Literatura y Alzheimer
Decía Zadie Smith en su valioso epílogo a Generación quemada. Una antología de autores norteamericanos (Siruela, 2005), que una de las características comunes a la última promoción de los mejores narradores posmodernos en Estados Unidos es su preocupación por la enfermedad y por la vejez. De ello daba buena cuenta una de sus cimas, la notable novela de Jonathan Franzen Las correcciones (Seix Barral, 2002), donde buena parte del retrato de la descomposición de la sociedad estadounidense se hacía a partir del perfil del padre del protagonista, Alfred, que sufría del mal de Alzheimer. Esta enfermedad fue descrita por vez primera por el neuropsiquiatra alemán Alois Alzheimer en 1907, estudiando un hombre de cincuenta y un años que había entrado en un severo proceso de descomposición mental, al que siguió una pérdida de peso y un evidente y generalizado desmoronamiento físico. Una de cada cuatro personas mayores de noventa años lo sufren hoy, y sus síntomas comienzan a aparecer entre los cincuenta y los sesenta años. Hay fármacos que alivian algunos síntomas pero, de momento, sigue siendo un mal degenerativo incurable. La confusión mental que va creando la enfermedad en el cerebro despoja paulatina e irreversiblemente a sus huéspedes de sus recuerdos, de la coordinación, del lenguaje y, en general, de todo aquello que constituye su identidad y que le permite reconocer y tratar con normalidad a las personas de su entorno. Para quienes hemos tenido la experiencia de ver a un familiar próximo sufrir el mal, recordar cómo esa persona dejaba poco a poco de reconocernos es aún una experiencia traumática.
La relación entre Alzheimer y la pérdida del lenguaje da lugar a un fértil campo de trabajo para escritores preocupados por el síndrome de Próspero (la renuncia al don), y motiva descripciones escalofriantes, sobre todo cuando lo descrito roza situaciones personales reales (como ahora veremos, en el caso de Juana Castro) o inventadas. En otros casos, la recreación es tan hermosa que es difícil saber si responde o no a una situación real, como el caso de la madre china descrita por Amy Tan en La hija del curandero (Plaza & Janés, 2001). Ruth, la protagonista, tiene que ir traduciendo las inextricables líneas en chino donde su madre va escribiendo su historia, para que no se le olvide; para Ruth, esa pérdida significa también la pérdida de sus mismos orígenes, de esa China materna que apenas conoció antes de exiliarse a los Estados Unidos. El Alzheimer mismo es una forma de expatriación, una privación obligada de la patria de la infancia y de la identidad, ya que ésta se construye siempre desde la memoria. Otra novela terrible, en este sentido, es El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch (Alfaguara, 1981), donde asistimos a la desintegración de un hombre que vive solo en una casa de campo, y que va colgando notas por todas las habitaciones, con el fin de no perder su excepcional conocimiento. Al final de la novela, es doloroso contemplar cómo el personaje se pregunta, perplejo, quién habrá ido dejando todos estos papeles por la casa. Otros libros que tratan el Alzheimer de una manera más o menos directa son Flores para Algernon, de Daniel Keyes (Orbis, 1966), Ámsterdam (Anagrama, 2005), de Ian McEwan; Aquí en Alzheimer (1998), de Berta Vias; Uno no se cansa de amar (Anaya & Mario Muchnik, 1994), de Charles Ronsac; Ahora tocad música de baile (Anagrama, 2004), de Andrés Barba; El olvidado (Círculo de Lectores, 1991), de Elie Wiesel; Tercer acte d’amor (Proa, 2002), de Cèlia Sánchez-Mústich; o Singapur (El Acantilado, 2003), de A. G. Porta. En la reciente novela de Eduardo Lago, Llámame Brooklyn, el autor se imagina a Rothko diciéndole a Willem de Kooning:
