La polémica López Merino / Antonio Orihuela
Sobre la polémica López Merino / Antonio Orihuela
En la reciente polémica entre Juan Miguel López Merino y Antonio Orihuela, me decanto… por ninguno. Antes de entrar, situemos los términos de la misma. Comenzó el profesor de la Universidad de Berna, con un artículo sobre Roger Wolfe publicado en la revista Espéculo, al que respondió Orihuela en otro, colgado en varios lugares de la Red. Aquí están los links de los respectivos artículos.
http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/rogwolfe.html
http://www.nodo50.org/mlrs/weblog/pivot/entry.php?id=39
El artículo de López Merino trataba de contextualizar la poesía de Roger Wolfe en la lírica española contemporánea. Su trabajo tiene gran interés, aunque no está exento de lacras y contradicciones, alguna de las cuales son bien señaladas por Antonio Orihuela. Otras veces, su argumentación peca de excesiva delgadez, por no decir anorexia:
La poesía de Wolfe es desarraigada y realista pero más allá de la Modernidad. A esto la mayoría de los críticos lo llaman posmodernismo (López Merino, 2006:2).
Ojalá fuera tan fácil, y ojalá fuera eso. Pero el posmodernismo, como venimos viendo colectivamente en este blog, bien puede ser eso, y su contrario, pero es, además, otras muchas cosas. Pero no sólo en su artículo detectamos algunas ausencias o errores, también algunas partes del discurso de Antonio Orihuela son muy contestables: su descalificación ideológica del “genio”, por adaptarse perfectamente a los requerimientos de plusvalía del mercado (pero, ¿Carlos Marx no era un genio?), su lectura del sujeto poético contemporáneo (mucho más aquilatada en los ensayos de Virgilio Tortosa, desde luego, por buscar un estudioso afín a su línea de pensamiento) y su visión, bastante parcial (no en el sentido de limitación de espectro, sino de abanico de consideración de la palabra poética; parece que lo que no se ajusta a la poesía “revolucionaria” que dice practicar no fuera poesía -¿qué hacemos con Homero y Shakespeare, esos burgueses de mierda?-). Y esto respecto al contenido, porque Orihuela cae a veces en descalificaciones personales e insultos de absoluta gratuidad, que afean el contenido por la forma. El debate intelectual, sin perder de vista la ironía o la vehemencia, jamás debería perder la compostura, tanto más cuando, en el caso de Orihuela, se habla desde una pretendida superioridad ética y “democrática”.
La del realismo poético, en conexión con las consideraciones socioculturales de su relación con la Posmodernidad, es un lugar conflictivo y aún confuso en las categorías críticas nacionales. Ello se advierte, en efecto, en algunas paradojas del texto de López Merino; pero las contradicciones no sólo nutren su texto. Obsérvese este párrafo de Orihuela:
Pero continuemos analizando nuevos retazos sobre la figura de R.W. [Roger Wolfe] y el realismo sucio: “La propuesta literaria de R.W.... sus temas se hallan vinculados a sus propias experiencias en la vida e ignoran los lugares comunes... al margen de cualquier modelo estético, ideológico, político o social dominante... que rigen nuestro comportamiento en el mundo (Saldaña, 1996:265-267)”. Desgraciadamente, la propuesta de Saldaña, López Merino, etc., sólo cuadraría al famoso poeta marciano que, aterrizando en su platillo volador, decidiera incorporarse a la comunidad poética. Tan sólo de él podríamos decir semejantes cosas, puesto que el resto de los terrícolas poetas, en cuanto seres sociales, seguiríamos escribiendo sin posibilidad de eludir los modelos estéticos, ideológicos, políticos y sociales que nos han conformado como tales seres sociales, incluido el aparentemente clausurado R.W.
Y ahora compárese con éste, anterior, del mismo autor y artículo:
Éste, aquí, será mi empeño. Intentar demostrar cómo se quiere hacer naufragar un conjunto de escrituras antagónicas, resistentes y críticas en la ciénaga de la producción de discursos engendrados dentro de una de las más retrógradas excrecencias ideológicas del postmodernismo neoliberal.
