La misa negra de Manuel Vilas
Manuel Vilas,
Magia; DVD, Barcelona 2004
y me gustaría que todo volviese, la edad de las palabras
y la edad de la inocencia retornando juntas, pero yo soy un vampiro
caduco, que cumplo de muerto los mismos años que de vivo,
soy un vampiro inexperto, manirroto, sin crímenes que recordar.
Manuel Vilas, El cielo (2000)
¿Hay un punto intermedio entre la laconicidad de Juan Rulfo y la hiperexpresividad agresiva del Camilo José Cela de Oficio de tinieblas, 5? Pues a lo mejor ese punto medio es Magia, de Manuel Vilas (Barbastro, 1962). Si saco a relucir esos autores no es por casualidad, pues creo que esta novela es también un punto de encuentro entre las historias de muertos de Comala y esa gran “misa negra” que es el Oficio celiano (uno de mis libros favoritos, por cierto). La superposición de esa misa negra sobre la realidad, la intercalación de los muertos con los vivos, la duplicidad del Manuel Vilas que mira y del Emeuve (MV, trasunto del autor) que también tiene cuarenta años cuando escribe la historia (p. 174), la ubicación en una Z o Zeta que es y no es Zaragoza, o la utilización del vampiro (muerto y vivo a la vez), son instrumentos que crean una dialogía de existencia e inexistencia feraz y muy provechosa narrativamente. Junto a ello hay un elemento que también utiliza otro de los grandes practicantes de la narrativa mutante actual, Rodrigo Fresán, y no es otro que la rica simbología de la retórica mística y teológica. El negro (moral, no de piel) Baltasar, el místico Franz, ofician la oscura liturgia de Magia, que puede ser leída como unas Vidas de santos protagonizadas por pecadores irredentos, o el Espíritu No Santo del Mal-en-Sí, en un director’s cut del Demonio. El propio Vilas, bajo la especie de Emeuve, define su creación como misticismo sucio (p. 167), y me parece una definición acertada. Veamos un ejemplo: “no tenías ni madre dios mío nadie te concibió no procedías de un coito como el Espíritu Santo materia teológica reservada eso eras inmensa materia teológica reservada un drogadicto con alucinaciones místicas sí el rollo ese de Zeta y toda esa gente Baltasar Flores Herrmann etc y Franz o Frank o Frankenstein toda esa muchedumbre creciendo teólogo de todas las putas de la tierra investigador de la prostitución tú el Espíritu Santo” (p. 178). No sólo es un ejemplo del tono, también del mecanismo compositivo de la novela: en ella es importante la idea de metanoia, de transformación, de modo que los personajes, incluido el autor, van saltando de identidad en identidad (ver pp. 214-15), de la apariencia a la disolución, llegando ésta incluso a ser literal: “entrabas en los cines y te caías derretido y te esparcías por el suelo y tu mierda nos salpicaba a todos”. El transformismo entendido como transformación energética: formas vivas, crecientes (muertos que crecen, vgr., tres centímetros al año), ígneas, tumescentes, tumefactas, maleables, que se van aleando en otras formas, a veces corporales, a veces espirituales; capaces en ocasiones de interactuar con los vivos, otras sólo invisibles, flotantes, intangibles, incorpóreas, en un proceso donde el dolor no muere, sólo se trasforma, convertido en algo inmaterial, como la mirada del narrador. Esta virtud metamórfica, así como su profanación sádica –de Sade– acercan la narrativa de Vilas a la de otro interesantísimo escritor mutante, Juan Francisco Ferré, con quien se comparten estructuras kafkianas de fondo –aquí, los perros humanizados, el fogonero Franz, el encierro, las atmósferas irreales y opresivas–. Magia no es sólo esto, en realidad esto no es más que un apunte, más que un comienzo, porque Magia es la novela de la saturación, del exceso, de la exacerbación del lenguaje, de la proliferación, de la mutación del yo y la metempsicosis del discurso místico y religioso (por eso me recuerda tanto a Oficio de tinieblas, 5), redivivo para ser torturado en plena martirología del lenguaje, como un San Sebastián atravesado con los ojos en blanco, no de dolor ni ascesis, sino de barbitúricos. Escatología en el sentido común del término, pero también en el teológico. Monjes estilitas disfrazados de escaladores de armarios (p. 194). Magdalenas putas y virtuosas a la vez. El resultado es un cruce imposible de las Visiones de Catalina de Dülmen de Cristóbal Serra con la escena batailleiana de la sacristía de Historia del ojo, las hieropatías de los fotógrafos fetichistas o los conventos de monjas de Borowcyzk o Jess Franco; una aberración de la naturaleza narrativa, como el protagonista lo es de la naturaleza humana. Disculpen este collage de referencias, pero es que Magia lo es, y el análisis quizá deba parecerse al cuerpo analizado, o debiéramos decir diseccionado, puesto que de cadáveres hablamos. Junto a esas mutaciones, no es menos decisiva la genérica, ya que esta purga del corazón de Vilas que se desarrolla entre dos Nochebuenas incluye, bajo la caja de la novela, los mimbres del relato, la divagación, el esqueje histórico, el poema, el microcuento, el poema en prosa (cf. p. 202), la escritura onírica, la automática, la metaliteraria y el apunte naturalista, en una ajustadísima sintonía entre tema y forma, que demuestra no sólo la perspicacia literaria del autor, sino su singular destreza. Otros críticos que han abordado la novela (Juristo, Pujalte, Ferré) han visto bien, a mi juicio, la tensión irrefrenable de esta novela con la vida, y la reconstrucción monstruosa –pero fiel– de la existencia urbana que en ella se hace. Todas las ciudades son iguales, nos dice Vilas en varios momentos, e iguales e intercambiables sus habitantes, como dijera también el Dickens de Great Expectations. La realidad es así, mostrenca, irracional, impalpable, aproximada, seropositiva, inexistente, enferma. Vilas lo sabe. Y su libro también. Iba a añadir que Magia es un libro arriesgado, ambicioso y valiente, pero ya he dicho antes que es buena literatura.