Doncel: poesía mutante, por fin
Diego Doncel
En ningún paraíso; Visor, 2005
Podemos decir que el año 2005 ha sido un año ciertamente milagroso en el mundo poético español. Han aparecido –en otro lugar lo hemos dicho– varios libros de una calidad extraordinaria, a manos de Julieta Valero, Agustín Fernández Mallo o Mariano Peyrou. Jordi Doce ha abierto territorios nuevos para el pensamiento poético en su indefinible Hormigas blancas. Pero además, se ha publicado, ya casi cerrado el año, un poemario que, además, abre o puede inaugurar una nueva era para la poesía española. No hay exageración en esto que digo. Porque si todos los poemarios citados suponían un ahondamiento expresivo en la obra de sus autores, En ningún paraíso puede abrir una puerta para encontrar, sobre todo en los poetas más jóvenes, caminos por donde seguir transitando. Estaba por hacer una pequeña revolución: la entronización en nuestra lírica de caminos de escritura –no necesariamente poética– que venían gestándose, desde hace tiempo, en otras literaturas, especialmente la norteamericana. Toda una concepción, muy avanzada en lo estructural, lo semántico y aun lo ético (en cuanto perspectiva sociológica crítica), del mundo contemporáneo, de la sociedad globalizada, estaba ausente de nuestras letras en lo poético (no así, como venimos viendo en este blog, de lo narrativo). Si hemos hablado, en cierta prosa contemporánea, y a partir de una definición de Rodrigo Fresán, de narrativa mutante, podemos hablar sin contemplaciones de una poesía mutante para referirnos, hasta ahora, a un solo libro: En ningún paraíso, de Diego Doncel.
Todas las revoluciones sustentadas en la originalidad (lo hemos dicho hasta el aburrimiento, sobre la frase de Ortega –¿o era d’Ors? – de que la originalidad es la vuelta al origen) tienen un condicionamiento previo, y es no perder de vista la mejor tradición de la lengua en que se escriben. La poesía de Doncel, desde El único umbral y a través de Una sombra que pasa, viene a inscribirse en una línea que, partiendo de los místicos españoles (aunque quebrando su paso, secularizando) y pasando por Juan Ramón, cierto Cernuda y cierto Valente, es afín a la línea de la poesía metafísica en lengua inglesa. Esto había convertido a Doncel en el mejor exponente, sobre todo con Una sombra que pasa, de la poesía de indagación expresiva, en su línea meditativa, de la poesía que hace poco era joven. Dicho de otra forma, Doncel era el alumno aventajado o el heredero de la poesía de los cincuenta, en los noventa. Esto le convertía, si nos paramos a pensarlo, en el mejor colocado para prever el siguiente paso. Pero ni siquiera quienes estábamos más convencidos de que sería él quien lo daría, pudimos nunca imaginar la magnitud del empeño, y su asombroso resultado. Doncel le ha quitado treinta años de encima a la poesía española, haciéndola contemporánea de lo que, ahora mismo, está haciendo la literatura más avanzada de los Estados Unidos, a través de los los díscolos herederos (narrativos y poéticos) del posmodernismo de Pynchon o DeLillo. En ningún paraíso tiene una actualidad absoluta, en todos los aspectos: es un poemario de y sobre nuestro tiempo, donde los métodos técnicos (y esto, al cabo, es lo importante) están basados en la propia realidad. Esto es: no tomados de la misma, sino destilados, trasvasados al terreno de lo lírico y debidamente ajustados a unos parámetros de poesía de alta calidad. Buscar en este poemario rastros de “realismo sucio” es no entender nada de lo que está pasando, o de lo que ha pasado: no es lo mismo Carver que Coover, ni Bukowski que Palahniuk. No es una cuestión de mejores o peores escritores (a mí me gustan todos), sino de estrategias narrativas o líricas muy diferentes. La exposición que puedan hacer los poemas de Carver o de Bukowski no supone la homologación de los medios expresivos de los sistemas de comunicación de masas, ni la recepción de su lenguaje: es una descripción naturalista de nuevos medios. El poema “El televisor de Jane” (o Jean, según versiones) de Carver sólo coloca un televisor encendido en medio de una escena costumbrista. La novela de Kosinski Being there, donde un hombre sale a la calle con el mando a distancia, intentando cambiar la realidad pulsando los botones, supone una incorporación psíquica, estructural y literaria del imaginario audiovisual. Pues así de brutal es la distancia (técnica, repito, no de calidad, donde habría que operar según casos y autores) entre los poemas de realismo sucio y los de Diego Doncel. Por su evolución inesperada respecto de los códigos poéticos del resto de congéneres, en principo dotados de su mismo material genético-lírico, creo pertinente la etiqueta de poesía mutante, pues se ha producido un salto evolutivo no sujeto a mesuras mendelianas.
