Un libro indispensable
Un nuevo paradigma
Agustín Fernández Mallo
Joan Fontaine Odisea; La Poesía, señor hidalgo, Barcelona, 2005
En su excelente libro de ensayos Los papeles rotos (2004), decía Julián Jiménez Heffernan: “en España no hay ni ha habido poeta que mire a la naturaleza de manera directa, con avidez empírica. Mucho menos con una mirada informada científica o filosóficamente”. Hoy no podría ya decirlo, después de la publicación de este sorprendente y magnífico libro, Joan Fontaine Odisea, de Agustín Fernández Mallo.
Para adentrarnos en él, mejor que hacer descripciones impresionistas, sería conveniente hacer una disección estructural del poemario, para asimilar la acumulación de niveles de complejidad. A su principio, después de una curiosa reproducción de un acta notarial (que califica de “deconstrucción” la aventura estética que el libro propone), se expone ésta entre dos partes de un mismo poema (que comienza en la página 15 y acaba en la última, la 137). Hasta aquí lo relacionado con la película Rebecca, de Hitchcock, y con la Joan Fontaine del título. Entre medias, se intercalan 81 “proposiciones”, que parecen poemas. Las llamamos proposiciones porque sólo esta palabra admite los tres sentidos en que Fernández Mallo utiliza sus textos: el matemático (según el D.R.A.E., “enunciación de una verdad demostrada o que se trata de demostrar”), el lingüístico (“unidad lingüística de estructura oracional”), y el filosófico, ya que el poemario está estructurado siguiendo la fórmula proposicional del Tractatus Logico Philosophicus, de Wittgenstein: una hipótesis a partir de la cual se van formulando subhipótesis retóricas o formales. Como vemos, no estamos ante un poemario habitual, ni ante un poeta al uso. El autor ha defendido en una poética en marcha, publicada en Lateral (diciembre 2004), y titulada “Poesía Postpoética”, “la necesidad de un cambio tan radical como en su día lo operaron las vanguardias. Hablamos de la necesidad de que los poetas acometan sin complejos la deconstrucción de la poesía, única disciplina artística que aún no lo ha hecho. (…) Así, la relación entre ciencia y poesía escrita está ahí y siempre ha estado, aunque como rareza parasitaria de la poesía correcta. Lo que se propone es una especie de regreso a un período pre-ilustrado en el que poesía y ciencias aún no estaban separadas”.
En suma, lo que se nos plantea es un retorno no a la Antigüedad, pero sí a cierto modo antiguo de unir todas las ramas del conocimiento, incluidas las artísticas, para esclarecer el lugar del hombre en el mundo: un lugar presocrático. Según recuerda W. K. C. Guthrie, Jenófanes, “como todo poeta griego, era un maestro con un mensaje para comunicar la forma poética no es un obstáculo para la filosofía. Aunque los milesios usaban la prosa, hallaremos a Parménides y a Empédocles expresando en verso sus sistemas intelectuales altamente complejos, como lo haría el romano Lucrecio” . Este modelo, por usar otra palabra anfibológica, está muy presente en toda la obra de AFM (incluyendo la anterior a este libro), como puede verse en proposiciones como la 25, construida como “teorema” dialéctico, o en otros poemas desarrollados como fórmulas. A ello habría que unir una dimensión intraartística y de continuidad genérica, ya que no se desdeñan apropiacionismos o poemas visuales. La propuesta no puede ser más saludable, sobre todo porque al ayuntamiento de ciencia y poesía añade AFM un tercer elemento, la filosofía, que como decía Mallarmé, en el Prefacio a Un golpe de dados (1867), “no hay motivo alguno para excluir de la Poesía”. También para Whitehead (Modes of Thought, 1938), “la filosofía es similar a la poesía (…) En cada una se encuentran referencias a formas que van más allá del significado directo de las palabras. La poesía se asocia a la ‘métrica’, la filosofía al esquema matemático”. Pero la asociación con la filosofía y la ciencia no las hace (y ahí discrepo con el autor, respetando su aquilatada postura), a mi juicio, intercambiables. Llamo en mi apoyo a Jenaro Talens, que en un reciente texto , apuntaba: “si se trata de esclarecer en qué se diferencia la poesía (…) de la ciencia, del mito, e incluso de la prosa, en la hermenéutica gadameriana (o en Heidegger), la respuesta podría formularse así: si toda comprensión del mundo es lingüística (…), y puesto que en la poesía se manifiesta en su mayor pureza la esencia de la lingüisticidad (…) el estudio del lenguaje poético adquiere una prioridad necesaria en el estudio filosófico de la comprensión del mundo”; es decir, que está antes que la ciencia y la filosofía en la “des-ocultación del sentido” de la verdad del mundo. Pero, con independencia de nuestro desacuerdo con la idea de AFM de que no son distintas cosas las tres ramas del conocimiento, hay que dejar dos conceptos claros: primero, que esa es la opinión (muy bien fundamentada, insisto) del poeta; segundo, que Joan Fontaine Odisea responde, por completo, a su poética, con lo cual la resolución artística de sus presupuestos es, simplemente, intachable, y por ello de un doble valor en nuestra poesía actual: por su originalidad y dificultad, sí; pero también por la rara coherencia y honestidad con que tal poética ha sido vertida.
