Un año. Reflexión y propuesta sobre la crítica que queremos
Un año de Diario de Lecturas. Reflexión y propuesta sobre la crítica que queremos
La reflexión
Hace unos días se cumplió un año del nacimiento de este Diario de Lecturas. El jueves pasado, el blog apareció en el Ciberpaís (edición especial Andalucía), con una foto del crítico, algo cegado por el sol. Este período transcurrido, este Diario se ha convertido en algo parecido a un foro sobre literatura, en el que hay muchas más visitas de lo que los comentarios parecen sugerir, y donde se puede hablar con libertad (siempre que no haya insultos) de todo. Nació como una experiencia piloto que venía a romper con dos ausencias de libertad, una mía y otra de los lectores.
Mi falta de libertad venía constituida por la imposibilidad de decidir, en el resto de revistas y medios donde colaboro con mis reseñas, algo tan esencial como: 1) qué libro criticar; 2) de qué modo hacerlo, 3) con qué extensión. Por no añadir que, a veces, se suele enviar los libros al crítico con la advertencia de que no estaría mal que la reseña anduviese por tal o cual camino o que no transite por él. Utilizando las posibilidades de Internet, quería además construir una crítica on line que, mediante notas al final del texto y links, se convirtiese también en crítica hipertextual, en hipercrítica.
La falta de libertad de los lectores ya la señaló Jordi Doce en uno de los artículos de su ensayo Curvas de nivel: los suplementos literarios y las revistas están hechas, en la casi totalidad de casos, de manera que los lectores no pueden “responder” al análisis del crítico. Ni el autor puede defenderse del diagnóstico del reseñista ni los lectores interesados someterlo a juicio, de modo que la crítica de libros se configura como una operación vertical y dogmática con escasa o nula corrección democrática. Aunque el texto de Doce apareció cuando esta bitácora llevaba unos meses caminando, me pareció que materializaba verbalmente a la perfección una de mis intenciones al abrir la página: la posibilidad de criticar al crítico, completando, desarrollando o refutando la reseña. E incluso (aunque creo recordar que no ha pasado hasta ahora), ofrecer a los autores reseñados un margen de respuesta, de modo que podrían, si quisieran, contestar a mi análisis en el mismo terreno, casi al mismo tiempo y con igual o mayor extensión, lo que no sucedería en ningún otro medio de comunicación. Es la ventaja de los blogs.
Este Diario ha intentado definirse por algo que me define, la generosidad. Leo mucho, escribo mucho y no creo que deba perdón por ello. No son pocas las voces que me dicen que me dosifique, que me haga esperar, pero eso va contra mi naturaleza. No sé cuánto tiempo tengo por delante para escribir; no quiero arrepentirme de no haber disfrutado lo suficiente. Además, lo que hago en este blog no es escritura creativa, no es onanista, sino lectura atenta y generosa de lo que hacen o hacéis los demás. Es por vosotros y para vosotros. Lo bueno que tiene el blog es que no es de obligatoria lectura, así que quienes quieran que me dosifique sólo tienen que entrar de higos a brevas. Así parecerá que escribo menos.
Propuesta
La cuestión es que, a la vista de esta experiencia, y de varias reflexiones de varios lectores, me gustaría proponer, que nos propongamos todos, una cuestión esencial. ¿Cuál es la crítica que queremos? ¿Qué tipo de crítica debería presidir los suplementos?
Del análisis de los suplementos más vendidos (Babelia, El Cultural, ABCD las Letras) se deduce que hay muchos tipos de crítica:
1. La que llamaba Jordi Gracia “escritura cultural” en Hijos de la razón (Edhasa, 2001), consistente en una especie de ensayo de cierta altura sobre el autor o los temas del libro reseñado.
2. La crítica “impresionista”, o conjunto de impresiones que al crítico le ha producido la lectura del texto.
3. La crítica “dirigida” que, partiendo de un presupuesto o ideario estético previo, intenta imponerlo ensalzando a los libros que participan del mismo, o destrozando las obras que no lo comparten o lo combaten. Esto es especialmente visible en poesía, como hemos demostrado documentalmente en Singularidades.
