Un Código da Vinci... en serio
Otra posibilidad de Código Da Vinci
Rodrigo Fresán
Vidas de santos; Mondadori, 2005
Escribir sobre historias terrenas, ciertamente sobrenaturales, pero con el lenguaje de la religiosidad bíblica era el declarado propósito de este libro irredento de Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963), según puede leerse en la nota final, y queda claro que ese es el resultado: un conjunto terrestre de relatos que se van imbricando, a partir de personajes que parecen sacados de una versión psicológica (con discapacitaciones mentales, no físicas) del filme La parada de los monstruos, de Tod Browning, para acabar en una narrativa mutante, extraterrestre, a medias entre la novela deconstruida y el libro de cuentos radioactivo. Un libro que por su temática estrambótica (los devaneos de varios transformismos antropomorfos de J.C., esto es, Dios; y de un alucinado cazador de santos) parecería una versión paródica y corrosiva de El código da Vinci si no fuera muchos años anterior. Un libro donde la existencia de un Ser Superior es una duda de nulo interés frente al valor de Dios como personaje y como “máquina narrativa” (p. 212), un Deus ex machina cuya fuerza simbólica es tan fuerte que admite el embate más chocarrero y crudo. Un libro inclasificable, conceptual y estilísticamente barroco, que entronca sus principios formales en el posmodernismo, como luego veremos, pero que se configura por méritos propios como una rareza dentro de esa obra, de por sí extraña y desafiante, que es la narrativa de Fresán. El cosmos creativo del autor, de hecho, es una referencia sustancial en Vidas de santos, ya que, según se aclara al final, podemos encontrar en sus páginas muchas claves para desentrañar el complejo y cumulativo universo fresaniano: así, se prefigura la novela Mantra (p. 19), se crea la ciudad errante Canciones Tristes, ya presente en Esperanto, y se recuperan la Fundación y el roquero La Roca del magnífico libro de relatos Historia argentina, aunque no hemos podido cotejar la primitiva versión de 1993, para saber cuáles de estas apariciones son primigenias y cuáles añadidos o “inserts”, que el autor reconoce haber hecho a posteriori (algo que también hiciera en la segunda edición del citado Historia argentina).
Creo que junto a Mantra o Esperanto, este Vidas de santos es una de las obras mayores de Fresán, lo que es tanto como decir de la última narrativa en castellano. Con la ambición desmedida y vitriólica de la primera, con la desolación y la música de la segunda, Vidas de santos es un collage de pesadillas amables, plagado de esos hallazgos que sólo puede crear Fresán: “el mundo de los otros se perdió como el nitrato de esas películas mudas donde todos tropiezan y corren detrás de algo que no saben bien qué es” (p. 32); “en el principio era el Verbo y el Verbo era creer” (p. 40); “me dijo (…) que le preguntara lo que quisiera. Le pregunté si Dios existía. Me contestó que lo importante no es que Dios exista sino que es un gran personaje. Le dije que eso no era una respuesta. Me contestó que lo mío, si lo pensaba un poco, tampoco era una pregunta” (p. 223); “en serio, Daniel se murió” (p. 189).
