Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

20-03-2006 20:56:10

La polémica López Merino / Antonio Orihuela

Categoria: GeneralVicente Luis Mora

Sobre la polémica López Merino / Antonio Orihuela

En la reciente polémica entre Juan Miguel López Merino y Antonio Orihuela, me decanto… por ninguno. Antes de entrar, situemos los términos de la misma. Comenzó el profesor de la Universidad de Berna, con un artículo sobre Roger Wolfe publicado en la revista Espéculo, al que respondió Orihuela en otro, colgado en varios lugares de la Red. Aquí están los links de los respectivos artículos.

http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/rogwolfe.html
http://www.nodo50.org/mlrs/weblog/pivot/entry.php?id=39

El artículo de López Merino trataba de contextualizar la poesía de Roger Wolfe en la lírica española contemporánea. Su trabajo tiene gran interés, aunque no está exento de lacras y contradicciones, alguna de las cuales son bien señaladas por Antonio Orihuela. Otras veces, su argumentación peca de excesiva delgadez, por no decir anorexia:

La poesía de Wolfe es desarraigada y realista pero más allá de la Modernidad. A esto la mayoría de los críticos lo llaman posmodernismo (López Merino, 2006:2).

Ojalá fuera tan fácil, y ojalá fuera eso. Pero el posmodernismo, como venimos viendo colectivamente en este blog, bien puede ser eso, y su contrario, pero es, además, otras muchas cosas. Pero no sólo en su artículo detectamos algunas ausencias o errores, también algunas partes del discurso de Antonio Orihuela son muy contestables: su descalificación ideológica del “genio”, por adaptarse perfectamente a los requerimientos de plusvalía del mercado (pero, ¿Carlos Marx no era un genio?), su lectura del sujeto poético contemporáneo (mucho más aquilatada en los ensayos de Virgilio Tortosa, desde luego, por buscar un estudioso afín a su línea de pensamiento) y su visión, bastante parcial (no en el sentido de limitación de espectro, sino de abanico de consideración de la palabra poética; parece que lo que no se ajusta a la poesía “revolucionaria” que dice practicar no fuera poesía -¿qué hacemos con Homero y Shakespeare, esos burgueses de mierda?-). Y esto respecto al contenido, porque Orihuela cae a veces en descalificaciones personales e insultos de absoluta gratuidad, que afean el contenido por la forma. El debate intelectual, sin perder de vista la ironía o la vehemencia, jamás debería perder la compostura, tanto más cuando, en el caso de Orihuela, se habla desde una pretendida superioridad ética y “democrática”.

La del realismo poético, en conexión con las consideraciones socioculturales de su relación con la Posmodernidad, es un lugar conflictivo y aún confuso en las categorías críticas nacionales. Ello se advierte, en efecto, en algunas paradojas del texto de López Merino; pero las contradicciones no sólo nutren su texto. Obsérvese este párrafo de Orihuela:

Pero continuemos analizando nuevos retazos sobre la figura de R.W. [Roger Wolfe] y el realismo sucio: “La propuesta literaria de R.W.... sus temas se hallan vinculados a sus propias experiencias en la vida e ignoran los lugares comunes... al margen de cualquier modelo estético, ideológico, político o social dominante... que rigen nuestro comportamiento en el mundo (Saldaña, 1996:265-267)”. Desgraciadamente, la propuesta de Saldaña, López Merino, etc., sólo cuadraría al famoso poeta marciano que, aterrizando en su platillo volador, decidiera incorporarse a la comunidad poética. Tan sólo de él podríamos decir semejantes cosas, puesto que el resto de los terrícolas poetas, en cuanto seres sociales, seguiríamos escribiendo sin posibilidad de eludir los modelos estéticos, ideológicos, políticos y sociales que nos han conformado como tales seres sociales, incluido el aparentemente clausurado R.W.

Y ahora compárese con éste, anterior, del mismo autor y artículo:

Éste, aquí, será mi empeño. Intentar demostrar cómo se quiere hacer naufragar un conjunto de escrituras antagónicas, resistentes y críticas en la ciénaga de la producción de discursos engendrados dentro de una de las más retrógradas excrecencias ideológicas del postmodernismo neoliberal.

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Se puede escribir al margen de los modelos estéticos, ideológicos, políticos o sociales, o no se puede? ¿Se puede ser resistente a la ideología dominante, o toda oposición sucumbe en el Síndrome de Estocolmo? Yo creo que sí, que las Resistencias, como prueba el título homónimo del fantástico ensayo de Eduardo Milán, son posibles, y creo en una escritura al margen –que no marginal–.

En lo que sí tiene razón Antonio Orihuela es que ni su discurso, ni el de Jorge Riechmann, Antonio Méndez Rubio u otros, tiene cabida, por supuesto, en el dirty realism, ni tampoco en el marbete “neorrealismo”, tal y como es presentado por López Merino, que incluye una propuesta desustanciada ideológicamente y socialmente inactiva:

No es que únicamente nos distancie del realismo sucio nuestros postulados ideológicos, es que son ellos la pieza fundamental que establece el abismo desde el que observamos el proyecto posmoderno encuadrado en cualquiera de sus ismos literarios. Todos nosotros estamos bien lejos de ajustarnos al modelo ingenuista que defiende, como bien anclado referente en el positivismo burgués, “una perspectiva neutra y objetiva (López Mérino, 2006:20)”, eterno ideal nunca alcanzado a menos que las propuestas coincidan con la neutralidad y la objetividad de las expresiones culturales de las clases dominantes. (Orihuela, Ibíd.)


¿Decir el mundo, decir la vida?

Enrique Baena, en un artículo sobre Roger Wolfe citado por López Merino, decía que en su obra “el mundo ha sustituido a la poesía” (Ínsula, nº 593, mayo de 1996, p. 24). Manuel Vilas termina su poemario Resurrección con un verso que puede ser una poética, manifestando que lo que su obra ve “es la vida”. ¿Estamos ante una especie de naturalismo poético, un decir expresivo que sólo pretende dar cabida o dar voz a la realidad? Si eso fuera así, lo que no creo para el caso de Vilas, se caería en la falacia denunciada por Orihuela, bien defendido por una cita de Eagleton, de diferenciar el mundo exterior con el mundo interior (1), como si el término “realidad” no incluyese también a lo subjetivo. Los purismos realistas son dificilísimos de alcanzar y, a mi juicio, y como he expuesto en Singularidades, que aparece en un par de semanas en Bartleby, sólo lo consigue Pablo García Casado en algún poema de El mapa de América, donde la “presentación” logra sustituir, con resultados estéticos (pues esto es lo importante), a la representación.

El resto de los casos (esto es, aquellos en que la objetividad queda en presunta porque la objetividad total es imposible) se basan en la “intervención” poética del autor sobre la realidad, que en todo caso tamiza, edulcora y hasta manipula. La fijación de la cámara, elegir la dirección de la mirada, lo dijo alguien, siempre comporta también un emplazamiento moral. A partir de ahí, los grados de realismo son diferentes, y su esclarecimiento difuso. Las representaciones realistas, según Lyotard, “sólo pueden evocar la realidad en el modo de la nostalgia o de la burla, como ocasión para el sufrimiento más que para la satisfacción. El clasicismo aparece interdicto en un mundo en que la realidad está tan desestabilizada que no brinda materia para la experiencia, sino para el sondeo y la experimentación” (2).

En Singularidades abordo el tema del “realismo ingenuo”, aporía filosófica y científica que lacra, desde hace tiempo, mucha poesía española (realista y no realista, ojo). Hubo una moda realista y ahora hay, quizá, una anti-realista, con algunos excesos. Pero algo está claro, y es que el realismo liso, ingenuo, representacional, es un cáncer extendido e intolerable, por contradecir las más mínimas exigencias intelectuales. Eduardo García lo critica en Una poética del límite (Pre-Textos, 2005) para la poesía, y Ángel Zapata lo denunciaba hace poco para la narrativa contemporánea: “Realismo, en literatura y en todo, es creer no exactamente que ‘el mundo está bien hecho’, como dijo el poeta; pero sí, cuando menos, que el mundo –mal o bien- está hecho de una vez por todas: que las cosas encierran dentro de sí un núcleo sólido, opaco y berroqueño de realidad, refractario a los lenguajes y a los códigos que configuran el deseo humano, indiferente a la historicidad, sordo al misterio. Realismo es la tautología cazurra que afirma que las cosas son lo que son… Y las palabras, a fin de cuentas, nada más que palabras” (3).

Habría que entrar en un largo y seguramente aburrido debate fenomenológico para cohonestar hasta qué punto se consiguen las reducciones indispensables para que la realidad reflejada coincida, en términos de experiencia, con la “realidad real”, en el dudoso caso de que algún día sepamos en qué consiste esto, si es que existe. Pero me niego a aceptar que este relativismo impregne siempre cualquier debate de ideas sobre el realismo y que las dificultades de episteme filosófica (que las hay, y graves), invaliden o impidan cualquier corolario o conclusión. Mis ideas al respecto son las siguientes, en orden descendente: la poesía no puede eludir lo real, porque ella misma, desde que es pensada, forma ya parte de lo existente. Una vez hecha forma, el proceso de escritura decanta ideológicamente la plasmación de la idea, en un proceso que puede ser más o menos inconsciente, pero que es político en todo caso (sobre todo cuando es inconsciente). Y, a partir de aquí, ya sólo existe una posibilidad de opción por parte del autor, que decidirá si es bastante con esa carga ideológica de fondo o, además, quiere dirigirla a favor o en contra de algún elemento de lo real, convirtiéndola en poesía explícitamente política, que es otra cosa, porque política, repetimos, lo es toda poesía. Una vez ahí, es decir, ya explícita la tendencia ideológica, eso no implica, en ningún caso: 1) que sea mejor poesía por ser explícitamente política; 2) que sea peor; 3) por ello, su validez como apuesta estética depende –en exclusiva– del resto de sus condicionantes, de su excelencia literaria; 4) su mayor compromiso político no significa que se acierte más en la recepción/recreación/revisitación de lo real; a veces un poema presuntamente “autista” de poetas como Celan, Valente o Juan Ramón se coloca con mayor éxito en lo inmediato que un poema de Brecht. Y a veces, por supuesto, no. 5) Como consecuencia de lo anterior, el realismo (entendido en el sentido mimético expuesto por Darío Villanueva en Teorías del realismo literario, 2004), no garantiza en absoluto una mayor fidelidad que otros mecanismos líricos a la hora de aproximarse a “lo real”, una vez expuesto qué sea lo real –cosa que casi nunca hacen, todo sea dicho, los escritores llamados realistas, de escasa generosidad teórica–. Lo contrario tampoco. 6) Y, como conclusión: creo que el debate sobre el realismo literario, sucio o limpio, no tiene demasiado interés por sí, debido a sus grandes carencias epistemológicas. Es decir: cuando un autor ponga en negro sobre blanco la construcción de su episteme sobre la naturaleza, declare los argumentos teóricos con los que la construye y la urdimbre estructural sobre el que relaciona el aquél epistemológico con el este práctico (su pensamiento sobre lo real con su poesía), estaremos en condiciones de debatir con él sobre realismo (una vez hecho por nuestra parte lo mismo, sea como poetas o como críticos). Y es curioso que quienes lo han hecho (a bote pronto, me acuerdo de Antonio Méndez Rubio en Una apuesta por lo invisible, de Jorge Riechmann en varios libros, del Eduardo García en Una poética del límite) coincidan en propuestas poéticas que difícilmente serían conciliables con el adjetivo “realista”, al menos en el sentido común en que se han venido utilizando. Otro ejemplo sería el poemario Amonal y otros poemas (Ediciones Idea, Tenerife, 2005), a cargo del siempre necesario y original Enrique Falcón. Y bueno, esperemos la tendencia vaya por ahí.

Trackbacks

Trackback URL para este post

  1. [...] La polémica López Merino/Antonio Orihuela, en el blog de Vicente Luis Mora. El debate derivado de esta entrada llegó a las 52 intervenciones. Debido a mi período desconectado, cuando me acerqué al debate me pareció que ya estaba bastante sa [...]

    Islas en la Red » Blog Archive » Pistas, semana 13 — 2006-04-04 09:56:02

Comentarios

  1. Tampoco me interesa el realismo sucio de EEUU. Los modelos originales no ofrecen mucho, aunque tal vez os ofrezcan más a vosotros, de la misma manera en que Lorca influye más aquí que en España.

    Jonathan Mayhew — 21-03-2006 03:54:48

  2. Qué razón tienes, por desgracia. En tu lista de 100 poetas en tu página, Jonathan, sólo echo de menos a Hölderlin. Como no tengo cuenta en Blogger no he podido dejar comentarios. Un abrazo.

    vicente luis mora — 21-03-2006 08:08:48

  3. INTERESANTÍSIMO artículo, mon cher Mora.
    Apuntaría una cosa:

    Que es ya político en sí mismo el corte mediante el cual aíslas lo estético -como dominio separado- del devenir de lo social. Esta separación no es inherente a lo social mismo (tal como puede atestiguarlo la antropología) sino el resultado de una cierta organización de lo social basada sobre la división del trabajo.
    Seguramente estoy diciendo con esto algo muy parecido a lo que tú mismo expones (me voy dando cuenta sobre la marcha). Pero únicamente quisiera apuntar ese paso más: el que supondría restituir lo poético como cualidad de la experiencia y la actividad humanas, antes de su profunda alienación a manos de los dispositivos del poder instituído, de los que la así llamada "estética" forma parte esencial.
    Apunto, pues, a una belleza no alienada de la vida concreta, no separada de la producción de la vida concreta (y devuelta después a ella como "espectáculo" y como "producto" por parte de una serie de profesionales especializados -lo que, dicho sea de paso, hace posible tasarla y "calcularla" según varemos de excelencia); sino a la exigencia de una "poesía hecha por todos" que enunció Lautréamont.
    Soy tan consciente de lo utópico de mi apostilla, como de la necesidad -al menos para mí- de no perder nunca de vista esta costa de la utopía.
    Abrazos.
    Ángel.

    angel zapata — 21-03-2006 14:19:48

  4. Un poema de POESÍA DESABRIGADA (que tengo ahora en imprenta: Eds. Idea, Tenerife 2006).

    EQUÍVOCOS DEL NATURALISMO

    para Diego Jesús Jiménez, herido y erguido

    1
    Llaman realismo
    al uso de ciertos artificios
    para provocar ilusión de verosimilitud

    mientras la realidad
    --que no es realista—
    se ríe por lo bajo y da otro quiebro

    que la sitúa otra vez bastante lejos
    bastante refractada
    en otra parte

    2
    Está claro que la novela nunca fue
    mero reflejo fotográfico
    de la realidad

    Por descontado
    no lo fue
    el poema

    ¡Mas sobre todo importa darse cuenta
    de que tampoco lo ha sido nunca
    la fotografía!

