ¿Serían ustedes capaces de distinguir la oveja Dolly /1 de la oveja Dolly /2? Lo aterrador es que, a la vista del resultado, y con independencia de la posibilidad, ya no nos interesa saber cuál es la auténtica: la realidad, si es que hay alguna realidad real, no tiene ninguna importancia. En ese mundo estamos, y a ese mundo se enfrenta una nueva generación de narradores, que poco a poco, y no es por causalidad, comienzan a aglomerarse alrededor de la editorial Berenice. No es casual porque el propio editor, Javier Fernández, demostró en su novela Cero absoluto que él comenzaba la guerra contra la dispersión de lo real hincando los dientes en la realidad virtual. Ferré sigue el combate desmontando, desde dentro, el simulacro. Hay un relato en Metamorfosis® que se llama “Ficción / No Ficción”, donde se comienza con un cita de Rosset sobre la distinción entre la realidad y su presentación, haciéndose eco de eso que llamaron los filósofos de principios del XX “crisis de la representación”. No se crean ustedes nada. No le hagan caso a Ferré, o están fritos. Ferré puede ser un sofista cuando quiere, puede hacerles pensar que están ustedes ante un relato, y en realidad asisten a una deconstrucción sistemática de un modo de contar, esto es: un antirrelato. Puede hacerles pensar que están ustedes muertos y a lo mejor comienzan a sentirse mal. No le hagan caso, repito, es demasiado inteligente. A veces creo que Ferré es el espécimen avanzado de una nueva raza de ciborgs que vienen a apoderarse del alma de los humanos, y el arma de sintonización con su memoria inabarcable son sus cuentos: quien los lee siente diversas sensaciones, que él fagocita a través de algún tipo de sensor hipertextual. En estos cuentos tendrán, muchas veces, la intención de excitarse sexualmente, de agredir al prójimo, de llorar enternecidos, de jurar en arameo sobre la desolación del mundo, o de ver publicidad durante horas sin dejar de ingerir hamburguesas. No lo hagan. No sólo porque les saldrá caro (sobre todo, lo de las hamburguesas), sino porque con todas esas excitaciones fisiológicas y mentales Ferré suministra información a los extraterrestres.
Esa hipertecnificación ambiental a la que antes me refería es aprovechada y llevada al paroxismo por Juan Francisco en un conjunto de cuentos donde la textualidad está sometida a elevados niveles de complejidad técnica. Este conjunto de cuentos avanza temas y tonos, sobre todo en el relato “Homenaje a Blancanieves”, que se repetirán en la novela La fiesta del asno (DVD, 2005), ya editada, pero que adivino posterior en su escritura a la mayoría de estas piezas. El estilo tecnotextual del narrador malagueño es muy peculiar, alambicado y culto, caracterizado por un atrevido barroquismo que no cansa o abruma por estar sometido a un sano sentido del humor y una continua autocrítica estilística. El sexo, el deseo, la nietzscheana voluntad de poder (en cualquier sentido) y el influjo de los medios de comunicación visuales son los auténticos protagonistas de unas historias donde los personajes son más bien máscaras sujetas al flujo o reflujo de sus apetitos, o de los deseos de los otros; es significativo al respecto que muchos de ellos carezcan de nombre, sean presentados por apodos o carezcan de caracterización biográfica. En una actualización posmoderna del discurso kafkiano, quienes aparecen en los textos de Ferré no buscan la imposición, sino la disposición del cuerpo del otro para el goce, la rendición in/condicional al deseo propio. Es obvia la influencia, bien digerida, de los narradores posmodernistas norteamericanos de las últimas promociones. De hecho, hace poco leía un párrafo del profesor Javier García Rodríguez sobre el último libro de cuentos de Foster Wallace que sería aplicable, sin apenas variación, al Ferré de Metamorfosis®:
Por eso su prosa –su hipertrofiada prosa puntillosa y rizomática- apuesta por saltar constante y sorpresivamente de la objetiva demoración en los detalles ínfimos, en aquellos que la atención cotidiana desprecia precisamente por cotidianos, a radicales (y aquí el adjetivo no es accesorio) flujos de conciencia que ponen en crisis no solo la perspectiva superdetallista y el hiperrealismo sensorial (un puntillismo que a veces se vuelve (…) excesivo (…)), sino también los valores personales y colectivos, y la dinámica del propio relato. Una conciencia así, alerta y funcionando, crea voces, permite la mirada del otro, se contradice, evita los desenlaces (los previsibles pero también los imprevisibles) y soluciones, no traza distinciones entre asuntos menores y grandes cuestiones, ahorra diatribas y consejos, desmonta (¿deconstruye?) edificios casi sagrados (el psicoanálisis, la publicidad, la vida adulta). Una conciencia así, alerta y funcionando, aporta en cada relato la oportuna crítica social (que a veces se transmuta en crítica cultural), la implicación emocional justa (estamos hablando de Wallace, no se olvide) y el escaparate de novedades casual wear de lo que viste el sujeto en los tiempos hodiernos.
