Javier Fernández y "Cero absoluto"
Javier Fernández
Cero absoluto; Berenice, Córdoba, 2005
Javier Fernández (Córdoba, 1971) es uno de esos personajes indefinibles que sale y entra de la creación, compatibilizándola con su actividad de editor, en una actitud artística basada en la disolución, en la invisibilidad detrás de su escritura. Esta voluntad de disolverse, dándole importancia a la obra por encima de la persona, es tan citada desde las primeras menciones de Mallarmé o Eliot como poco seguida, ya que suele quedarse en una máscara o pátina de desaparición, quizá sólo para ser “mejor buscado”. Fernández, por el contrario, sí lleva a la práctica esa actitud, sustancialmente ética, a través del uso de seudónimo (“el ursa”) en sus intervenciones literarias en antologías para las que es convocado. Allí su nombre se deshace y queda su obra, algo parecido a lo que ocurre en Cero absoluto, su última novela, donde el editor y escritor se disuelven en una obra impersonal, en las antípodas del aburrido subjetivismo que tiñe nuestra narrativa más comercial (incluso, a veces, la preferida por cierta crítica), y que devuelve a los conceptos de “narración” y “fábula” parte de su impulso perdido… sin regresar a las esclerotizadas estructuras de la novela decimonónica. Cero absoluto es un modo nuevo de contar una sociedad nueva, un proyecto literario de una ambición difícilmente parangonable en nuestra narrativa, que se ajustaría, en una visión primaria, al modelo de las distopías clásicas (Zamiatin, Orwell, Huxley), para desintegrarlo desde dentro, como hiciera J. G. Ballard en su momento.
Pero vayamos por partes, situando primero el alcance de la utopía negativa que nos plantea Cero absoluto, y su diseño social. La obligación del Estado de procurar el “bien” de los ciudadanos es un precepto platónico que llega, vía Santo Tomás de Aquino, hasta nuestros días. Sin embargo, en los primeros pasos del constitucionalismo democrático de finales del XVIII y principios del XIX ya se identifica ese bien con la “felicidad” de los ciudadanos, integrándose como uno de los deberes estatales (un claro ejemplo sería nuestra Constitución de 1812), el de procurar las condiciones para la felicidad del individuo. En Estados Unidos, nuestro paradigma psicológico y social desde hace más de un siglo, esta obligación de ser feliz se ha entronizado, como señala agudamente la narradora Zadie Smith, en la sociología de masas, de modo que todo americano medio es bombardeado con la lección de procurar su propia felicidad a toda costa. Como dice Smith, en los USA puedes ser pobre, o emigrado o enfermo, lo que no puedes ser, en ningún caso, es “desgraciado” (1). En el mundo enfermizo descrito por Javier Fernández, el gobierno empresarial del mundo (la Corporación NRV, que procura realidad virtual individualizada y constante a todos los ciudadanos) acuerda con los residuos de poder político regional una Ley de Educación Universal que, en última instancia, persigue una RV individual tan acabada y perfecta que evite la convivencia real, física, entre personas. Con palabras de inquietante entusiasmo (que nos recuerdan a los anuncios de la Agencia Tributaria), el presidente de la Corporación dice que el propósito último de esa Ley educativa “es la Felicidad de todo ser humano. Eso es el auténtico progreso”. Aunque esta visión tiene ecos obvios de Un mundo feliz de Huxley, pronto vemos las diferencias. Para empezar, el salvajismo es un rasgo del sistema, no del disidente. Y, para seguir, los códigos narrativos de Fernández, sustentados en la fragmentación, la elipsis, la intertextualidad, el visualismo compositivo, el collage y el cuidadoso y variado tratamiento de los diálogos, nos hacen ver a Huxley como un curioso y lejanísimo antepasado.