    Jorge Riechmann — 21-03-2006 18:40:23

  5. Espero que no os parezca un abuso, ahí va otro (también de POESÍA DESABRIGADA).



    SERMÓN SOBRE EL NOMBRAR
    BAJO EL RÉGIMEN DE PRODUCCIÓN
    DEL CAPITALISMO GLOBALIZADO

    “Ah la realidad/ no se puede/ permanecer en ella ni intentar/ ir más lejos”
    Abraham Gragera


    Cuando las fresas de Aranjuez
    que se venden en Aranjuez
    son importadas de California vía aérea

    quizá haya llegado el momento
    de plantearse una o dos cosas
    no sólo sobre nuestro uso del lenguaje

    sino sobre los costes ecológicos
    y las relaciones de producción que prevalecen
    en nuestro modelo agrario

    Jorge Riechmann — 21-03-2006 18:56:02

  6. Queridos Ángel y Jorge, sois un lujo para esta página. Gracias por vuestras valiosas aportaciones. Un abrazo.

    vicente luis mora — 22-03-2006 08:52:22

  7. El horizonte que plantea Zapata, posible. En cuanto a la interpelación de Jorge, baste leer su recién publicada "Resistencia de materiales: ensayos sobre el mundo y la poesía y el mundo" (Ed. Montesinos, 2006), cuya lectura recomiendo vivamente. Y en lo referente al caso que nos ocupa, bien estaría, Jorge, que subieras la autocrítica a propósito de "Feroces" (a la que me sumo) que incluyes en tu libro bajo el título de “Poesía, radicalidad”.

    Por mi parte, ahí va este poema del libro "Codeína". Mejor que el realismo sucio, en todo caso una dicción manchada:


    ESPAÑA Y POESÍA, VIEJITA Y REGAÑADA

    con la complicidad de Eladio Orta


    En mi país cocido de lejos buenamente con las tripas afuera
    los poetas comen jeringuillas con leche
    carne de avestruz
    brotan de las cuevas con un poco de saliva
    se derraman por el campo como niños sin dientes.

    En mi país cuchillo en las trenzas de los buenos empresarios
    no hay huelgas generales:
    los poetas las evitan con un trapo en la boca
    brotan de las cuevas con temblores de piel
    y lamen los cercados de los hombres ricos.

    En mi país castigo en periferia de los barrios más bellos
    se prohíben cosas que no sean de madera:
    con blancos mondadientes se arrancan los colmillos
    los poetas honestos de todo el país
    brotan de las cuevas con los párpados mudos
    para luego calmarse con trescientos espejos
    los poetas honestos de todo el país.

    Mi
    verdadero conflicto:
    que me muerden mis versos,
    que no tengo país.

    Enrique Falcón — 22-03-2006 10:57:55

  8. Sobre el artículo del Sr. Antonio Orihuela, pues nada que decir salvo que sus tesis son tan reaccionarias, así como plagadas de eslóganes de manual "sea antisistema en 10 lecciones", que realmente alcanza extremos tan divertidos como paródicos. Amén de descalificaciones globales y personales muy interesantes de puro gratuitas. Mi más sincera enhorabuena por conseguir que no perdamos la fe en la literatura panfletaria cómo vehículo para seguir moviendo y alimentando el ocio y el divertimento en este mundo tan asquerosa y deliciosamente posmoderno.

    Sobre el irresoluble asunto del realismo, de "qué es la realidad" y todas esas aporías a las que la humanidad lleva dándoles mil vueltas desde que es humanidad, y como mensaje a "realistas ingenuos", corto y pego el siguiente párrafo del pragmatista Richard Rorty en su Contingencia, Ironía y Solidaridad (Paidós, 1991):

    "Hay que distinguir entre la afirmación de que "el mundo está ahí afuera" y la afirmación de que "la verdad está ahí afuera". Decir que el mundo está ahí afuera, creación que no es nuestra, equivale a decir, en consonancia con el sentido común, que las mayor parte de las cosas que se hallan en el espacio y el tiempo son los efectos de causas entre las que no figuran los estados mentales humanos. Decir que la verdad NO está ahí afuera es simplemente decir que donde no hay proposiciones no hay verdad, que las proposiciones son elementos de los lenguajes humanos, y que los lenguajes humanos son creaciones humanas.
    La verdad no puede estar ahí afuera-no puede existir independientemente de la mente humana- porque las proposiciones no pueden tener esa existencia. El mundo puede estar ahí a fuera pero las descripciones del mundo no. Sólo las descripciones del mundo pueden ser verdaderas o falsas. El mundo, de por sí, no puede serlo."

    Agustín Fernández Mallo — 22-03-2006 16:21:05

  9. No creo que Orihuela sea reaccionario. Es una descalificación tan gratuita como cualquier otra. Mejor decir por qué no se está de acuerdo con lo que dice. Sí tiene mucha razón Orihuela en señalar la confusión terminológica en los primeros párrafos del artículo de López Merino. No acabo de entender la relación establecida entre realismo, poesía desarraigada, posmodernidad, como cajas chinas... No inspira mucha confianza este manejo de terminología.

    Jonathan Mayhew — 22-03-2006 18:26:57

  10. Querido Jonathan, empleo el término "reaccionario" simplemente como la constatación de un hecho, no necesariamente como una descalificación.
    No voy a extenderme porque, francamente, no me apetece meterme en una discusión, ni con él ni con sus seguidores, discusión que encuentro sencillamente estéril en el sentido estricto de la palabra: no dará ningún fruto. Aprecio en el texto del Sr Orihuela una inquina contenida, que en ocasiones aflora manifiestamente en descalificaciones que para mí sobrepasan el debate literario, y una total falta de crítica disfrazada de criterio, que lo delatan: no es su artículo un texto para pensar y evolucionar en el hecho poético, sea éste lo que sea, sino un artículo para los ya convencidos de antemano, para los adeptos; es, en este sentido, el típico artículo eminentemente pontificador y cristiano; es fe. Y no me apetece polemizar por puro vicio dado que la vida es corta y hay mucho que hacer, y además, como bien sabemos, contra las fes absolutistas no hay nada que hacer. En segundo lugar, es que su postura estética, expuesta tal como él lo hace, para colmo con esa radicalidad que, insisto, a veces da miedo y a veces nueve a la risa, está tan tan tan superada (aunque para mí tenga razón en ocasiones), que no puede ser sino reaccionaria en el sentido también estricto y científico del término. Sólo eso.

    Agustín Fernández Mallo — 22-03-2006 18:57:23

  11. Antonio Orihuela es un excelente poeta insuficientemente conocido (en parte porque ha publicado varios de sus libros en editoriales pequeñas con distribución que deja bastante que desear), y por cierto también se cuenta entre aquellos que, según pide Vicente, ha puesto "en negro sobre blanco la construcción de su episteme sobre la naturaleza", y "declarado los argumentos teóricos con los que la construye y la urdimbre estructural sobre el que relaciona el aquél epistemológico con el este práctico": me refiero a Orihuela, LA VOZ COMÚN. UNA POÉTICA PARA REOCUPAR LA VIDA (Tierradenadie Eds., Madrid 2004) y a otros textos.

    Estimado Agustín, resulta llamativo que cualquier posición que desborde el terrible "relájate y disfruta" con que constante y posmodernamente los poderes de este mundo inmundo nos invitan a la ataraxia ante la violación cotidiana provoque descalificaciones tan inmediatas. Orihuela ha ofrecido argumentos, más allá de que a veces se le vaya la mano en los calificativos. Al menos desde que leímos a Aristóteles, sabemos que indignarse cuando es debido y como es debido queda del lado de la virtud, no de la pontificación reaccionaria. ¿Sigue estando prohibido que el poeta plantee la pregunta por la justicia?

    Jorge Riechmann — 22-03-2006 20:56:52

  12. Sugería Enrique Falcón, más arriba, que colgase aquí el texto POESÍA, RADICALIDAD: UNA AUTOCRÍTICA. Ahí van sus últimas secciones, espero que no lo consideréis un abuso.

    3
    Categorías como radicalidad, autenticidad o marginalidad no proporcionan información alguna sobre la orientación y los fines de un movimiento social o una corriente estética. Son categorías posicionales (y en este sentido poco informativas): su contenido depende del concreto contexto donde se utilicen. Podrían --por ejemplo-- aplicarse igual a un movimiento de extrema derecha que a uno de extrema izquierda. La radicalidad o la marginalidad no son --me parece-- valores en sí mismos. Lenin decía que había que ser radicales como la misma realidad: en la medida en que es preciso cambiar de forma radical la realidad somos radicales, pero no somos radicales porque sí, en abstracto, sin referencia a la realidad. Esto es para mí esencial: la referencia a la realidad, el vínculo social (que está por recrear/ reconstruir/ crear).

    En la medida en que yo pueda ser radical o marginal, lo soy muy a mi pesar: lo soy porque vivo en un mundo que --de forma radical-- es socialmente injusto y ecológicamente destructivo, clasista y sexista, liberticida y biocida. Un mundo del que --como sugería Brecht-- hay que enunciar: cambia el mundo, lo necesita. Pero: (a) ojalá no necesitase ser cambiado, por ser ya aceptable, vivible, amable; y (b) los cambios necesarios son más asunto de verdaderos movimientos sociales que de movimientos literarios.

    La rebeldía juvenil prêt-à-porter retorna cíclicamente a las pantallas y pasarelas de la sociedad del espectáculo, de acuerdo con la coyuntura económica y los vaivenes climatérico-mercantiles de “creativos”, modistos y publicitarios. Cuando El País de las Tentaciones abandera el arte comprometido (digamos el 8 de marzo de 2002, por ejemplo), es el momento de teorizar l’art pour l’art... y, lejos de los focos, proseguir nuestro humilde trabajo por cambiar lo que ha de ser cambiado.

    Cuando escribo nunca me ha preocupado lo más mínimo ser radical: sólo he intentado ser razonable (es decir, radical --si se quiere-- en aquel sentido de Lenin). Links von mir ist nur die Wand: así se caracterizaban, dentro de la izquierda alemana de los años setenta/ ochenta (y Die Grünen), los verbalismos ultrarradicales. "A mi izquierda, nada más que la pared". A ver quién mea más lejos. A ver quién es más radical. Me parece un juego pueril, y no juego: hay formas mucho más interesantes de perder el tiempo.

    4
    “Que el poeta, en su misión,/ sobre la tierra que habita/ es una planta maldita/ con frutos de bendición” , dice el tópico romántico. Pero los poetas malditos no me interesan en cuanto malditos: me interesan en cuanto poetas. “Uno no puede estrangular indefinidamente a su prójimo al salir de la infancia” (René Char). Son los otros quienes maldicen al poeta maldito. Éste no debería aborrecerse a sí mismo: tiene asuntos más importantes que atender. Le enamoran los saberes y sabores de la poesía.

    A los quince años el rechazo absoluto puede ser puro. A los cuarenta sólo puede tratarse de estulticia, o de impostura (uno ya sabe todo el no que hay dentro del sí, y todo el sí que cabe en el no).

    Conviene no confundir la extravagancia del corte de pelo con la radicalidad de los planteamientos vitales.

    5
    No veo necesaria una ruptura con la poesía de los últimos años, lustros o decenios: durante todo este tiempo hubo poesía admirable con la que uno puede enlazar. Seamos dadaístas --cuando hace falta-- en lo esencial, pero nunca en lo insignificante. Me resultan ajenas tanto la beatería de la tradición como la estridencia del adanismo, lo que alguna vez he llamado la “ilusión del absoluto comienzo”.

    En cada momento histórico, incluso en los de predominio más aplastante de una opción estética determinada, hubo otras tradiciones minoritarias, más o menos sumergidas, que forman parte de la historia en igual medida que la(s) tendencia(s) principal(es). Hacer aflorar estos veneros ocultos es más importante que descubrir Mediterráneos. “¿Para qué buscar ser nuevo, si somos nuevos sólo con abandonarnos al vivir? (...) Nada hay que salvar si nada tenemos que perder, si lo tuvimos siempre perdido.”

    En poesía, la ferocidad más o menos truculenta está más vista que el tebeo. Del malditismo prêt à porter se han explorado todas las gamas, tejidos y tonalidades. Lo que no está visto, lo que resultaría verdaderamente raro y original --pero tiene pocas posibilidades de atraer los focos de los medios masivos--, es lo que podríamos llamar poesía social en su verdadero sentido (no lexicalizado): la del poeta, escriba como escriba, comprometido prácticamente con los movimientos sociales emancipatorios de su tiempo. (No hay, claro está, una sola línea de escritura ni un sólo criterio estético compatible con este compromiso práctico.) Como Roque Dalton, Erich Fried o Claes Andersson, por citar sólo algunos ejemplos señeros. Me gusta mucho más este tipo de literatura crítica que la radicalidad metafísica exenta de compromisos prácticos de un Cioran o un Bernhard, por mencionar a dos grandes escritores. No me basta con saber, pongamos por caso, que el mundo es una gran prisión: quiero conocer a los carceleros y a los presos con nombres y apellidos.

