Escritores suicidas
La revista Rolling Stone publicó no hace mucho la nota de suicidio del ácido escritor Hunter S. Thompson, el mismo que solía dedicar sus libros tirándolos al aire y disparándoles. Titulada “Se acabó la temporada”, y supuestamente escrita dos días antes de su fallecimiento, rezaba así: “No habrá más juegos. No habrá más bombas. Ya no andaré más. Ya no habrá más alegrías. Ya no nadaré. 67. Eso es diecisiete años después de los cincuenta. Diecisiete más de los que necesitaba o quería. Aburrido. Siempre he sido enojón. No hay alegría. Para nadie. 67. Te estás volviendo avaricioso. Actúa tu vejez. Relájate. Esto no va a doler”.
La reedición en Árdora de la curiosa antología de José Luis Gallero, Antología de poetas suicidas (1770-1985), publicada por vez primera en 1989, vuelve a traernos a la actualidad un tema inquietante, pero por desgracia común: la aparente existencia, a la luz de la simple estadística, de una predisposición en los escritores, sobre todo en poetas, a la autodestrucción en general y el suicidio, como guinda de la misma, en particular. El tema dio para otra antología reciente: Suicidas: antología (Ópera Prima, 2003), mucho menos completa que la de Gallero, quien ha optado por no actualizar el macabro recuento con varios poetas que se quitaron la vida con posterioridad a su primera edición; entre ellos podríamos destacar al extraño pero notable escritor Pedro Casariego Córdoba, que se lanzó a una vía de tren en enero de 1993, y al magnífico y añorado Javier Egea, muerto en 1999 y objeto de un inexplicable e irritante descuido (debería utilizar otra palabra, pero podría sufrir querellas) por parte de sus herederos legales.
Pese a lo que pueda parecer, y frente a lo que ocurre en otras profesiones, el del suicidio no es un tema tabú entre literatos; de hecho, incluso da lugar a manifestaciones de humor negro: es un lugar común entre novelistas que los poetas se suicidan más porque no ganan un duro. Bromas aparte, la determinación de un escritor cuando decide suicidarse sólo es comparable en fuerza y desesperación a la del resto de las personas por sobrevivir. José María Parreño se pregunta, en el prólogo a esta antología: "¿de qué huía Ángel Ganivet cuando se arroja desde un vapor al Duina, y tras ser rescatado trabajosamente por los pasajeros aprovecha un descuido para sumergirse otra vez en la corriente helada? ¿Qué le da fuerzas (...) a Antero de Quental para dispararse dos veces consecutivas?" La voluntad de morir en estos y otros muchos casos es casi irrefrenable. Paul Celan, como Ganivet, se lanzó de nuevo desde el puente Mirabeau tras haber sido rescatado. La sombra de la locura no se cierne sólo sobre el suicida, sino también sobre la persona que escucha tal empeño de otros en matarse, y persigue entender sus razones. ¿Cuáles podrían ser esos motivos? José Manuel Caballero Bonald, en un artículo llamado "Escritores y bebedores" (Mercurio, sept. 2001), decía: “el registro universal de escritores está superpoblado de dosis persecutorias de alcohol –o de lo que sea– usadas de modo sistemático o como meras fórmulas interinas para sortear las arenas movedizas de la impotencia. Lo que pasa es que los encontronazos de la sensibilidad artística con la realidad de la vida han sido por lo común lamentables”. El escritor tiene siempre un carácter que roza la melancolía (no en vano el asombroso tratado de Robert Burton, Anatomía de la melancolía, está trufado de incontables citas de literatos), y esa predisposición psicológica le convierte en víctima potencial de la atracción de la muerte como fin rápido a sus sufrimientos: “apenas hay melancólico en el que no aparezca la actitud suicida. La inversa no es cierta: no todo suicida es melancólico (...) La actitud suicida connota unas instancias destructivas hacia el propio sujeto, inhibidas de proyectarlas fuera de sí. En muchos melancólicos hay, junto a fantasías de autodestrucción, fantasías de destrucción del mundo, de repulsión del mundo, muy activas en el plano fantástico” (Carlos Castilla del Pino, Introducción a la psiquiatría, 1; Alianza Universidad, 1978, p. 301). Quizá por eso abunden las novelas de ciencia-ficción apocalípticas, las distopías o los escritores misántropos: serían, desde este punto de vista, intentos de canalizar hacia otro lugar la dirección de la violencia íntima.
