Rem Koolhaas
Rem Koolhaas
Delirio de Nueva York; Gustavo Gili, 2004
Ni Koolhaas ni nadie podía imaginar en 1978, fecha de redacción de este libro, los dramáticos tintes que esta frase iba a tener con el tiempo, 23 años después: “Manhattan es una acumulación de posibles desastres que nunca ocurren” (p. 27). Concebido como una retícula, este libro es un conjunto de fragmentos similares que, como la distribución de la isla más famosa del mundo, forman un tejido cuadrangular y posmoderno de explicación de la urbe más famosa del mundo. Este curioso trabajo de un arquitecto siempre amigo de unir todas las artes en sus escarceos artísticos se desarrolla en dos sentidos: primero, elaborar una teoría histórica que explique Manhattan como fenómeno urbanístico; segundo, analizar el manhattanismo, teoría “no formulada” pero que se habría seguido en la construcción de la isla, sin volverse a utilizar jamás, y que es una especie de pragmatismo utópico, trasladable al hecho de vivir en algo totalmente artificial: como dice el propio Koolhaas, “vivir dentro de la fantasía” (p. 10). Manhattan, es claro, proporciona el éxtasis ante la arquitectura, como ninguna otra ciudad del mundo. Aunque otros lugares como Tokio, Hong Kong, Kuala Lumpur o Chicago tengan similares estructuras, acumulación de torres o rutilantes noches verticales, Manhattan tiene algo que la singulariza y es, por supuesto, su condición de isla, su conformación exenta de tierra firme, como una roca esculpida y abandonada en el océano, que la personaliza de esos otros finisterres de cristal, meros apéndices de una tierra perfectamente reconocible. En Manhattan no se ve la tierra. No hay campo en Manhattan; hasta Central Park es cuadrangular, acotado: artificial. Manhattan está devestida de toda relación con los continentes o la idea de terreno. En la isla sólo hay solares, 2.088 “soledades” o parcelas divididas de aquella retícula que crearan de la nada tres ingenieros en 1811, prescindiendo de la topología y concluyendo, por tanto, que “el sometimiento de la naturaleza, por no decir su extinción, es su verdadera ambición” (p. 20), como resume Koolhaas. Y de este modo, con el crecimiento horizontal amputado, ya sólo queda la dirección ascendente; el cielo se convierte en la única frontera y la agonía vertical queda constituida en el nuevo “salvaje Oeste” a conquistar (p. 87): de ahí que entre 1900 y 1907 comience la carrera de los rascacielos.
Hasta el 11/S, otra característica la mantenía en su estatus de ciudad de ciencia ficción: el no estar afectada por la historia. Moderna a fines del XVIII, contemporánea en el XIX y posmoderna en el XX antes de que nada más lo fuera, era la idea misma del progreso continuo, la punta de lanza de la tecnología y las finanzas mundiales, la materialización de lo avanzado. Su historia no era rastreable en sus renovadas, restauradas, demolidas y levantadas avenidas, sino apenas en fotografías que parecían de una isla cercana, pero no de ella: Manhattan era Proteo, transformándose continuamente y marcando la pauta a lo demás. El hueco de las Torres Gemelas es la primera herida, la primera cicatriz de su hasta ahora inmaculada y variable piel. Su “crisis perpetua” (Koolhaas, 11), ha sido ahora estancada en la crisis localizada del ataque contra el World Trade Center, cuyo desmoronamiento ha querido ser entendido simbólicamente, como si fueran unas nuevas murallas de Jericó o el fin del acoso de los bárbaros a la Muralla China.
El libro de Koolhaas, en fin, no tiene desperdicio. No sé qué es más interesante: la historia misma de una ciudad cuyo propósito fue, durante mucho tiempo, asombrarse a sí misma, la colección de disparates y freaks arquitectónicos recogidos por el autor, el sensato análisis de los requisitos de una ciudad para sobrevivir entre la creación y la especulación, o los ocasionales ramalazos de genio del autor, conformados en aforismos vertiginosos (así, la lectura del Empire State como “arquitectura automática” , p. 139) o sus propios proyectos arquitectónicos, que fatalmente tienden a consagrar la “cultura de la congestión” que rige una ciudad dedicada a representar, para bien o para mal, lo humano contemporáneo.