Debate en Madrid
Estimados amigos, el próximo viernes, día 9 de junio, presento en la Librería La Central del Centro de arte Reina Sofía (junto a la estación de Atocha), a las 19:30 h., el ensayo Singularidades. Ética y poética de la literatura española actual. Los editores de Bartleby han pensado que sería más interesante que una presentación típica hacer un debate sobre poesía y crítica españolas actuales. En principio el acto será una mesa redonda, donde intervendrán Manuel Rico, Diego Doncel, Jordi Doce y un servidor, para abrir la conversación al público al final.
En relación con este acto y con el propio libro presentado, cuelgo el artículo publicado en el número de mayo de Quimera, titulado “La poesía de la normalidad (explicada a los niños)”, donde se abordan algunos de los extremos contenidos en la parte central del ensayo, sobre poesía actual. De estos y otros temas charlaremos en la presentación. Allí nos veremos, si queréis.
La poesía de la normalidad (explicada a los niños)
Quimera, mayo 2006.
Vicente Luis Mora
Para explicar qué sea la poesía de la normalidad, lo mejor será hacerlo a través de un cuento de Stanislaw Lem, el genial escritor polaco de ciencia-ficción que nos dejaba recientemente. En el “Viaje vigésimo cuarto” de Diarios de las estrellas, el viajero metafísico Ijon Tichy arriba a un planeta donde llaman su atención unas figuras geométricas de su superficie. Nos cuenta Tichy: “aterricé guardando toda la precaución necesaria en medio de un terreno desértico, sembrado a intervalos regulares de discos redondos cuyo diámetro no era mayor de medio metro; duros, brillantes y como torneados, se extendían en largas hileras en varias direcciones, componiendo aquellas figuras que antes había visto desde las alturas”. Fascinado por esos discos, Tichy se adentra en el planeta para buscarles explicación, y como pasa con todo aquel que busca la verdad, acaba arrepintiéndose de encontrarla. Por unos seres con los que dialoga, se entera de que en el planeta regía el caos, hasta que las autoridades encargaron a un ingeniero la construcción de una “máquina de gobernar”, para que crease un orden objetivo, impersonal, dirigido a la perfección y el buen entendimiento, y cuyas acciones “han de despertar en la gente sensaciones placenteras, satisfactorias aun para las percepciones estéticas más refinadas”. La máquina de gobernar, nada más ser terminada, levantó un palacio majestuoso, brillante desde lejos, y organizó una fiesta de bienvenida, a la que fueron invitados innumerables habitantes del planeta. Conforme entraban los invitados, el palacio los convertía en discos duros, brillantes y torneados, que iba expulsando al desierto por la puerta de atrás. Tras conocer los hechos, los demás habitantes se enfrentaron a la máquina, pero ésta contestó que si querían orden y estética, este era el mejor modo de hacerlo: convertir a todos los seres en objetos iguales, donde nada de uno sobresaliese o difiriera de los otros. Lo más terrible del cuento de Lem es que el resto de los habitantes, aun sabiendo qué es lo que ocurre al entrar en el palacio, esperan frente a sus puertas para penetrar voluntariamente en él, convencidos de que la máquina tiene razón y es la mejor manera de alcanzar el buen orden estético.
Bien, pues con las debidas variaciones y limitaciones de extrapolación, algo así sucede en la poesía española contemporánea. Hay una “Norma” no escrita que dictamina que para que sus ciudadanos se sientan “aceptados” dentro del buen orden estético, deben pasar, voluntariamente, por una serie de operaciones que suponen otras tantas limitaciones para su poesía, a fin de convertirla en ese disco duro, brillante, torneado, adaptable a las exigencias del sistema. La descripción de los caracteres generales de este tipo de poesía está hecha, en extenso, en Singularidades, así como el estudio del que podría ser el desgraciado “poema canónico” de este tipo de lírica pautada. En todo caso, estamos ante un fenómeno que es también sociológico. Me explico. En la literatura, como en todas las artes, siempre han existido modas, tendencias, líneas dominantes. Eso está ahí, y la historia nos da innumerables pruebas; la cuestión es que los modelos icónicos que ha difundido la globalización exasperan la necesidad de “existencia” a través de una presencia mediática. Y esto, que sí es nuevo en comparación con otras épocas, agudiza el problema de la imitación hasta volverlo estructural. Desde principios del siglo XX, lo que caracterizaba a los poetas jóvenes era la altanería y “deslealtad” a sus mayores, las ganas de matar al padre, la rebelión constante ante modelos heredados. Ahora, por el pánico a no estar, a no aparecer, los jóvenes prefieren la adhesión inquebrantable a los mayores, para no verse privados, ex ante, de su posible incorporación al “Parnaso español”. De la rebelión a la sumisión. De ahí que se tome como modelos a los mayores que más han triunfado, y se imiten sus códigos, estudiando cuidadosamente lo que aquellos entienden como poesía y matizando la propia hasta el perfecto ajuste con ese concepto.