    6
    Cualquier palabra puede estar en un poema. No hay un registro especial del lenguaje poético.

    Es una idea ingenua ésa según la cual habría términos más poéticos que otros o palabras que no pueden aparecer en un poema. Puede decirse en un poema mierda o follar: eso me parece obvio. Pero desde ahí no daría el paso hacia la práctica sistemática de la antipoesía, ni siquiera apreciando como aprecio a Nicanor Parra.

    Me parece, de hecho, que un riesgo que se ha vuelto manifiesto en la poesía española de los noventa es el confundir la dimensión crítica que puede y --en muchos casos-- debe tener la poesía con un coloquialismo extremo que por sistema rechaza todo lo que sobresalga del vuelo rasante sobre una vida cotidiana más bien degradada... La antipoesía como programa, que en concreto en España se ha encarnado en autores de la corriente que suele situarse bajo la etiqueta de realismo sucio.

    Creo que eso no lleva muy lejos. Supone una mutilación en el mismo grado en que lo puede suponer escribir sólo poemas de tipo modernista donde no aparezcan más que princesas, cisnes, rosas y jardines rococó.

    7
    En 1982 yo tenía veinte años. En aquel momento, cuando muchos de los mejores jóvenes de mi generación marchaban a Nicaragua –donde una revolución popular se defendía en difíciles condiciones contra la agresión del imperialismo yanqui--, para ayudar en lo que se pudiera, yo hincaba en Madrid los codos sobre la topología y el cálculo diferencial. Cualquiera podría recordármelo: me lo recuerdo yo mismo, para evitar cualquier concesión a fáciles retóricas radicales.

    Ser una víctima no confiere ninguna calidad moral especial. Ser marginado no proporciona ninguna superioridad ética. Hay que luchar contra las fuerzas y las estructuras que provocan daño y marginación, pero sin engañarnos sobre lo que estamos haciendo. El victimismo es uno de los peores posibles puntos de partida para cualquier cosa que uno desee hacer.

    En tiempos en que la propaganda comercial recurre abundantemente a marbetes como radical (para promocionar una línea de refrescos, por ejemplo) o extremo (para promocionar videojuegos violentísimos, por ejemplo), no estará de más recordar que lo que nos interesa a los refractarios (cuánto me gusta la palabra que empleaba René Char) no es situarnos en los extremos del orden vigente, amparándonos en una tolerancia inversamente proporcional al peligro del desafío, sino quebrar ese orden, fundar otra ciudad. Como reflexionaba Jesús Ibáñez,

    “Podemos ceder sobre los hechos, no sobre las palabras. Neruda dijo al morir que el poder nunca le arrancó una palabra. Si perdemos el lenguaje, ya no tendremos nada con qué orientarnos en el mundo. Para recobrar la realidad, tenemos que recobrar el lenguaje. (...) Pensando y escribiendo no cambiaremos el mundo. ¿Qué hacer? Sólo podemos salvar el lenguaje --rescatarlo de la prostitución publicitaria-- en espera de tiempos mejores. Y entretanto, fundirnos con los otros compañeros en las luchas cotidianas: en el trabajo, en la escuela, en el barrio.”

    Jorge Riechmann — 22-03-2006 21:07:12

  13. Estimado Vicente:

    Siento de veras mi irrupción en tu blog, no soy amigo de visitar la red porque me quita un tiempo precioso que prefiero invertir en otras cosas, y si no es porque me interpelas en él no se me ocurriría jamás rondarte con mis comentarios. No quisiera tampoco extenderme más allá de intentar aclarar algunos puntos con los que disiento en la interpretación que haces de ellos y tratar de explicar, en lo posible, lo que fue mi trabajo “La operación de lanzamiento de la forma-mercancía realismo sucio en el campo literario español y actualidad de las poéticas comprometidas con la ideología de la clase dominante”. El mismo, créeme, no obedece a una polémica López Merino/Antonio Orihuela. Situarla, así de entrada, en el ámbito de lo personal no creo que sea justo ni para el profesor de Universidad de Berna, como tú dices, ni para Orihuela.

    Quiero dejar bien claro que mi trabajo, citado más arriba, pretendió aclarar una situación: el intento de “hacer naufragar un conjunto de escrituras antagónicas, resistentes y críticas en la ciénaga... del postmodernismo”. Esto, como digo, no es nuevo. Viene repitiéndose desde que apareció Feroces allá por 1998 y visto lo reiterado de su práctica me pareció oportuno aportar el citado texto si con él y arrojando luz desde él conseguía lo que preocupaba a muchos desde hace tiempo, es decir, desgajar unas prácticas discursivas de otras con las que no tenían nada que ver.

    Créeme que fueron muchos los que se sintieron insultados con el texto de López Merino que, por otra parte, no tuvo ningún problema para editarse en la revista de la Univ. Complutense. Tantos incomodados como para hacerme llegar el contenido del mismo a mí que, te insisto, no soy amigo de pasearme por la red y mucho menos he mostrado nunca el menor interés por estar al día de lo que en el mundo de la literatura se cuece. Quienes han visitado mi casa te podrán confirmar de este particular pues en ella no hay internet, no me habrán visto jamás sentado delante de la televisión ni mucho menos leyendo un suplemento cultural de los que edita semanalmente la prensa burguesa. Intento, en la medida de lo posible, vivir al margen del mundillo literario e implicado en las luchas sociales que tienen lugar en mi entorno más próximo, quienes me conocen, repito, podrán dar fe de este punto. Pero como te decía por varios conductos me llegó el texto “Sobre el marbete realismo sucio...” y después de algunas consultas sobre la idoneidad de contestar colectivamente al mismo, lo hice a título particular con ideas que, afortunadamente, sí son de los que siento como mis compañeros de viaje (y no sólo poético). Como sois muchos los que insistís en el carácter insultante de mi texto me he puesto ya en varias ocasiones a analizar este particular sin ver más insulto que el que cada cual quiera imaginar. Es cierto que se habla con dureza, pero desde luego no me parece que vaya mi acritud más allá de lo incisivo. Tú mismo lo tienes claro cuando dices que el trabajo de López Merino no está exento de lacras y contradicciones o que “su argumentación peca de excesiva delgadez, por no decir anorexia”. Cualquiera que tenga un mínimo nivel de lectura comprensiva entiende que te refieres al texto y que no estás llamando a López Merino anoréxico. No entiendo, sinceramente, que se puede confundir mis imprecaciones contra un discurso pobremente trabado con el insulto personal. Mucho menos que la efectividad de evidenciar lo primero sea anulada por lo segundo, en tanto que muchos de los que me habéis leído insistís en ello. Bien es verdad que lanzo dardos mortíferos contra la Universidad, recinto que abandoné hace años exasperado y desesperado ante lo que se veía venir ya en aquel entonces y que hoy, textos como “Sobre el marbete realismo sucio...” deberían servir también para realizar una profunda reflexión sobre qué Universidad tenemos y que Universidad queremos. Tanto a nivel curricular como investigador creo que está pendiente un análisis crítico de una institución que, al menos en teoría, es reconocida por todas las instancias como el centro productor de saberes. Pero esta es otra “polémica”. Dejémosla aquí.

    Me dices, Vicente, que es “muy contestable” la descalificación ideológica que hago del “genio” y, aunque tú no la contestas, me preguntas: “¿Carlos Marx no era un genio?”. Haciéndome el gallego te podría preguntar yo también ¿Stalin, no era un genio?, ¿Hitler, no era un genio?, pero no me haré el gallego. Desgraciadamente, en la naturalización de categorías ideológicas que encaró el capitalismo también como proyecto lingüístico se nos anima a pensar que sí, que Marx era un genio, pero cuando uno saca los pies de esa ciénaga, puede ver que Marx no fue un genio aislado, sino el gran volteador de la dialéctica hegeliana, el analista lúcido del pensamiento económico inglés, el hombre comprometido en la transformación de la sociedad de su tiempo (como tanto otros), etc. Desde luego no fue jamás el libre, poseedor de su propia razón, su propia alma, su propio gusto y sus normas. Como todos los marxistas saben habría habido marxismo sin Marx y, hasta como a él le gustaba decir: yo no soy marxista. Así que no. Marx no fue un genio, al menos para los marxistas, otra cosa es que en el supermercado del todo a cien postmoderno tú encuentres en el mismo montón a Pol-pot, Bocassa y la madre Teresa de Calcuta, pero eso es problema de cómo está montado y a qué fines responde el imaginario burgués y a qué intereses ideológicos que sirve.

    Siguiendo con tus críticas, no creo que seas justo cuando hablas de mi visión parcial del hecho poético. Mi consideración del mismo no creo que difiera de la tuya, otra cosa es que yo considere que no es tanta la producción de textos críticos que acompañen al que vivimos (algunos) como un proyecto social de liberación frente al capitalismo. Tampoco creo que haya que rasgarse las vestiduras por decir esto que es, entre otras cosas, rigurosamente cierto.

    También planteas que mi lectura del sujeto poético es mucho menos fina que la de mi querido Virgilio Tortosa, esto me parecería bien si enunciaras qué otros aspectos desarrolla Virgilio que no has visto en mi texto, te animo a ello en la medida que no creo que, en síntesis, encuentres nada que ya no esté recogido en mi análisis.

    Me llama la atención tu interés por mantenerte lejos de las descalificaciones y los insultos para a continuación llamar a Homero y a Shakespeare “burgueses de mierda”. Te soy sincero al decirte que me ofendes como buen lector y admirador del trabajo literario de ambos, cuando te refieres a ellos en esos términos absolutamente gratuitos y que, a buen seguro, no compartes. Como bien dices en otra parte, la vehemencia está bien siempre que no perdamos la compostura. Al menos a mí me gustaría pensar que sí, que mantenemos la compostura tanto más cuando, como en mi caso, hablo desde una NO pretendida superioridad ética y democrática, sino desde un posicionamiento ontológico distinto.

    También te pediría, estimado Vicente, que volvieras a leer con más calma el párrafo donde comentas esa supuesta contradicción que has observado en mi texto. No hay tal cosa. Insisto: Es imposible eludir los modelos estéticos, ideológicos, políticos y sociales que nos han conformado como seres sociales. Es decir, no se pueden evitar, esquivar, salvar, excusar o ignorar (como quiere una práctica literaria ensimismada) porque lo que llamamos individuo es el conglomerado de todo eso (Althusser), ante esos modelos sólo cabe dos actitudes: o vives conforme a ellos o te enfrentas a ellos en la medida que puedas o quieras. Eso es lo que ahí dice y lo dice con toda claridad o al menos con meridiana claridad marxista. Estimado Vicente, como sabes, en tanto que la ideología solo puede vivirse naturalizada como no ideología, porque sino ya no sería ideología, muchas consciencias individuales se niegan no ya a aceptar que son seres sociales sino a que incluso se constituyen desde ellos.

    Termino ya, insistiendo en que, como tú bien dices y yo he subrayado en mi texto, entre otras cosas porque es un defecto general de toda la producción de la crítica literaria de este país, es necesario declarar los argumentos teóricos con los que vamos a construir nuestro discurso, sobre todo para saber de qué estamos hablando y evitar así que no haya más confusión en los términos que la de los interesados en promoverla desde sus propias carencias epistemológicas, ellos sabrán qué ganancia les va en ello, para mí está claro.

    Tanto en un trabajo mío anterior que no citas: La Voz común, una poética para reocupar la vida (Tierradenadie Ed. Madrid, 2004) y que creo, también está en la línea de las poéticas que reclamas (Méndez Rubio, Riechmann, Falcón), como con mi trabajo: La operación de lanzamiento de la forma-mercancía realismo sucio en el campo literario español y actualidad de las poéticas comprometidas con la ideología de la clase dominante, no he pretendido sino ayudar a defender y construir una propuesta poética que difícilmente es conciliable con el adjetivo realista en el sentido vulgar en que muchos lo utilizan.

    Te felicito por tu blog y por la calidad humana e intelectual de los contertulios que he visto suelen acercarse a dialogar contigo, créeme que ninguna otra razón me ha animado a mí a llamar a tu puerta que certificar este hecho y ayudarte a ti y a los posibles compañeros que puedan leer estos textos a clarificar lo que considero necesario o visto lo visto, ya imprescindible. Para terminar también me gustaría haceros participar de dos poemas, uno es de mi libro Narración de la llovizna (Baile del Sol, Tenerife, 2003) y el otro es un inédito. Salud y alegría.



    En la Ermita del Asno Ciego
    el burro no tiene orejas
    ni hocico
    ni lengua
    ni patas...

    Esfuerzo del burro
    en su burreidad.

    De Narración de la llovizna




    COMUNISMO ¿ESTÁS AHÍ?


    para Daniel Bensaid y Santiago Alba Rico


    El desmantelamiento del Estado del Bienestar,
    la flexibilidad laboral,
    la destrucción de la biosfera,
    el imperio del consumidor,
    la deslocación empresarial,
    el relativismo narcisista,
    la ironía descomprometida,
    la construcción estética de la personalidad,
    la negación de la política,

    SÍ,
    están ahí.

    Vienen dando pedales cuesta abajo
    en la revolución permanente del capitalismo.

    Nomadismo también puede ser un proyecto subvencionado
    por el Ministerio de Asuntos Exteriores.

    Las tesis de Foucault
    terminar entre los slogans de El Corte Inglés.

    El Deseo llevarte
    no a las multitudes de Negri y Guattari
    sino a la gala de los Oscars del brazo de Pedro Almodóvar.

    ¿Revolución sin revolución?
    ¿Tarde o temprano?

    NO.

    ¿Lucha política entre partidos
    mientras el mercado va a su bola?

    NO.

