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Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

28-10-2005 13:00:35

Escritores suicidas

Categoria: GeneralVicente Luis Mora

La revista Rolling Stone publicó no hace mucho la nota de suicidio del ácido escritor Hunter S. Thompson, el mismo que solía dedicar sus libros tirándolos al aire y disparándoles. Titulada “Se acabó la temporada”, y supuestamente escrita dos días antes de su fallecimiento, rezaba así: “No habrá más juegos. No habrá más bombas. Ya no andaré más. Ya no habrá más alegrías. Ya no nadaré. 67. Eso es diecisiete años después de los cincuenta. Diecisiete más de los que necesitaba o quería. Aburrido. Siempre he sido enojón. No hay alegría. Para nadie. 67. Te estás volviendo avaricioso. Actúa tu vejez. Relájate. Esto no va a doler”.

La reedición en Árdora de la curiosa antología de José Luis Gallero, Antología de poetas suicidas (1770-1985), publicada por vez primera en 1989, vuelve a traernos a la actualidad un tema inquietante, pero por desgracia común: la aparente existencia, a la luz de la simple estadística, de una predisposición en los escritores, sobre todo en poetas, a la autodestrucción en general y el suicidio, como guinda de la misma, en particular. El tema dio para otra antología reciente: Suicidas: antología (Ópera Prima, 2003), mucho menos completa que la de Gallero, quien ha optado por no actualizar el macabro recuento con varios poetas que se quitaron la vida con posterioridad a su primera edición; entre ellos podríamos destacar al extraño pero notable escritor Pedro Casariego Córdoba, que se lanzó a una vía de tren en enero de 1993, y al magnífico y añorado Javier Egea, muerto en 1999 y objeto de un inexplicable e irritante descuido (debería utilizar otra palabra, pero podría sufrir querellas) por parte de sus herederos legales.

Pese a lo que pueda parecer, y frente a lo que ocurre en otras profesiones, el del suicidio no es un tema tabú entre literatos; de hecho, incluso da lugar a manifestaciones de humor negro: es un lugar común entre novelistas que los poetas se suicidan más porque no ganan un duro. Bromas aparte, la determinación de un escritor cuando decide suicidarse sólo es comparable en fuerza y desesperación a la del resto de las personas por sobrevivir. José María Parreño se pregunta, en el prólogo a esta antología: "¿de qué huía Ángel Ganivet cuando se arroja desde un vapor al Duina, y tras ser rescatado trabajosamente por los pasajeros aprovecha un descuido para sumergirse otra vez en la corriente helada? ¿Qué le da fuerzas (...) a Antero de Quental para dispararse dos veces consecutivas?" La voluntad de morir en estos y otros muchos casos es casi irrefrenable. Paul Celan, como Ganivet, se lanzó de nuevo desde el puente Mirabeau tras haber sido rescatado. La sombra de la locura no se cierne sólo sobre el suicida, sino también sobre la persona que escucha tal empeño de otros en matarse, y persigue entender sus razones. ¿Cuáles podrían ser esos motivos? José Manuel Caballero Bonald, en un artículo llamado "Escritores y bebedores" (Mercurio, sept. 2001), decía: “el registro universal de escritores está superpoblado de dosis persecutorias de alcohol –o de lo que sea– usadas de modo sistemático o como meras fórmulas interinas para sortear las arenas movedizas de la impotencia. Lo que pasa es que los encontronazos de la sensibilidad artística con la realidad de la vida han sido por lo común lamentables”. El escritor tiene siempre un carácter que roza la melancolía (no en vano el asombroso tratado de Robert Burton, Anatomía de la melancolía, está trufado de incontables citas de literatos), y esa predisposición psicológica le convierte en víctima potencial de la atracción de la muerte como fin rápido a sus sufrimientos: “apenas hay melancólico en el que no aparezca la actitud suicida. La inversa no es cierta: no todo suicida es melancólico (...) La actitud suicida connota unas instancias destructivas hacia el propio sujeto, inhibidas de proyectarlas fuera de sí. En muchos melancólicos hay, junto a fantasías de autodestrucción, fantasías de destrucción del mundo, de repulsión del mundo, muy activas en el plano fantástico” (Carlos Castilla del Pino, Introducción a la psiquiatría, 1; Alianza Universidad, 1978, p. 301). Quizá por eso abunden las novelas de ciencia-ficción apocalípticas, las distopías o los escritores misántropos: serían, desde este punto de vista, intentos de canalizar hacia otro lugar la dirección de la violencia íntima.

