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Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

18-11-2005 11:33:36

Edgardo Dobry

Categoria: GeneralVicente Luis Mora


Edgardo Dobry
El lago de los botes; Lumen, 2005


(A modo de reseña, transcribo la presentación que hice ayer en Sevilla del recomendable poemario de Edgardo Dobry)

Edgardo Dobry lleva sobre sí la carga de poeta raro. Esa rareza, indiscutible en algunos poemas, en otros no tanto, fue la que me sorprendió gratamente en Berlín, hace unos seis meses, cuando le escuché por vez primera. Allí, ante un público mitad germánico, mitad hispano, salió un poeta con aspecto de italiano de película de Scorsese, que comenzó a declamar un poema muy ingenioso e inteligente, un poema donde el joven poeta que lleva un siglo y medio recibiendo consejos de Rilke decide, por fin, contestar a las Cartas a un joven poeta de las narices. No era poco leer aquel poema, ante un público alemán, que hay que suponer devoto de Rilke. Pero del mismo modo que George Steiner va de vez en cuando a Alemania a resucitar los demonios del pasado nazi, para que no los olviden, allá que fue Edgardo Dobry a cantarle las cuarenta a uno de los padres de la poesía en lengua alemana, y triunfó. Su poema “Preguntas a Rilke en moto”, que encarecidamente le ruego a Dobry que lea después, también despertó la sonrisa de unos berlineses capaces de tragarse tres horas de recital en castellano un martes de junio por la tarde. Ustedes tranquilos, que nosotros no pasaremos de las dos horas y media. Decía que Dobry lleva, no sé si a gala, pero con segura paciencia, esa carga de poeta raro. En este interesantísimo poemario, El lago de los botes, encontrarán, espigados, algunos poemas y, sobre todo, algunos versos, que pueden parecer extraños, incluso para una sintaxis tan maleable como la poética, donde las licencias ortográficas y sintácticas son moneda común.

Pero esta rareza viene de un malentendimiento. En poesía no hay razón, a no ser que por tal entendamos una razón poética, o estética, como vindicaba la poeta y filósofa Chantal Maillard en un excelente ensayo así titulado, La razón estética (Laertes, 1998). Pero acaba de salir un ensayo aún más importante, escrito por el poeta cordobés y también filósofo Eduardo García, Una poética del límite (Pre-Textos, 2005), donde se defienden por fin varias ideas que a mí me parecen claves para entender no sólo la poesía actual, no sólo el lenguaje personalísimo de Dobry, sino también todo el fenómeno poético, lastrado por siglos de incontinente y rancio racionalismo. Entre ellas, que la escritura de poesía no tiene por qué atender a construcciones silogísticas, ni a reglas de tres. Que la poesía no se construye ni sobre el sentido ni sobre el sinsentido, sino mediante una frágil alianza, pasajera por desgracia, entre los dos. García sostiene que, incluso, uno de los objetivos del poeta de hoy es combatir la razón instrumental instalada en todos los mecanismos de poder (p. 248), algo en lo que estoy por completo de acuerdo. Y sostiene también que la conciencia simbólica es una de las armas más válidas para afrontar ese combate. Aquí podemos unir ese discurso con el de Dobry, que no en vano comienza uno de sus poemas con una cita de Lévy-Strauss, cuyo tenor es el que sigue: “el símbolo es más real que lo simbolizado”. Me parece que la conciencia simbólica y mítica es esencial para entender la obra de Dobry, lo que vamos a demostrar analizando uno de sus poemas.