Alguno de los protagonistas, ocasionalmente, alude a la condición fragmentaria de todas las historias, de toda narración posible. Hemos dicho que, a medias entre la novela coral y el libro de cuentos entretejidos, Vidas de santos es un gran balbuceo donde el tartamudeo se asiste no de la repetición del vocablo, sino de la reproducción de bucles estilísticos, obviando las interjecciones. Si me admiten el símil, se incluyen sampleados sintácticos y semánticos que dan consistencia homogénea de estilo. Se hace así (amén de un homenaje a alguno de sus maestros, como Burroughs), una poética fiel al modo estético en que Fresán entiende no sólo el cuento, sino el hecho mismo de narrar; ya se ha señalado que en el relato posmoderno “el texto acaba siendo un objeto sin vector (…) es una producción, un resultado que, paradójicamente, se encuentra en estado de flujo constante, carente por completo de centro o de origen (…) aparece un cúmulo de fragmentos, una serie discontinua, nada queda definitivamente, tan sólo el devenir esencial del fragmento”; M. Carmen África Vidal, Hacia una patafísica de la esperanza. Reflexiones sobre la novela posmoderna; Universidad de Alicante, 1990, p. 39. A este respecto, las menciones sobre la necesidad de un movimiento perpetuo (“mantengan siempre la historia en movimiento”, p. 264; la cita del fotógrafo Daniel Kramer en p. 300) creo que son lo suficientemente reveladoras de esa condición de “flujo constante” del texto fresaniano, aunque más que de flujo consciente podría hablarse de “flujo de inconsciencia”: más Artaud que Woolf. Pero lo posmoderno no se agota en Vidas de santos con los aspectos formales. El volumen está trufado de incontables anécdotas chocarreras y desopilantes escenas de un surrealismo sólo comparable al de Greg Saunders, por lo que algún lector puede pensar que Fresán debería hacerse ver por un psiquiatra (o un psicoanalista, como buen argentino), pero, en realidad, las cosas no son tan fáciles. Nada en este realismo alucinógeno global está desorganizado. El enloquecimiento de este y otros libros de Fresán no es una neurosis, sino una psicopatía: una gélida mente late y programa el implacable y serio disparate, dentro de una cosmovisión muy cruel de lo humano, en la estela de Ballard. Lo mismo pasa con el aparente caos de referencias. Los libros de Fresán son una caja de resonancia de la cultura pop de su época: de la música, letras e imágenes del rock; de la serie B, de las películas en blanco y negro y en technicolor, de la literatura pulp y de la alta ciencia-ficción, del arte de baja calidad (Warhol), de los mitos creados y los sacralizados; toda esta globalización icónica entra en las obras de Fresán (y eso es lo que le distingue de otros narradores) consciente y alegremente, paladeando el escrutinio de esos materiales, cuya frivolidad habrá de contrastar con el natural melancólico y algo fatalista del autor. Fresán es actual y fashion en legítima defensa, para no dejarse vencer por el pesar, evitando de este modo escribir veinte continuaciones de El libro del desasosiego, de Pessoa; como señala la propia M. C. África Vidal, en la novela posmoderna no está bien vista la tragedia, cuya falta se vive como un “desgarramiento” (op. cit., p. 41). Es preferible retomar la poética de Burroughs y hacer de la literatura un lugar donde reconocer la disolución del mundo y la voluntad de “reconstruirlo como un constructor absurdo o decadente o paródico o privado, pero, aun así, creativo” (Ihab Hassan, The Dismemberment of Orpheus; Oxford University Press, New York, 1971, p. 98) Esa tensión entre lo metafísico y lo banal, esa concepción microscópica de lo grande, hace única la prosa de Fresán, cuyo discurso sabe operar el milagro de alternar elementos muy peligrosos sin brusquedad ni discontinuidades, afilando con ironía las aristas. La agilidad proverbial de estas páginas crea una imagen deslumbrante en el lector, que salta de una imagen teológica a otra de dibujos animados sin apreciar diferencias estilísticas, con la mayor naturalidad. Fresán es el sumun de la posmodernidad, sí, pero su frivolidad está compensada, su irreverencia es solemne, y su ironía triste, lo que nos obliga como lectores a mirar más allá de lo que se nos cuenta, para esclarecer qué se nos quiere contar. Como el Sukenick de The death of the Novel (1969), Fresán cree que hay que hacer libros lúdicos; pero discrepa de Sukenick en que eso se haga a costa de negar la posibilidad de una “gran obra”. Su forma de unir estos extremos es clara: hablar lúdicamente de aquello profundo, grave, que se nos debe contar. Y quizá aquello de lo que nos quiere hablar Fresán, disfrazado pero no oculto, es de la rapacidad del ser humano, capaz de ascender puestos en una Iglesia para colmar no su fe, sino su sed de poder. Quizá se quiera contar que la historia humana es apariencia, nuestra vida ruido y furia, y todo poder (terrenal o divino) un asesinato. Temas casi shakespearianos, muy serios, Canciones Tristes, que Fresán no puede, ni quiere, contar de otra manera. Ni falta que hace.
Peter Reuft — 2005-11-26 19:26:44
Mariche Van Dyk — 2005-11-30 21:43:23
Staub Barbara — 2005-12-03 19:32:56
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Niralaj — 2005-12-08 04:15:35
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