En efecto, los escritores parecen tener muchas dificultades para encontrar la paz interior: “no aspiro a la felicidad, sino a la tranquilidad”, podemos leer en la correspondencia de Flaubert. Ese ideal de sofrosine es contemplado con esperanza y deseo por el escritor de cierta edad; pero hay otro grupo de escritores, para los cuales esa salida no es posible una vez que la inspiración, la motivación o el arte les han abandonado, o ya no les vale en absoluto para seguir viviendo, porque su proceso autodestructivo abarca y deshace el creativo; son éstos quienes llevan a sus últimas consecuencias la dura sentencia de Horacio en su Ars poetica: "nosotros y nuestras obras nos debemos a la muerte". Para ellos, afectados por el gran fantasma del suicidio desde mucho antes de su consumación, escribir o ya no existe o simplemente no les importa, dejando atrás familia, hijos, dinero y lo que haga falta. De tan extendido y frecuentado, no podemos decir ya que el proceso degenerativo que prefigura este suicidio sea inopinado o inexplicable. El poeta suicida por antonomasia es el italiano Cesare Pavese, quien decía en las páginas finales de su diario: "no se puede terminar con estilo (...) Todo esto da asco". El griego Cariotakis escribió que "hasta hoy, he querido matarme a cada instante". Y seguía así: "aconsejo a cuantos sepan nadar que no intenten jamás suicidarse tirándose al mar. Durante diez horas me estuve peleando con las olas. Tragué una enormidad de agua y, sin saber cómo, de vez en cuando subía a la superficie. Seguramente algún día, cuando tenga oportunidad, escribiré las impresiones de un ahogado". El escritor sigue ahí, sigue vivo aunque se esté muriendo. Cariotakis, tras salvarse, sólo piensa en escribir esa experiencia o suicidarse; al final, desgraciadamente, optó por la segunda opción. No nos sorprendemos. Tampoco de esto, apuntado por Lili Brik: "la idea del suicidio era para Maiakovski como una enfermedad crónica, que empeoraba cuando las condiciones ambientales eran adversas". La visión de los escritores sobre su oficio, en ocasiones, suele tener en cuenta esta amarga posibilidad final: valgan los versos de “Oficio de suicidas”, de Juan Luis Panero: “oficio melancólico, construir estas jaulas, / estas escasas lápidas del tiempo que nos pasa, / oficio de suicidas, intentar retener / la huella de la luz en sílabas de sombra”; o los de Eduardo Moga, en Las horas y los labios: “Ayer se suicidó otro poeta. Otro más. / (Todos los poetas se suicidan, aunque mueran de viejos)”. E incluso, en algunos casos extremos, llega a la justificación, como en el conocido ensayo de Jean Améry, Levantar la mano sobre uno mismo: discurso sobre la muerte voluntaria (Pre-Textos, 1998), que llevó a término sus corolarios con trágica e irreprochable coherencia.