    Piensa mejor en recuperar la política,
    congregar los antagonismos
    y conectar los síntomas de la revuelta.

    Si somos capaces de representar lo irrepresentable
    estaremos marcando la senda de nuestra emancipación.

    Antonio Orihuela — 23-03-2006 12:46:40


  14. (Se ha suprimido un comentario por contener descalificaciones, de acuerdo con las normas generales del blog)


    Querido Antonio Orihuela, vaya por delante mi respeto por tu obra poética y crítica, como respeto todas las obras poéticas y críticas, lo que no significa que no pueda disentir luego con las unas y con las otras, creo que educada y respetuosamente. También deseo mostrarte mi cordialidad, ya que esto que sigue es una comunicación cordial, quede claro.

    Centrándonos en lo que nos ocupa (tu respuesta a mi respuesta a tu respuesta a López Merino, y la longitud que va tomando esta cadena me invita a acabarla), creo que sufre un pequeño defecto, que también afecta a tu artículo, y que resumo: tienes mucha razón en muchas cosas, Antonio, pero a la hora de exponer, y por saber fundadas tus hipótesis, te embalas y acabas disparando indiscriminadamente y por añadidura, lo que hace que tus textos se hagan antipáticos para el lector que no te conoce. No te achaco nada que no me pasara a mí antes, por eso reconozco el problema –porque lo sufrí– y te invito a repensarlo, como otros hicieron conmigo para darles finalmente la razón. Hay un ejemplo claro cuando te opones a mi visión del genio, y me acabas acusando, nada menos, de ser un posible partidario de meter a Pol-pot y a Teresa de Calcuta en un mismo saco. Caramba, Antonio: seguro que hay varios terrenos intermedios entre tus ideas y las mías, espacios donde podemos concordar, y que en ningún caso impliquen que yo sea tan gilipollas de confundir a los asesinos con las buenas almas. Con esto no quiero decir que yo no sea gilipollas, hay decenas de personas que secundarán esa moción, incluso sin salir de mi familia y círculo de amigos; sólo creo que no hasta ese extremo.

    Sigo pensando que, precisamente por ser “el gran volteador de la dialéctica hegeliana”, Marx es un genio incontestable, al menos en el sentido que yo entiendo de la palabra “genio”, cuyo origen y significados ya ha estudiado Agamben en Profanaciones, con lo cual no tengo, por tanto, mucho que añadir. Hay un significado común, popular, de esa palabra, “genialidad”, que es desde luego aplicable a Marx y que tiene un uso en castellano… muy anterior al nacimiento del capitalismo. Del mismo modo, creo que también te vas al extremo con lo de Virgilio Tortosa. Escribes: “me parecería bien si enunciaras qué otros aspectos desarrolla Virgilio que no has visto en mi texto, te animo a ello en la medida que no creo que, en síntesis, encuentres nada que ya no esté recogido en mi análisis”. Madre mía, Antonio: nuestro amigo Virgilio ha dedicado una tesis doctoral, publicada en dos libros, como sabes, sobre el tema, y me temo que se aborda en ellos muchos más temas de lo que cualquier síntesis (tuya, mía o de Peter Bürger) pueda ambicionar. Hubieras quedado mucho mejor diciendo: “sinceramente, Vicente Luis [sin el Luis se crea una cacofonía horrorosa], creo que el tratamiento del sujeto en mi artículo es bastante aceptable”. Y entonces hubiera yo hecho un respetuoso saludo de aceptación y concordia. Pero no entiendo que consideres que un artículo tuyo de algunos folios sostenga, ni resumida ni infinitesimalmente, lo que una tesis doctoral de Tortosa. Y creo que Tortosa merece más respeto, eso es todo.

    Respecto a este párrafo, no puedo sino mostrar mi mayor asombro:
    ”Me llama la atención tu interés por mantenerte lejos de las descalificaciones y los insultos para a continuación llamar a Homero y a Shakespeare ‘burgueses de mierda’. Te soy sincero al decirte que me ofendes como buen lector y admirador del trabajo literario de ambos, cuando te refieres a ellos en esos términos absolutamente gratuitos y que, a buen seguro, no compartes”.
    Antonio, ¿sabes lo que es la ironía? Pues claro que no comparto esas ideas, las estaba llevando ad absurdum.

    En lo de la lectura sobre la presunta contradicción de tu artículo, ahora entiendo mejor a lo que te refieres, aunque quizá tenías que haberlo dicho tal como lo escribes en tu réplica, y a lo mejor quitando la referencia a Althusser, autor que estaba bastante confundido respecto al individuo, y de sus confusiones vienen muchas posteriores. Pero esa es otra historia, más larga, que algún día argumentaré como se debe, en un libro. De momento apunto sólo mi desacuerdo general, que es el que provoca mis habituales desacuerdos parciales con Juan Carlos Rodríguez y Miguel Ángel García.

    Repito lo del principio: todo esto lo anterior lo digo con mi máxima cordialidad, porque a diferencia de otros visitantes del blog, tú entras a razonar tu disensión con respeto, poniendo por delante tu nombre y esgrimiendo argumentos. Sólo con eso ya tienes mi aprecio personal. Te invito a que termines tú esta mini-polémica, dentro de la mayor, con lo que quieras. Te agradezco tus palabras sobre el blog, que hacéis bueno los demás, como bien apuntas, y al que quedas invitado siempre que lo desees.

    Un cordial abrazo, Antonio.

    vicente luis mora — 23-03-2006 13:45:58

  15. Apreciado Jorge, nuestras posturas son bien distintas en el asunto que aquí nos trae. Creo que ya he dado suficientes razones para saber como más o menos pienso, (sin ir más lejos, la cita de Rorty que puse varios post más arriba).
    Sólo puedo decirte que tú me dices que,
    "Al menos desde que leímos a Aristóteles, sabemos que indignarse cuando es debido y como es debido queda del lado de la virtud, no de la pontificación reaccionaria".
    Bueno pues creo que ahí está en parte el asunto: el caso es que, a mi modo de ver, el Sr. Orihuela, en este caso en concreto, no se ha indignado "como es debido" (por seguir tu terminología).
    Por lo demás, que no te lleven a engaño mis tesis: puedo ser muchas cosas, pero desde luego no de los que "se relaja" y "disfruta" en el sentido al que tú te refieres. Creo que no muchas veces he disfrutado, y mucho menos me he relajado. Un abrazo.

    Agustín Fernández Mallo — 23-03-2006 14:15:54

  16. Sr. Agustín Fernández Mallo, me gustaría saber qué hecho constata usted cuando me llama reaccionario, si tuviera la amabilidad me gustaría que lo compartiera con todos nosotros. También lo afirma de mi "postura estética... que no puede ser sino reaccionaria en el sentido estricto y científico del término". Si quiere que le ayude le presto la defición que da el diccionario de REACCIONARIO, RIA. adj./s.m.yf. Se aplica a la persona o a la ideología que defiende la tradición y se opone a las reformas y al progreso. SIN. conservador, moderado.
    También le informo de algunas direcciones electrónicas de revistas italianas, brasileñas, argentinas, etc. donde podrá ver mi poesía "reaccionaria":
    www.blocosonline.com.br
    www.lialab.it
    www.crosses.net
    www.btinternet.com
    www.boek861.com
    www.poesiavisual.com.ar
    También le animo a que lea algunos de mis libros, pongamos:
    - “SI ROKY VIERA ESTE GATO”. Colección Ora Poética, nº 9. Dip. Prov. de Huelva. Huelva. 1995.
    - ”LANDSCAPE OF MY WRITING-DESK”. La Voz de mi Madre. Aviso nº 48. Valladolid. 1998.
    -”AIQUEBNENO”. Dip. Prov. de Huelva. Huelva. 2000
    -“TEORÍA DEL BRICOLAJE: El paralogismo de la identidad como paradigma del viaje”. Dip. Prov. de Huelva. Huelva. 2001
    -“SONETO”. Biblioteca de Violante, 32. Editorial Corona del Sur. Málaga. 2001.
    -“GLI ARCHIVI SECRETI DI MOSCA”. S.M. Sevilla. 2003.
    -“EL MAL: TÉCNICAS DE ANÁLISIS Y PROSPECCIÓN SUPERFICIAL”. Dipt. de Badajoz. 2004
    -“X ANTONIO ORIHUELA”. Lf Ediciones. Béjar. 2005.

    Espero que tras su análisis "estricto y científico" tenga usted la bondad de compartir de nuevo sus descalificaciones con todos nosotros.
    Muchas gracias.





    Antonio Orihuela — 23-03-2006 14:23:10

  17. <<"Se aplica a la persona o a la ideología que defiende la tradición y se opone a las reformas y al progreso">>
    Pues eso.

    Agustín Fernández Mallo — 23-03-2006 16:49:13

  18. Sigo sin entender esta polémica en sus términos precisos, en parte porque no tengo paciencia para leer comentarios de más de cincuenta palabras. Es decir, entiendo que existen ideas encontradas. Entiendo que dentro de un ambiente generalmente de izquierdas, habrá desacuerdos y descalifiaciones. Si el reaccionario se opone al progreso, y el progreso se identifica con un realismo sucio a lo Roger Wolfe, entonces yo también seré reaccionario, porque simpatizo poco con la poesía de Wolfe. Pero si Wolfe mismo es reaccionario, entonces los progres seremos nosotros, Orihuela, Riechmann y yo. ¿Es más o menos así? El tono del debate es otro asunto. Agradezco a los que lo matienen en un punto muy alto.

    Jonathan Mayhew — 23-03-2006 18:14:39

  19. Pones muy alto el listón, querido Jonathan: ¡cincuenta palabras! Habrá que tornarse poeta japonés --o californiano a lo Kenneth Rexroth-- para lograr ese nivel de concisión. En fin, amigos: como a ninguno se os escapa que, después del terrible siglo XX, el progreso ya no es lo que era, correlativamente la reacción tampoco. Desde cierta perspectiva en absoluto irrelevante, Benjamin, Pasolini y Aldo Leopold son grandes reaccionarios. Me quedo cerca de ellos, antes que en compañía de muchos de los progresistas que siguen apretando el acelerador cuando el vehículo sin frenos está a punto de despeñarse. Un abrazo

    Jorge Riechmann — 23-03-2006 22:27:34

  20. En los comentarios de mil palabras siempre busco los 17 sílabas más importante.

    Abrazos,

    Jonathan Mayhew — 24-03-2006 04:06:20

  21. Perdón, "las 17 sílabas más importantes"

    Jonathan Mayhew — 24-03-2006 05:26:36

  22. Aporto esto al debate, y luego comento:

    Entrevista al crítico de arte Benjamin H. D. Buchloh, "La vanguardia se ha visto pervertida", en La Vanguardia, 22/03/2006:
    ”No hay momento en el que la historia de la vanguardia radical no se haya visto pervertida. Su destino ha sido convertirse en lo contrario de lo que se proponía en sus inicios. El dadaísmo y el productivismo de la Unión Soviética serían las excepciones. Y no pienso que esto sea algo específico de nuestra época. Me parece más difícil identificar lo que hizo posible que a finales de los 60 surgiera una práctica radical como el arte conceptual.
    Hoy el sistema del arte se ha convertido en una forma de inversión económica. Me preocupa la desaparición de un espacio de producción, recepción y diálogo crítico que hasta hace poco el arte podía ofrecer. El arte se amalgama en una estructura de dominación, llámese industria cultural, cultura del espectáculo u homogeneización. Lo que hace diez años una artista neoyorquina llamó infotainment, una peculiar síntesis de entretenimiento e información.”

    Pues bien:

    No reaccionarios seríamos, en principio, los artistas o escritores conscientes de esa situación y que utilizamos mecanismos que en parte compensan esa omnipresencia del mercado, actuando al margen. Por ejemplo, abriendo blogs de escritura y crítica que llevan mucho trabajo y ninguna satisfacción monetaria: algo inconcebible para el mercado. Tampoco son reaccionarios quienes, en la línea de Orihuela, Falcón, Riechmann y compañía, sostienen actitudes vitales que convierten la palabra poética en poema político (que no es lo mismo que panfletario, o no debiera serlo).

    Reaccionarios serían quienes, por ignorancia o voluntad, desconocen esa realidad denunciada, entre otros, por Buchloh, o simulan que la desconocen, o actúan como si la desconocieran.

    vicente luis mora — 24-03-2006 09:02:47

  23. Sr. Agustín Fernández Mallo, tras haberle animado a la búsqueda de argumentos “estrictos y científicos” sobre el carácter reaccionario de mis posiciones ético-estéticas y pareciéndome que acaso sea excesiva labor la que demando paso a hacerle participe de mi presencia en el foro que en Baeza (Jaén) las asociaciones Red Ciudadana tras el 11M y el Grupo Memoria y Justicia por los Pibes (PASO) de Argentina, han convocado en esta ciudad. Cuando leo que el objeto de este encuentro es “hacer que el grupo comunidad crezca para construir una comunidad de afectos y consenso desde donde se pueda ver el dolor del otro y vincularlo con el propio, y poder así explicar lo inexplicable”, recuerdo algunas líneas suyas especialmente lacerantes donde se felicitaba por vivir “en este mundo tan asqueroso y deliciosamente posmoderno”. No sé si unas y otras sirven para deslindar por dónde se desliza uno hacia un proyecto socio-histórico reaccionario pero, en cualquier caso, será para mi un honor saludarle en Baeza este fin de semana y discutir sobre el particular. Puede recoger más información en unia@unia.es

    Antonio Orihuela — 24-03-2006 09:29:07

  24. Una cosa es la santidad ideológica y otra la literatura. Lo que yo veo aquí es poetas con poemas más bien discretos que los quieren hacer pasar por literatura por arte de birlibirloque ideológico-revolucionoario, etc.
    Yo creía que esto estaba superado.
    Por favor, no me censuren el post, como el de ayer.Que puede que yo no sea revolucionario, pero soy tolerante.

    el realista — 24-03-2006 10:14:21

  25. WAY OUT

    La poesía dejará de ser una cosa triste
    cuando empiece a tener que ver con la vida de la gente,
    cuando la gente vuelva a ser la que decida qué hacer
    con sus vidas y con las palabras,
    mientras tanto
    todo esto que hacemos seguirá siendo

    literatura.