La distopía planteada en Cero absoluto tiene, por tanto, dos niveles: uno macrosocial y otro psicológico. Mientras que hasta finales del siglo XX la lógica de las cosas era la asociación comunal (en Estados, partidos, familias, tribus, clubes, razas, etc.) y el individualismo personal, la distopía de la RVR (Realidad Virtual Real, implantada por operación en el feto humano) supone la disolución de los vínculos sociales (ésa es la explicación de la idea de Cero absoluto: a -273º se alcanzan los cero grados Kelvin y, con ellos, la descohesión de las moléculas: de los ciudadanos), y la integración de las psiques individuales, unidas por una raza de terroríficos niños dotados de un supercerebro que les permite funcionar en red, telepáticamente. La supresión de la parte más débil de la especie, por tanto, sería sólo cuestión de tiempo… El vicepresidente de la Corporación, Travis Talbot, no desdeña incluso empezar a disolver la identidad del ciudadano que no pudo llegar a tiempo para el implante prenatal: “sería necesario borrar la propia conciencia. Y, hoy por hoy, es impensable extirparla sin mutilar gravemente el cerebro. Pero eso no significa que no se estén realizando pruebas, ni que hayamos renunciado a lograrlo algún día” (p. 57). Como vemos, y en la órbita de otros creadores recientes, como el narrador Germán Sierra o el poeta Agustín Fernández Mallo, la condición de científico de Fernández le permite unas posibilidades teóricas, imaginativas y críticas que contribuyen a una sugerente dinamización de la historia contada. Se puede decir que Fernández es un Houellebecq que piensa rigurosamente y que, además, escribe y construye bien, algo que garantiza la verosimilitud de lo que se está contando.
Frente al terrorífico estado global planteado, La Isla es el único territorio libre de RVR en todo el planeta, una especie de resto utópico de humanidad dentro de un mundo perdido en la realidad virtual electrónica. Como toda isla con dimensiones simbólicas, responde a unas coordenadas culturales antonomásicas, ya definidas por Boris Groys: “cuanto más utópica debía ser una ciudad, tanto más difícil debía ser llegar e ingresar en ella, sea la Lasha tibetana, la celestial Jerusalén o la Shambala hindú. (…) De modo que la ciudad genuina no es sólo utópica, sino también antiturística: se aísla del espacio y se mueve en el tiempo” (2). De hecho, ingresar en La Isla es condenadamente difícil, casi tanto como salir (p. 83). La descripción de La Isla de Fernández me ha traído a la cabeza el ideal utópico de Robert Creeley: “todos queremos una isla en la que el mundo se rija por horizontes visibles… Esta isla no es real, por muy tangible que, tiempo atrás, nos pareciese. Me he dado cuenta de que el tiempo, aun cuando no ofrezca nada más que un lugar donde morir, nos aleja de ésta o de cualquier otra isla” (3). Conforme se acerque el final de la novela, estas palabras de Creleey alcanzarán el rango de proféticas, aplicadas a ella.
Para añadir complejidad (que no dificultad, ya que Fernández pertenece al raro elenco de científicos amenos), Cero absoluto encubre también, infinitos homenajes, algunos explicitados (como el paralelismo con el fabuloso relato de Ewers, “La araña”, o las fantasmagorías identitarias de Philip K. Dick), y otros menos evidentes, como los reconocimientos encubiertos a Sam Shepard, a William Golding, a Shakespeare o a Joyce, de quien Fernández aprendió debidamente la lección de dar a la literatura nuevas posibilidades expresivas. Estamos ante una novela que abre una época, seguramente porque es la primera narración que describe el mundo al que la gélida asociación entre tecnología y razón de empresa nos abocará en pocos lustros. Fernández no sólo lo ha contado antes, sino que, además, lo ha contado bien. No vale menos el segundo mérito que el primero.
(1) Zadie Smith, “Epílogo”, en Marco Cassini y Martina Testa, Generación quemada (una antología de autores norteamericanos); Siruela, Madrid, 2005, p. 268.
(2) Boris Groys, “La ciudad en la era de su reproducción turística”; Zut, nº 1, 2005, p. 11.
(3) Robert Creleey, The Island; Scribner’s, New York, 1963, p. 5.