Muchos escritores suicidas tienen algo en común: haber escrito textos sobre el suicidio. Diríase que los autores tuvieran una especie de don premonitorio que les permitiera saber de antemano la causa de su muerte. La ensayista María do Cebreiro recuerda en As terceiras mulleres (2005, libro muy recomendable) el caso, curioso por no decir morboso, del poeta gallego Eusebio Lorenzo Baleirón, cuya prematura muerte (no por propia mano) en 1985 le impidió ver cómo salía a la luz su tercer poemario, de título… La muerte presentida. Stig Dagerman, antes de los treinta años, escribió lo siguiente: “creo comprender que el suicidio es la única prueba de la libertad humana”; a los 31, ejercería esa libertad que se había concedido (1). Novo, Costafreda y otros muchos escribieron poemas sobre el suicidio. Parece haber una tentación previa, sostenida en ocasiones durante años, a tratar el tema desde el punto de vista literario, para acometerlo después de una manera lamentablemente práctica. Es aterradora la narración que hace José Luis Gallero en su antología de las circunstancias del suicidio de von Kleist. En 1811 éste escribe: "mi vida, la más atrozmente llena de toda clase de tormentos que haya vivido un hombre, va a quedar compensada por la más dulce de las muertes". Nueve días más tarde pasea con Henriette Vogel junto al lago Wannsee; un testigo de ese paseo declara que nunca había visto dos personas tan alegres. Hacia la cuatro de la tarde se escuchan dos disparos. Una carta suya de la noche anterior, 20 de noviembre, comienza así: "estamos muertos en el camino de Potsdam". Una vez que el escritor comprende que la vida ha terminado del todo, que lo único que la justificaba ya no lo hace, coge el hatillo y se lanza al río como Celan, se descerraja un tiro como Larra o persigue una bala amiga, como Byron, en un campo de batalla (ciertos actos sólo pueden entenderse como suicidios disfrazados). El poeta muere como antes escribía. Desesperadamente. Alegres y confiados, en paz consigo mismos o no, los escritores no ignoran en el fondo que existe la posibilidad de tomar el camino de Potsdam, para viajar al centro de la muerte. Cioran nos decía que "un hombre solo debe estar aún más solo". Camus, que el suicidio es el único problema filosófico serio -y, para algunos, el último-. Lo mejor es, aunque tengan razón, no hacerles caso.


(1) Debo el conocimiento del escrito de Dagerman, "Nuestra necesidad de consuelo es insaciable" (1952) a la generosidad del experto en este tema (como en tantos otros), Guillermo Ruiz Villagordo.

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Comentarios

  1. Cioran suicidándose? ésta sí que es buena!

    obscur — 29-10-2005 00:15:29

  2. Cioran, que yo sepa, murió por causas naturales.

    Jaime Olavarría — 29-10-2005 18:38:02

  3. Lo que aquí se llama Postdam, que suena a dique del correo, en realidad se llama Potsdam.
    Cioran no sólo murió por causas naturales: murió esperando la muerte. Debe de ser la edad.

    MIguel Martinez-Lage — 29-10-2005 19:51:36

  4. Caramba, estaba seguro de lo de Cioran. Será que daba por hecho que pasaría, mientras leía su obra. No sé cómo se me ha colado eso. Me informaré. Lo de Potsdam es otro lapsus. Sorry. Gracias a los tres por señalármelos. Procedo a corregirlos.

    vicente luis mora — 29-10-2005 20:36:50

  5. vaya miguel! para cuando disjecta (al completo) en castellano o el damned to fame de knowlson? ¿¿¿(sería una ruina económica)??? ni pensar ya en una nueva traducción de lo ya mal que bien traducido a nuestro maravilloso ámbito cultural de nuevos ricos autosatisfechos en su inanidad...

    obscur — 29-10-2005 21:02:32

  6. Efectivamente, Cioran no se suicidó. El otro día con el lío mental que tenía se me pasó comentártelo. Hay un caso parecido de escritor que mentaba el suicidio mucho y suele creerse que acabó él mismo con su vida, pero ahora no recuerdo el nombre, a ver si caigo.
    De paso, aprovecho para plantear una duda que sólo podría ser aclarada detectivescamente. Tiene como escenario el suicidio de Ganivet. Veamos: ¿cómo es que después de tirarse al agua helada del Duina y ser rescatado, cuando los pasajeros debían estar más pendientes de él y con sus fuerzas imagino que mermadas por las bajísimas temperaturas, consiguió volver a arrojarse al río en un descuido de sus salvadores y esta vez no fue rescatado? ¿En qué consiste ese magnífico descuido, cuando la primera vez, en que el salto de Ganivet les pillaría por sorpresa, sí consiguieron rescatarle y no así la segunda? Es una situación que nunca he podido entender, por lo que deduzco que algún dato se escamotea de esa versión oficial. ¿Alguna opinión?