2. Tecnosexualismo
Quienes piensen que el acero no tiene sex appeal no conocen el acero. No han visto Metrópolis, no han leído el V. de Thomas Pynchon ni La máquina de follar de Bukowski, no han escuchado a Metallica o Daft Punk, no han visto los vídeos de Madonna dirigidos por David Fincher, no conocen los robots amantes de Assimov, no han practicado el cibersexo, no conocen los cuadros de José Bornoy ni las performances de Marceli Antúnez, no han visto en Internet la cofradía del Sybian, ni en la televisión el capítulo de Sexo en Nueva York donde una de las protagonistas se enamora de su vibrador. Los exoesqueletos también mueren de amor, también las carcasas de los mutantes gimen vapores al rojo vivo, y la piel del acero es suave como un guante de pelo de marta cibelina. Juan Francisco Ferré sí lo sabe, está en la conjura de los tiernos, está entre quienes saben apreciar el erotismo de un cableado, la carnalidad de un engranaje, la sexualidad de un torso cibernético bien remachado. Su prosa es eso, un engranaje sexy, un mecanismo textual, sexual, sextextual, dirigido al desarreglo de los sentidos. Y ello debe ser así porque hemos perdido los referentes, porque nos hemos quedado sin guías para el mundo en este nuevo milenio, porque ya no tenemos Virgilio para llevarnos por el infierno de lo real. Los clásicos no pueden ayudarnos. Como dice el filósofo José Luis Molinuevo, citando a ese Nietzsche tan querido para Ferré, “Nietzsche señala que los románticos expresaron un profundo anhelo de la cultura occidental, la nostalgia del origen, de la seguridad, de la casa. Y que esto es lo que siempre ha representado el mundo griego. El problema –concluye–, es que ya no somos griegos, y que los puentes hacia ellos se han roto. De ahí la construcción hoy de nuevas mitologías en la era de las nuevas tecnologías” (1). Es decir, que es necesaria la escritura de un nuevo gran relato, pese al recelo posmodernista, para explicarnos nuestro mundo. Y para Ferré, ese relato comienza, como el bíblico, por la re/creación del cuerpo, por la descripción de la costilla, por el légamo que acaba convertido en carne. Como apuntaba Eloy Fernández Porta en la introducción a su antología Golpes. Ficciones de la crueldad social (2004), “bebiendo de una heterogénea tradición que abarca desde las transformaciones de Ovidio hasta los videódromos de David Cronenberg, los relatos de Juan Francisco Ferré nos confrontan con una plasmación minuciosa, vívida y barroca de la carnalidad, considerada como el punto de inflexión de las tensiones sociales y los poderes que las determinan. (…) En el humor terminal de Ferré cada una de las situaciones que se describen oscila entre la aceleración de las nuevas tecnologías, que parecen dirigirse a un futuro entendido como implosión total, y la irreductible fisicidad del cuerpo” (p. 23).
3. El mundo como voluntad de representación
Este libro tiene un problema extraño, y es que su título es impronunciable. ¿Cómo llamarlo: Metamorfosis, marca registrada? ¿Metamorfosis r? En una inteligente reseña del libro, el profesor Julio Ortega nos dio las claves de esa rúbrica extraña: a su juicio, "el título del libro lleva la ubicua señal de la marca registrada, tal vez para sugerir que esta Metamorfosis no remite a las de Ovidio y Kafka, por más que tenga de la primera el fervor mundano y, de la segunda, la pérdida de la medida humana. Porque ésta es una metamorfosis de la ‘España diferente’: un derecho adquirido desde el espectáculo goyesco, esperpéntico y buñuelesco, cuyos sueños de la razón se despliegan ahora en tiempo real”. Siendo esto así, que lo es, también hay otra razón, creo, para este título de Ferré, y es que supone la penúltima crítica, de las muchas que le quedan por hacer, al mundo de la publicidad, a la saturación mercantilista del espectáculo, al simulacro entendido como versión de oferta, a las personas entendidas como público o como mercado, a la información como perversión manipuladora. Los personajes de Ferré, como los kafkianos que continuamente recrea, son ánimas dirigidas por otras fuerzas: la fuerza de la inercia, de la tiranía, de la burocracia, del sexo, de los medios. Como ese genial “Dionisio decapitado” que comienza el relato de sus cuitas así: “cuando me cortaron la cabeza, seguí hablando”, sus personajes son seres que continúan su movimiento inercial, puramente físico, después de abandonar la mente; personas que hablan, que cuentan su historia, que siguen su camino, sostenidos sólo por el vigor corporal, como los anfibios descabezados; dirigidos por el destino, como el Golem; movidos por la pulsión, como el jinete sin cabeza del clásico de horror; que siguen embistiendo, como ese toro acéfalo que se encontró, dibujado por hombres prehistóricos, en una cueva de Benalmádena. Cuerpos movidos por algo. Robots, odradeks, replicantes, dobles, enviados, marionetas de los medios. Esa es la literatura de Ferré. Y por eso nos gusta tanto. Porque, por desgracia, nos sentimos identificados.
(1) José Luis Molinuevo, Humanismo y nuevas tecnologías; Alianza, Madrid, 2004, pp. 24-25.
Nota: Antonio Garrido Moraga, en su intervención, apuntó unas ideas de sumo interés: el estilo de Ferré como “Frankenstein textual”, la buena literatura como “huida de la receta”, y la necedad social recogida en los relatos de JFF como metafísica de nuestro tiempo. En su fantástica intervención, Ferré ha explicado que la sección “Artificios” reúne cuentos de una etapa anterior (que, por supuesto, defiende), pero cuya inclusión supone la aparición del concepto de metamorfosis dentro del propio libro: un interesante gesto metasemántico.