El texto que da título al libro, “El lago de los botes”, es sencillamente memorable, una recreación irónica de la infancia, una de las muchas que atesora el poemario, dándonos igual si el recuerdo es verdadero o inventado, puesto que lo que transmite la veracidad, la poderosa sensación de verosimilitud es, precisamente, el distanciamiento que Dobry adpta al acercarse al tema, cuidándose mucho de caer en dos cosas que aborrece: el confesionalismo y la excesiva sentimentalidad, eso que aquí llamamos cursilería, y que en Argentina llaman cursilería. Su lírica está justo en el otro extremo: es cauta, reflexiva, es la obra de una persona que ha vivido mucho, que sabe que el tiempo no es gratis y que no todo tiempo pasado fue mejor; sus poemas, y en concreto “El lago de los botes”, son capaces de arrojar la nostalgia dejando sólo en el centro del escenario, en el objetivo de la cámara, única y exclusivamente la anécdota concreta que se trata de narrar, desvistiéndola de artificio, eliminando los resabios temblorosos de cualquier añoranza, tomándola como ejemplo. En realidad, es como si Dobry, ante un recuerdo concreto, se preguntase: ¿por qué me asalta recurrentemente esta imagen, dónde está el secreto de su poder simbólico? ¿Por qué, durante un atasco de impresora, me asalta un viaje que hice en autobús entre Buenos Aires y Rosario? Y, en vez de psicoanalizarse, como haría un buen argentino, Dobry decide entrar en su mito personal con el bisturí del lenguaje, colocando la anécdota, situándola en el centro para que hable, para que se exprese, porque –como lector de psicoanálisis que es– sabe Dobry que el lenguaje, según Lacan, nos habla, y el autor quiere escuchar qué tiene de particular ese lago, quiere cederle la voz, quiere verlo en el movimiento de su mente para entenderlo y entenderse, de paso. Y ahí, en esa observación, acabamos encontrando los resortes que, quizá me equivoque, movieron a Dobry a escribir el poema: resulta que ese lago “era toda nuestra mitología / en una ciudad sin más historia / que una decrépita promesa de futuro”. Y, un poco más adelante, añade que “en todas las casas siempre había / el rústico retrato de una boda, / el laguito en el fondo del paisaje”. Es decir: el lago de los botes era no más la inmersión del poeta en una experiencia colectiva, en un lugar que significaba algo para todos, en un arquetipo clavado en el inconsciente colectivo del lugar. Disculpen que me ponga junguiano, pero es mi de/formación. El poeta elige esa anécdota concreta porque simboliza para él su pertenencia a la sociedad, su entrada en la tribu, el cumplimiento estricto de una serie de ritos que daban el paso a la adolescencia, el lugar de los primeros besos, de los últimos juegos con los primeros amigos. Y su poder simbólico se basa, precisamente, no en la alegría que produce el recuerdo, sino en la putridez, en su condición de charca, semejante a las aguas estancadas de la conciencia. La voz, la persona poética que recuerda el lago de los botes, canta al hedor del lago, a la suciedad, a lo tocado con la “vara de hediondez y podedumbre” de la naturaleza. El lago, que tenía una pequeña isla en medio, es recordado así: “era un anillo oscuro entre los yuyos altos, / un agua tan opaca que parecía profunda, / tan quieta que el miedo alimentaba / a su fauna de larva y renacuajo”. Es decir, hay un duelo consciente en la experiencia del recuerdo entre la entrada ritual en la tribu del poeta y la morbosa enfermedad del fondo del estanque. La tenebrosa atmósfera descrita nos recuerda al perturbador cuadro de John Everett Millais, Ophelia (1852), donde lo acechante no es la muerte de la heroína, sino la inquietante oscuridad de las aguas que la arrastran. Lamento contradecir a José Kozer, que habla en la contraportada del libro de agua “heraclitiana”; si hay que citar a Heráclito yo hablaría más bien de su concepción del fuego universal; pero el agua, que Kozer me disculpe, ser parece más bien a la del poema “La flauta vertebral”, de Maiakovski:

si pasas por un puente distraído
y piensas, contemplando las aguas
-"Qué bien dormir ahí".
Soy yo, yo seré esas aguas si se agitan
Yo seré el Sena que te llama
mostrándote sus dientes de agua pútrida.

Todas las imágenes del poema se debaten entre la atracción y la repulsión a la imagen del nacimiento de la adolescencia (como puede verse en otro poema, “Historia de un bar mitzvá” ). Hay azúcar, pero su algodón “pringa” en la memoria. Hay miedo a lo que ocultan las aguas, pero la primera instantánea es positiva, nos habla del estanque vacío. Parece decirnos Dobry, como si tal cosa, que de si algo no podemos fiarnos es del recuerdo, y esa vacilación se expresa formalmente en un poema que combate entre la ironía y el miedo a los recuerdos escondidos, en clara dialogía semántica. No sé si queda claro con estas palabras que “El lago de los botes” es uno de los mejores poemas que he leído en mucho tiempo. Y no es el único dentro de un libro espléndido, vallejiano, con muchos momentos sugerentes, imágenes de gran belleza y una ternura incontenida, que nos vuelve inmediatamente cómplices, y acérrimos dobrynianos.
Por eso, querido oyente y futuro lector de El lago de los botes, no se crea usted nada cuando le digan que Edgardo Dobry es un poeta raro. Y si, leyendo estos versos, estos viajes instantáneos al pasado y por el espacio, algo le parece raro, sepa que el error está en sus ojos, y no en el poemario, que está rectamente escrito según los mejores cánones de la escritura poética; sepa que alguno de los textos le resulta extraño, el raro es usted, porque el libro es bueno.

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