    Guillermo Ruiz — 29-10-2005 23:55:09

  7. Cioran murió, en efecto, de causas naturales (vaya pleonasmo). De hecho, escribió que aquel que piensa constantemente en el suicidio, nunca se suicidará. Creo que el escritor que a Guillermo Ruiz no le sale es Thomas Berhard.En él se cumple también el dictum de Cioran, aunque su obra fue un conato de aniquilación permanente.

    JOSÉ ANTONIO LLERA — 02-11-2005 19:00:13

  8. interesane reseña ref.poetas suic.-en el DIARIO DE CÁDIZ
    http://www.diariodecadiz.com/diariodecadiz/articul...

    valentin spindler — 10-11-2005 19:51:17

  9. Transcribo una reseña aparecida en la revista Lateral:

    El gran impaciente.
    Suicidio literario y filosófico
    Toni Montesinos
    March Editor
    Madrid, 2005
    284 págs., 15 €

    Toni Montesinos (Barcelona, 1972) es licenciado en Filología Hispánica y colabora en diversas publicaciones de crítica literaria, cine y ensayo. El autor hace un recorrido histórico por el suicidio religioso, filosófico y literario. Comienza esa línea de tiempo con apartados dedicados a los pueblos bárbaros, la antig¸edad grecolatina, la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco. Capítulo aparte merece el siglo xx, muy prolífico al respecto.
    “Saludo a todos mis amigos. Ojalá puedan ver el alba tras la larga noche. Yo, demasiado impaciente, me marcho antes” escribía en su nota de despedida el escritor austriaco Stefan Zweig, unos minutos antes de ingerir una dosis mortal de narcóticos. Estas palabras sentencian el espíritu común que aúna a los más de trescientos cincuenta autores incluídos en esta recopilación, que abarca desde el siglo vi a.C. hasta la actualidad. Gracias a todos ellos, asistiremos a un desfile protagonizado por la muerte voluntaria y el arte literario y filosófico llevado, en muchas ocasiones, hasta el paroxismo. Conoceremos un amplio repertorio de métodos, lugares y excusas para salir de la vida; viajaremos en el tiempo para descubrir detalles de derecho, religión o psiquiatría que explican la actitud histórica del ser humano frente al suicidio.
    Lo más interesante del libro tal vez sea la cronología de literatos y filósofos suicidas, inaugurada por Pitágoras en el siglo vi a.C., pasando por Séneca, Petronio, Lev Tólstoi, Máximo Gorki, Nikolai Gógol, Guy de Maupassant, Vladimir Maiakovski, Jack London, Ernest Hemingway, Walter Benjamin, Virginia Woolf, Yukio Mishima, Tennessee Williams, Alejandra Pizarnik o Gilles Deleuze, y que se cierra con el escritor y periodista estadounidense Hunter S. Thompson, en febrero de 2005.
    La última sección del libro corresponde a una antología de poetas suicidas del siglo xx, en la que se incluyen autores poco editados e incluso completamente inéditos.
    Por cierto… el autor invita a los lectores a contribuir y enriquecer este catálogo de muertes voluntarias con los nombres que seguramente faltan en esta recopilación, así como también para enmendar y corregir posibles errores. La página web www.elgranimpaciente.com tiene como objetivo mantener esta obra constantemente actualizada.
    JULIÁN CHAPPA

    Informante — 11-11-2005 12:12:31

  10. A tal efecto, y una vez que aparezca en Cuadernos del Sur, colgaré aquí mi lista personal de escritores suicidas, que ocupa un par de páginas. Gracias por la colaboración, Julián y Valentín.

    vicente luis mora — 11-11-2005 12:20:39

  11. Por su interés, reproduzco el artículo de Myriam Díaz Blanco, “La enfermedad divina”, El Mundo, suplemento salud (accesible en http://www.el-mundo.es/salud/1995/143/00681.html):

