Gutiérrez Solís
Salvador Gutiérrez Solís
El sentimiento cautivo; Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005
Puede sorprender a quienes accedieron a alguna de las novelas anteriores de Gutiérrez Solís (sobre todo a la experimental y alucinógena Más de cien bestias atrapadas en un punto, la última novela celiana de nuestra literatura), esta novela del autor, que cambia de registros y maneras, aunque aún dentro del submundo de la canallesca y los ambientes de decadencia que marcan su semántica, ambientada esta vez en los bajos fondos de la bohemia cordobesa de posguerra. Algo tendrán que ver los gustos comerciales en este cambio de rumbo de Gutiérrez Solís, pero la cuestión es si ha afectado o no a la calidad del texto. Y pronto se nos despejan las dudas.
El método escriturario es muy similar al que utilizara, también en una novela sobre una bohemia urbana, Juan Manuel de Prada en Las máscaras del héroe: una variación de la técnica del “manuscrito encontrado”, que en esta ocasión una mujer anónima le entrega a un periodista, en principio alguien muy parecido al autor. Ese periodista, para poder contar una historia verosímil, que imagina próxima a la verdad, a partir del manuscrito, decide escribir la novela. La técnica dirigida a la obtención de verosimilitud tampoco es nueva; se remonta al tratado de retórica de López Pinciano del siglo XVI, sobre el cual monta Cervantes el Quijote, siendo el procedimiento bien conocido. La variación de la técnica que introduce Gutiérrez Solís es su reduplicación, pues el personaje principal del manuscrito hallado, el pintor Julio Guzmán, es el destinatario al tiempo de un volumen memorialístico de su madre, Adela, que a su vez superpone su actualidad (un viaje en tren de 1964, año en que nace el protagonista) con una historia acaecida tres años antes, su relación platónica con un pintor llamado Mercurio. Por tanto, estamos ante una estructura narrativa de cajas chinas, con cuatro segmentos temporales: la inmediata temporalidad, donde se recuerda un artículo escrito por el periodista en 1999, cuya publicación origina la entrega del primer manuscrito; la actualidad de Julio Guzmán, un poco anterior, quizá principios de los noventa, y dos años de la posguerra separados por 36 meses. Esta estructura trasluce una evolución de la obra de Gutiérrez Solís, que está presente en la misma, descrita en la explicación que el poeta Pablo Quesada (trasunto quizá de Juan Bernier), le da al pintor Mercurio: “me alegra comprobar cómo te estás alejando de esa primera etapa, inevitable en todo artista, pero primera etapa, a fin de cuentas, de conocimiento de las formas y de la realidad, hasta hacerlas propias. Ya has encontrado tu propia voz (…) eres tú el que utiliza la técnica como le viene en gana, ya no te domina” (pp. 138-39).
Otro gesto de madurez es la habilidad de Gutiérrez Solís para la ambientación. La veracidad con que está recreado el entorno de la plaza de la Corredera en Córdoba, y de la vida y costumbres del grupo Tránsito (clara evocación del grupo poético Cántico) es uno de los más acertados aspectos de la novela, así como la construcción de la contradictoria y reprimida Adela, que acaba siendo un reflejo matricial de la represión vital del propio protagonista e hijo de aquella, Julio, aunque el final reserva, agazapada, una sugestiva sorpresa. No obstante, el hecho de que la elegida para contar el grueso de la historia sea la propia Adela, en un estilo algo ñoño y cursi, por más que así lo demandara el decoro poético de una mujer casi analfabeta (y con la pertinente disculpa del autor en la página 36), nos hace pensar en la magnífica novela que hubiera sido El sentimiento cautivo si el grueso de la acción hubiese sido presentado a través de un manuscrito escrito por uno de los autores de Tránsito. No sabemos si el personaje de Adela hubiera perdido parte de su fascinante veracidad, pero quizá el estilo hubiera recordado más al de los fascinantes libros anteriores de Gutiérrez Solís, sobre todo a La novela de un novelista malaleche, el que más me gusta de todos los suyos. Aún con esa rémora, El sentimiento cautivo es una novela ética y ambiciosa, compleja y exigente, que satisface al lector con un brillante e inesperado giro final.