Doctor Pasavento
Enrique Vila-Matas
Doctor Pasavento; Anagrama, 2005
La literatura del agotamiento
Con mucho retraso, por el que pido disculpas, cumplo mi obligación con un lector anónimo de este blog, y con Paul M. Viejo, que me animaron a elaborar la crítica de Doctor Pasavento. Lo que viene a continuación (esto es: la crítica) no será del gusto de casi nadie. Ha sido doloroso redactar lo que viene a continuación, pero mi obligación es hacerlo. Iremos de menos a más, y de lo concreto a lo abstracto, operando por inducción.
Doctor Pasavento no tiene trama, si por tal entendemos el conjunto de acciones de varios personajes de una novela; lo que tiene es argumento, o argumentos, en el sentido del D.R.A.E.: “asunto o materia de que se trata en una obra”. Se supone que hay un personaje que habla en primera persona y que, en un juego que de tan extendido comienza a estar manido y oler sospechosamente, se aproxima en su perfil biográfico al propio autor. Es decir: del mismo modo que hay un Cercas en los dos últimos libros de Cercas (el primero con el mismo nombre, el segundo no), o un Bret Easton Ellis en la última novela del novelista norteamericano, o un Neuman en Una vez Argentina, hay un Andrés Pasavento que, en una de sus infancias inventadas, es Enrique Vila-Matas: escritor de éxito, barcelonés, francófilo, con una geografía sentimental coincidente con la descrita en las páginas 129 a 131, y editado en Francia por Christian Bourgois-éditeur. Según declaraciones a El País (06/09/2005), Vila-Matas ha intentado "lo que Sergio Pitol define como la idea del descenso, el viaje a uno mismo, el deseo de viajar sin retorno...". La pregunta es: ¿cuál es la intención literaria de este viaje, que otros hacen en unas memorias, o directamente a un psicoanalista? O, formulada de otro modo: ¿por qué se ha elegido el formato de novela para este desplazamiento? Las respuestas de Vila-Matas, por desgracia, hay que buscarlas siempre en la literatura de otros. Es el problema de hacer metaliteratura, uno renuncia de principio a cualquier pretensión de originalidad. Vila-Matas ha escogido, o más bien plagiado, el modo de hacer novelas de Milan Kundera, sobre todo del Kundera francés, a partir de La insoportable levedad del ser. El problema es… que Vila-Matas no es, ni mucho menos, Kundera, y la estrategia de la copia no funciona. Kundera viene haciendo, desde sus primeros libros franceses, un interesante experimento novelístico que se describe rápidamente: hay un narrador, normalmente creado en primera persona, que cuenta una historia (la novela), pero que se permite digresiones ensayísticas sobre un tema concreto (vgr., el destierro, en La ignorancia), de forma que a la novela hay que sumarle un muy interesante y penetrante ensayo: el resultado son dos libros, por lo común buenos, en uno. Este es el “sistema Vila-Matas” de sus cuatro últimos libros: Bartleby y compañía, París no se acaba nunca, El mal de Montano y Doctor Pasavento. Pero hay un enorme problema, como decimos, y es que fallan todas las ecuaciones que convierten en valiosas las obras de Kundera: en los libros de Vila-Matas no hay novela alguna, el ensayo es pobrísimo y lleno de obviedades, la síntesis entre los dos traída por los pelos y el resultado (no dos libros, sino ninguno) es de una superficialidad, una pesantez y una nadería absolutamente desconcertantes, no sólo por la persistencia escrituraria aplicada, sino por la para mí inexplicable buena acogida de la crítica española (la de la francesa es más lógica, a lo mejor luego la explicamos) y la de los lectores. Hecho el diagnóstico, desarrollemos los síntomas en que nos basamos. Para Jordi Gracia, que hizo una reseña inteligente, descriptiva para evitar la valoración, de Doctor Pasavento, la extraña situación de Vila-Matas en nuestra literatura, su condición de extranjero entre nosotros, se debe a “la obstinación con que ha emprendido la invención de una macrofantasía literaria en torno a la vida como literatura y la literatura como vida” (“La nostalgia de la inocencia”, Babelia, 03/09/2005). Yo más bien, y no es por corregir al inteligentísimo Gracia, hablaría de “microfantasía”, por no decir “nanofantasía”. Cada vez me aburren más los libros sobre escritores, que entiendo como una masturbación con la mano de otro, al defender el presunto carácter extraordinario