    Antonio Orihuela — 24-03-2006 10:41:36

  26. Querido Realista: los tolerantes no insultan. Si quiere no ser censurado, no insulte.

    vicente luis mora — 24-03-2006 10:56:47

  27. Para Jonahtan; algo breve: si te sirve de consuelo, a mí tampoco me gusta Wolfe, y lo que es más, ni me interesa. Lo que me parece reaccionario no es defender o no la poética de Wolfe, sino en qué términos de defiende o no, qué artefacto teórico se despliega con ese fin.

    Qué razón tienes, Realista, qué razón tienes, en tu post nº24.
    Las mayores barbaridades, políticas y poéticas, del siglo 20 se hicieron "por amor al prójimo", líbrenos el destino de más mesías. Ya nos bastamos nosotros para salverns o hundirnos. Lo que no quita que haya gente que aún no quiera enterarse porque, mientras tanto, por una parte ejercen el estatus tan burgués como el de todos nosotros, y por otra parte lavan su conciencia ejerciendo de apóstoles.
    Se utilizan términos como “burgués” o “proletariado” para calificar o deslegitimar posturas, ya no políticas, ¡sino estéticas!, cuando esos términos desde que hasta el currante de pico y pala invierte en bolsa, directamente, ya no existen en Occidente, y por lo tanto son conceptos que están sociologicamente desprestigiados y sin correlato real: nombrarlos hoy es nombrar una fantasía, pura nostalgia, puro reacionarismo. Algo tan muerto como la iglesia católica (con la que, por cierto, tiene mucho que ver), algo que hace ya por lo menos 20 o 25 años, tanto en el plano teórico como en el práctico, ha sido abandonado en el mundo del pensamiento contemporáneo de vanguardia por otros paradigmas más en consonacia con la sociedad actual, lo que equivale a decir que ese despliegue teórico hoy por hoy es puro folklore, es decir, una excusa como otra cualquiera para organizar reuniones en Quintanilla de Arriba con títulos que harían sonrojar al propio Guy Debord, tomar unas cervezas, y regresar a casa contentos del proselitismo desplegado, un poco más convencidos de su fe y de que nadie los entiende a partes iguales. ¡Qué malo es el mundo! Hasta aquí, todo cae más o menos dentro de lo normal, dentro del extravagancia del empleado de banca que juega en sus vacaciones explorador en la India, del padre de familia que cuando nadie lo ve monta el Scalextric y recuerda con nostalgia que algún día quiso ser Niki Lauda, y cosas así. No hay problema, al fin y al cabo, como decía sabiamente Serrat, “cada loco con su tema”. Y bien está.
    Ahora bien, aplicar hoy toda esa cacharrería, directamente, sin filtro ni representación previa alguna, a la poesía, ya es para soñarlo; el colmo de la “acción reaccionaria”. Sinceramente, y sin ánimo alguno de insultar a nadie, lo encuentro, como poco, paródico.

    Lo que, dando otra vuelta de tuerca, más sorprende es que gente que se exprese así, con esa radicalidad e implícito odio a las sociedades desarrolladas, es decir, hacia todos y todo, sea escritora de textos (poemas), actividad por definición burguesa y privilegiada, lujo de esos niños mimados que al fin y al cabo somos todos.
    También sorprende que utilicen como credencial títulos académicos provenientes de una institución tan aburguesada e inútil como las universidades. Francamente, por consistencia con sus propios argumentos tremendistas, no lo entiendo.

    Particularizando en el Sr. Orihuela, y por alusiones, si, llegado a este punto, no ha llegado usted mismo al por qué su forma de abordar la teoría poética es reaccionaria, me temo que no podré yo hacer nada para sacarlo de ahí. Creo que a su texto le sobran dogmas y le falta de-construcción y reconstrucción argumentos.

    O puede que el problema sea mío, y de videar tanta publicidad, de comer tantos conservantes, de explotar tanto al tercer mundo, de escuchar tanto en mi juventud a Aviador Dro, de prostituirme de esta manera en el contubernio de las multinacionales tenga ya seco el cerebro. Puede ser. En ese caso, no se enfade, sea comprensivo. Tráteme, en justa correspondencia con su manifestado altruismo, como lo que soy, un enfermo. Y ahora, en consonacia con mi enfermedad, como buen relativista escapista capitalista y cínico posmoderno que soy, me iré a otro post, por ejemplo, “pequeña antología posmodernista”, a seguir allí haciendo el mal. Ya huelo a azufre.

    Agustín Fernández Mallo — 24-03-2006 19:27:41

  28. Querido Agustín, apreciado Realista, ser demoníaco lleva mucho, muchísimo trabajo. El verdadero olor a azufre sale más caro que el más caro de los perfumes del más distinguido perfumista. No sé si vale la pena la inversión.

    ¿Quién no es autoparódico en sus peores momentos? Y a menudo también en los mejores.

    Lavado de conciencias: que cada palo aguante su vela, aquella menos limpia o esta más manchada. A mí no me da ningún apuro meter la mía junto a la de Antonio en ninguna buena lavadora comunitaria: tengo por probado que es vela de recio tejido y buen tinte.

    ¿A quién le importa la santidad ideológica? Pero por otra parte ¿quién dijo que la santidad no tiene que ver con la poesía?

    Líbrenos el destino de más Salvadores del Mundo, desde luego. Pero ¿no los estaremos buscando en el lugar equivocado?

    Lo que sí me hace caer de culo --de culo en-sí, aunque no necesariamente de culo para-sí-- es semejante jolgorio sobre la burguesía y el proletariado, precisamente en el momento de la historia humana en que se acumulan más desigualdades, hay mayor número de asalariados, el dominio de clase desde arriba es más sólido y la capacidad biocida del capitalismo resulta más abrumadora. Ay, perdón, ya se me escapó la palabra innombrable: capitalismo. Si dejamos de nombrarlo probablemente ya no exista, ¿verdad?

    Jorge Riechmann — 24-03-2006 21:14:25

  29. COMO LOS NIÑOS CHICOS


    Hemos alcanzado el estadio superior del desarrollo social, cuando la cultura se emancipa por fin completamente de las bases materiales de la existencia, delira el catedrático que espurrea sus días entre París y Los Ángeles. El general del Pentágono no puede contener los pujos de risa. La obrera china se mira las manos. Y alguien por detrás de la página piensa: cuando se trata de elegir entre la vida y la muerte, no hace falta en absoluto el refinamiento del quinto decimal.

    (de CONVERSACIONES ENTRE ALQUIMISTAS, inédito)

    Jorge Riechmann — 24-03-2006 21:26:53

  30. Hola Vicente y demás contertulios.

    Vengo siguiendo este blog desde hace unos meses, con mayor o menor fortura en cuanto a la compresión de lo que leo, pero siempre con el placer de ir descubriendo y aprendiendo cosas nuevas.

    Lo cierto es que hoy me he decidido a inmiscuirme en vuestras cavilaciones porque ya no puedo más. No puedo resistirme a haceros una pregunta como poeta que espero me respondáis como poetas:

    ¿Cómo es posible seguir escribiendo poesía bajo el peso de todo ese andamiaje teórico, enredados siempre en disquisiciones sobre la razón de ser de la poesía?

    Un servidor se ve incapacitado para este tipo de reflexión, si no está dentro del propio poema y de una manera más bien intuitiva.

    Lo anterior, sin embargo, no me impide leeros con gran interés, aun sabiendo que me puede producir dolores de cabeza a la hora de la verdad: con el papel de la pantalla enfrente.

    Ramón Machón — 24-03-2006 21:46:29

  31. Recuerdo el viejo juego infantil consistente en repitir la palabras hasta deformarlas o hasta que perdieran el sentido. También, de niños, girábamos sobre nosotros mismos hasta marearnos y perder de vista el sofá.

    ¡Epistomologíaaaa!, ¡ontologíaaaa!, ¡de-construccióoooon!, ¡realiiiiismo!... y vuelta a empezar. Cuando el-pensamiento-profundo se vuelve un hábito obsesivo y enfermizo, el Capitán Hipertexto comienza a bailar como una peonza.

    ¡Compañeros!, ¡trabajadores infatigables de las meninges con o sin salario!: antes de comenzar a empezar a iniciar hacer algo, necesitamos ir al fondo de la cuestión, bien al fondo de la cuestión, al fondo sin fondo desfondado al que nadie llegó. ¡A ver quién la tiene más larga! ¡A ver quién encuentra las llaves, matarile rile rile rile matarile rile rón! ¡¡Una vueltita más, mami, que enseguida voy!!

    Le dice V.L.M. a Ant. Orih. que le deja sin sitio donde confluir con él, para debatir. Me temo, querido (de verdad que te quiero) Vicente, que NO sea Ant. Orih. el que te deja SIN sitio para confluir (para confluir con lo que sea, incluso con tu sombra). ¡Pobre Antonio!, ¡cómo le acusas de tamaña cosa con lo poquito que él abulta! Resulta que en este bendito mundo que aceleradamente marcha al precipio, en este bendito mundo tan saturadito de individuos y mercancías, en este bendito mundo realmente repleto de discursos y verdades, nos han ido quitando, de a poquito, el sitio a TODOS. ¡No hay ni donde plantar una sombrilla!

    Como cada vez tenemos menos suelo bajo nuestros pies, es normal que A.F. le pueda llamar (y se lo llame, no nos íbamos a conformar con menos) reaccionario a A.O. Importa menos el hecho de que no lo sea, que el de poder demostrar cuán dogmático resulta. ¡Parole, parole!

    Por parecidos motivos, tal vez también importa menos que el desarrollismo alcance el límite ecológico del planeta o que 2.800 millones de personas vivan con menos de dos dolares al día o que no estemos volviendo todos locos, que cualquier bonito discurso especultativo sobre los presupuestos ontológicos de la realidad. Porque para real-real-real, el olor a mierda.

    Puede que el lenguaje, en muchas ocasiones, sea una trampa. Lo que no parece que sea, desde luego, es la solución.

    ¿Queda alguien por ahí con quién caminar un rato? ¿Realmente hay alguien? ¿Hola? ¿Hola?

    Arf, arf, ¡qué mareo!

    Y digo aquel, hace tanto tiempo, aquello ya tan viejo de "Yo no digo esta canción, sino a quien conmigo va".


    David Méndez.
    Viceconsejero de la subsecretaria de asuntos ergonómicos para el bienestar de las letras hispanas.
    Partido Mahoísta-Mentalista de Liberación Gástrica, sección enológica.

    David Méndez García — 24-03-2006 22:02:37

  32. Querido David, lamento que no te gusten nuestras "Epistomologías", como tú dices; en realidad queda claro que aborreces la teoría cuanto escribes: "Porque para real-real-real, el olor a mierda". Sin embargo, el filósofo Manuel Sacristán opinaba que “Una cosa es la realidad y otra la mierda, que es sólo una parte de la realidad, compuesta, precisamente, por los que aceptan la realidad moralmente, no sólo intelectualmente” (Manuel Sacristán: M.A.R.X. (Máximas, aforismos y reflexiones con algunas variables libres), edición de Salvador López Arnal, Los Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, sección I, aforismo 16). Tu modo de vida moral nos excluye, David, nos deja sin papeles. No podemos caminar contigo ni amparados por tu partido de gastronómico y simpático nombre; pero a lo mejor nos ahorramos así tus lecciones. Gracias por perdonarnos la vida. Si no te importa, de vez en cuando seguiremos aquí colgando post sobre nuestras chorradas, sin molestar a nadie. ¿O sí te molesta? Dínoslo y nos suicidamos todos mañana. Voy a limpiar la pistola. Saludos.

    vicente luis mora — 25-03-2006 09:19:23

  33. Estimado Ramón (post 30), los seres humanos somos casi congénitamente incapaces de dejar de preguntarnos por qué hacemos las cosas que hacemos, ya estemos hablando de cocinar sofrito o de escribir poema. Es cierto que el primer "por qué" pone en marcha el segundo, éste el tercero, y así se dispara un mecanismo que puede acabar girando en el vacío... En tal caso, desandamos lo andado, retiramos del fuego el sofrito antes de echarlo a perder, corregimos el poema dejando caer lastre, y salimos a dar un paseo. Pero renunciar al "por qué" primero, eso no podemos. Saludos cordiales

    Jorge Riechmann — 25-03-2006 11:14:42

  34. Buenos días, Jorge. Yo mismo acepto la reflexión dentro del poema. Incluso una reflexión "no premeditada". Lo que me produce pánico es no poder volver atrás para, como tú dices, apartar el sofrito del fuego, quitarle lastre al poema, etc., antes de que se convierta en una de esas máquinas monstruosamente bellas, pero incapaces de volar. Uno puede pasarse toda la vida escribiendo poemas con el fin de "exponer" (poner al descubierto) los tan traidos y llevados límites del lenguaje, o insistir durante años, dentro de la poesía siempre, en ese "por qué" primero al que crees que no podemos renunciar. Y digo crees porque pienso que sí se puede renunciar a ciertas preguntas, para dejar espacio a otras. Y lo mismo se puede renunciar a escribir poesía, para dedicarse a investigar desde fuera el porqué uno escribía poesía.

    Mis disculpas por estos confusos y desordenados razonamientos de sábado por la mañana. Salud.