Sin embargo, tampoco podemos hacer pensar al lector que este salto cualitativo sobre la poesía de su época es un salto en el vacío. Hay todavía, en estos poemas, residuos de la mirada antigua, como quizá no podía ser menos. Del mismo modo que D. F. Wallace o George Saunders hacen una literatura evolucionada pero reconocible como deudora de una literatura anterior, tampoco podía Doncel –quizá no lo quisiera– crear una nueva línea ex nihilo. En parte, él mismo lo reconoce cuando en un poema dice: “soy el dealer de la basura metafísica” (p. 16), lo que implica un distanciamiento, sí, pero también una asunción de materiales de trabajo (1). Detrás de las referencias a los neones y a las “constelaciones acrílicas” de la imagosfera reluctante, sigue habiendo un personaje baudeleriano que busca analogías, un buscador órfico de símbolos que expliquen el secreto hermetismo del universo, o lo reflejen. Ese “pasado” simbolista de Doncel está ahí, ahora volveremos sobre el tema, pero hay una elevación o, si quieren, una sublimación. Veámoslo en estos versos, que a mi juicio están entre los más poderosos de la lírica en castellano de los últimos lustros:
Las explosiones del motor, el ruido
con que el alquitrán succiona los neumáticos,
el roce de la chapa y de los plásticos,
me hacen pensar en las explosiones
de hidrógeno y de helio allá arriba,
en el movimiento de la materia celeste,
en la energía de la luz cruzando el espacio.
Ese “salto” conceptual, que eleva la anécdota material, concreta –y rabiosamente contemporánea, el trayecto de un conductor suicida– a un entorno simbólico que aúna lo cósmico y la agonía existencial, el sonido con el sentido y el microcosmos humano con la música de esferas (música entendida ahora, genialmente, como “explosiones de hidrógeno”, en las antípodas de la concepción neopitagórica de un Fray Luis de León, por ejemplo), es sólo trasunto del hondo salto –cuántico– que este poemario da sobre la poesía castellana actual. Para Doncel, el orden cósmico no es más que un desorden; la expansión del universo una forma de la entropía y la colocación del hombre en un planeta incluido en una galaxia de tercera división, un azar puro donde la existencia de un ser superior o de una Inteligencia ordenadora sólo puede ser considerada bajo la especie de broma pesada (cf. p. 21). Doncel participa de ese aforismo de Manuel Moyano que citábamos hace poco, por el cual “la naturaleza es hostil a la vida”, siendo el sistema estelar la prueba inmejorable de ello; de ahí la nueva forma, desesperanzada y cínica, del carpe diem: “ama al mundo, me digo, porque es todo / lo que tienes” (p. 18). Disfruta lo hay a tu alcance, no porque dure poco, sino porque ni siquiera sabemos qué suma de azares cósmicos lo han permitido. Que la visión sea desoladora no significa que, por la agudeza de su exposición, no pueda conmovernos y no podamos alegrarnos de la misma.