"Un día vas a tener alzheimer, de Kooning, pero les va a dar igual. Indiferentes a tu transparencia angelical, la transparencia de quien ya ha empezado a irse de la vida, te sentarán delante de un lienzo, rodeado de brochas, pinceles y pigmentos. Tú no los reconoces, no reconoces a tus hijos, a tus mujeres, son ellos los que te hablan desde aquí. Pinta, viejo maldito, haz más dinero, te dirán. (…) Les pondrás nerviosos cuando llegue el momento de firmar. Firma, viejo idiota. Te veo babeando, mientras retiran los lienzos, las cuentas numeradas de Suiza, todo muy despacio (...)" (p. 339)
Juana Castro acaba de publicar en Hiperión Los cuerpos oscuros (2005), un demoledor y hermoso poemario donde, en un equilibrio milagroso, sin sensiblerías ni patetismos pero sin ahorro alguno de dolor, construye un monumento a sus padres, que sufrieron de Alzheimer. El hecho está ausente como tal del poemario, que se nos presenta desvestido de anécdota, para no caer en la trampa biográfica o documentalista. Los cuerpos oscuros vale y duele por sí solo: no hace falta esta referencia personal para que el poemario funcione ni para que uno se sienta dolido y aludido por la terrible historia que cuenta, la de la pérdida de uno a través de la de su memoria: “pero acaba el viaje. / Y hay que ir hacia atrás / des-aprendiendo nombres, / des-conociendo pájaros y trenes, / des-memoriando calles, / rubores y palabras” (p. 73). En versos vibrantes, de simbolismo tenebroso pero de luminiscente calidez humana, Castro cuenta también esa historia con la que cada vez más personas pueden identificarse: el drama de los hijos, de los nietos, de aquellos que viven con la persona que sufre la enfermedad y que ven cómo, poco a poco, el anciano se va alejando imperceptible pero implacablemente, de su entorno geográfico y afectivo. En un poema asombroso, “Calle Cruz de Ventura”, se narra la auténtica odisea homérica de esa pareja de mayores en uno de sus paseos, cuando sienten cómo una mano espectral va cambiando las calles, trucando las fachadas, variando los números y los escaparates, para perderlos por la ciudad, hasta que, después de caminar varias horas perdidos, la suerte los devuelve a su propio domicilio: “nosotros, ya, Ventura 14”. La realidad se vuelve poco a poco amenazante para los enfermos, que se ven incapaces de hacer los actos más simples y cotidianos: “A veces / yo quisiera dormir. / Dormir. Per cómo / si nadie me enseña, y entran ratas / volando como pájaros, / y hay árboles de niebla / crepitando en la sombra / nevada de la cama” (p. 29). La confusión de la mente, que llega a convertir “el pasillo en un laberinto” y las salas en bosques, provoca todavía más tendencia a encerrarse en el paciente (“Encerrados” es la rúbrica del poema que abre el libro). La descomposición interior va deteniendo los cuerpos, haciéndolos rodar en cámara lenta por la existencia, hasta que se detienen del todo. El título del poemario es especialmente afortunado, ya que es una metáfora científica: en una entrevista publicada en este diario (23/02/2006), dice la autora: “los cuerpos oscuros son, en el universo, el precedente de los agujeros negros. Las estrellas explotan, pierden gran parte de su corteza, y se quedan flotando en el universo con solamente su núcleo, por supuesto sin luz. Parece una imagen de lo que sucede en el cerebro con las personas que padecen este mal: pierden parte de su corteza cerebral”. En suma, un libro bello, doloroso, que sublima su anécdota y que se incrusta en los problemas inmediatos de nuestra sociedad, sin perder un ápice de calidad ni caer en el documentalismo lánguido y televisivo.
