Poema en prosa
Como hemos cogido carrerilla con lo del poema en prosa, adelanto esta reseña, que tengo preparada desde hace tiempo, pero no termina de salir en la publicación que la aceptó.
Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas (eds.)
Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (1990-2005); DVD, 2005
Escribe Claudio Guillén: “Queda claro que la relación entre género y prosa o verso es una convención histórica, sumamente variable (…) conviene tener en cuenta también que hay autores que luchan (…) contra el cuerpo del género que utilizan, introduciendo en él unos anticuerpos” (1). Además de estas tensiones, señaladas por el pope de nuestro comparatismo, habría que señalar otras muchas, la mayoría de irresueltas en la poesía española: la dinámica vanguardista del poema en prosa (citada en el mismo lugar por C. Guillén), frente a la habitual exclusión en textos de corte más realista o conservador; la lucha entre el ritmo “propio” de la prosa y la mecánica estrófica, la distancia entre el engolamiento de la cansina prosa poética y el vigor y el rigor del poema en prosa. En Campo abierto, esta notable y necesaria antología preparada por Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas, es posible advertir (sea explicitadas en el prólogo, sea prácticamente, en los textos antologados) todas esas tensiones irresueltas. Y es que en estos terrenos de la escritura fronteriza pisamos siempre suelo pantanoso, sin ser pocos los casos de complicada distinción. Por ejemplo, Rafael Pérez Estrada tenía textos que, según en la colección donde se publicasen (pienso en varios fragmentos de El libro de los espejos y las sombras, 1988), eran considerados microrrelatos, poemas en prosa o, los más breves, aforismos. ¿Qué son las piezas más famosas de El hacedor, de Borges? ¿Y partes del Jardín de las delicias, de Francisco Ayala, o de Mortal y rosa, de Umbral? Aunque el problema no es nuevo, ni mucho menos: el poeta chino Su Dongpo (1036-1101), discípulo de Xiu, “hacía poesía con la prosa”, y eliminó las restricciones entre los géneros.
Como decimos, esta antología está inmersa de lleno en esa dinámica, excitante y necesaria, que tienen todos los géneros en desarrollo. Por eso es fácil distinguir dos tipos de autores antologados: aquéllos cuya visión del poema en prosa es muy cercana al relato o una de sus formas posmodernas, el microcuento; y aquéllos que siguen un modelo canónico de la modalización intergenérica del poema en prosa. Los primeros elaboran un poema constituido sobre elementos narrativos, alterados por un omnipresente onirismo, que los acerca a la literatura fantástica (línea en que encontramos a Bernat, Aguado, Baquero, Morillas, Vilas); los segundos prestan más atención al lenguaje, desvisten al texto de anécdota y se ciñen a esquemas propios de la Modernidad francesa (Campos Pámpano, Cobos Wilkins, Mestre, León, Riechmann). En estos últimos, la calificación de “poema en prosa” para los resultados, no admite dudas.
Otro caso sucede con los textos más narrativos de Campo abierto, ya que si los unimos a los más “poéticos” de antologías como Por favor, sea breve. Antología de relatos hiperbreves (Páginas de Espuma, 2001) o Galería de hiperbreves (Tusquets, 2001), sería especialmente difícil, por no decir imposible en algunos casos, establecer una distinción formal. En no pocos de estos relatos hiperbreves o microrrelatos no hay narración, y existe una indudable tensión poética en su lenguaje. Miguel Gomes habla de una “estructura sinecdótica” (2) en la minificción, de modo que la historia está más sugerida que contada. Observemos este texto de Luis Britto, a mi juicio uno de los mejores cuentistas hiperbreves:
“Las licuadoras aúllan al conectarlas como si fueran el micrófono por el que gritan las frutas licuadas, y si uno se descuida escapa la lechosa al techo sin darse cuenta de que ya está convertida en batido. Tiene la licuadora un teclado multicolor que yo manejo apretando el botón blanco para batir leche, el amarillo para licuar melón, el anaranjado para pulverizar lechosa, el rojo para triturar tomates y el negro para batir caraotas (…)”
Y ahora, un fragmento de El cielo, de Manuel Vilas, poema incluido en la antología:
“Salgo a la calle, me siento en un velador y pido un martini y unas olivas. Mi cuerpo suda: es la gloria del verano, la festividad de los necesitados, la alegría de los que van a vivir”.
¿No tiene el texto de Britto, al menos, un aliento poético y un tratamiento del lenguaje tan riguroso como el de Vilas u otros antologados? Y ahora la pregunta del millón: ¿ocurre aquí como en cierto arte contemporáneo y es poema en prosa lo que aparece publicado bajo la rúbrica “poema en prosa”? Es curioso que esa tensión pase desapercibida a la mayoría de los autores incluidos, sobre todo a los practicantes de las prácticas más narrativas. Prácticamente sólo Jordi Doce, Riechmann, Méndez Rubio y Fermín Herrero reconocen que lo intergenérico es el signo de nuestros tiempos, y que de ese territorio híbrido ha venido parte de la mejor literatura del último medio siglo.
El criterio de edición es poco frecuente: se recogen autores nacidos después de 1950, con la excepción de los conocidos como generación “del 70” o novísimos (p. 26), con lo cual estamos ante una selección recuperadora de ciertos nombres que en su momento no salieron en las fotos de Castellet o Concepción G. Moral. Y es curioso que los antólogos confronten una utilización habitual de este cauce expresivo en poéticas progresivas, oponiéndola a su inexistencia en líneas más conservadoras, porque nos encontramos con un pequeño contrasentido: parece darse más pábulo a las posturas “experimentales” y menos acomodaticias, pero autores de poemas en prosa con innegable calidad y calado experimental, como Marcos Canteli, quedan fuera. O sea, que la antología recoge prácticas avanzadas, ma non troppo. De todas formas, la ausencia que más cabe lamentar es, precisamente, la de Carlos Martínez Arribas, cuya saludable modestia de antólogo le ha dejado, en un gesto cada vez menos frecuente, fuera de su propia compilación. Salvo pequeñas objeciones como éstas, Campo abierto tiene el mérito de abrir un debate, el del poema en prosa como forma poética de presente y de futuro, que en otras literaturas europeas lleva décadas cerrado. Algo querrá decir esto, supongo.
(1) Claudio Guillén, Entre lo uno y lo diverso. Introducción a la literatura comparada; Tusquets, 2005, pp. 168-69.
(2) M. Gomes, “Los dominios de lo menor. Modulaciones epigramáticas de la narrativa hispánica moderna”, en Francisca Noguerol Jiménez (ed.), Escritos disconformes. Nuevos modelos de lectura, Ediciones Universidad de Salamanca, 2004, p. 41.