Cabo de Hornos, de J. M. Pérez Álvarez
José María Pérez Álvarez
Cabo de Hornos; DVD, 2006
Excelente novela esta, de Pérez Álvarez, confirmando las muy buenas expectativas que creara la afamada Nembrot, aunque quienes leyeran ya su temprana La vida innecesaria (Caja de Ahorros del Mediterráneo, Alicante, 1989), ya podrían atisbar en aquella breve narración la capacidad casi virtuosa de este orensano (O Barco de Valdeorras, 1952) de estructurar un relato y mantener el hálito de una historia. Y eso que en Cabo de Hornos el argumento es, seguramente, lo menos importante. La historia nos presenta a un periodista llamado Sansavenir (neologismo al que el autor le dota de una procelosa plurisignificación: el mediocre Sans Avenir, sin futuro; el kafkiano Sansa, el profeta San Savenir en las melopeas que se corre con su compañero Nacho), que intenta escribir la historia de un desaparecido poeta gallego, César Luis Canosa (que a ratos tiene cosas de Celso Emilio Ferreiro y a ratos de Camilo José Cela), de quien sospecha que se apoderó de dos libros escritos en su juventud por su hermano, Adolfo Canosa. Durante el periplo de escritura del inacabable (kafkiano) artículo, le suceden dos cosas esenciales: primera, la súbita e inexplicable aparición de un anciano en su casa, al que acoge sin mediar palabra, y con quien sostendrá una extraña relación de piedad-odio; segundo, la vida, que en su caso es un simple sucederse de días solitarios añorando no a su ex mujer, pero sí al sentido que la existencia tenía cuando estaba casado, bebiendo con Nacho y tomando pastillas albiazules, como el Deportivo de la Coruña, que le producen no muy distintos efectos de insatisfacción que a los seguidores el club. Esta es la historia base, que Pérez Álvarez convierte en entrañable y destacada con la sabia utilización de una serie de trucos narrativos. El primero es la potencia simbólica de la colocación de cada uno de los elementos narrativos como perteneciente a un “orden” o sentido superior, de modo que le dan al protagonista (y al lector, a su través), una cierta imagen de lógica vital que, en realidad, se construye desde un genial y desenfadado sinsentido. Quizá así lo entiendan ustedes mejor: México y Galicia son las dos únicas partes del planeta donde la muerte es tan consustancial a la vida que es parte de la existencia real de los habitantes. Esto lo entendió muy bien Rodrigo Fresán al plantear la esperpéntica Mantra en el Distrito Federal, y lo entiende bien, como buen gallego, Pérez Álvarez, al crear una historia donde no hay límite (ni necesidad de él) entre lo visible y lo invisible, lo vivo y lo muerto, de modo que la historia se hace intrahistoria y los personajes desaparecidos se incardinan en el orden de lo real con una lógica tan aplastante que a ratos, sobre todo al final de la novela, Pérez Álvarez nos hace creer que la muerte es, en efecto y al modo de Schpenhauer, el carácter constante de la vida, y que no hay diferencia alguna entre lo que está por existir, lo que discurre y aquello que dejó de tener lugar, lo cual sigue aconteciendo, entre cartas y botellas de vino, en Pultney Street, un lugar de Cabo de Hornos que no es un lugar, sino un simple estado de la imaginación, como la mayoría de los lugares de esta novela. El Cabo de Hornos que uno cruza (el de la mediana edad, el de la muerte, el momento en que a mitad de noche uno ingiere la cantidad justa de alcohol para dotarse de voz oracular y vidente) es, en realidad, siempre el mismo, no aquel que separa la muerte de la vida, sino aquel que, una vez cruzado, nos hace comprender que ambas son la misma cosa y sólo hay estados entre ellas, no diferencias esenciales.
La ciudad donde transcurre la narración participa de esa misma indiferencia de lugar, y por ello está construida con calles y plazas conocidas de varias urbes del mundo, procedimiento que ya había utilizado Juan Bonilla en Cansados de estar muertos (1998). Es otra forma más del senequismo filosófico que cruza, de norte a sur, Cabo de Hornos, donde Sansavenir descubre que la ley más elemental de la naturaleza es precisamente ésa, la Ley de la Indiferencia, de modo que da igual no sólo no ser, sino también ser otros. Por ello abundan las usurpaciones: Onofre usurpa la casa de Sansa y se hace pasar por su tío; Sansa se levanta (como el casi homónimo kafkiano) convertido en alguien que no quiere ser, y de vez en cuando toma el seudónimo de Franz Dertod para escribir crónicas socarronas (menipeas) sobre un irredento zoofílico en las páginas de sociedad del diario Nuestra Voz; por su parte César Luis Canosa usurpa, en principio, la voz poética de su hermano desaparecido para labrarse una carrera como vate. Nacho Nólan abandona diariamente su propia identidad a manos del alcohol y las pastillas, en una clara vocación despersonalizadora, pessoana, buscando no la última palabra, sino la última curva donde se disolverá del todo. Existir, parece decírsenos es esperar con apatía el accidente: “prefería la adivinaciónen los espejos de los bares a la adivinación en los espejos de casa porque esta segunda adivinación siempre le mostraba un futuro sombrío como una tempestad en el Cabo de Hornos, en cualquier porvenir hay un lugar que se llama así, Cabo de Hornos, y un temporal entrevisto” (p. 118). Lo que más inquieta de esta visión de Pérez Álvarez del mundo como Indiferencia giratoria es, empero, el fabuloso sentido del humor y el ingenio lingüístico con que todo está contado (“Onofre se levantó despacio, con lentitud submarina”, p. 161), como si la cosa no fuera tan grave, como si todo fuera un cuento leve, contado por un idiota. Disculpen las inflexiones intertextuales, pero la novela también las utiliza a discreción: hay un homenaje claro a Madame Bovary en la página 148, un sentido kafkiano de la escritura por toda la novela, un estilo que debe mucho al mejor Camilo José Cela (el de Mazurca para dos muertos, novela con la que ésta comparte ciertos temas y tonos), e infinitos guiños literarios. Al ingenio y buen humor de lo contado se añade el del modo en que lo está, que también admite bromas metatextuales (p. 122), una agradecible riqueza de vocabulario y un final antonomásico y plenamente respetuoso con lo que la narración misma tiene de fábula. En suma, una novela de obligada lectura, porque su autor es, por decirlo en pocas palabras, de lo mejor que tiene la narrativa española actual.