Cuidado, que Fais muerde
Michel Fais
Historias enterradas (vivas); Berenice, Córdoba, 2005
La diferencia entre los cuentos de terror y los cuentos de miedo es que aquellos son un género y estos una rara especie. Los de terror se leen con previsibilidad, con bastante hastío, con una sonrisa defensiva. Los libros de miedo se leen de manera nerviosa, inquieta; quitan el sueño, te incomodan en la silla, te hacen arremolinarte en el sillón, te expulsan de la lectura, para volver al rato indignado. Se cierran con un suspiro de alivio. Sólo muy de cuando en cuando encuentra uno libros de miedo, esos que sobresaltan el espíritu y abren una brecha en las tripas por donde sale la entraña. En menos de un año he tenido la suerte de leer dos: el poemario Heridas, de Jesús Aguado, y los relatos de Historias enterradas (vivas), de Michel Fais.
Como pasa con algunas películas de Woody Allen, es recomendable no conocer algunas de estas historias al mismo tiempo que tu pareja. Como algunas películas de Bergman (o algunas de Michael Ninn), mejor no oírlas con la familia cerca. Como algunos poemas de Celan, mejor no leerlas solo, de noche, por si los fantasmas de la autoaniquilación te visitan de pronto. En la mayoría de estos relatos implacables aparece el lector desnudo, ajado, desvestido de su retórica de defensa, de sus máscaras sociales. Los cuentos son espejos, y ya sabemos lo que dijo Lichtemberg sobre asomarse a un espejo, si éste es un libro. Si accede, lector, como le recomiendo encarecidamente, al contenido de Historias enterradas (vivas), corre usted el peligro de reconocerse. De ver su cara y la de los suyos. De pensar que Fais se ha inspirado en su relación de pareja. De hallar por todos los rincones a su padre. De temer que su madre esté leyendo a sus espaldas. Corre usted el peligro de pensar que Fais ha monitorizado su mente, porque su mente, lector, es la almendra del relato. Es su vida la que está enterrada aquí, viva, como el horroroso relato de Poe. Como en este cuento del autor de El cuervo, no está el protagonista muerto, y eso precisamente convierte todo en terrorífico. La lucha entre lo existente y lo extinto, la tensión ínsita al neologismo “extintente”, que quizá definiría estos relatos de Fais, nutre a sus cadáveres de salud excelente, extincelente. Un libro donde no necesitamos que los personajes estén muertos para tratar con nuestros fantasmas. Un libro en el que algún personaje visita periódicamente la tumba de un familiar, para defecar en lo alto. Un libro en el que puede leerse algo como esto: “¿Con quién hablamos cuando hablamos con nosotros mismos sobre nosotros mismos?” (p. 76). Y hay cosas peores.
Y si asombroso y terrible es el contenido, no menos asombroso es el despliegue de medios técnicos de que Fais hace gala, en un libro de apenas 160 páginas, que merecidamente obtuviera en 2000 el premio Nacional de Relato Griego. En “Halima, Desdémona, Bubú”, uno de los narradores de la historia es un gato. Uno de los textos es un monumental diálogo con el que Bergman haría una escena maestra. Otros, como “Cuatro hombros para Sakis”, son auténticas novelas jibarizadas. Habrá que reconocer que algunas piezas, como “Extremidades superiores e inferiores”, son más flojas que el resto. Pero es que si Fais –o cualquier escritor vivo– fuese capaz de sostener el ritmo y la calidad de un texto magistral como el relato “Historia enterrada (viva)”, entonces estaríamos ante alguien que haría preciso fundar una nueva historia universal de la literatura. Al final del libro hay cincuenta microcuentos estremecedores, hijos de la pura observación de paseante, como declara Fais al principio. Lean, y díganme si están habituados a esta fascinante capacidad de introspección social y psicológica:
23
En los columpios del parque infantil del Zappeion una niña está colgada de la barra horizontal. De repente, sin parar de columpiarse, empieza a gritar “socorro”, imitando por momentos una voz masculino, por momentos la de un dibujo animado.
Un instante después, de detrás de los arbustos aparece una mujer. Sin decir palabra, se sube con ímpetu la cremallera de la falda y empieza a abofetear a la niña hasta partirle la nariz.
32
¿Por qué se peina un yonqui, por qué lee el periódico un mendigo, pregunta la hora un chiflado? Evidentemente, no para ponerse guapo el primero, ni para enterarse de las noticias del mundo el segundo, ni para organizar su agenda el tercero.
Los tres se esfuerzan por aferrarse, como a un clavo ardiendo, a una costumbre humana.
28
La triste y fea cajera del súper golpea el paquete de las monedas contra la caja registradora de la misma forma que golpea los huevos contra el borde de la fuente para ligarlos con el caldo de gallina y el limón, para el padresí, para el hermano sí, para el marido no, para los hijos no. ¿Y cómo es eso? Pues porque no hay, porque no habrá un marido para el que romper los huevos contra el borde de la fuente, ni hijos que la observen mientras rompe los huevos para ligarlos con la sopa. Por eso, conforme pase el tiempo, se volverá cada vez más fea, cada vez más triste, y con la rabia de esta certeza golpeará el paquete de las monedas contra la caja la triste y fea cajera del súper, pensando que rompe los huevos para ligarlos con el caldo para la familia que nunca tendrá.
Yo no.