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Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

06-03-2006 22:54:53

El Nadal de Eduardo Lago

Categoria: GeneralVicente Luis Mora


Eduardo Lago
Llámame Brooklyn; Destino, 2006


En varias críticas sobre este libro he visto el adjetivo ambiciosa para definir la primera novela de Eduardo Lago, merecedora del Premio Nadal. Lo es, no cabe duda; y es saludablemente compleja, valiente, innovadora, con recursos técnicos muy aprovechables, que en unos casos traslada de la tradición vanguardista en lengua inglesa que Lago conoce muy bien (ganó el premio Bartolomé March de la Crítica por un ensayo sobre las traducciones del Ulises de Joyce), y en otros son de su propia cosecha. Esto será, a mi juicio, lo que quede de este libro.

Porque la historia, o mejor dicho las historias que aquí cuenta, son mucho menos memorables que la construcción que las sustenta. Fíjense que no he caído en el tópico de decir que son menos interesantes que el modo en que se cuentan, porque tampoco el estilo es un fuerte de Llámame Brooklyn; su prosa pertenece por derecho a aquel singular adjetivo, angloaburrido, con que sentenciara Umbral (mejor cuando destruye que cuando crea, por desgracia), a ciertos novelistas españoles. El estilo es plano, eficaz pero sin vuelo. No estorba, pero tampoco deslumbra. La construcción general, sustentada en dos narradores, ninguno de ellos omnisciente, toma elementos de la primera parte del Quijote, haciendo Néstor Chapman del “editor” que apenas aparece en la invención cervantina; se utiliza el procedimiento del manuscrito encontrado, pero se salva del peligro del uso manido por los retorcimientos estilísticos a que es, sabiamente, sometido. Frente a este variado e interesante arsenal edificatorio, el argumento se nos hace bastante pesado en ocasiones; si no fuera por la espléndida estructura del libro, digna de ser estudiada en talleres de prosa, dejaríamos Llámame Brooklyn a mitad de esfuerzo. Los personajes son pálidos, desleídos, y de todos ellos sólo me interesa Gal Ackerman, el escritor de fondo, el Hintermann, el hombre de atrás de la narración; luego diré por qué me interesa Gal, ahora les explico quién es.

Gal es un hombre desarraigado y perdido. Sus auténticos padres (un miliciano italiano y una anarquista española) murieron en la Guerra Civil sin dejar rastro, y Ben Ackerman, un yanqui que pasaba por allí, se hizo responsable de él. A los catorce años conoció el hecho, sintiéndose “como si alguien hubiera cortado las amarras que me mantenían atado a la realidad” (p. 134). Y más o menos en la misma época de su vida, sufrió un cambio, por el que todos los escritores y críticos hemos pasado, y que Lago resume en una frase memorable: “cambiaba un territorio mágico por otro; dejaba el paraíso de la infancia, que nunca había abandonado del todo, para acceder al de los libros, del que ha no habría de salir” (p. 117). Así pues Gal es un chico que nace en España, pero que vive en Brooklyn desde que tiene recuerdos (“mi mundo era Brooklyn y sus calles”, p. 135); que tiene una familia, pero la suya ha muerto sin poder conocerla, y que encuentra en el territorio de los libros no sólo un espacio mágico sino, en rigor, el único seguro que tiene, el único lugar donde puede echar raíces y sentir algo parecido a una pertenencia. Por eso desde niño apunta todo lo que le afecta, y lo escribe, creando su propio Archivo, trasunto del que tenía su padre adoptivo, Ben.

Me interesa este personaje porque Gal es Eduardo Lago. Si se fijan, “GAL” es un anagrama de “LAGo”, un Eduardo Lago al revés. Observen estas declaraciones del novelista a El País (08/01/2006), tras la concesión del premio "Cuando fui a vivir a Nueva York (…) me daba mucho miedo perder la relación umbilical con la lengua madre, que no oía a mi alrededor. Mantengo, sin embargo, una relación apasionada. Creo que mi segunda novela tendrá que ser absolutamente española, ya que al escribir el resumen de Llámame Brooklyn para la editorial me di cuenta de que era una novela muy norteamericana. Ahora siento la necesidad de regresar a mi lengua, hasta el punto de que a veces siento una nostalgia terrible". Y ahora relacionen esa frase con esta, sobre Gal: "siguió fomentando el español por su cuenta. Aparte de que era lo único que lo mantenía unido a España, siempre decía que era el más hermoso de los idiomas naturales" (p. 246); añádase también el hecho de que Gal Ackermann escriba el 95% del libro fragmentario que da pie a la historia en castellano; que estuviese exiliado y que esta sea una novela de exiliados; que fuera acogido por una cultura nueva, la estadounidense, pero que necesite bucear en España, en Madrid, para encontrar sus raíces. Ambos escriben para reencontrarse, para enraizarse. Porque Llámame Brooklyn es, sobre todo y ante todo, una novela sobre personas que recurren a su pasado para construir su propia historia.

