Frederic Jameson y el realismo providencial
F. Jameson, El realismo y la novela providencial; edición de Julián Jiménez Heffernan, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2006.
Los interesados en teoría de la novela, narratología, literatura comparada o literatura y crítica en general, no debieran perderse este pequeño librito, dividido en tres partes muy diferenciadas. La primera es una conferencia que el indispensable crítico de la cultura (término más amplio y adecuado que el de crítico literario, cuyos márgenes supera) Frederic Jameson impartiera en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2003, en el marco de unas jornadas de homenaje al gran comparatista Claudio Guillén. La segunda parte recoge precisamente el coloquio posterior, con intervenciones del propio Guillén en diálogo con Jameson. Y la tercera parte, que interesará menos al lector menos interesado en cuestiones de teórica, es un fabuloso ensayo de Julián Jiménez Heffernan sobre el pensamiento crítico y filosófico de Jameson, uno de los mejores narratólogos y pensadores sobre posmodernismo de la actualidad (vide al respecto su (Postmodernism, or, The Cultural Logic of Late Capitalism. Durham, NC: Duke University Press, 1991, publicado en castellano por Trotta en 1998).
Jameson tiene un discurso tan fuerte que, como ha reconocido José Manuel Romero, su trabajo “a pesar de estar dedicado a cuestiones de crítica literaria, es a todas luces relevante para nosotros [los filósofos estudiosos de la hermenéutica], pues se trata de una investigación programática de cara a la ‘construcción de una nueva hermenéutica’” (1) . Ese crescendo de lo literario a lo filosófico se aprecia perfectamente en el librito que comentamos. El objetivo de la conferencia de Jameson, acorde con sus primeras palabras de resituación de lo que sea hoy la literatura comparada, es arrojar una nueva luz, plantear una interpretación alternativa de cierta “gran novela realista” del XIX, explicada bajo el prisma del realismo providencial. Este debería ser entendido como el pacto entre el lector y el escritor de que hay una posibilidad de que una ley providencial (sea o no en un sentido religioso, esto es; medie en la solución una Providencia divina o no) que acabe solucionando el argumento de la novela hasta llegar a un “final feliz” (o no feliz, pero “deteminado”). El inteligente crítico norteamericano describe y cualifica las diversas posturas de la novelística moderna imbricada en la tradición providencial: la inmanencia inmanente del realismo ontológico, la inmanencia trascendente (vgr., el Bunyan de The Pilgrim’s Progress), la posibilidad de una “trascendencia trascendente” en la novela político-utópica (de por sí alérgica, como apunta Jiménez Heffernan, a la solución providencialista, p. 59), y la que más le interesa, la del “trascendentalismo inmanente” de novelas como Middlemarch. Es muy interesante la penetración con que Jameson aborda cada uno de estos tipos y los ilumina con ejemplos de novelas concretas, algunas de ellas (sorprendente para los lectores hispanos, tan poco acostumbrados) escritas en español.
La tesis de Jameson, muy interesante, está ajustada sólo a la novela del XIX. Pero a mi juicio hay un providencialismo mucho más interesante, que Jameson deja de lado –supongo– sólo por razones cronológicas, que vendría constituido en la parte final de la Modernidad, por la “providencial” aparición del novelista, del creador, como Dios de la narración, actuando en su propio nombre. Esa es, en rigor, una de las señas del apogeo histórico y estético de la Modernidad: la progresiva sustitución de las leyes divinas o naturales como rectoras de lo narrado por la “voluntad” del narrador. Unamuno, Papini o Pirandello serían no los primeros representantes, sino su clímax, el cenit del movimiento de llegada de lo moderno a la narración. El Unamuno que en Niebla le explica al personaje, Augusto Pérez, que no piensa dar vuelta atrás en su planteamiento sobre él, sería la retorsión paródica, metacristiana, del autor como Providencia de andar por casa (pero es que el libro es su casa). La decisión providencial de los argumentos se seculariza, pasando la responsabilidad omnímoda de las historias al tejedor de las mismas, lo que constituye el último paso de la profesionalización del escritor: si voy a ser responsable de lo escrito para lo malo, se dice el autor de finales del XIX y principios del XX, también lo seré para lo bueno; yo decidiré qué ocurre al final con mis personajes, si se salvan o perecen. Kafka, en este sentido (sólo en este, probablemente) sería premoderno, ya que sus personajes vienen regidos por una providencia negativa, un deus absconditus que convierte sus existencias en trayectorias pautadas de antemano. No sabemos quién ordena el proceso de Joseph K. ni quién está detrás del “exilio” del castillo del agrimensor K. Y también sabemos que Kafka no dice expresamente (y esa explicitud sería la clave) que sea él mismo, cosa que sí hará, por ejemplo, el Unamuno de Niebla.
