Manuel Vilas, "Resurrección"
Manuel Vilas
El cielo; DVD, 2000
Resurrección; Visor, 2005
"El poeta, al traducir la intención en acto inspirado, al convertir un ciclo de fatigas en flete de resurrección, hace entrar el oasis del frío por todos los poros del cristal del abatimiento y crea el prisma (…) que tiene tus labios como sabiduría y mi sangre como retablo."
René Char, “Partición formal”
El bíblico Génesis describe, como es sabido, amén de la creación del mundo, la del hombre y la de su pecado. Libro de barro, colección de légamo, el Génesis puede ser entendido como el primero de los libros o como el último, si antes ha existido una resurrección, que a su vez implica, como es lógico, una muerte anterior. Todo esto viene a cuento de intentar una localización referencial de Resurrección, último poemario de Manuel Vilas (Barbastro, 1962), que se alzó con la XV edición del Premio Jaime Gil de Biedma. Dicho esto, no estoy demasiado seguro que para situar a los últimos poemarios del autor sean necesarias las citas bíblicas, aunque el contexto de ambos sea claramente religioso o, mejor aún, posreligioso. Toda la obra de Vilas, incluida su muy interesante narrativa, puede leerse como un ejercicio de postrascendencia en un mundo vacío tras la caída de los dioses.
Resurrección, en este sentido, parece un paso lógico tras El cielo (DVD, 2000). En este último, leíamos en el poema que daba título al libro: “Mi cuerpo suda: es la gloria del verano, la festividad de los necesitados, la alegría de los que van a vivir. Alegría, gloria, resurrección, hermosura, inocencia, dicha, felicidad, exaltación, gozo, majestad, esplendor, el cielo”. Parece, por tanto, que el uso del término pudiera apelar a un tono positivo, vitalista (neovitalista, de nueva vida, para ser más exactos), pero los textos de Resurrección nos golpean brutalmente en la dirección contraria. Al final del libro, en el estupendo poema largo ambientado en una Nueva York destruida y decadente, encontramos una de las claves: “Cuanto peor es el mundo mejor es mi poesía. / Me gusta que el mundo sea así, la casa del terror y del pecado”.
Es difícil adscribir la poesía de Vilas, y esto habla mucho en su favor, en alguna de las direcciones poéticas de la actualidad española. Aunque en algún momento el personaje monologante habla de “realismo sucio” (p. 56), es bastante conflictivo un realismo en el cual abundan los pasajes visionarios, fantásticos y neotestamentarios, mezclados sin solución de continuidad con estampas de ficción cotidiana. Algunos autores han hablado de “neorrealismo” (Juan Miguel López Merino) al mencionar a Vilas, aunque a mí me gusta más la etiqueta “realismo expresionista” que Roger Wolfe se dedicara a sí mismo, por menos cerrada y permeable a giros de corte alucinatorio, muy habituales en la poesía del autor de Resurrección (le vendría bien una frase utilizada por una poeta que es su antípoda expresiva, Ada Salas: “el poeta es un visionario de lo real: no ve al hombre, sino su esencia”) [1]. Si Manuel Vilas fuera pintor, su estilo se hallaría en el cruce de Grosz y Ensor con las pinturas negras de Goya. A juicio de Eloy Fernández Porta, “Vilas entra en el realismo a través del sentido beckettiano de la ruina, la residua y el abandono (…) que combina con un peculiar humor negro, inscrito en la tradición del absurdo (…) a partir de un monólogo en que la voz narradora deriva entre la contemplación y la agonía” [2]. Este monólogo lo caracteriza en Resurrección un yo elocutorio que no debe confundirse con el autor del libro; de hecho cuando este narrador se refiere a Manuel Vilas, lo hace en tercera persona (cf. p. 83). Este personaje, parecido a alguno de los alucinados vampiros de la última novela de Vilas, Magia (DVD, 2004), es un hedonista compulsivo cuya agresividad se descarga pensando, esto es, escribiendo. Incapaz de creer en algo más allá de la existencia, se complace en el deleite de cosas mundanas (el vino blanco, el marisco, las mujeres de pago) y perecederas, por más que su disfrute sea del todo incompleto; pero también –parece decirnos– la fe es incompleta: tampoco Dios se nos muestra en plenitud, y tenemos –parece sostener– tan pocos visos de la existencia de otra vida como de la necesidad de ésta. De esa desesperanza, de esa fe irredenta en la ausencia de fe, de esa zarza consumida por el fuego sin milagro alguno [3], se alza una voz que quisiera poder creer en algo, sea humano o divino, para encontrar un sentido. En El cielo leíamos: “No me olvido de la obra de Dios sino que la contemplo / desde la tentación y el gozo, desde la promiscuidad y la pesadilla, / desde el instinto y la flor de santidad, desde la violencia, la santa / violencia. / Desde la extravagancia que da la edad y el salario mínimo” (“Costa Dorada”). Y en Resurrección: “no hay nada que entender porque la verdad es incomprensible, / y eso me encanta, y me hace feliz. La verdad sólo es / dinero y basura” (p. 114). Vilas crea a un ser, mezcla de Ulises y de Orlando Furioso, que deriva por ciudades lejanas y próximas, que sólo encuentra calma para su furia en el amor fugaz, que sólo encuentra ecos de lo trascendente en lo nauseabundo, en lo mínimo, en lo procaz. Un extraño poeta que retrata Eduardo Lago en su novela Llámame Brooklyn dice, en términos que hicieron pensar en la poesía de Vilas, que la poesía hay que buscarla “en la inmundicia, manchándote el alma. Sólo así encontrarás lo que estás buscando. Sangre, mierda y semen, no lo olvides (…) Lo que cuenta es poder rozar la eternidad, aunque sólo sea un instante. Que nos quemen. A Dios le da exactamente igual” (Destino, 2006, p. 310). Parece una estrofa de Vilas, no por el estilo, pero sí por el desasosiego.
Sin embargo, surge el problema de considerar si la íntima asociación del personaje del libro con las reglas del consumo ultraliberal responde a un deseo de crítica o a un modo de encarar el hedonismo. Hay varios cantos a los MacDonald’s y a los maleteros grandes de los coches, como cubículo para poder “guardar cosas”, lo que emociona al protagonista (p. 84). No queda demasiado claro, a mi juicio, cuál es la postura real ante el exceso de consumo, lo cual compromete en cierta forma la visión general del poemario. En principio, su presencia sometida a cierto exceso, como cuando se dice que MacDonald’s podría subsanar el hambre del mundo al ofrecer carne por tres euros, podría inclinarnos a pensar que la percepción es corrosiva. Pero, por lo general, el personaje central se ajusta perfectamente al consumista ubicuo descrito en los ensayos de Zygmunt Bauman, sin que haya una visión exterior o de una voz distinta al monologuista que denuncie ese estatus. El último verso del poemario, “Eh, mira, mira, ¿qué es esto? La vida. Es la vida”, puede tomarse a modo de poética, pero también de conformismo nihilista. Vilas parece decirnos que lo escrito es todo lo que tenemos, lo cual es desolador, pero preferiríamos tener alguna puerta a la esperanza, un resquicio en el poemario donde incrustar el pensamiento de que quizá sea eso que tenemos, sí, pero a lo mejor no es lo que necesitamos. Puede esa puerta estar abierta, quiero pensar que sí, en tres versos luminosos: “la vida es la vanguardia, lo único interesante que ha pasado / en ese cielo de rocas heladas (trescientos grados bajo cero) / o rocas ardiendo (...) en los últimos / mil billones de años” (p. 118). Mucho mejor, ¿verdad? Lástima que esa entrada en una visión positiva y ética sea la excepción, y no la regla del poemario.
Notas
[1] Ada Salas, Alguien aquí. Notas sobre escritura poética; Hiperión, 2005, p. 131.
[2] En su estudio prologal a Eloy F. Porta y Vicente Muñoz Álvarez [eds.], Golpes. Ficciones de la crueldad social; DVD, Barcelona, 2004, p. 21.
[3] Obsérvense estos versos de El cielo: “Soy un seminarista ocurrente, un lobo marcado en la oscuridad, / soy un predicador del desierto, que se ha quedado sordo, / un teólogo retirado, un chamán ilustrado, / una celestina beata, un lazarillo tuerto, / una concha de mar ascendida a lo Alto, / un ser encendido que sólo arde para él, (…) / el hijo de Dios, el último que tuvo”; (“El último hombre”).