La metafísica de José Luis Pardo
José Luis Pardo
La metafísica. Preguntas sin respuesta y problemas sin solución; Pre-Textos, 2006
La metafísica como lenguaje en marcha
Para Walter Benjamin, la Metafísica era un cuento escrito por los vencedores. Para no pocos escritores, una de las formas de la literatura fantástica. Jung sostenía que jamás se puede probar o rebatir la verdad de una afirmación metafísica (Psicología y alquimia [1943], Plaza y Janés, Barcelona, 1977, p. 48). Este tipo de frases viene a demostrar un hecho claro, y es la extraña capacidad de seducción de la Metafísica, que la distingue de otras ramas de la Filosofía. Casi nadie se sustrae a decir algo de la misma, casi ningún ajeno a la Metafísica se resiste a utilizar el adjetivo “metafísico” para el trabajo intelectual propio o el de sus maestros; casi ningún filósofo se niega añadir unas palabras a lo ya dicho, incluso por él mismo, sobre el tema. Este es el caso de José Luis Pardo, que publica en Pre-Textos un añadido a su pensamiento anterior, ya que La metafísica. Preguntas sin respuesta y problemas sin solución es la reedición del título homónimo que Pardo publicase en 1989, al que se le ha añadido un quinto capítulo ya que, a juicio del autor, su postura sobre la Metafísica hoy es más compleja que la que expusiera en aquel momento. Lo que decíamos: la Metafísica es un cadáver que no deja de producir, interminablemente, sesudos obituarios.
Al respecto de esta condición del libro (ser una reedición ampliada), quizá debiera el autor de haber cuidado algún desliz, como las frases del tipo “en nuestro siglo” (p. 29), que revelan que el texto es del siglo XX, cuando el lector que acceda ahora por primera vez a este libro lo lee desde el XXI. Esto podría haberse cuidado más, porque el volumen ya no es exactamente el de 1989, o no debiera serlo.
Entrando en el contenido, el periplo de Pardo es meta-metafísico, por cuanto se configura como una perplejidad en observación sobre una cadena de perplejidades: ¿cómo es posible, se pregunta el autor de La intimidad, que todas las escuelas de pensamiento modernas (el marxismo, el positivismo, el sistema nietzscheano, el camino del pensar de Heidegger, la analítica, la hermenéutica, se construyan como un enfrentamiento a algo –la metafísica– que supuestamente lleva muerto desde mediados del XIX, y rematado por el giro lingüístico del XX? Hay varias causas de esta extraña persistencia: la primera, su secular confusión terminológica y semántica, que Pardo trata de aclarar en los primeros capítulos; la segunda, el hecho de que no se haya comprendido que es una rama de la filosofía que lleva la muerte en su propia forma de vida.
Este libro puede ser muy útil para quienes quieran iniciarse en el estudio de esta ciencia, sobre todo alumnos universitarios; a tal efecto la exposición de la predicatividad aristotélica, o de lo verdadero ausente del ser en Platón, están bien deglutidos con la muy sana intención de la pedagogía; pero no pocas veces Pardo eleva el nivel, tendiendo líneas de fuga con las tendencias postmetafísicas y las teorías actuales, de modo que puede leerse como un texto de repaso y desarrollo para quienes ya están iniciados en la materia. Pero este, repetimos, es el mecanismo propio de la metafísica: ser un sistema logomáquico retroalimentado, una materia que necesita hablarse, sin dejar de hablar. Por eso, como dice Pardo, “no ha de sorprendernos que toda la metafísica esté construida alrededor del lenguaje: Nietzsche, como siempre, puso el dedo en la llaga al definir la gramática como una suerte de metafísica popular; la metafísica es, así, una especie de gramática culta construida para fomentar el entendimiento humano” (p. 76), esto es, un lenguaje en marcha, cuya supervivencia no podemos poner en duda, porque como dijo Adorno, un filósofo es al final alguien incapaz de guardar silencio.