Melchor López
Melchor López
El estilita; Ediciones La Palma, 1998
Oriental; Ayuntamiento de Guía de Isora, 2003
Fama del día, seguido de Escrito en Arrieta; Artemisa Niké, 2006
Si de algo carece la poesía española contemporánea, es de una auténtica poesía de la contemplación, al modo en que la hiciesen Ammons o cierto Claudio Rodríguez. Esta poesía exige de un total vaciado del yo, que se disuelve en lo contemplado. Apenas podemos ver gotas esta lírica en el último poemario de Vicente Valero, y de un modo más intenso en la poesía del tinerfeño (1965) Melchor López. López es, a mi juicio, uno de los poetas más interesantes y singulares de la actualidad. Su insularidad tiene un doble sentido, como veremos luego, pero le coloca en un lugar periférico, no en cuanto a su importancia, sino por su difícil relación con las líricas más habituales de nuestro entorno.
La poesía de indagación contemplativa de Melchor López tiene varios elementos comunes a todos sus libros, el más importante de los cuales responde a una observación oriental de la realidad, especialmente de la naturaleza. Maritain comienza su Creative intuition in Art and Poetry con una diferenciación entre el arte oriental y el occidental; a su juicio, el artista oriental se avergonzaría de pensar en su yo y de intentar la revelación de su personalidad en la obra creada. El arte chino, vgr., está atento a las cosas de muy distinto modo a nosotros: no es apresado por ellas, sino que las capta en una especie de transnaturalismo animista buscando en ellas el alma prisionera y el íntimo principio de armonía dinámica, su "espíritu", que proviene de o está en sintonía con el espíritu del Universo. Tanto el arte de la India como el de China, alejados del ego humano, embebidos en la contemplación de las cosas, revelan, sin embargo, lo humano involuntaria y disimuladamente (podríamos decir que lo humano está presente por espejo, en la mirada con que se observan las cosas). Cuanto más logra el artista oriental olvidar su personalidad e inmolarla a las cosas, más presente se halla en su obra y mejor revive en ella. Los postulados orientales, sin embargo, no son ajenos a nuestra tradición. Luciano y Plutarco consideraban que había que admirar la obra de arte, pero despreciar al artista. Frente a ellos Plotino, según Mosche Barasch (Teorías del arte) sitúa al artista "en un nivel superior a la obra que crea. Siendo el artista el origen de la obra, está más cercano a la perfección absoluta de lo que puedan estarlo jamás el cuadro a la escultura material que produce". O, como decía Emerson, "el verdadero navío es el constructor de navíos". Esta última tendencia, quizá por desgracia, es la que ha acabado por fructificar en occidente, y quienes han intentado vulnerarla (pienso en el Pound de los Cantos) han sufrido para hacerlo, pero han llevado a cabo un trabajo al que es inherente una gran humildad. Melchor López pertenece, desde luego, a esa dinastía de contemplativos. En su cercanía a esa visión no occidental (que Oriental sea el título de uno de sus libros me parece más que significativo), apenas podemos encontrar cómplices, salvo el caso de Josep María Rodríguez, otro poeta que ha entendido bien la lección de Oriente (el caso de Valero es sensiblemente diferente, intentando la disolución desde dentro de la propia tradición occidental).