    Ramón Machón — 25-03-2006 12:42:32

  35. Amigos del Blog Vicentiano:
    Desde que empezó este debate he orado una y otra vez a Cervantes para mantenerme al margen porque sólo soy una lectora empedernida de poesía (de toda la poesía) y no escribo versos, ni malos ni buenos.
    Debo aclarar que no me inclino por los comentarios de nadie en este blog, ni de Orihuela, ni de Riechmann, ni de Fernández Mallo, etc, aunque tenga, como simple lectora, mis preferencias literarias, que, gracias a Vicente Luis Mora y a su blog, he ido perfeccionando y, sobre todo, actualizando. Así, a través de estas páginas descubrí la poesía de Agustín, una poesía novedosa en España, que mezcla poesía con ciencia, que corre riesgos, pero que sale ilesa. He leído, también, lo último de Doncel y he releído a casi todos los poetas jóvenes que aquí se mencionan, desde sus inicios. A Vicente Mora lo considero uno de los críticos jóvenes más preparados de España y muy racional, por eso respeto su trabajo. Ahora, creo que nada tiene que ver la ideología con la poesía. No importa ser reaccionario o revolucionario. No importa ser burgués o proletario para escriber buenos poemas. Por tal razón opino que hay versos de Roger Wolfe que me parecen muy buenos y otros, no tanto. En cuanto a la terminología de realismo sucio no me deja de producir, cada vez que la escucho o la leo, deseos de ir a bañarme.Igual me sucedía con el realismo socialista, pero, también entiendo,amigos poetas, que la crítica tiene que nominar de algún modo a los diferentes movimiento literarios.
    Méritos tienen Bukowski y Carver, aunque a veces no puedan gustar o gusten demasiado. Méritos y deméritos tiene Wolfe. Y todos ustedes (a todos los he leído y tienen, más o menos, méritos como poetas). Siempre exitirán en nosotros, los lectores, gustos y afinidades, lo cual no quiere decir que tengamos la razón o no, pero a ustedes les sucede lo mismo. Una cosa sois cuando escriben poesía, y otra cuando debaten y opinan aquí en este blog. Yo los prfiero como poetas, pero de todos aprendo mucho y disfruto cuando los leo aquí o en sus poemarios. Nada más decir. Sólo, para terminar, agradecer a Vicente Mora que mantiene con su trabajo este blog y colgar un poema que leí el sábado pasado en un blog de Los Ángeles llamado Mi Unicornio Azul. Entré y leí un subtítulo llamado "El poema y el síndrome del ruiseñor de Wilde". Marqué con el ratón y me salió el poema de un poeta que descubrí precisamente en el Diario de Lecturas de Vicente Luis Mora. Es una poética personal, pero creo que es útil leerla en medio de este debate que huele a santos, a azufre, a rojos y a blancos por encima de la poesía.

    El poema que leí es el siguiente:

    "No hables en tus poemas del ruiseñor
    de Wilde, ni menciones amor, perfume, labio o rosa"
    --me dice en los manuales Ariel Rivadeneira--
    y yo evito poner en cada verso escrito
    un ala, algún jardín, la luna de Virgilio,
    y hasta a veces me niego, sentado
    en el alféizar, a mirar las heladas
    del invierno en España, porque queman
    las ramas de los árboles todos y la niebla
    me invita a escribir con nostalgia
    "y ese signo, nostalgia, --me dicen
    los manuales-- es señal del pasado,
    y se debe escribir sin alma, con estilo,
    igual que si torcieras el cuello
    de una garza con desprecio en tus dedos".

    "Habla de cibernética y de física cuántica,
    menciona blog, pantalla, correos
    electrónicos" --me aconsejan los críticos--.
    Y yo sumo las cifras o despejo ecuaciones,
    digo leyes, neones, sistemas invisibles
    que arman genios, científicos.
    También menciono genes, vídeos,
    ordenadores, y hay instantes, incluso,
    que hablo sin meditar y construyo asonantes
    al decir aeropuertos, submanrinos, aviones
    y algún laboratorio (...), móviles, cines, clones.

    Pero aunque logre versos posmodernos
    siguiendo los consejos de sabios
    que hablan de poesía como hablar
    de la historia, de mercados, teoremas
    que establecen los pliegues en las cuerdas
    del tiempo, no he logrado escribir
    el poema perfecto, e incluso
    cuando leo alguna línea aislada
    de Wilde entre las sábanas, y todos
    mis maestros (con diplomas de masters
    y perfil de doctores) se divierten
    en bares o en los pubs de internet,
    yo lloro como dama sin remedio
    y me jode el viejo de Quevedo,
    y me arriesgo, en la cama, a que digan
    los críticos en los post o en revistas:
    "¡qué anticuado y qué griego se volvió
    Dolan Mor leyendo a los antiguos!,
    si hasta le creció un día, encima
    de las cejas, (en lugar de la gorra
    ladeada sobre un piercing) un ramo
    de laurel...
    Pero logró dos cosas: pasar
    imperceptible delante de los hombres,
    como dijo Epicuro, y escribir con la espalda
    inclinada en la hoja, sin cederle la mano
    al influjo variable del tiempo y de las modas".



    Como habrán leído y como dice algún verso al final, este poema es de Dolan Mor, un joven poeta que descubrí, precisamente, en este blog, gracias a Vicente Luis.

    Saludos cordiales y admiración como lectora a todos,
    Caridad Cabaas

    Caridad Cabaas — 25-03-2006 13:59:52

  36. Hola, Vicente. Vengo siguiendo tu post con atención (e ignorancia muchas veces) durante un tiempo. Estudio en Granada y soy/he sido alumno de Miguel Ángel García y Juan Carlos Rodríguez, aquí la visión que se nos da de la literatura y de su estudio está muy en su línea. Tengo curiosidad por saber, en líneas generales, qué te parece toda esa forma de acercarse a la literatura, sus puntos fuertes, sus puntos débiles, no sé, tengo curiosidad. Yo no tengo aún una base firme para poder pronunciarme, sólo intuiciones, aunque una cosa muy clara: al maestro le están perjudicando muchos de sus discípulos. Saludos y gracias por la atención.

    Montano — 25-03-2006 16:32:13

  37. Querido Montano, mi opinión sobre Juan Carlos Rodríguez y su línea de pensamiento aparecerá en un par de semanas, convenientemente desarrollada, en una de las partes de mi ensayo "Singularidades. Ética y poética de la literatura española actual", publicado por Bartleby. Dentro de poco colgaré aquí algún adelanto del libro. Ahí digo todo eso que quizá sospeches y no te atrevas a decir. O quizá no. Respecto a si algunos discípulos de J. C. Rodríguez perjudican a su maestro o no, también esa cuestión aparece tratada en el ensayo. Lamento no poder ser más concreto, pero es que hay exposiciones que requieren de cierta extensión, y si citarse es malo, peor es parafrasearse, como dijo Paz, con razón. Un cordial saludo.

    vicente luis mora — 25-03-2006 18:14:58


  38. En algún lugar de esta polémica se menciona un par de ideas: operación comercial, gusto de la clase media. Es decir, el "consumo" de lo que determinados grupos sociales entienden como poesía. Y sus discursos concomitantes (auras extraliterarias). Tema tan complejo, como el de la relación de Neruda y el Poder, o por qué alguien puede preferir a Wittgenstein antes que a Rorty (por placer artístico) o a Bukowsky antes que a Wolfe (por identidad de clase). O a Rosendo antes que a nadie, por una cuestión de azar o calidad.

    Sin permiso, abusando de vuestra paciencia, los someto a un anuncio propio:


    AQUEL DIOS CUYO NOMBRE ES LEJANÍA

    Un jubilado convence gritando:
    “Tendremos que tomar medidas”

    El botellón en la mano y oscuras chupas de cuero:
    Intentan olvidar un barrio de protección social,
    el paisaje naranja, los edificios repetidos, nuevas
    áreas verdes
    dispuestas al compás de inmensas autopistas,
    quién sabe cuál conduciendo hacia el dolor.

    La noche en que llegaron buscabas sólo
    aventuras de cine, la periferia en el centro,
    un lugar para tu viejo automóvil junto al cruce
    entre la calle del Barco y la del Desengaño.

    - Mira al cabrón,
    cómo está dándole: pinta la sangre tío,
    qué roja la tiene, mola
    mucho más que en la pantalla.

    No hay razas ni gente bella, solo rencor
    al saberse utilizados. Muchachos de casacas negras,
    tatuajes, pendientes en las fosas nasales,
    audífonos en las orejas, heridas
    en el corazón.

    -------

    De "Madrid, línea circular", un libro inédito.



    Martín Rodríguez-Gaona — 25-03-2006 19:12:24

  39. Toc, ticatoc, toc, mi querido VLM (de veras, aunque no te atrevas a creerlo, que te quiero; pero ¡si hasta te deseo!):

    No sé qué contestarte. Pruf, me dejas sin ni una palabreja. Ni una mala citita, una referencia cruzada, ni un marbete bibliopático con que alimentar esa boquita del Capitán Hipertexto. Sólo encuentro dentro de mí una especie de realmente triste necesidad de defenderme, como si alguien no me hubiera querido lo suficiente. ¡Ah! ¿No habré sido molesto otra vez sin yo desearlo? ¡Ay, mira que si he dado yo una lección sin saber siquiera de qué! Y encima ahora no se me ocurre nada qué decir. (¡Uy, que lo mismo la tengo más pequeñita que los demás!).

    ¡Arf! ¡Arf! Empujando, empujando, he encontrado una cita, y, aunque no viene al caso, la voy a escribir: "Hablar por hablar hace importante a las personas, pero ¡cuánto cansa!" (Lina Morgan, "Una cateta llega al maravilloso Madrid tardofranquista", intervención 2304, párrafo 34, octava línea, justo después de estirar el gesto y torcer las patas).

    VLF, por favor, no te suicides. El suicidio, de verdad, es cosa muy fea. Los que nos quedamos nos sentimos tristes, sucios e inútiles. Bromeas con asuntos muy macabros, querido. ¡No hay para tanto, rey moro! ¡No nos demos tanta importancia, que se me saltan las lágrimas!

    Si tú me perdonas a mí el que yo te perdone a ti que hayas dicho que te perdonaba la vida, nos habremos perdonado todos y la cosa estará mucho más lubricada.

    ¿Cómo me iba a molestar que escribieras este blog? (Maravilloso, mon cher, maravilloso). Me encanta que lo hagas, así cómo que el Papa esté en Roma, Dios en el cielo, los tomates en el Carrefour y los vencejos lleguen con la primavera: cada cosa en su sitito, un sitito para cada cosa (me lo decía mi mami casi todas las mañanas).

    Y no voy a decir más que, luego, no sé por qué, te me enfadas, frunces el ceño y te pones muy feo.


    Un abrazo y un beso en la boca,


    David Méndez García.
    Becario de la Subsecretaria de untes descontractores para el neocórtex.
    Satrapía Permanente de Envíos de Tesis Doctorales vía Fax. ¡Permanezca atento a su aparato!

    DMG — 25-03-2006 19:15:48

  40. Genial este David Méndez García,desacraliza tanta teoría literaria co el humor del cronopio.A tus pies DMG .

    Kolstov — 28-03-2006 11:27:16

  41. 50 palabras. Comentario al inicio del post 22: "La vanguardia se ha visto pervertida", en La Vanguardia, 22/03/2006. Me permito añadir: el nombre del diario pervierte el concepto. Ídem ocurre con EL Mundo, el Abc, El País, El Periódico, La voz de no sé qué: sus nombres no los representan. Y así nos va.

    Jordi C. — 28-03-2006 13:18:56

  42. Vaya! Hacía tiempo que no entraba y no sabía nada de toda esta polémica...
    Estoy bastante de acuerdo con el post nº27 de Agustín Fernández Mallo, aunque me gustaría añadir un par de cosas. Es muy curioso que algunos de los mejores "marketeadores" del momento se pasen el tiempo acusando a los demás de haberse vendido al capìtal y de escribir para ese "mercado" contra el que tanto despotrican y que tan bien manejan a su gusto (aunque su capacidad mercantil no sea, por supuesto, conscientemente reconocida). Lo progre, lo anticapitalista, lo antiglobalización, constituyen una porción muy lucrativa del mercado. Lo sabe cualquier empresa del tres al cuarto, porque los clientes para ese tipo de productos están ya construidos. De hecho, es mucho más fácil vender libros (o casi cualquier otra cosa) con tales etiquetas que experimentando formalmente y actuando sobre la complejidad real en lugar de repitiendo estereotipos político/culturales que el posible comprador conoce a la perfección. Apostaría a que entra mucha más gente en una librería buscando poesía "revolucionaria" que buscando algo nuevo.

    No es cierto que términos como "burgués" o "proletariado" carezcan de sentido en el mundo en el que vivimos: en realidad, desafortunadamente, son son todavía eslóganes muy eficaces. Uno ve la publicidad y se pregunta como puede funcionar, como el público puede reaccionar todavía a cierto tipo de estímulos ante los que debería estar desensibilizado por monótona repetición, pero lo cierto es que siguen siendo eficaces. Es muy curioso que el artículo de Orihuela se titule "La operación de lanzamiento de la forma-mercancía realismo sucio en el campo literario español" y su autor no tenga en cuenta que lo que está haciendo es luchar por mantener incólume la cuota de mercado "progre" en ese mismo campo literario. Que no metan otra etiqueta más, que me confunden a los clientes. ¡Pues van a llegar unas cuantas novedades en los próximos años!

    Refiriéndome al poema insertado el el post nº 13, en efecto, "nomadismo" puede ser un proyecto subvencionado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, y también "comunismo", y "revolución" y "proletariado"... que de hecho lo llevan siendo desde hace bastante más tiempo ¡Por favor! Si lo único que hacemos es competir por la clientela (y no me refiero exclusivamente a la pasta, sino, y sobre todo, al alimento pseudomoral de nuestra altruista egolatría) vamos listos.