En efecto, los escritores parecen tener muchas dificultades para encontrar la paz interior: “no aspiro a la felicidad, sino a la tranquilidad”, podemos leer en la correspondencia de Flaubert. Ese ideal de sofrosine es contemplado con esperanza y deseo por el escritor de cierta edad; pero hay otro grupo de escritores, para los cuales esa salida no es posible una vez que la inspiración, la motivación o el arte les han abandonado, o ya no les vale en absoluto para seguir viviendo, porque su proceso autodestructivo abarca y deshace el creativo; son éstos quienes llevan a sus últimas consecuencias la dura sentencia de Horacio en su Ars poetica: "nosotros y nuestras obras nos debemos a la muerte". Para ellos, afectados por el gran fantasma del suicidio desde mucho antes de su consumación, escribir o ya no existe o simplemente no les importa, dejando atrás familia, hijos, dinero y lo que haga falta. De tan extendido y frecuentado, no podemos decir ya que el proceso degenerativo que prefigura este suicidio sea inopinado o inexplicable. El poeta suicida por antonomasia es el italiano Cesare Pavese, quien decía en las páginas finales de su diario: "no se puede terminar con estilo (...) Todo esto da asco". El griego Cariotakis escribió que "hasta hoy, he querido matarme a cada instante". Y seguía así: "aconsejo a cuantos sepan nadar que no intenten jamás suicidarse tirándose al mar. Durante diez horas me estuve peleando con las olas. Tragué una enormidad de agua y, sin saber cómo, de vez en cuando subía a la superficie. Seguramente algún día, cuando tenga oportunidad, escribiré las impresiones de un ahogado". El escritor sigue ahí, sigue vivo aunque se esté muriendo. Cariotakis, tras salvarse, sólo piensa en escribir esa experiencia o suicidarse; al final, desgraciadamente, optó por la segunda opción. No nos sorprendemos. Tampoco de esto, apuntado por Lili Brik: "la idea del suicidio era para Maiakovski como una enfermedad crónica, que empeoraba cuando las condiciones ambientales eran adversas". La visión de los escritores sobre su oficio, en ocasiones, suele tener en cuenta esta amarga posibilidad final: valgan los versos de “Oficio de suicidas”, de Juan Luis Panero: “oficio melancólico, construir estas jaulas, / estas escasas lápidas del tiempo que nos pasa, / oficio de suicidas, intentar retener / la huella de la luz en sílabas de sombra”; o los de Eduardo Moga, en Las horas y los labios: “Ayer se suicidó otro poeta. Otro más. / (Todos los poetas se suicidan, aunque mueran de viejos)”. E incluso, en algunos casos extremos, llega a la justificación, como en el conocido ensayo de Jean Améry, Levantar la mano sobre uno mismo: discurso sobre la muerte voluntaria (Pre-Textos, 1998), que llevó a término sus corolarios con trágica e irreprochable coherencia.
Muchos escritores suicidas tienen algo en común: haber escrito textos sobre el suicidio. Diríase que los autores tuvieran una especie de don premonitorio que les permitiera saber de antemano la causa de su muerte. La ensayista María do Cebreiro recuerda en As terceiras mulleres (2005, libro muy recomendable) el caso, curioso por no decir morboso, del poeta gallego Eusebio Lorenzo Baleirón, cuya prematura muerte (no por propia mano) en 1985 le impidió ver cómo salía a la luz su tercer poemario, de título… La muerte presentida. Stig Dagerman, antes de los treinta años, escribió lo siguiente: “creo comprender que el suicidio es la única prueba de la libertad humana”; a los 31, ejercería esa libertad que se había concedido (1). Novo, Costafreda y otros muchos escribieron poemas sobre el suicidio. Parece haber una tentación previa, sostenida en ocasiones durante años, a tratar el tema desde el punto de vista literario, para acometerlo después de una manera lamentablemente práctica. Es aterradora la narración que hace José Luis Gallero en su antología de las circunstancias del suicidio de von Kleist. En 1811 éste escribe: "mi vida, la más atrozmente llena de toda clase de tormentos que haya vivido un hombre, va a quedar compensada por la más dulce de las muertes". Nueve días más tarde pasea con Henriette Vogel junto al lago Wannsee; un testigo de ese paseo declara que nunca había visto dos personas tan alegres. Hacia la cuatro de la tarde se escuchan dos disparos. Una carta suya de la noche anterior, 20 de noviembre, comienza así: "estamos muertos en el camino de Potsdam". Una vez que el escritor comprende que la vida ha terminado del todo, que lo único que la justificaba ya no lo hace, coge el hatillo y se lanza al río como Celan, se descerraja un tiro como Larra o persigue una bala amiga, como Byron, en un campo de batalla (ciertos actos sólo pueden entenderse como suicidios disfrazados). El poeta muere como antes escribía. Desesperadamente. Alegres y confiados, en paz consigo mismos o no, los escritores no ignoran en el fondo que existe la posibilidad de tomar el camino de Potsdam, para viajar al centro de la muerte. Cioran nos decía que "un hombre solo debe estar aún más solo". Camus, que el suicidio es el único problema filosófico serio -y, para algunos, el último-. Lo mejor es, aunque tengan razón, no hacerles caso.
(1) Debo el conocimiento del escrito de Dagerman, "Nuestra necesidad de consuelo es insaciable" (1952) a la generosidad del experto en este tema (como en tantos otros), Guillermo Ruiz Villagordo.