En los poemarios de López, la naturaleza se incorpora a la voz elocutoria del poema, a veces por la interpelación directa del autor. Así, en “El viento, la voz” (Fama del día), se solicita respuesta del viento: “háblame, viento, habla / con palabras sencillas, / en canto llano / que yo pueda entender”. Otras veces, es lo contemplado quien está observando al hacedor del poema, lo que revela, más allá de la anécdota, la importancia conferida al factor opuesto de la fórmula, el respeto, no al otro, sino a la idea misma de otredad (cf. “El mundo contemplándome”, Oriental). En muchas partes de la obra de López la conversación con lo contemplado se produce directamente, sin interpelación, y la misma naturaleza es la que habla, desde un espacio mítico (que a la vez se constituye como un tiempo mítico, un cronotopo –perdonen la aplicación incorrecta de Bajtin, entiéndanlo como término explicativo– no historizado), concretado espacialmente: la isla de Fuerteventura, aunque en otros poemas (y en el poemario completo de El estilita) la espacialización se hace abstracta, materializándose en un innominado desierto jabèsiano. Pero quiero destacar dos cosas: la absoluta limpieza de la mirada de López, disuelta hasta la extenuación en lo que contempla, con lo que establece un diálogo donde la parte propia de su conversación no interesa al narrador (algo insólito en una lírica como la española donde los poetas están encantados de oírse), y la calidad de la evocación, la asombrosa capacidad del poeta para recrear espacios, ambientes, sonidos y colores, en una lírica dominada por la mirada pura, a la manera de un Ammons o de una Jorie Graham, capaces de traernos el mundo iluminado por la sola luz de la inteligencia observadora. Así, poemas como “Bajo el árbol del mundo”, y “Las presencias”, de Oriental, o “Regreso” y “La balanza” de Fama del día, tienen una pureza de contemplación que muy rara vez he podido apreciar en un poeta occidental, y que entronca a López en una escogidísima línea patria (Rodríguez-Valente-Juan Ramón) de escasa descendencia, por desgracia.
Pero creo pertinente volver a la sugerente espacialización mítica de Melchor López. Jung, en Recuerdos, sueños, pensamientos (1961), decía que “el inconsciente colectivo es común a todos, constituye el fundamento de lo que en la antigüedad se definió como simpatía de todas las cosas”. La clave de los autores orientales consiste en trabajar conscientemente desde dentro de ese inconsciente colectivo, diluyendo su esfuerzo personal en el colectivo, d/escribiendo el mito desde dentro, en vez de generarlo desde fuera (como hace, desde el extremo opuesto, Eduardo García, según se ve en sus poemas y él lo expone en Una poética del límite, 2005). En el caso de López, el método es el oriental, y el mecanismo, muy claro, según sus propias declaraciones: “sí, la poesía es el mayor método de conocimiento que posee el ser humano. Pero se trata de un método de conocimiento por misterio” (“Poética” para Alejandro Krawietz y Francisco León, La otra joven poesía española, Igitur, Barcelona, 2003, p. 79). Esto quiere decir algo más que sustentar en la intuición el engranaje psicológico y aun epistemológico del poema. Quiere aludir a una connotación por fundación, esto es: a la constitución deliberada de un espacio mítico, atemporal, mediante la atribución de “alusiones”. A esto se refería cuando en esa misma poética para La otra joven poesía española, escribía: “¿no ha de ser una de nuestras tareas mayores, como pedía Andrés de Lorenzo-Cáceres a los poetas de su generación, sembrar las islas de alusiones? Sí, sembrar las islas de alusiones o poblarlas, por la imagen, de mitos”. En un principio no entendí exactamente a qué se refería López, pero la lectura sistemática de estos tres libros me ha hecho comprenderlo: su obra rescribe Fuerteventura (como “Cuadernos de Fuerteventura” se presentan, en sus primeras páginas, tanto Oriental como Fama del día), y la lanzaroteña costa de Arrieta, hasta dotarlas de una dimensión mítica, confiriéndoles unas alusiones, unas vestiduras cosmológicas, de modo que desde seres fabulosos como gigantes o la isla de San Brandán, hasta unas domésticas cabras, pasando por los dioses arcaicos, pueden derivar por un espacio-tiempo donde, no pocas veces, el ser humano no tiene ninguna presencia (v. “El eje”, Fama del día). Mirado así, el procedimiento no es muy distinto del utilizado por Góngora para las Soledades, cabras incluidas: un mundo poético nuevo, creado a partir de esquemas y lugares reales, donde tienen cabida unas Canarias míticas, y donde la expresión hace cosmos por sí misma. Creo que Justo Jorge Padrón ha intentado recientemente algo parecido, pero sospecho, por lo que conozco de la poesía anterior de Padrón, que con inferior fortuna. La sensibilidad de López le hace provocar el milagro de que ese espacio mítico no sea ampuloso, ni veamos en su recreación histórica restos de peplum retoricista. La poesía eleva y aleja la anécdota, presentándonos un espacio a la vez particular, canario (que no canarista) y universal. Merece la pena pasear una y otra vez por los libros de López contemplando esa fina labor de orfebrería.
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