Descendiendo, más en concreto, a esa última parte, la materialización de la propuesta, quizá fuera fácil oponer a esa ambiciosa composición teórica un cierto descuido en la expresión final, como si el poeta se hubiera conformado con que la fórmula cuadrase para dar por hecha su vertiente artística. Si bien puede parecerlo en algunos momentos, ya que el poemario es muy largo (83 piezas, nada menos) y heterogéneo, no es menos cierto que el número de textos notables, en sí mismo, conforma un libro asombroso, al que los secundarios quizá ensombrezcan, sin anularlo. E incluso en esas proposiciones menores, asoman de cuando en cuando momentos intensos: “todo está escrito y lo que llamas escribir / es ir quitándole palabras” (p. 16); “adónde regreso, si la realidad no existe, / te dices” (p. 31); “la tierra fue creada redonda para que el hombre encontrara en la repetición un consuelo a esa soledad” (p. 33), “sé que tengo / un doble creciendo / en un muro de Central Park” (p. 114). Como buen discípulo de Wittgenstein, Joan Fontaine Odisea es una interrogación sobre el lenguaje (ver la espléndida proposición 13), la crisis de la representación y los límites del mundo. Como buen físico, AFM intenta el análisis de las regularidades cuantificables que afectan a una mente creadora, tiene presente las leyes del caos e intenta aproximarse a un concepto no determinista del tiempo (v. proposiciones 21, 24 y 79).
Luego hay cuestiones que van elevando los niveles de exigencia. Primero, que subrepticiamente, el libro está concebido (y realizado) como el diario trunco de un año, desde enero hasta diciembre. Segundo, la incorporación de las ciencias, cuya aparición es significativa, en el sentido de que añade contenido, de modo que quien no tenga unos mínimos conocimientos científicos quedará al margen de algunos hallazgos incontestables, como el magno poema sobre la función de Dirac y la duda de Leibniz (prop. 32), uno de los mejores y más complejos buceos en la subjetividad que este crítico haya leído en años, un poema absolutamente histórico, por su singularidad y ambición, y por ser, ya se verá, el primero de una nueva era, de un nuevo modo de entender lo poético en el panorama literario nacional: “quizá estemos viviendo en el epílogo, / en el tiempo que viene después del logos”. Cuando Fernández Mallo subtituló su poética “Hacia un nuevo paradigma”, no estaba exagerando un ápice, ni formulando un deseo, sino que constataba un hecho. Joan Fontaine Odisea es, precisamente, ese paradigma nuevo y necesario.
(1) W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía giega. Tomo I. Los primeros presocráticos y los pitagóricos (1962); Gredos, Madrid, 1984, p. 341.
(2) J. Talens, “Contrapolíticas del realismo”, en A. Sánchez Robayna y Jordi Doce (eds.), Poesía hispánica contemporánea; Círculo de Lectores, 2005, pp. 135-36.