Quiero puntualizar algo que no sé si queda demasiado claro en el ensayo, preocupado como estaba por cuestiones de detalle: no hay nada malo en que un grupo de poetas quiera constituirse como dominante, del mismo modo que las empresas buscan de manera natural el monopolio o un hormiguero el control de toda una zona. Está en nuestros genes. Por eso, no hay que considerar pérfido en sí que un grupo de poetas (primero, llamados de la nueva sentimentalidad granadina, evolucionados luego, en un círculo más amplio, a la poesía de la experiencia, para aumentar más aún mediante la “ruptura interior” que señaló De Villena, para terminar en el amplísimo círculo de la poesía de la normalidad) intente sostenerse, indefinidamente, como la moda a seguir, la poética de prestigio o como ustedes prefieran denominarla. Esto no es malo. Lo que sí es malo, y mucho, es que haya una crítica literaria militante con éste o con cualquier otro grupo. Es decir, una crítica alineada, parcial, ajustadora de cuentas, que diga que sólo una corriente (como leímos en una increíble reseña de García Posada de hace unos años) es la única poesía auténtica que se ha hecho en España desde hace unos años. Esto, lo digo como crítico, me parece intolerable. Ignoro las razones que pueden mover a todo un sector de la crítica a preferir a una línea poética y a sostenerla entronizada contra las demás, durante casi diecisiete años, pero ése ha sido, en buena parte, el panorama que hemos venido viendo desde hace más de un decenio.
De este modo, la “poesía de la normalidad” no incluye hoy a una serie de personas concretas. Por ejemplo, el último libro de Luis García Montero, La intimidad de la serpiente, alcanza la velocidad de escape de esa órbita al tornar su mirada hacia las vanguardias (Lorca, Alberti), de donde el autor siempre ha obtenido sus mejores frutos poéticos, pese a sus reiteradas declaraciones ensayísticas contra la vanguardia. Carlos Marzal y Vicente Gallego intentan en sus últimos poemarios huidas semejantes vía Claudio Rodríguez, aunque creo que habrá que esperar a sus próximos libros para ver con exactitud hacia dónde dirigen su búsqueda. La poesía de la normalidad es sólo un código, un canal sin protagonistas concretos, que extiende sus tentáculos allí donde hay un poeta que no entiende que la poesía es la búsqueda personalísima de una voz propia, inaccesible a modulaciones o limitaciones. Institucionalizada desde premios de renombre, públicos o privados, defendida por una crítica servil y en muchos casos anacrónica, la poesía de la normalidad vive del vértigo de los poetas de todas las edades, pero especialmente de los jóvenes, a quedarse fuera de no se sabe bien qué, con un miedo atroz a permanecer a la intemperie, al margen de la carrera literaria. En España hay dos tipos de poetas: los que piensan que su carrera depende del número de veces que aparezca su nombre en uno de los tres suplementos culturales nacionales (Babelia, El Cultural, ABCD), y los que creen que depende de hacer una labor solitaria, depurada y ajena a la recompensa inmediata. Los primeros son carne de la poesía de la normalidad. El problema es que, por desgracia, esa misma inquietud y angustia mediática ha calado en algunos editores de poesía, para los cuales no estar periódicamente en esos suplementos es poco menos que el canto del cisne del negocio. Y es que, como digo, y por cuanto acaban entrando factores de mercado, estamos ante un problema que ya no es solamente literario sino, en parte, sociológico.
