Ciudentidad
(Esto formará parte de la segunda entrega de la "work in progress" Circular, cuya primera entrega publicó Plurabelle en 2003. La segunda aparecerá en Berenice, seguramente, a principios del año que viene. Por cierto, la cantante Vega ha sacado un excelente disco, "Circular", tomando el título de mi libro, e incluyendo una cita del mismo en el interior. Os lo recomiendo, sobre todo la canción homónima, y otra titulada "Hoy").
CALLE NIÑO PERDIDO. SOBRE CIUDENTIDAD
lo que en realidad veo son sombreros y capas, que muy bien podrían ocultar meros autómatas, movidos por resortes
Descartes, Meditaciones metafísicas
Pensemos a partir, como siempre, de los otros –aunque esto es una obviedad, porque el pensamiento es lenguaje y el lenguaje son los otros, ellos nos lo enseñan–. Ahora pensemos a partir de Samuel Beckett, buscando en Molloy (1951), cuando el anciano protagonista vuelve, después de un paseo o más bien deriva campestre, a la ciudad: “me encontré en un barrio para mí desconocido, pese a conocer la ciudad a la perfección, pues había nacido en ella y no había conseguido alejarme nunca (…) más de quince o veinte millas” (hago un interregno, se dice que Kant jamás salió de Königsberg; si non e vero…) “De modo que estaba a punto de preguntarme si me hallaba realmente en mi ciudad (…) o si más bien, por alguna falsa maniobra, había venido a caer en otra ciudad de la que ni el nombre conocía”. Hasta aquí, parece que Beckett está hablando de urbanismo, ¿verdad? Pero con él no hay que confiarse nunca. Observen lo que sigue más adelante: “del mismo modo la sensación de mi personalidad se envolvía de un anonimato a veces impenetrable, como espero haber demostrado. Y así sucesivamente con las demás cosas que se burlaban de mis sentidos. Sí, incluso en aquel tiempo, cuando todo empezaba ya a difuminarse, partículas y ondas, la condición del objeto era ya carecer de nombre, y a la inversa. Ahora digo esto, pero en el fondo, ¿qué puedo saber de aquella época ahora, cuando granizan sobre mí palabras glaciales de sentido y el mundo muere así, indignamente, pesadamente nombrado?”. En este fragmento, disfrazado con absoluta genialidad de reflexión pasajera, están contenidos todos los interrogantes sociológicos, científicos, psicológicos y filosóficos del siglo XX –y me temo que del XXI–. La pérdida del encanto del mundo por el nuevo conocimiento científico; la caída de los referentes, los dioses y los grandes relatos; la perplejidad tras el “giro lingüístico” de la filosofía y la hermenéutica; la descomposición social; el problema de disociación humana en las urbes, y la disolución del sujeto, tomando cuerpo en la voz tranquila y cascada de un viejo. Pero insistamos ahora sólo en algunas palabras utilizadas por Beckett: ciudad, anonimato, difuminado. Un hombre que iba en bicicleta a visitar a su madre –y que se había olvidado del motivo de su partida–, se encuentra al regresar de su azarosa excursión por el campo ante unos muros “familiares”, pero ignora si está o no en su ciudad. No piensa que es un anciano, y que no puede haber pedaleado tanto; no recuerda haber sufrido una detención policial, en la cual, durante el interrogatorio, pudo recordar su nombre. Sólo reconoce, de todo su entorno, de toda su Weltanschauung actual, la idea de ciudad. Pero es confusa, es ambiguo el territorio, podría ser, o no, la ciudad de la que no ha salido nunca. En realidad, ¿hacía falta que Beckett comparase después la sensación con la del “anonimato” de la personalidad de Molloy? ¿Creía que el lector ligeramente atento no sabría, inmediatamente, que es de la identidad de lo que habla, de la difuminación o desleimiento del sujeto en las ciudades? Beckett sabe que el hombre no encuentra su espacio en la urbe, ni como persona ni como ciudadano. Todo en la persona, incluso el origen etimológico de persona, hace hincapié en la idea de resonancia, del eco, del estar detrás (=de no estar, de no ser uno quien está presente). “El habitante de la ciudad –escribe el sociólogo Isaac Joseph- parece pues haberlo perdido todo, haberse ahogado la excentricidad exuberante de la ciudad. Por lo menos está perdido como ciudadano y como hombre público” (El transeúnte y el espacio urbano; Gedisa, Barcelona, 2002, p. 88). El individuo representa el rol de agente en el espacio urbano, pero en realidad está diluido tras su personaje, es una máscara vacía, como se decía del actor Peter Sellers en el interesante documental de Stephen Hopkins Llámame Peter (The Life and Death of Peter Sellers, 2004). Tras la máscara social no hay nadie; y la ciudad se construye como una superposición de nadies coetáneos, en perenne e intensa peregrinación circular. Se crea así un gigantesco espectral, la “personalidad” de la urbe, con su ciudentidad, consistente en la creación de un yo cuyo reconocimiento íntimo se basa, precisamente, en el no reconocimiento. Un Nadie en el que cualquier atisbo de identidad, parcial o global, sería síntoma, incontrovertible, de descomposición. Una nebulosa sin memoria. Un espejo sin mirada enfrente. Una idea pura, sin pasado. Por eso estamos perdidos.