    Fred Turner, en un libro sobre Shakespeare y la economía del siglo XXI (cito de memoria) , dice algo así como que las neurosis contemporáneas están tan relacionadas con la represión económica como lo estaban con la represión sexual en época de Freud.


    El desmantelamiento del Estado del Bienestar,
    la flexibilidad laboral,
    la destrucción de la biosfera,
    el imperio del consumidor,
    la deslocación empresarial,
    el relativismo narcisista,
    la ironía descomprometida,
    la construcción estética de la personalidad,
    la negación de la política,

    SÍ,
    están ahí...

    Consuma poesía progre.

    Germán — 28-03-2006 20:31:05

  43. Uff, ya creí que de nuevo estaba solo, Germán.

    Agustín Fernández Mallo — 28-03-2006 21:40:18

  44. Nada de eso: sois legión. Y se nota.

    Beto — 28-03-2006 22:52:07

  45. Estimados amigos (MUY especialmente Agustín Fernández Mallo y Germán):


    He llegado a esta bitácora por casualidad y sin muchas espectativas, porque ya se sabe qué son estos sitios. Pero he encontrado, junto a las entradas de estos a los que ustedes acusan justamente, las suyas. Espero que no les importe que adjunte aquí un artículo, algo extenso, pero que DICE EXACTAMENTE LA MISMA VERDAD, LA ÚNICA, que defienden Agustín Fernández y Germán. Les felicito por su valentía y por no callarse, en estos tiempos en incluso quieren deslizarnos sus ideas a través de la poesía. Como bien dice Beto: ¡no están solos!.

    Les dejo con el artículo, que se publicó incialmente en libertaddigital.com y, después, en Altar Mayor, revista digital del sitio de la Hermandad del Valle de los Caídos (http://www.hermandaddelvalle.org/). Sitio este último, que les recomiendo fervientemente.


    Abrazo fraterno.



    ORÍGENES DEL PENSAMIENTO PROGRE, POR PABLO MOLINA (ESCRITOR Y PERIODISTA).

    Tras la primera Guerra Mundial y el hundimiento de la II Internacional Socialista, una vigorosa corriente doctrinal dentro del marxismo, sobre todo a partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por la clase proletaria.

    En lugar de asaltar el Estado para cambiar la mentalidad de la sociedad, los izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas), adoptan la tesis contraria. Es necesario primero transformar radicalmente el alma humana, para que el poder caiga en manos de la izquierda, en palabras del propio Gramsci, «como fruta madura». El gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a la violeta y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tienen su origen en este revisionismo marxista de principios del siglo pasado.

    A comienzos del Siglo XX, los teóricos de la II Internacional consideraban que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado, cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, dando como resultado el triunfo de la revolución socialista.

    En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría de forma inexorable una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el hombre nuevo que cumpliría, por fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por las leyes de la dialéctica, la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran, tan sólo, una mera cuestión de tiempo.

    Es necesario reseñar, sin embargo, que junto a esta corriente de marxismo contemplativo, coexistían enérgicos líderes partidarios de «ayudar» a la historia a cumplir sus designios. Era el caso de Rosa Luxemburgo y su «gimnasia revolucionaria», que las masas debían ir practicando para que el advenimiento marxista no les cogiera con las articulaciones morales anquilosadas, o el más clásico ejemplo de Lenin, que, bastante más desconfiado, no creía que el sistema capitalista fuera a reventar por sí sólo de un día para otro (las famosas «contradicciones internas»); por el contrario, según Lenin, era necesario colaborar de forma exógena con esas contradicciones, inoculando al proceso las dosis necesarias de lucha revolucionaria, hasta llegar a la toma violenta del poder por la clase proletaria, que era, por otra parte, de lo que se trataba.

    Cuando los vientos que anunciaban el inicio de la primera Guerra Mundial empezaron a recorrer Europa entera, los dirigentes marxistas creyeron ver la oportunidad definitiva para el triunfo de la revolución proletaria en todo el continente. Según la ortodoxia marxista, la clase trabajadora debía responder de forma homogénea ante el conflicto, al margen de los intereses de las burguesías dirigentes nacionales, negándose a luchar contra sus hermanos de clase. La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema continental capitalista, no podía tener mas que una salida: La Revolución.

    La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional, proclamada en 1907, era suficientemente explícita al respecto: «En caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y de utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista».

    Sin embargo, las previsiones optimistas de la Internacional acabarían en un completo desastre y, por extensión, supondrían el final de la propia organización, pues, a excepción de Rusia y Serbia por motivos muy concretos, los socialistas, junto con los sindicalistas y los anarquistas, participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes para la defensa nacional. En 1914, los socialdemócratas alemanes -al igual que sus correligionarios ingleses y franceses en sus respectivos parlamentos- votaron en el Reichstag como un sólo hombre a favor de los créditos de guerra, aspecto éste terminantemente prohibido por la II Internacional y reivindicado en sus distintos congresos. En todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos de corte socialista, fueron alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (y no de sus intereses de clase) dejando «la revolución» para otro momento. Los dirigentes marxistas, seguros como estaban de la infalibilidad de sus análisis materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo proletario.

    Ni siquiera el estallido de la Revolución Rusa fue estímulo suficiente para que en los frentes, las masas proletarias entraran en razón e hicieran de una vez lo que la Historia y sus ungidos dirigentes esperaban de ellas. En lugar de ello, los espartaquistas alemanes, que vieron en la revolución bolchevique la ocasión perfecta para agitar las conciencias de los trabajadores de forma irreversible, fueron molidos a palos ¡por sus hermanos de clase! (los grupos paramilitares encargados de la represión fueron dirigidos por el socialdemócrata Noske, que cumplió este cometido, forzoso es decirlo, con singular eficacia). Rosa Luxemburgo, líder del levantamiento, experimentó en sus propias carnes la «gimnasia» que ella misma pregonaba a las masas, aunque en este caso no fue precisamente revolucionaria si no más bien todo lo contrario, y acabó asesinada a bayonetazos y arrojada a un canal, descubriéndose su cadáver varios meses más tarde; otros levantamientos similares en Baviera o Budapest fueron igualmente aplastados con facilidad. Los trabajadores del mundo se unían, sí, pero no para acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a los que trataban de organizar la revolución marxista en su nombre.

    Parecía increíble pero, aunque las previsiones establecidas por la dialéctica marxista, cuyo cientifismo histórico estaba fuera de toda duda, vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista tras el cataclismo bélico y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado, el resultado fue exactamente el contrario.

    Era imperativo, por tanto, un cambio de estrategia radical. Si la imposición violenta del paradigma marxista resultaba un evidente fracaso aún en las circunstancias más favorables para la agitación revolucionaria, la clave estaba en modificar las conciencias (superestructura) a través de la cultura, los medios de comunicación, las universidades y demás centros de pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista, recordemos, como fruta madura.


    2. Propaganda y subversión: Gramsci y Münzenberg

    Probablemente, Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Junto a Lukacs, otro teórico del «terrorismo cultural» según su propia definición, sentaría las bases para el acceso al poder mediante la demolición de los pilares morales de la tradición judeocristiana. Finalmente Willi Münzenberg, principal dirigente de la Kommintern en la primera mitad del Siglo XX, se encargaría, con eficacia estalinista, de extender por occidente las consignas para la subversión.

    El comunista Antonio Gramsci, uno de los pocos dirigentes marxistas a los que el fanatismo ideológico no le impedía cierta capacidad para el frío análisis, percibió tras su primera visita a la URSS que el comunismo no funcionaba como sistema de organización social y que, de hecho, sólo subsistía penosamente bajo regímenes que empleaban el terror de masas como arma para la obediencia política.

    Cuando Mussolini, el socialista –conviene no olvidarlo– que acabó creando el fascismo, llevó a cabo su marcha sobre Roma, Gramsci puso en práctica la táctica habitual de los dirigentes comunistas en tiempos de crisis: Salir huyendo a uña de avión (en España, los cuadros dirigentes del PCE protagonizaron episodios similares al final de la contienda civil. Otros camaradas, a falta de aviones soviéticos, utilizaron ambulancias de la Cruz Roja, llenas por cierto de alhajas y otros objetos valiosos, para pasar la frontera evitando los rigores de una huida a pié con los nacionales pisándoles los talones, como es bien conocido).

    Ya en Rusia, pues ningún otro destino era más apropiado para el exilio de un fervoroso marxista, el italiano, haciendo gala de una honestidad intelectual a la que fue ajeno el resto de «tontos útiles» (Lenin dixit), que volvían de sus visitas a la URSS cantando glorias sin fin del sistema bolchevique –«la libertad de crítica en la URSS es total», proclamaba solemne Jean-Paul Sartre tras una de sus giras turísticas al paraíso proletario–, consignó con frialdad la terrible aberración que constituía el régimen soviético, así como los sufrimientos sin fin que provocaba entre la población.

    Puesto que la dialéctica marxista como herramienta analítica no podía haber perdido su infalibilidad, la causa de este rotundo fracaso había que buscarla en la tradición judeocristiana, que durante dos mil años había estado infectando el alma de occidente hasta hacerla irrecuperable para el ideal comunista. La propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección prevista por los científicos del marxismo.

    Finalizado este breve trabajo de campo por tierras bolcheviques –y horrorizado tras comprobar los métodos de un Stalin recién llegado al poder– Gramsci volvió a su país con la intención de liderar el Partido Comunista Italiano. Sin embargo, Mussolini tenía planes distintos para el futuro del líder comunista en Italia, así que le metió en la cárcel y tiró la llave.

    En este régimen de enclaustramiento obligado, tan favorable para el recogimiento espiritual y la reflexión serena que requiere toda empresa intelectual de campanillas, Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello, concretó el italiano, era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, al mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva a los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas, con la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiaría radicalmente el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de la Cárcel, son el compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de estrategia. De la importancia seminal de este trabajo, puede hacerse el lector una idea tan sólo indagando en internet a través del motor de búsqueda más popular, utilizando las palabras «quaderni» y el nombre del italiano: el primer resultado que aparece, si se solicitan sólo páginas en español, es un estudio hagiográfico de la obra de Gramsci editado por la UNESCO, quizás el mayor conciliábulo de tontos útiles del planeta, lo que, dicho sea de paso, confirma plenamente las teorías del aludido.

    Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario, llegaba en sus análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano. Lukacs, además, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve dictadura de Bela Kum, bajo la que desempeñó las funciones de comisario para la cultura. En el breve plazo que duró en Hungría la dictadura comunista, Lukacs –¿Quién nos librará de la civilización occidental?– instauró, como parte de su proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los colegios, en el que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia o la religión, que privaban al ser humano del goce de placeres ilimitados. Como se puede ver, los patrones intelectuales de la generación del baby boom tienen su origen en el programa ideológico diseñado por el húngaro con medio siglo de antelación. Nada nuevo bajo el sol.

    Es importante insistir en que Lukacs y Gramsci coincidían plenamente con los objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva, modulada bajo los parámetros de la ingeniería social comunista. Lo único en lo que diferían respecto a sus antecesores era en los medios para alcanzar esos fines. Aunque nuestros progres actuales lo ignoren (como tantas otras cosas), éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. De hecho, podríamos decir que Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales del progre del Siglo XXI, y si la izquierda de a pié prefiriera la lectura sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas universitarias estarían llenas de camisetas con la imagen de estos dos precursores de la revolución cultural, en lugar del sempiterno Ernesto Guevara. Ambos pusieron las bases de la contracultura que nuestros progres adoptaron como propia a partir de los años 60, cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida de occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que propiedad privada, familia y tradición moral acaben siendo reliquias del pasado.

    Pero estos escarceos teóricos no hubieran tenido apenas virtualidad en la forma de vida occidental sin la participación de la más formidable maquinaria de propaganda marxista. Hablamos, naturalmente de la Kommintern, o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop como Willi Münzenberg.

    Münzenberg había sido compañero de Lenin ya en su etapa suiza, antes de la revolución bolchevique. Una vez conquistado el poder, el nuevo líder soviético le puso a trabajar junto a Karl Radek –un intelectual radical polaco dedicado a «racionalizar» las ideas revolucionarias– y Félix Dzerzhinsky –creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror revolucionario–, convirtiéndose en el responsable directo de las operaciones de propaganda en occidente.

    Münzenberg utilizó la Kommintern para la consecución de un objetivo muy sencillo en su definición, pero tremendamente complicado de llevar a cabo. En esencia, su misión fue inocular en la conciencia de occidente, como una segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas o sencillamente estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo eran, por el contrario, gente con una mente avanzada, partidarios del progreso de la humanidad y tocados por un halo especial de refinamiento intelectual. Para ello, los hombres de Münzenberg contaron con la colaboración, dentro de occidente, de una auténtica pléyade de escritores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos o publicistas, de Ernest Hemingway a John Dos Passos, de Bertolt Brecht a Dorothy Parker, dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético. Sobre la opinión que el propio Münzenberg tenía de todos ellos, baste señalar el calificativo que empleaba en privado para definirlos: «El club de los inocentes».

    Bajo su dirección, la Kommintern se convirtió en el primer «multimedia» de la Historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión del tipo de mensajes que interesaba a la dirección comunista. El éxito de la estrategia, pudo influir en su posterior reproducción a escala nacional por parte de corporaciones empresariales privadas, cercanas a los centros de poder socialista y con algunos ejemplos exitosos bien conocidos, cuya condición empresarial, rabiosa y saludablemente capitalista, no entorpece su particular empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la globalización, el libre mercado, los EEUU o la moral judeocristiana de los que se nutre diariamente su parroquia.

    Münzenberg, además, fue el creador de la figura de la «agencia de noticias», que bajo su inspiración servía tanto para labores de intoxicación informativa como para ocultar excelentemente a los hombres encargados de las tareas de espionaje en los países anfitriones.