de los artistas dedicados a las letras, lo que es tanto como defender la propia condición de “fuera de lo común”. Yo, que conozco a bastantes escritores, pienso que la excepcionalidad es más bien la excepción, valga la redundancia, lo cual iguala la profesión a cualquiera otra. Sospecho que el abuso de escritores como personajes (y así lo he mostrado en varias críticas, con harto enfado de sus autores –por algo será–) manifiesta más bien la absoluta incapacidad para crear personajes reales, con vida propia, tomados de la calle y que se sostengan por sí solos, sin los habituales tics de los amanuenses. Y creo que en Vila-Matas la patología ha llegado a ser psicopatía, y que el prometedor autor de Historia abreviada de la literatura portátil se ha convertido en un prisionero de sí mismo, un hombre encarcelado en las vidas de otros escritores, que escribe sobre escritores encerrados porque él lo es, que escribe sobre autores que han renunciado a escribir novelas, fantasías, porque él lo ha hecho, y que aborda la desaparición porque a él le gustaría desaparecer del papel de escritor que se ha inventado, para convertirse en un desconocido escritor “de verdad”: alguien capaz de inventarse vidas creíbles y con auténtica pasión, sin suscitar el aburrimiento y la irritación (al menos, ese ha sido mi caso) de los lectores. No estoy extremando mi opinión, ni creando fantasmas. El propio Vila-Matas inserta un texto de autodefensa que, en su condición de excusatio non petita, me da la razón: “fui a parar a las declaraciones de un novelista de Nueva York al que le recriminaban que la literatura entrara tanto en sus novelas. ‘Los libros y los escritores son parte de la realidad, son tan reales como esta mesa junto a la que estamos sentados’ (…) sentí una íntima satisfacción al ver que la mesa existía y la literatura también” (p. 202). Nadie ataca ese modo de proceder, que sustentan autores tan diferentes como Borges y Kundera, Magris o Tabucchi, Houellebecq o Sebald, Ricardo Piglia o Juan Bonilla. Lo que le falta a la literatura de Vila-Matas no es literatura, sino sangre, vida, realidad, apego a la existencia normal de las personas normales, tratamiento ocasional de lo ocasional. Algo que se le achacaba a Juan Manuel de Prada, y que tanto le ha molestado siempre a este tipo de escritores, donde la relación literatura-vida (muy defendible) cede invariablemente a favor de la primera parte de la ecuación. Para Vila-Matas la literatura lo justifica todo, algo de lo que tenemos un espeso ejemplo en la página 297, donde se rebaja la musa al intento de salvar por la literatura un mensaje soez escrito en un servicio de caballeros. Me temo que aquí la escritura no salva nada, ni siquiera justifica: otros autores, además de escribir, cuentan cosas, e invitan al lector al coito, en vez de obligarle a presenciar una masturbación con escaso derrame seminal, según el jocoso y exacto poema de Valente. He aquí el problema mayor, pues: incluso donde se supone que está el fuerte de Vila-Matas, en las digresiones sobre literatura, en su condición de letraherido y de enamorado de esa infantilidad que es el mundo shandy (algo de lo que se reiría el muy práctico y apegado a lo concreto Sterne), sus opiniones son las más de las veces un mero aguafuerte, y en otras ocasiones simples notas impresionistas sobre libros, sin un mínimo valor ensayístico. Los escritores que aparecen son máscaras, descritos apenas por sus manías; sus obras, etiquetas culturales. Dicho de otra manera: las disquisiciones literarias de Vila-Matas sobre Walser (1) o Montaigne, derivaciones pasicortas de lugares comunes de la crítica centroeuropea, no llegan al análisis poderoso de Barnes sobre Flaubert en El loro de Flaubert (Anagrama, 1992) o el de Crumey sobre Rousseau en El señor Mee (Siruela, 2001), por poner los primeros ejemplos que se me ocurren, ni alcanzan la aguda y epifánica altura que otros escritores sueltan en apuntes cortos en sus novelas o diarios, como Tabucchi o la Elizabeth Costello de Coetzee. Por tanto, cabe reiterar lo que más arriba decíamos, en la comparación con Kundera: el narrador de las novelas de Vila-Matas es un pesado estomagante, masturbatorio en la descripción de sus relaciones con la literatura, que es incapaz de contar una novela digna, ni de hacer una elaboración ensayística de altura.
