Martínez Marzoa y la comedia griega
Felipe Martínez Marzoa
El saber de la comedia; A. Machado Libros, Madrid, 2005
En este interesante ensayo, cuya clasificación semántica es precisamente lo que se pone en duda desde su episteme, el gran estudioso de la filosofía clásica Martínez Marzoa localiza el verdadero espacio de la comedia griega, mucho menos dotada de poética de lo que podemos comprobar respecto a su hermana mayor, la tragedia. Comienza el autor con un crescendo conceptualizador abierto con la redefinición de poesía, que habría que contextualizar en su relación con un hacer cosas, con un “habérselas con” las cosas desde el lenguaje (p. 15). En ese sentido (es decir, en un sentido griego, sin arrojar luces anacrónicas desde la filología de nuestro tiempo), la poesía vendría entendida como una forma de pericia, de habilidad; no en un sentido particularizado –como una pericia de o sobre la composición poética–, sino como la pericia entendida como tal. Este es el método de Marzoa y lo que le singulariza y le da valor: la búsqueda del sentido original de los conceptos que va recorriendo en su búsqueda. Y su búsqueda no es otra que la persecución del lugar singular y poco estudiado que la comedia ocupa entre dos codificaciones de géneros griegos: la tríada epos, melos y tragedia, por un lado; el diálogo platónico, por otro.
El primer elemento constitutivo de la poética de la comedia griega es la “distancia”, entendida como conciencia de la escena respecto a su propia condición, a partir de Las aves, de Aristófanes, y la especificidad que ello otorga en su relación con la tragedia, incapaz de esa distancia: “según esto, quizá la comedia reconoce aquello que la tragedia es; y, si es así, la comedia sería como el ‘levantar acta’ de aquello que, culminando en la tragedia, es el acontecer o la historia de los géneros” (p. 40). La poética de la comedia desarrollada por Marzoa parte de esa distancia, de esa “lejanía como tal” (p. 47), para seguir con las ideas de conciencia del marco y de ruptura. Lo que resulta más asombroso de este libro (y, en general, de todos los del autor, a quien debe uno sus rudimentos de los filósofos presocráticos, entre otras grandes deudas), es su capacidad de utilizar los muchos instrumentos a su alcance (la lengua griega, la retórica, la poética aristotélica, sus estudios del diálogo platónico, los tratados métricos de Snell o West, las obras de Aristófanes, Eurípides o Esquilo, el método filosófico de pensamiento), para re/crear un género cuyas referencias hemos perdido, entendiéndolo en su más que probable sentido real, historizado, en un empeño intelectual al alcance de pocos, porque se necesita para ello una mente capaz de superar descriptivismos para ahondar en una asimilación global de los fenómenos, diacrónica, rotunda, inclusiva de una ontología (definitivamente no óntica, para la comedia), y de una pragmática del género, entendido como el procedimiento dramático que no busca el efecto subjetivo –persuasivo– de la catarsis tragedial, sino el más objetivo de “levantar acta” (p. 91). En suma, un libro imprescindible para los interesados en el tema y, en general, para los aficionados al pensamiento documentado y serio sobre los orígenes de nuestra propia cultura.