Situación en la obra de Doncel
No queremos ser repetitivos, pero la evolución siempre implica un estadío previo, una realidad a quo sobre la que se opera. Y en este sentido, En ningún paraíso no deja de ser un paso más en la obra poética de Doncel. Así, es obvia la relación con Una sombra que pasa. Observemos el verso con el que se abre el libro, que casi podía ser una poética de la entera lírica del autor: “¿Este tarado, que soy yo, es un hombre o la sombra de un hombre?”. Hay tres elementos: la visión externa del uno mismo, la visión desesperanzada (simbolizada en la “sombra”, que hay que entender en un sentido más junguiano que pindárico o plotiniano, y que aparece en casi todos los poemas), y la concepción dramatúrgica del poema, ya que desde un primer momento se nos anuncia un lugar compuesto por tres “personae”, en el sentido griego (máscara + personaje escénico) de la palabra: el sujeto elocutorio del poema (que no es Doncel), el yo contemplado en tercera persona, al que se señala con el “dedo” del poema (que tampoco es Doncel) y el espectador-lector, a quién se le comunica el mensaje. El sujeto elocutorio cede varias veces, a lo largo del poema, la palabra a ese “sujeto tarado”, que no es otro que el sujeto contemporáneo, un “yo sociológico” (según la aguda acuñación de Cilleruelo) que retrata a un ciudadano medio alienado por el trabajo y la huida instantánea a los simulacros del cine, la televisión, la informática, los videojuegos y demás paraísos artificiales de la sociedad de la información. Este sujeto toma la palabra con guiones al principio del verso, utilizándose por tanto, recursos formalmente narrativos, pero sin salirse de un parámetro teatral originario:
(…) Y me da una risa amarga
esta máscara que paseo por Lower East Side
(…)
siento cómo dentro de mí despiertan
voces o almas que me hablan
como un teatro de sombras.
Soy el escenario y la niebla
que ellas han creado.
(“El hongo de Psylocibina”)
Espectador irónico de mí mismo
nunca me conocí porque siempre dudé de que existiera.
Y alguien ajeno a mí representaba esa dulce mentira de visitar
el mundo
(“Nadie”)
El resultado es un poema espacial, donde medios poéticos, dramáticos y narrativos se ponen al servicio de unos personajes alucinados, degradados en su vacío, y desesperanzados, ajenos a cualquier tipo de trascendencia. Y, en esto último, es donde se relaciona En ningún paraíso con El único umbral. La negación de esa trascendencia, que en El único umbral se hacía a partir de la deconstrucción del aparato (poético e intelectual) de la tradición mística española, se hace ahora mediante una indagación psico-sociológica de gran calado.
La niebla luminosa: el yo fosforescente
Los cuerpos en descomposición de algunos animales emiten fosforescencias. El sujeto que plantea En ningún paraíso hace bueno el título de Edgar Rice Burroughs, La niebla luminosa, y se convierte en un gas, no necesariamente noble, que destella por su corrupción; uno de esos fuegos fatuos, que aparecen en algunos cementerios y advierten de un cadáver debajo. Habría que examinar, algún día, esa curiosa difusión del uso del símbolo de la niebla en la poesía española reciente (Brines, Ferris, Benítez Reyes, Maillard, Mújica, José Luis Amaro, J. R. Ripoll, Amalia Bautista, Díaz de Castro, José Mateos), que adopta muchos registros y mitemas; en el caso de Doncel me atrevo a sugerir un origen (o una reminiscencia unamuniana), debido a la ironía con que se trata al “personaje” principal, que recuerda la perspectiva de Unamuno con el Augusto Pérez que protagoniza Niebla (1907). Observemos: Augusto, según la novela o nivola, "no era un caminante, sino un paseante de la vida", y sostiene que "el que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja y no buscando cada lugar a que llega". Y ahora, leamos a Doncel:
Me miro y aún no me reconozco,
y penas veo la niebla
labrando la duda de quién soy.
No sé si empiezo a ser o ya he muerto.