    Pero además de la Kommintern de Willi Münzenberg, la llamada Escuela de Francfort, fundada por Lukacs y otros miembros del Partido Comunista Alemán, estaba llamada a desempeñar un papel directo en las tareas de subversión cultural, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica, donde recaló huyendo del nazismo (de nuevo el proverbial heroísmo comunista), toda esta troupe de intelectuales concienciados.


    3. El secuestro de la sociedad civil: Herbert Marcuse

    A comienzos de los años 20 del siglo pasado Lucaks, junto con otros compañeros del Partido Comunista Alemán, creó el Instituto de Investigación Social, ligado académicamente a la Universidad de Francfort. En su seno, los sucesores de Gramsci recogerían su legado intelectual para producir una escolástica marxista con la que emprender «el largo camino a través de las instituciones».

    Las figuras más importantes de la Escuela de Francfort fueron Max Horkheimer, bajo cuya dirección se consolidó su prestigio internacional como centro de pensamiento avanzado, el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich Fromm, y un joven talento nacido de la propia escuela llamado Herbert Marcuse. Todos ellos arribaron a EEUU huyendo del nazismo, encontrando calurosa acogida en la Universidad de Columbia, Estado de Nueva York.

    A los efectos de este breve estudio, el hito más importante de la escuela de Francfort es el desarrollo de lo que se llamó «La Teoría Crítica». La crítica a la que hace referencia su denominación se dirigía, obviamente, hacia la sociedad occidental capitalista, que estos pensadores marxistas declaran férreamente oprimida por una mentalidad tradicional judeocristiana, a la vez que manipulada por las estructuras burocratizadas de los grandes medios de comunicación. Los medios producen una falsa cultura, con el objeto de apaciguar, reprimir y entontecer a las masas, mediante la imposición de aberraciones conceptuales tales como el cristianismo, la autoridad, la familia, el capitalismo, la jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o la continencia sexual.

    Bajo la teoría crítica, el sistema occidental es acusado de cometer innumerables pecados: toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones (el mito rousseauniano del buen salvaje); mantener sojuzgados a sectores enteros de la población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc.); y fomentar en los niños y adolescentes el nacimiento y desarrollo de todo tipo de conductas de carácter fascista. Se trata de un marco filosófico que pretende inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental, a pesar de ser la sociedad más próspera y libre del planeta. Sin embargo, como escribió Aron, «todo régimen conocido es torpe y culpable si uno lo compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad». A grandes rasgos esta fue la estrategia psicológica para que la generación occidental de los 60, la más privilegiada de la Historia, se convenciera a sí misma de vivir en un infierno insufrible.

    Pero quizás el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la publicación del libro de Herbert Marcuse La tolerancia represiva, que muy pronto se convertiría en lectura de culto en los ambientes académicos. Marcuse, como ya se ha apuntado, llegó a EEUU junto con los demás integrantes de la escuela, pero a diferencia de la mayoría de sus compañeros, no volvió junto a ellos a Alemania en los 50. Cuando los campus universitarios norteamericanos ardían en las oleadas violentas de los 60, Marcuse era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamándolos a la rebelión le convirtieron en un icono intelectual. Suya es la consigna «haz el amor y no la guerra».

    En La tolerancia represiva, Marcuse construye su terrible acta de acusación formal contra la burguesía. La considera no sólo como un crisol de conductas arcaicas o pasadas de moda, sino como la causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad. Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, a través de Marcuse, declaró culpable de los mismos delitos al sector sociológico formado por las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a sus estudiosos a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los practicantes de religiones tradicionales, o en general, los autotitulados conservadores.

    Pero Marcuse es también el responsable de otras herramientas dialécticas del arsenal progre, como el concepto mismo de «tolerancia represiva». Según el mismo, aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (otros lo llamamos simplemente «libertad de expresión») es, en realidad, una forma escogida de represión. Por otra parte, Marcuse definió su particular concepto de la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda, conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a las manifestaciones de matiz conservador.

    Un ejemplo claro de esta táctica totalitaria se pudo ver en España recientemente. En el tratamiento informativo de los sucesos acaecidos en la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en la que José Bono fue objeto de una agresión inexistente. Las protestas de un grupo de ciudadanos contra la presencia de un ministro del PSOE, fueron calificadas como cruel agresión y acto injustificable de exaltación fascista. Por el contrario, las violencias muy reales y en algunos casos con riesgo físico que en los últimos años ha padecido el sector conservador, como el destrozo de las sedes de PP o las pancartas con gravísimos insultos a sus representantes políticos (con fotografías incluidas, para que no hubiera duda), sólo han merecido comprensión y argumentos exculpatorios de los custodios de la ortodoxia democrática. «Más daño hacen las bombas de Irak». La circunstancia de que el autor de la palinodia más agresiva sobre el resurgimiento del fascismo ibérico -publicada a raíz del suceso- acumulara en sus manos las carteras de Interior y Justicia, suceso inédito en las democracias avanzadas y, en cambio, algo muy habitual en los regímenes fascistas, sólo añade el tradicional toque esperpéntico de la izquierda cuando se pone a pontificar.

    En realidad, Marcuse no hacía sino actualizar las directrices de órganos comunistas como el Comité Central del PCUS, que ya en 1943 instruía a sus cuadros con esta consigna: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente».

    Esta técnica dialéctica ha sido diligentemente adoptada por la progresía contemporánea. Cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles de refutar, es zanjada por el progre de turno tachando de fascista a su contradictor. Sigue plenamente vigente 60 años después. Este es el origen de lo que se llama «políticamente correcto» -marxismo cultural sería la definición más apropiada en términos históricos-, especie de estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de su particular cosmovisión. Desemboca con éxito arrollador en la imposición de todos los tópicos prefabricados en defensa de la agenda cultural, intelectual y moral de la izquierda.

    Basta con asomarse a los medios de comunicación para constatar la magnitud de la dictadura de este marxismo cultural, que obliga a la aceptación de sus principios bajo pena de excomunión democrática. La homosexualidad, la infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada, y en general cualquier conducta contraria a la esencia y valores de la familia tradicional, es ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias o teleseries como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano. El menoscabo de la propiedad privada en beneficio de un «interés público», la masiva intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza y el mal llamado Estado del Bienestar, son considerados también elementos imprescindibles para el progreso de las sociedades. Por el contrario, la religión -«Cómo cocinar un Cristo para dos personas»-, la defensa de la propiedad privada y el capitalismo, elementos imprescindibles para el progreso económico, la familia como forma de organización social, y la observancia de un código moral transmitido durante generaciones, son elementos situados en el punto de mira de los acorazados del progreso, con carácter permanente.

    Cualquiera que se atreva a disentir del dictado del marxismo cultural configurado a través de estas consignas, es tachado inmediatamente de reaccionario, fanático o, si persiste en su empeño, de fascista.

    Bajo el régimen despótico de lo políticamente correcto, las únicas expresiones religiosas admisibles son las que ponen el acento en conceptos típicos de la agenda progre: la justicia social, el ambiente, el «multiculturalismo», la redistribución internacional de la riqueza y el tercermundismo anticapitalista.

    Por otra parte, tras varias décadas de marxismo educativo, nuestros alumnos son los menos capacitados en las áreas clásicas de conocimiento (en algunos casos rayando en el puro analfabetismo), pero en cambio conforman las generaciones más hipersensibilizadas con los tópicos promovidos por la izquierda como los riesgos de la contaminación, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo y el relativismo ético.

    El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el de Michael Walzer. En el número de invierno de 1996 del órgano marxista Dissent, Walzer enumeraba las siguientes conquistas: «el visible impacto del feminismo, los efectos de la discriminación positiva, la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, la aceptación del multiculturalismo, la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, cambio de roles sexuales, nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, el progreso de la secularización, la expulsión de la religión en general y del cristianismo en particular de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, lapsos de vacaciones, etc.), la virtual abolición de la pena capital, la legalización del aborto y los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego».

    Pero lo más destacable de todo es, como admite el propio Walzer, que todas esas conquistas han sido impuestas por las elites progresistas, sin que respondan a la presión de movimientos de masas.

    Todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada de la agenda política completa de la izquierda. Hasta los partidos «de la derecha» conjugan con total despreocupación términos como desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, y defienden sin reservas la educación pública, el estado del bienestar, etc. Es quizás la última fase de esta larga marcha a través de las instituciones diseñada en su día por Gramsci con dimensiones proféticas.

    Y que Aldous Huxley concretó admirablemente cuando escribió: «un estado totalitario realmente eficiente, es aquel en el que las elites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada, porque en realidad ama esta servidumbre».


    4. El desfonde de la posmodernidad

    Toda esta vastísima empresa contracultural, sólo sirvió para retrasar tal vez unas décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo, la labor de disolución de los ideales en los que se sustenta la sociedad libre característica de los sistemas occidentales, ha sido un éxito rotundo. Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas, es capaz de asimilar el material de derribo esparcido por la vulgata marxista y adoptarlo como patrón de conducta.

    La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre comercio), no podía ser otra que la increíble desorientación de las sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual, se acepta prácticamente como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se despoja voluntariamente de su principal herramienta de supervivencia: La razón.

    Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones absolutas son observadas como la demostración del carácter autoritario de quien las sostiene, si no se admite que el ser humano puede conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas de cuya moralidad nadie puede responder.

    En la sociedad actual, la masa sustituye una visión integrada de la existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la atmósfera cultural que les rodea. Pero la educación, sometida al dictado de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una herramienta de transmisión del conocimiento analítico, sino un medio de reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado. Los medios de comunicación, las películas, etc., presentan por lo general a una serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en sus múltiples variantes como modelos de conducta (repase mentalmente el lector cualquier película de «nuestro director de cine más internacional») o, en el mejor de los casos, como representantes del alma humana, invitándonos a imitarles o, al menos, a mostrar nuestra comprensión en lugar del enérgico rechazo espontáneo que deberían suscitar en cualquier mente sana.

    Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación en sus múltiples posibilidades.

    Durante la II Guerra Mundial, no fue infrecuente el suicidio entre los voluntarios rechazados por no resultar aptos. En contraste, si se pregunta a la izquierda política de nuestro tiempo cuáles son los ideales que debe defender occidente, la respuesta será un tal brebaje de generalidades grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo entre civilizaciones, los derechos humanos, la legalidad internacional emanada de la ONU, la paz mundial o el desarrollo sostenible. Ni un insecto se dejaría matar por ellos.

    Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más próspera y libre del planeta a este estado de desfonde intelectual y moral, el terreno queda convenientemente abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo los cascotes del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso la inteligencia humana.

    En este estado de postración intelectual, no resulta extraño el extraordinario florecimiento de la irracionalidad, el misticismo absurdo y las doctrinas descabelladas, de todo lo cual el movimiento de la Nueva Era es su principal expresión. Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez intelectual, la New Age es su trasunto oligofrénico, lo que la convierte, de inmediato, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues ofrece una oportunidad para integrar todos aquellos elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado.

    El movimiento New Age es una corriente cultural (es decir contracultural), cuyo origen se localiza en la costa oeste de EEUU durante los ’60. Se basa en una concepción mágica de la realidad, en la que los arcanos de las culturas más disparatadas (atlantes, rosacruces), las terapias más absurdas y una antropología irracional, se trufan con un mesianismo milenarista, un pacifismo ultramilitante y el inevitable toque OVNI, formando una grasienta empanada de imposible digestión. La renuncia y abdicación intelectual de sus practicantes es tan severa, que dentro del movimiento de la Nueva Era no resulta extraño encontrar a cristianos que creen firmemente en la reencarnación, o estrellas de Hollywood cuya evidente politoxicomanía y hedonismo no les impide declararse fervorosas seguidoras del ascético budismo zen.

    En realidad, la New Age sirve perfectamente a los fines establecidos por los ideólogos de la guerra contracultural. Porque su mística, al contrario que la judeocristiana, no está basada en la comunión o el crecimiento personal, sino en la disolución total con un evanescente «todo cósmico». Este carácter decadente de la ética y la estética New Age, que entroniza el relativismo moral y cultural como un valor a perseguir, convierte a esta corriente en un aliado virtuoso de la intelectualidad progresista, en su tarea de dejar a la sociedad sin recursos eficaces contra su propaganda anticapitalista.

    Es hora de insistir en que el capitalismo es el único sistema que permite al individuo llegar tan lejos como su inteligencia, ambición o habilidad le lleven, recompensándole en consecuencia. Bajo el orden capitalista, el éxito no depende del dictado arbitrario de unos pocos, sino de la aceptación de una mayoría libre.

    No nos engañemos: nuestro sistema de vida capitalista no es atacado por este ejército de zombis morales por sus defectos (que los tiene como todo lo humano), sino por sus virtudes. La motivación real de los colectivistas hegeliano-marxistas que controlan nuestra cultura no es su amor al comunismo o su pasión por la «liberación del tercer mundo oprimido», sino su odio visceral hacia el sistema de vida occidental capitalista. Su mediocridad les impide admitir que el éxito de los demás se debe a su superior talento o disciplina; por tanto insisten con empeño en que toda fortuna es fruto del robo. Y por extensión, que la riqueza de los países prósperos procede de la explotación injusta de las zonas míseras del planeta. Por eso siguen repitiendo que los que defendemos la libertad civil y la propiedad privada somos peligrosos egoístas totalitarios, mientras que los apóstoles de mayores controles estatales o los que se declaran fascinados por el régimen castrista, son los auténticos adalides de la libertad y el progreso.

    Ahora, más que nunca, es necesaria una rebelión intelectual y moral que desenmascare todo este veneno social y los agentes que lo inoculan. Aunque la tarea es ingente, es posible detectar algunos incipientes movimientos reactivos en amplias capas de la población.

    El éxito de iniciativas como Libertad Digital, o más coyunturalmente las masivas manifestaciones en defensa de cuestiones que afectan al orden social y a los principios en que se sustenta la unidad nacional, así lo demuest