Los escritores pasan a veces de ser relatores de la enfermedad a sufrirla en propia carne. Es curiosa, en este sentido, la cantidad de autores de ciencia ficción que han sido afectados por el mal, pero también escritores convencionales. El neurólogo José Manuel Martínez Lage, en un artículo sobre esta enfermedad publicado en la revista digital Medicina Información, recordaba un caso paradigmático, el de la escritora Iris Murdoch, abordando el posible efecto del mal en su última novela, Jackson dilemma (1995). Escribe el neurólogo: “la postrera novela de Iris, publicada antes de que llegara el diagnóstico fatídico, no recibió tan buena crítica como las anteriores y comenzó a sospecharse que la había escrito ya bajo los efectos deletéreos de su enfermedad cerebral. De manera que los científicos del Institute of Cognitive Neuoscience de Londres decidieron examinar los efectos del Alzheimer ‘preclínico’, aún no diagnosticado, sobre la producción escrita de esa novelista excepcional. Para ello, utilizaron un programa informático automatizado de análisis de textos comparando tres de sus novelas: la primera que publicó en 1954 con el título de Under the net, otra (The Sea, the sea) que apareció en 1978 y la (…) de 1995. No encontraron grandes diferencias estructurales ni semánticas. La manera de enlazar las palabras en la oración y las oraciones en el período era semejante a lo largo de los años de producción literaria. Sin embargo, sí que apreciaron notables diferencias a lo largo del tiempo en cuanto al léxico y a la semántica. Las palabras y expresiones del texto se fueron empobreciendo y el significado de las unidades lingüísticas se fue mermando. En su última novela, Iris escribía como una muchacha de 13 años poco cultivada. Es decir, parece que el Alzheimer produce un declinar más acusado y selectivo de la memoria semántica que de la capacidad sintáctica”. Como puede verse en Elegía a Iris (Alianza, 1999), el bello texto escrito por su marido, John Bayley, la dificultad para expresarse de Murdoch comenzó a manifestarse durante la escritura de Jackson dilemma, en unas jornadas literarias en Israel. Lo terrible era que Murdoch no se daba cuenta de lo que le ocurría.
El gran Pere Gimferrer escribía en uno de sus poemas: “Si pierdo la memoria, qué pureza”. El enfermo de Alzheimer es, como recuerda Castro en sus poemas, un nuevo niño, alguien deconstruido, cuya pureza viene, como la de los antiguos habitantes del Limbo (ya expatriados, también ellos), de la falta de conocimiento del mal. Cualquier persona que no haya tenido cerca la enfermedad podrá consolarse con una ingenua construcción del Alzheimer como conquista del olvido necesario. Los demás sabemos que es una, siempre la última, de las formas del tormento.
ADDENDA. Javier García Rodríguez, de la Universidad de Valladolid, ha tenido la gentileza de enviarme estos dos poemas, escritos por sendas poetas, sobre el Alzheimer. Desde aquí le damos las gracias.
MI ABUELA
Mi abuela tiene casi 90 años.
Mi abuela tiene casi 90 años
y no se acuerda ni de cómo me llamo yo,
ni sus hijos, ni sus demás nietos.
Tampoco el presidente, el rey o el papa.
Mi abuela tiene casi 90 años
y llora mucho
y tiene incontinencias varias.
Mi abuela tiene casi 90 años
y, por supuesto, no tiene dientes.
Pero me acaba de decir mi madre
que se pone papel del váter en el sujetador
para que le abulten las tetas.
Carmen Beltrán Faces
Tomado de David González y Nacho Escuín (eds.), La verdadera historia de las mujeres, Zaragoza, Eclipsados, 2005, p. 29.
ALZEHÍMER
En la casa de los vecinos
se escuchan gritos desalmados
y gemidos como agujas.
La vieja tiene alzehímer
y la hija le grita:
guarra y cagona.
La vieja chilla
espantada.
Se ha cagado las bragas.
Mi abuela también
se cagaba,
y tiraba la mierda
por la ventana del séptimo,
o nos la dejaba,
como los Reyes Magos,
en el fregadero.
Mi madre la reñía a gritos
y luego lloraba.
Después, la limpiaba
y le ponía polvos de talco.
Mi abuela gemía,
media hora,
como si se le hubiese rallado
la queja.
Y luego volvía a
cagarse.
Mi madre hipando
como un pajarito,
mi padre rugiendo
como una bestia,
y yo,
huyendo horrorizada para no presenciar
el espectáculo,
o para no tener que limpiar
la mierda.
Eva Vaz
Tomado de David González y Nacho Escuín (eds.), La verdadera historia de las mujeres, Zaragoza, Eclipsados, 2005, pp. 151-152.
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