El personaje de Doncel es un flaneur automatizado, alienado, diseccionado por el psicoanálisis, aturdido por las drogas, un “Nadie” (título de uno de los poemas) que camina obnubilado por las luces de su tiempo, que “siente cómo la alta tecnología del dolor / berrea en las praderas de la conciencia / los misereres de su propia infelicidad” (p. 20), y que pasea su máscara “por Lower East Side / bajo nubes rosadas de apariencia televisiva y los pájaros eléctricos de la publicidad”, reflejo de un nosotros que “vamos caminando sin saber nunca si por un sueño o por una verdad” (p. 43), testigo de un amor que es una repetición de los códigos estandarizados de la pornografía (p. 23). Un sujeto que se va desasiendo de lo abstracto y de lo humano hasta acabar convertido, en el último poema, en un jocoso asno nietzscheano, que reflexiona sobre el absurdo del mundo, cubierto de polvo, como aquel que encontrase Zarathustra. Y se puede seguir estableciendo paralelismos con Unamuno. Dice Augusto Pérez: "Muchas veces se me ha ocurrido pensar que yo no soy". Y Doncel, en otra cascada de versos memorables, alarga:
Yo no soy yo, soy aquél: el extranjero
que sólo existe para el olfato de los perros.
Ese que sabe que ningún dios nunca ha podido
susurrarle una palabra de consuelo,
dioses que miraban desde lejos alucinados
por sus propias farmacologías celestes
y que cambiaban de canal
cuando se aburrían.
Esto no demuestra ninguna influencia de Unamuno en Doncel, sino dos cosas: primera, la absoluta actualidad de Unamuno, un autor asombroso cuya oceánica escritura oscureció, en parte, unos méritos que aún no se le han reconocido; segunda, el diálogo de Doncel con nuestra mejor tradición meditativa (Unamuno era buen conocedor de la poesía metafísica inglesa y de los místicos españoles), y la actualización de ese diálogo, ya que 98 años después de la publicación de Niebla los resortes para explicar la perplejidad, la vacuidad del ser humano y la incomprensión de su destino en el mundo son parecidos, pero Doncel elimina la metaliteratura de Unamuno (que no entendía su lugar en la trama de su obra), sustituyéndola por la cosmología: su neblinoso personaje no entiende su lugar en un cosmos abandonado por los dioses; su reluctancia fosforescente es un espejo de los soles en explosión, de las auroras boreales o del “maquillaje barato de las nubes” (p. 17). En ningún paraíso es, desde el título, la crónica de la expulsión, no del edén, sino de la idea misma de edén, de la posibilidad de pertenecer a algo sagrado y definitivamente salvífico, un testimonio de paciente desesperanza, una narración de la Caída, pero no de la potestad divina, sino de la caída de nosotros mismos, de la altura de nuestras esperanzas, de nuestro antiguo yo, liquidado, atomizado en mil pedazos, tras el desencantamiento weberiano del mundo. Y, por esos motivos, a los que hay que añadir el pasmoso dominio de la técnica, los deslumbrantes hallazgos puntuales que contiene, el enraizamiento decidido en la mejor parte de nuestra tradición lírica, así como por su condición de umbral y por el esfuerzo hecho para ajustar nuestra poesía a proyectos contemporáneos y a la realidad perceptible del mundo, creemos que En ningún paraíso está destinado a marcar, por sí mismo, una época de la poesía española, que con él entra, por fin, en el siglo XXI.
Notas
(1) Cada vez que aparece en el poemario la palabra “metafísica” aparece unida a “basura”. Cf. los poemas “Aún tengo realidad” (“al borde de esos estanques con basuras / en el fondo, como náufragos de alguna metafísica”), o “Nadie” (“Como alguien que (…) se ha buscado / en lo otro, pero lo otro no era nada: / sólo ese horizonte de bolsas de basura en los márgenenes de / todos los caminos / abiertos en mi corazón, y establecimientos alternativos / para la curación de cualquier cansancio y de cualquier / metafísica”).