    “Los griegos llamaban a los poetas «enfermos divinos», hoy los estudios
    demuestran que las personas que padecen manía o depresión tienen una mayor predisposición a realizar trabajos creativos.
    Decir que la obra de Shelley, Keats, Byron, Van Gogh o Schumann no se debe a los favores del dios Apolo, sino a un desequilibrio mental del autor, es quitarle bastante encanto a la historia, pero así lo asegura una decena de trabajos publicados en los últimos veinte años en algunas de las revistas psiquiátricas más prestigiosas del mundo. Y lo cierto es que la relación entre la creatividad y la locura no es algo nuevo, sino que se remonta al mundo clásico. Los griegos llamaban a los poetas «locos» o «enfermos divinos».
    Según un artículo de Kay Jamison, psicóloga de la Universidad de California en Los Ángeles, publicado en el Scientific American, la mayoría de los artistas que han pasado a la Historia, ya sea por su excentricidad en vida o por su excéntrica muerte -además de por su obra-, sufrió alguna de las dos principales enfermedades anímicas: depresión o manía depresiva. Esta última es una enfermedad con componente genético que arrastra constantemente al paciente desde un estado depresivo a otro hiperactivo y eufórico, por eso se la conoce también como enfermedad bipolar. En cambio, la depresión causa periodos de melancolía.
    Ya sea en una modalidad o en la otra, la depresión sumerge al paciente en la apatía; enlentece los movimientos y el pensamiento; trastorna el sueño; mengua la memoria y la concentración y atrae sentimientos de culpa y pensamientos suicidas. En la manía, todos estos síntomas se alternan con los síntomas contrarios, y el estado de ánimo y la autoestima pasan de estar por los suelos a estar muy elevados. A finales del siglo pasado, algunos psiquiatras, sobre todo Cesare Lombroso, alimentaron la idea de que «creatividad» iba asociada a «enfermedad mental» y de que ambas eran hereditarias. Hasta los años 70, ninguno de los estudios publicados había utilizado las técnicas modernas de diagnóstico diseñadas para mejorar la fiabilidad de las valoraciones psiquiátricas, como son las entrevistas personales a una muestra definida de personas. Seguramente, el renovado interés, en nuestro siglo, por demostrar la relación entre creatividad y locura se deba al aumento de suicidios entre escritores contemporáneos: Sylvia Plath, Hemingway, Virginia Woolf, etc. En 1973, Nancy Andreasen, de la Universidad de Iowa, entrevistó a 15 escritores y a 15 individuos control. Diez de los escritores (67%) habían estado siguiendo algún tratamiento psiquiátrico con anterioridad, frente a un 13% del grupo control. Y seis (40%) de los escritores eran alcohólicos frente a dos del grupo control. Este fue el primer estudio riguroso que se llevó a cabo con criterios estrictamente de diagnóstico. Diez años después, Kay Jamison estudió a 47 artistas y escritores británicos distinguidos y encontró que un 38% había estado en tratamiento por depresión y que el grupo de los escritores era el que más problemas psiquiátricos había tenido. Los que salían peor parados eran los poetas -la mitad había requerido hospitalización o medicación, o ambas cosas-, mientras que los biógrafos que no necesitan, según Jamison, el «fuego creador», no tenían problemas con su estado de ánimo.
    Otro psiquiatra interesado en este tema es Hagop Akisal, de la Universidad de Tennessee, que estudió a 750 pacientes con esquizofrenia y enfermedades depresivas para ver si la creatividad era mayor en ellos que en la población general. Encontró que los casos severos de manía depresiva mostraban un comportamiento antisocial; que un 9 o 10% de los casos de manía moderados tenía aptitudes artísticas; y que los que sufrían sólo depresión no mostraban dotes creativas. Los resultados del estudio de Akisal sugerían que los enfermos emocionales son más creativos que las personas equilibradas, pero antes de sacar conclusiones, Ruth Richards, de la Universidad de Harvard, realizó otro estudio que comparaba a una serie de pacientes con manía-depresiva y manía moderada, con individuos control que no tenían historia personal ni familiar de enfermedad mental. El resultado mostró que, en efecto, la creatividad era significativamente mayor
    entre los pacientes con manía moderada que entre los controles.
    Para averiguar qué es lo que sucede con el resto de profesionales «no
    creativos», Arnold Ludwig, de la Universidad de Kentucky, realizó un extenso estudio -publicado en junio de 1992 en el American Journal of Psychoterapy- a partir de 1.005 individuos que representaban a 18 profesiones distintas, y cuyas biografías fueron analizadas durante un periodo de 30 años, entre 1960 y 1990, en el New York Times Review.
    Los individuos que desempeñaban trabajos creativos (personas que trabajaban en el teatro, escritores, artistas -excepto arquitectos-, compositores e intérpretes musicales) tenían mayor riesgo de sufrir desequilibrio mental y mayores tasas de alcoholismo, consumo de drogas, depresión, ansiedad, psicosis, etc., comparados con militares, científicos, algunos hombres de negocios y funcionarios.