Esclarecida la impotencia ensayística de Vila-Matas, tampoco es difícil argumentar la novelística. Doctor Pasavento describe, durante cuatrocientas páginas idénticas, las derivas burguesas e insustanciales, de hoteles a calles, de calles a bares, y de bares a hoteles, de un supuesto escondido cuyo comportamiento es tan irracional, excéntrico y amanerado que no se distingue de lo que las personas normales llamamos “loco por llamar la atención”. Si la primera ley del escondido es la invisibilidad, la permanencia silenciosa y estática en un mismo sitio y el comportamiento aquietado, el memo integral descrito por Vila-Matas como Andrés Pasavento resulta ser un saltimbanqui psíquico y atorrante físico que va haciendo el ridículo verbal y conductual por media Europa y la República Centroafricana. Saltando de personalidad con la excusa absurda de hacer una indagación sobre la moderna “desaparición del sujeto” (filosofía, cuántos atentados cometidos en tu nombre), asistimos a la acumulación de Ingravallos (Gadda), Reggianis, Pinchones, Pychons (su aparición aquí es un insulto para él), y doctores varios, que no suponen ninguna investigación sobre la soledad, la descomposición del sujeto o la identidad, por cuanto son varios clones con la misma nadería interior, y todas las nadas, como bien saben los hombres de ciencia o los metafísicos, son imágenes exactas e intercambiables de la Nada misma, del Vacío. Así que eso es lo que se ofrece en Doctor Pasaveto, como en los restaurantes argentinos de carne: cuatrocientos platos de “vacío”, cuya ingestión acaba resultando una pesadilla ingobernable para el lector. Estos pseudopersonajes, que interactúan con personajes reales retratados de una manera plana, insustancial (¿cómo es posible hacer aparecer a Lobo Antunes en una novela y despacharlo como si fuera su foto en los libros?), que no regalan ni un solo diálogo brillante, que describen muertes de hijas sin movernos más que al bostezo, van urdiendo una sucesión de escenas a medias entre la ficción y la realidad, con un hilo muy delicado y fino (el azar, las casualidades), que en las manazas de Vila-Matas desaparece, aterrorizado. La literatura fundada en casualidades goza ya de tradición y excelentes singularidades (Paul Auster), pero necesita de pulsión, de élan vital, de sangre. Las coincidencias de Doctor Pasavento están cogidas con alfileres, por los pelos; son insostenibles, cuando no irritantes: todas las apariciones de Siria de la novela, y no digamos las conexiones entre Siria y la calle parisina de Vaneau, suscitan al lector la pregunta de si el escritor le ha tomado por gilipollas: basta consultar, creo, la página 254. A lo mejor la pobreza del concepto de casualidad manejado por Vila-Matas, descrito en la p. 330, es la causante de la inoperancia del uso: a tal cosmovisión, tal aplicación. Y respecto al supuesto tema clave del libro, la desaparición, ese tema que el propio autor califica de “muy complejo” en alguna parte del libro, y que es descrito con tan poca complejidad, sus apariciones son contradictorias y superficiales. El personaje que quiere desaparecer ya ha desaparecido en realidad, desde el momento en que nadie va a ir a buscarle si se pierde (p. 61) –algo que no me extraña en absoluto, yo tampoco le buscaría–; el narrador incluso se hace consciente de esa contradicción (p. 237), en uno de sus muchos circunloquios en los cientos de circularidades mentales que nos ofrece este libro, por no poder decir “novela”, porque la novela es, o debiera ser, otra cosa. Llevamos muchos años oyendo hablar de la muerte de la novela; yo no diría tanto, pero sí diría que la “literatura del agotamiento” de Barth ha llegado a la lengua española con unos tintes muy distintos de los que describía el prosista norteamericano; y que esa literatura del agotamiento está presente en esta novela del desnortado Vila-Matas, un autor a quien respeté en sus principios pero que cada vez veo más como un bluff disfrazado de acogido francés (pueblo encantado de acoger escritores foráneos con síndrome parisino de Estocolmo); y esto no sería del todo grave si no me temiera que, poco a poco, ese agotamiento va a ser el de los propios lectores, a quienes mercado editorial y crítica (véase la inexplicable reseña de Pozuelo Yvancos en el ABCD Las Artes y las Letras nº 711, 17/09/2005) presentan como obras maestras y cimas de la literatura artefactos absolutamente insostenibles.
(1) Por lo menos, el homenaje a Walser no es tan pestífero como el del cineasta portugués Joâo César Monteiro sobre el autor de Jakob von Gunten, el filme Branca neve (2000), que consistía en rodar cómo los copos de nieve caían sobre una superficie, hasta llegar a un inacabable fundido en negro. La lectura no me ha resultado tan aburrida, pero casi.
:: PAN y VERDURA :: — 2006-01-10 21:15:03