A mi juicio, en este paso tiene mucho que ver la consideración distinta del individuo, entre una etapa y otra de la Literatura occidental. La poesía y la novela dejan en el siglo XIX, sobre todo hacia sus últimas décadas, de responder a criterios de tercera o segunda persona para incardinarse en la primera: en el je est un autre de Rimbaud la parte más importante de la frase no es el autre, como suele pensarse, sino la brutal autoconciencia sobre el je, el yo. Creo que Iris Murdoch vio esto muy bien, relacionándolo (como hace también Jameson) a la estética hegeliana: “la literatura moderna nos ofrece el triunfo de la neurosis, el triunfo del mito como forma solipsista. Nuestras epopeyas sociales carecen de vitalidad creadora y se preocupan más por la exploración de instituciones que por la creación de personajes. Mientras que en nuestras novelas metafísicas, que representan lo mejor y lo más prestigioso de la literatura, el protagonista está solo, sin compañía alguna, o no tiene por compañía más que otras partes de sí mismo. Aquí sigue reinando Hegel y tenemos el romanticismo en su forma final, más pura y más concentrada, donde la lucha entre las personas es en realidad una lucha dentro de la cabeza de un solo personaje. En tales obras se nota la implacable sumisión de los personajes a la voluntad de su autor. Los personajes ya no son libres. (...) El autor ni siquiera pretende que sean libres. Si lo fueran serían un estorbo para él. Su libro es un intento de solucionar su propia salvación mediante un ejercicio de autodescubrimiento (...) El individuo real ha tendido a desaparecer de la novela, y su lugar ha sido ocupado por el individuo simbólico que es la obra literaria misma” (2). Ese individuo simbólico es, en la mayoría de las ocasiones, un trasunto de su propio autor, como el Marc Augé que confesaba en Ficciones de fin de siglo haber sustituido el etnoanálisis por un experimento de autoanálisis, “dirigiendo a mí mismo las preguntas que había formulado antes a otras personas (...) e intentaba verificar de esta forma si para el único nativo que tenía a mano (yo mismo) éstas tenían sentido y si lo mantenían también para las personas que lo rodeaban” (3). La primera forma en que un novelista afronta el autoanálisis es a través de la consideración de su obra, de su novela, como parte de sí mismo, y a sus personajes como máscaras simbólicas de generación propia. Otros jes convertidos en autres, por albur no divino, sino narrativo. La providencia es, en este caso, doméstica, interiorizada. En la actualidad quizá se haya producido ya un nuevo cambio cualitativo de todos estos procesos (haciendo descansar la responsabilidad decisoria de los argumentos bien en argumentos científicos –sobre todo, la entropía e inasibilidad de las leyes de la naturaleza–, o en la voluntad impositiva de uno de los personajes, dotándose de carácter ficcional la misma providencia) pero esa es ya otra historia.
Notas
(1) José Manuel Romero, Hacia una hermenéutica dialéctica; Síntesis, Madrid, 2005, p. 220.
(2) Iris Murdoch, “Retorno a lo sublime y a lo bello”, en Revista de Occidente nº 44, 1/1985, p. 85.
(3) M. Augé, Ficciones de fin de siglo; Gedisa, Barcelona, 2001, p. 87.