    Profesiones y patología
    Las diferentes respuestas según el empleo sugieren que hay ciertas formas de patología mental que pueden ser ventajosas para unas profesiones y no para otras. Por otro lado, Ludwig interpretó que determinadas profesiones artísticas atraen a personas predispuestas, causan una serie de problemas que se repiten en las personas de la misma profesión; y podrían cultivar ciertas patologías como un camino para alcanzar la fama y éxito. Un ejemplo de esto último es la predisposición de ciertos músicos a la droga y al alcohol. Puede que no sea sólo una razón biológica, o porque crean que las drogas pueden estimular la actuación, sino también por la presión existente en el círculo de personas más cercano. «En cierto sentido, la depresión es una visión del mundo a través de un cristal oscuro, y la manía es lo que se ve a través de un caleidoscopio, a menudo brillante pero fragmentado», afirma Jamison. No se sabe qué cambios suceden en el cerebro de un individuo con manía depresiva para que incremente la creatividad, pero se sabe que la manía leve es un estado altamente energético que aumenta la atención y la productividad. El litio y los anticonvulsivos han sido terapias eficaces contra estos trastornos,
    pero reducen la actividad intelectual y limitan la capacidad de percepción.”

    vicente luis mora — 15-11-2005 09:03:13

  12. He leído con gran interés su artículo sobre escritores suicidas. No sé por qué, me atrae el tema desde hace muchos años. Tanto, que hace unos meses comencé a incluir cada ciertos días una pequeña reseña biográfica de uno. La lista se va haciendo extensa; muy extensa, pero lo más "preocupante", es que la lista de los pendientes se va alargando cada día. Todos los días y gracias a artículos como el suyo, voy descubriendo nuevos seres que escribían y que decidieron un día acabar son sus vidas.
    Si tienen alguna curiosidad, aquí les dejo el linck.

    http://www.clubcultura.com/foros/mensaje.php?mensa...

    HERMANN — 02-01-2006 18:37:39

  13. Es una preocupación extendida, no sólo nosotros y el critico Guillermo Ruiz Villagordo, que frecuenta estas páginas, estamos interesados en el tema. Hay varios blog y páginas web dedicados al mismo, así como libros y antologías diversas... El problema es, en realidad, que es un hecho que afecta a demasiados escritores de demasiados sitios. Si a la lista de suicidas añadimos la de quienes acabaron locos en sus últimos años o perseguidos políticamente, como Pamuk o Rusdhie, vemos que escribir es una profesión de gente a la que no le importa sufrir, sea por propia mano o por ajena...

    vicente luis mora — 04-01-2006 10:21:26

  14. Los poetas se suicidan por decencia; Quién en su sano juicio poético no se sucidaría.La vida que pese a multitud de indicios no es un asco, es una bendición para poder ejercer la única y sobarana acción libre: el suicidio.

    Miguel lucas — 02-05-2006 20:45:46


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