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Se puede escribir al margen de los modelos estéticos, ideológicos, políticos o sociales, o no se puede? ¿Se puede ser resistente a la ideología dominante, o toda oposición sucumbe en el Síndrome de Estocolmo? Yo creo que sí, que las Resistencias, como prueba el título homónimo del fantástico ensayo de Eduardo Milán, son posibles, y creo en una escritura al margen –que no marginal–.
En lo que sí tiene razón Antonio Orihuela es que ni su discurso, ni el de Jorge Riechmann, Antonio Méndez Rubio u otros, tiene cabida, por supuesto, en el dirty realism, ni tampoco en el marbete “neorrealismo”, tal y como es presentado por López Merino, que incluye una propuesta desustanciada ideológicamente y socialmente inactiva:
No es que únicamente nos distancie del realismo sucio nuestros postulados ideológicos, es que son ellos la pieza fundamental que establece el abismo desde el que observamos el proyecto posmoderno encuadrado en cualquiera de sus ismos literarios. Todos nosotros estamos bien lejos de ajustarnos al modelo ingenuista que defiende, como bien anclado referente en el positivismo burgués, “una perspectiva neutra y objetiva (López Mérino, 2006:20)”, eterno ideal nunca alcanzado a menos que las propuestas coincidan con la neutralidad y la objetividad de las expresiones culturales de las clases dominantes. (Orihuela, Ibíd.)
¿Decir el mundo, decir la vida?
Enrique Baena, en un artículo sobre Roger Wolfe citado por López Merino, decía que en su obra “el mundo ha sustituido a la poesía” (Ínsula, nº 593, mayo de 1996, p. 24). Manuel Vilas termina su poemario Resurrección con un verso que puede ser una poética, manifestando que lo que su obra ve “es la vida”. ¿Estamos ante una especie de naturalismo poético, un decir expresivo que sólo pretende dar cabida o dar voz a la realidad? Si eso fuera así, lo que no creo para el caso de Vilas, se caería en la falacia denunciada por Orihuela, bien defendido por una cita de Eagleton, de diferenciar el mundo exterior con el mundo interior (1), como si el término “realidad” no incluyese también a lo subjetivo. Los purismos realistas son dificilísimos de alcanzar y, a mi juicio, y como he expuesto en Singularidades, que aparece en un par de semanas en Bartleby, sólo lo consigue Pablo García Casado en algún poema de El mapa de América, donde la “presentación” logra sustituir, con resultados estéticos (pues esto es lo importante), a la representación.
El resto de los casos (esto es, aquellos en que la objetividad queda en presunta porque la objetividad total es imposible) se basan en la “intervención” poética del autor sobre la realidad, que en todo caso tamiza, edulcora y hasta manipula. La fijación de la cámara, elegir la dirección de la mirada, lo dijo alguien, siempre comporta también un emplazamiento moral. A partir de ahí, los grados de realismo son diferentes, y su esclarecimiento difuso. Las representaciones realistas, según Lyotard, “sólo pueden evocar la realidad en el modo de la nostalgia o de la burla, como ocasión para el sufrimiento más que para la satisfacción. El clasicismo aparece interdicto en un mundo en que la realidad está tan desestabilizada que no brinda materia para la experiencia, sino para el sondeo y la experimentación” (2).
En Singularidades abordo el tema del “realismo ingenuo”, aporía filosófica y científica que lacra, desde hace tiempo, mucha poesía española (realista y no realista, ojo). Hubo una moda realista y ahora hay, quizá, una anti-realista, con algunos excesos. Pero algo está claro, y es que el realismo liso, ingenuo, representacional, es un cáncer extendido e intolerable, por contradecir las más mínimas exigencias intelectuales. Eduardo García lo critica en Una poética del límite (Pre-Textos, 2005) para la poesía, y Ángel Zapata lo denunciaba hace poco para la narrativa contemporánea: “Realismo, en literatura y en todo, es creer no exactamente que ‘el mundo está bien hecho’, como dijo el poeta; pero sí, cuando menos, que el mundo –mal o bien- está hecho de una vez por todas: que las cosas encierran dentro de sí un núcleo sólido, opaco y berroqueño de realidad, refractario a los lenguajes y a los códigos que configuran el deseo humano, indiferente a la historicidad, sordo al misterio. Realismo es la tautología cazurra que afirma que las cosas son lo que son… Y las palabras, a fin de cuentas, nada más que palabras” (3).
