Manuel Moyano
Manuel Moyano,
La memoria de la especie; Xordica, Zaragoza, 2005
El cuentista Manuel Moyano, conocido por su libro El amigo de Kafka (Pre-Textos, 2001, XXV premio Tigre Juan) publica su nuevo relatario en la editorial Xordica, después del interesante El oro celeste (2003). Construido a medias sobre los mimbres de la miscelánea y el libro de arena borgiano, La memoria de la especie puede encuadrarse dentro de la sugestiva categoría de los libros no clasificables, compuestos de materiales heterogéneos y no sujetos a prefiguraciones genéricas. Dividido en cuatro partes, la primera es un original recorrido histórico con dos premisas: unir a las últimas frases pronunciadas por personajes célebres (de Sócrates a Cela, pasando por Juana de Arco), un trazado biográfico que contribuye a desmitificarlos. La vida de Jesús de Nazaret, por ejemplo, parece el retrato de un iluminado, y en general todos los esbozos contienen detalles que nos hacen preguntarnos la diferencia entre la genialidad y la extravagancia, por no decir –en algunos casos y detalles–, estupidez. El resultado, que no desdeña la puntual acotación apócrifa, es muy original y da que pensar. Son destacables los textos dedicados a Rimbaud y Kafka, este último amigo del autor. Parte de la explicación de qué puede haber motivado a Moyano a rastrear esta cadena de finales célebres (pero quizá eso es un cuento: buscar el fin) puede estar en una de las últimas piezas del libro, “Héroes”, donde leemos que “no pasan a la Historia los hombres tocados por la dicha. En cada profeta, en cada caudillo, en cada artista ha habido un hombre torturado” (p. 103), de lo que deducimos que a Moyano le interesa la anécdota minúscula de las grandes biografías, aquello en que más humanos y vulnerables parecían los héroes: los talones de Aquiles, el rimel corrido de las fotos de las estrellas de cine, la cojera final de los atletas, el Scott que muere tras llegar segundo a la Antártida.
La segunda parte, “Archivo de atrocidades” (no sabemos si inspirada en la brutal y asombrosa Exhibición de atrocidades, de J. G. Ballard), es un curioso experimento donde hechos reales, singularizados por su crueldad o insidiosa paradoja, son pasados por el tamiz del verso, para hacer una lírica irracional a pesar de su realismo, terrible, que puede producir insomnios de administrarse a horas inadecuadas. Su intención, en general aplicable a todo el libro, es la de preguntarse en voz alta, a partir de algunos ejemplos reales concretos, cuál es el sentido último, si lo hay, de la vida humana. Como posible contrapeso, la tercera parte, onírica, detalla algunos sueños, al parecer reales, según se nos cuenta en la nota liminar. Por su ambiente kafkiano e inteligente final, destacamos el titulado “23 de enero de 2005”.
La última pieza del volumen, “Bazar”, contiene unas reflexiones, a veces aforísticas, relacionadas la mayoría con la tristeza y la muerte, aunque no por ello su lección es pesarosa. Entre ellas: “Su carencia de ambiciones no tenía límites”; “El Universo es hostil a la vida”; “Esperar con ansiedad la muerte de tu autor preferida para poder adquirir sus Obras completas”. Me ha interesado especialmente esta: “¿Por qué Atila, Hitler o Stalin merecen nuestra repulsa y, en cambio, César, Alejandro Magno o Napoleón han ingresado en la Historia como grandes hombres? He ahí un enigma cuya resolución no he hallado en ningún tratado” (p. 120). Y la última, que prefiero no transcribir, es en realidad un microcuento excepcional y terrorífico… pero para saber cuál es, tendrán que comprar el libro.