4. La crítica “descriptiva”: se limita a dar cuenta del contenido, tono general y estructuras básicas del libro analizado, obviando cualquier calificación singular del mismo, puliendo tacañamente todo adjetivo valorador, y con ahorro de cualquier contextualización de la obra en su entorno, combatiendo –esquizofrénicamente– el carácter canónico que toda crítica tiene por su propia definición.
5. La crítica entendida como “propaganda”, peste denunciada desde hace años por Juan Bonilla, que comenzó en España con la brusca aparición de un mercado de novela, que intenta justificar lo injustificable, vender lo invendible y hacer aparecer como literatura (Ignacio Echevarría dixit) lo que antes era aceptado como subproducto editorial. Está especializada en buscar argumentos increíbles para aplaudir ciertos libros premiados, o ciertos best-sellers presentados como novelas o libros de cuentos. Esta práctica pronto llegará a la poesía, si es que no ha llegado ya.
6. La crítica “educativa”: intenta enseñarle al escritor novel cómo tiene que hacer un poemario, un libro o una obra de teatro. Su estrategia es aplaudir, con algunas palabras de aliento y numerosa condescendencia, el primer libro de un autor, para destrozarle en el segundo y perdonarle la vida en el tercero.
7. La crítica de “destrucción masiva”: sólo intenta exterminar a un rival, a un competidor, o a alguien que se presenta como amenaza de la posición de uno, mediante el ataque inmoral, general y personal contra su obra o contra su persona. Muy extendida en ciertas revistas y ciertos medios.
8. La crítica inteligente.
Este número 8 es precisamente el que nos interesa ahora. ¿Cómo debiera ser una crítica inteligente, una crítica auténtica, teniendo en cuenta las limitaciones de espacio disponible en los medios de comunicación? Es obvio que la crítica de fondo sólo puede hacerse en artículos de largo aliento o monografías, pero los lectores compradores de libros no suelen leer revistas científicas (ni muchos críticos), ni monografías, ni tesis doctorales, y sin embargo esos lectores demandan de nosotros cierto asesoramiento, cierta jerarquía de lecturas. Quieren saber por qué debemos leer antes a González Sainz que a Pérez Reverte. Quieren que les justifiquemos la supuesta primacía de Juan Ramón frente a Neruda, o de Neruda frente a Juan Ramón, según qué criterios. Quieren saber qué novedad deben comprar cuando vayan a las librerías, y por qué. Y quieren que esos argumentos aparezcan brevemente articulados, en dos, tres o cuatro mil palabras, en periódicos, revistas de información general o medios digitales. Aquí tenemos el problema. ¿Cómo deberíamos hacer esa crítica inteligente, qué debería tener y qué no? ¿Debería obviar el argumento de la novela, o no? ¿Debería describir la métrica del poemario, o no? ¿Debe contextualizar al autor y a la obra en su entorno geográfico o cultural, o limitarse al análisis de la obra como elemento exento? ¿Debe contener una valoración expresa? ¿Debe incitar a la compra? ¿Se pueden permitir comparaciones con otras obras recientes, de similares características? ¿Se debe hacer crítica sólo de libros interesantes, como he leído muchas veces, o también es necesario un poco de canon negativo, rechazando libros de nulo interés o vendidos por el marketing como imprescindibles, cuando no se sostienen sobre pilares literarios exigentes?
No son cuestiones menores. Pero no son temas, curiosamente, de los que suela hablarse. Este año de blog y de crítica criticada me ha hecho reparar en la importancia de estos asuntos, sobre los que me gustaría abrir un debate. Además de para aportar pensamiento sobre crítica literaria, algo siempre interesante y útil de por sí, me servirá para intentar mejorar la crítica que ofrezco desde el Diario de Lecturas. Abro aquí la discusión, en la que prometo participar al más mínimo requerimiento de los lectores. ¿Qué pensáis? ¿Qué crítica queremos?