Para que en la poesía española no haya más discos duros que los de los ordenadores, debería subvertirse este sistema de cosas. El problema es el cómo, por supuesto. Como sigo pensando que uno de los cánceres fundamentales es la crítica literaria, uno de los modos de ir limando este estado de cosas es la creación de un “centro” crítico mucho más amplio, que no deje tantas y tan interesantes poéticas en la periferia. Hay autores, jóvenes y no tan jóvenes, que son por completo desconocidos del público porque su apuesta estética es opuesta a lo normalizado. Excelentes libros como los últimos de Mariano Peyrou, Julieta Valero, Carlos Piera, o Martín Rodríguez-Gaona, apenas han tenido repercusión en prensa porque buena parte de la crítica actual no sabe cómo acercarse a ellos, cómo leerlos. De otros poemarios notables como En ningún paraíso, de Diego Doncel (uno de los grandes libros de los últimos años) o Resurrección, de Manuel Vilas, que han tenido acceso a los medios porque un jurado consistente se fijó en ellos, provoca sonrisas (de tristeza) el modo anacrónico, desinformado e increíblemente conservador con el que han sido a veces reseñados. Así que vemos que el gran problema de la poesía de la normalidad sigue siendo el mismo que la originó: una crítica instaurada incapaz de reaccionar, que lleva años sin estudiar, galvanizada, absolutamente absorta en la tradición poética española y al margen de los últimos e indispensables movimientos intelectuales que se han venido sucediendo en Francia, Alemania y, sobre todo, Estados Unidos. En España vivimos una situación surrealista donde un poeta de treinta años suele saber más y está intelectualmente más al día que la mayoría de críticos que, en un momento dado, pueden abordar su obra desde la parte mediática del reseñismo literario. Salvo casos puntuales como el de Jaime Siles (que, por desgracia, no aborda poemarios en castellano) y el de Túa Blesa, perfecto conocedor del posestructuralismo y la deconstrucción, y pocos más, existe un preocupante desfase en los temas candentes en la teoría literaria internacional, como el del canon, las literaturas de la colonización, la deconstrucción o el posmodernismo literario y sus posibles sucesores, asunto este último que jamás se toca en las reseñas de la crítica central o que cuando se toca se aborda, como denuncio en mi ensayo, con una desinformación aberrante.
La parte más polémica del ensayo es, seguramente, aquella en la que repaso los problemas estructurales, siempre epistemológicos, de la poesía de la normalidad; y es que ajustarse a una norma, cuando la misma no es la más correcta a la hora de enfrentarse con el agudo test de la escritura, provoca, necesariamente, ciertas taras de nacimiento. Así, se repasan la ausencia de rigor crítico para entender los mecanismos que producen realidad dentro de un texto, la confianza en el lenguaje como si fuera capaz de superar la crisis de la representación sin una severa corrección teórica, la escasa presencia de pensamiento poético en nuestra lírica, y el complicado problema de la ideología en esta poesía y su incardinación con el problema mayor: el mismo problema ideológico que vive la cultura española desde el experimento consensual de la Transición a la democracia. Como es obvio, no son temas planteados para ser resueltos, sino para animar al debate: más bien, se citan para que sean contestados, aunque en estos lares la práctica habitual con este tipo de libros es el ninguneo, para evitar cualquier debate teórico, ya que ese es, precisamente, uno de los mandamientos de la poesía de la normalidad: no llegar jamás al debate de ideas. Con esto no queremos decir que los poetas de la normalidad no tengan ideas, sólo que es muy difícil conocerlas.
Tichy, en el relato de Lem, después de echar una ojeada al palacio convertidor de seres en discos brillantes, cuando ya es el único habitante no alisado del desértico planeta, sale a todo correr hacia su nave, para huir de ese mundo normalizado, donde sus habitantes se han sometido gustosamente, a la “ley (que) proclama la libertad suprema”. Sí, lo reconozco: yo también salí corriendo por piernas, no fuera a ser que por un extraño síndrome de Estocolmo, prefiriese también la normalización, y acabara como “La gorda” del poema homónimo de Jesús Aguado, que salió rodando de su vida.