Le falta algo de fuerza al libro, que pierde fuelle donde debería ganarlo: en la relación de amor entre Gal y Nadia, que me resulta extrañamente gélida. Esa pasión fragmentaria y episódica, como el propio libro, no transmite lo que debe, y debería ser mucho por la gravitación que ejerce sobre los dos libros: la novela Brooklyn, que escribe Gal, y la novela Llámame Brooklyn, que escribe Lago, en juego –otro más– de espejos entre ambos. Hay partes de la novela que no nos interesan nada, como el episodio de Sam Evans, o muchos de los cuentos también cervantina –pero en este caso fallidamente– intercalados. Algunas deudas se notan mucho: la historia del hombre que vive en una ciudad subterránea y que se suicida cuando no muere el día que había previsto es un refrito de un cuento de Papini de tema idéntico, y del libro de Jennifer Toth Bajo el asfalto. La vida en los túneles de Nueva York (The Mole People, 1993). Los homenajes a Pynchon y Alfau no están a la altura de los homenajeados. Hay algunos errores inexplicables, como la famosa postal de Nadja, reproducida en las páginas 261-262. No sé cómo son las postales en USA (me imagino que como las de aquí, de hecho Frank Otero dice que Gal la llevaba “encima”, p. 260), pero en ninguna postal que yo conozca caben 32 apretadas líneas de tipo pequeño, y mucho menos sí las “líneas son gruesas”. Ni en cuatro postales tampoco.

No quiero dar con estas acotaciones negativas la impresión de que no estamos ante una novela notable. Que lo sea sólo por su construcción no es poco, en un panorama narrativo caracterizado por la ausencia casi total de riesgo. Que se haya premiado esta novela es algo de lo que debemos alegrarnos, ya que demuestra que la ambición, la estructura compleja y los juegos narrativos no tienen por qué estar siempre alejados de la literatura de alto consumo y prestigio comercial. Y estoy de acuerdo con Masoliver Ródenas en que es de las mejores novelas que ha ganado el Premio Nadal en los últimos años. Y lo mejor es que ustedes la lean, y decidan.

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Comentarios

  1. Bastante de acuerdo contigo, Vicente: el estilo es más que raquítico -las imágenes por ejemplo apenas dejan huella, ya se han visto unas mil veces en otros libros: ¡esos cielos sanguinolentos!-, la historia tiene caídas notables -la parte en que conoce a Nadja se hace tan pesada como un documental de la BBC sobre leones y gacelas- y los personajes suelen ir vestidos de cliché -el brigadista bueno, el anarquista traidor, el marinero despechado, la mujer misteriosa-. Eso hace que a la novela le falte algo de vida, de nervio. Ya lo hemos leído otras veces, lo cual no sería importante si la mirada fuera distinta. No es así, pese a la trabajada estructura. Sin duda, sin ser brillante, por momentos de hecho es facilona y no muy bien engarzada -la historia de Sam Evans, un alarde intrascendente y desfondado, entre otros muchos-, es lo más interesante de la novela. Desde luego es una buena noticia que haya sido premiada por el Nadal, en lugar de alguna rosaregás travestida de audacia adolescente o cualquier otra majadería por el estilo. Lago, al que se agredece que cite a Pynchon o a Alfau, además juega con ventaja, al plantear casi toda su novela en Estados Unidos y otros escenarios internacionales -entre ellos un Madrid franquista que parece sacado de las peores páginas de Ángel Palomino-, lo cual le da un toque internacional que la hace más llevadera. La suave y benévola distancia. Si por ejemplo el bar Oakland estuviera en Vigo y se llamara El Musel la novela no pasaría de un brillante ejercicio, perfectamente estructurado, de intrascendente costumbrismo con coartada metaliteraria. A ver la siguiente.

    Petrus Borel — 06-03-2006 23:44:48

  2. Muy de acuerdo, Petrus. No he querido descender a la intrahistoria de la novela, muy bien analizada por Masoliver (un experto en desentrañar narraciones), y sólo quería aportar lo que a mi juicio era más importante y no estaba en otras reseñas. Pero haces bien en traer a colación los elemenos que apuntas. Saludos.

    vicente luis mora — 07-03-2006 08:40:26


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