Habría que entrar en un largo y seguramente aburrido debate fenomenológico para cohonestar hasta qué punto se consiguen las reducciones indispensables para que la realidad reflejada coincida, en términos de experiencia, con la “realidad real”, en el dudoso caso de que algún día sepamos en qué consiste esto, si es que existe. Pero me niego a aceptar que este relativismo impregne siempre cualquier debate de ideas sobre el realismo y que las dificultades de episteme filosófica (que las hay, y graves), invaliden o impidan cualquier corolario o conclusión. Mis ideas al respecto son las siguientes, en orden descendente: la poesía no puede eludir lo real, porque ella misma, desde que es pensada, forma ya parte de lo existente. Una vez hecha forma, el proceso de escritura decanta ideológicamente la plasmación de la idea, en un proceso que puede ser más o menos inconsciente, pero que es político en todo caso (sobre todo cuando es inconsciente). Y, a partir de aquí, ya sólo existe una posibilidad de opción por parte del autor, que decidirá si es bastante con esa carga ideológica de fondo o, además, quiere dirigirla a favor o en contra de algún elemento de lo real, convirtiéndola en poesía explícitamente política, que es otra cosa, porque política, repetimos, lo es toda poesía. Una vez ahí, es decir, ya explícita la tendencia ideológica, eso no implica, en ningún caso: 1) que sea mejor poesía por ser explícitamente política; 2) que sea peor; 3) por ello, su validez como apuesta estética depende –en exclusiva– del resto de sus condicionantes, de su excelencia literaria; 4) su mayor compromiso político no significa que se acierte más en la recepción/recreación/revisitación de lo real; a veces un poema presuntamente “autista” de poetas como Celan, Valente o Juan Ramón se coloca con mayor éxito en lo inmediato que un poema de Brecht. Y a veces, por supuesto, no. 5) Como consecuencia de lo anterior, el realismo (entendido en el sentido mimético expuesto por Darío Villanueva en Teorías del realismo literario, 2004), no garantiza en absoluto una mayor fidelidad que otros mecanismos líricos a la hora de aproximarse a “lo real”, una vez expuesto qué sea lo real –cosa que casi nunca hacen, todo sea dicho, los escritores llamados realistas, de escasa generosidad teórica–. Lo contrario tampoco. 6) Y, como conclusión: creo que el debate sobre el realismo literario, sucio o limpio, no tiene demasiado interés por sí, debido a sus grandes carencias epistemológicas. Es decir: cuando un autor ponga en negro sobre blanco la construcción de su episteme sobre la naturaleza, declare los argumentos teóricos con los que la construye y la urdimbre estructural sobre el que relaciona el aquél epistemológico con el este práctico (su pensamiento sobre lo real con su poesía), estaremos en condiciones de debatir con él sobre realismo (una vez hecho por nuestra parte lo mismo, sea como poetas o como críticos). Y es curioso que quienes lo han hecho (a bote pronto, me acuerdo de Antonio Méndez Rubio en Una apuesta por lo invisible, de Jorge Riechmann en varios libros, del Eduardo García en Una poética del límite) coincidan en propuestas poéticas que difícilmente serían conciliables con el adjetivo “realista”, al menos en el sentido común en que se han venido utilizando. Otro ejemplo sería el poemario Amonal y otros poemas (Ediciones Idea, Tenerife, 2005), a cargo del siempre necesario y original Enrique Falcón. Y bueno, esperemos la tendencia vaya por ahí.
Islas en la Red » Blog Archive » Pistas, semana 13 — 2006-04-04 09:56:02