Una buena aportación para una crítica "nueva" de poesía
Alfredo Saldaña
“Poesía y pensamiento crítico” (2005)
Con este título, el profesor Alfredo Saldaña ha presentado en julio, en un curso de verano organizado en Jaca, una interesante ponencia, cuya lectura me ha motivado el siguiente comentario. Nadie dude en sumar al mío el suyo, ya que lo interesante en estos casos es la red crítica que se genera, más que los textos concretos.
Son muchos los extremos interesantes de esta ponencia, que intenta leer la poesía española actual en su dificultoso diálogo con la posmodernidad. En otros lugares, y a raíz de otros libros (Intransiciones, de Eduardo Subirats (ed.); Negociaciones para una poética dialógica, de Jenaro Talens; Después de la modernidad, de Julia Barella, y un corto etcétera, por desgracia), nos hemos acercado a esta dialéctica de sordos, que Saldaña aborda desde un materialismo de corte marxista, más frankfurtiano que althusseriano, y por lo tanto más en la onda de Antonio Méndez Rubio o Virgilio Tortosa que de Miguel Ángel García o Juan Carlos Rodríguez.
Para Saldaña, la lectura de la poesía española posmoderna exigiría desprenderse de algunos prejuicios, como “la autoridad del sentido o el significado trascendental” (no confundir esto último con poesía de corte trascendente, alguna muy interesante, como parte de la antologada en A. Krawietz y F. León, La otra joven poesía española; Igitur, 2003). También son inatacables algunos de los corolarios de Saldaña sobre el tono general de nuestra poesía: abuso de la intertextualidad y del referencialismo literario, desactivación de los principios rupturistas de las vanguardias, desideologización, práctica de poéticas que sólo dialogan borreguilmente con la tradición, en vez de combatir con ella o revisarla y, en general, una “falta de crítica” contra el estado de cosas social y cultural. Lo penúltimo (la crítica al sistema social) es opcional, por supuesto; lo segundo, la denuncia de la cortedad de miras de esas entelequias llamadas cultura o literatura españolas, es impostergable, debiendo hacerse si no teóricamente (a ningún poeta se le puede exigir ser, además, un notable ensayista), sí, y sin remedio, de manera práctica, con el propio ejemplo. Hay que distanciarse de la época cultural de uno: se vindican a veces figuras como las de Lorca, Cernuda o Juan Ramón, sin hacer la misma revolución que ellos hicieron con sus obras en su tiempo: la lección de los maestros no es sólo la que contienen sus versos, sino la distancia entre éstos y la práctica lírica de su tiempo.
Propone Saldaña un concepto muy interesante, que habría que estudiar a fondo: la “estética de la otredad”, que supone: el desborde del canon clásico de belleza, un campo de fuerzas que permita el conflicto de materiales culturales, la otredad en el sentido de Portoalegre, en el de la extrañeza de Baudelaire y la rajadura de Rimbaud, y la decanonización de los modelos tipo Bloom. Creo que el planteamiento es muy atractivo, como digo, pero quizá necesita de una mejor definición de modelos: no me imagino a la persona más egocéntrica y asocial de la historia de la poesía europea, Rimbaud, aceptando su inclusión en una poética que también incluye el lema político del “otro mundo es posible”. Tampoco creo que toda idea de canon sea pérfida en sí. Es obvio, como dice Saldaña, que “en el caso de la poesía española de estas últimas décadas, con frecuencia se ha querido construir el canon como una verdad pura e inmutable”; pero también es obvio que ese canon hispánico no tiene nada que ver con el Western Canon de Bloom, que adolecerá de otros vicios, pero no de particularismo estético, precisamente. La idea de fondo debería ser un concepto de “estética de otredad” que se constituyera poéticamente tan fuerte (por seguir con terminología de Bloom) que se convirtiera en el canon central, desplazando los falsos o impuestos anteriores: creer que se puede estar al margen de un canon es algo loable, pero inocente. Siempre habrá cánones y, además, la canonización puede ayudarnos a combatir los postulados relativistas del todo vale; lo importante es que los cánones sean fijados por las personas más capacitadas de cada época. Es cierto que autores como el Dr. Johnson o Sainte-Beuve cometieron graves olvidos y tropelías pero, en general, hicieron mucho más beneficio que daño; obliteraron algunas propuestas de valor de su época, pero enseñaron a las siguientes generaciones, en algún caso durante siglos, a leer bien a los escritores de épocas anteriores a ellos.
Otro acierto de Saldaña, junto al de la aproximación a la “estética de la otredad” me parece el requerimiento de un “desplazamiento epistémico”, de una variación de los puntos de vista de observación y seguimiento de los fenómenos poéticos, debido precisamente al impacto que sobre la última teoría y práctica literaria, han tenido multitud de hechos y estímulos no siempre relacionados con la cultura, como los medios de comunicación, la tiranía icónica o la generalizada crisis de valores. Aunque parece evidente que la escritura (entendida de un modo general) no es la misma ya que a mediados de siglo pasado, los parámetros críticos medios (no hablamos de suplementos literarios, sino de análisis –ay– universitarios) no difieren demasiado de los fijados por los epígonos de la Estilística. Estos criterios pueden ser válidos para criticar a epígonos de las líneas poéticas coetáneas a ellos, pero no para nuevas hornadas de poetas con preocupaciones absolutamente diferentes, y con unas evidentes referencias icónicas, televisivas y publicitarias que en los poetas de mediados del XX no existían o sólo aparecían en forma larvaria. Para Saldaña (y para quien esto firma, como es lógico), es necesaria una crítica con los modos de formalización actualizados y pasados por los sucesivos tamices de, al menos, la Semiótica y los postulados de la Teoría de la Información, amén de los sociólogos que vienen estudiando, desde 1960, la comunicación de masas. En realidad, este desplazamiento epistemológico que Saldaña propone no es más que llevar su otra aportación, la “estética de la otredad”, a la crítica literaria, lo que demuestra una sana coherencia intelectual. Ello permitiría, además, evitar los lastres y el malentendimiento de lo que sea la posmodernidad cultural, concepto que ha provocado análisis tan chocarreros y desopilantes como los que brindaba generosamente el profesor Cano Ballesta, cuya desastrosa antología de Cátedra sigue y seguirá brindando un excelente modelo de cómo no ejercer la crítica literaria. Frente a esas posturas (de las cuales Cano es uno, pero no el único, representante), se necesita una “sensibilidad crítica posmoderna” que entienda, en su justa medida y con todas las complejas ramificaciones necesarias, la auténtica dimensión de lo que algunas poéticas patrias están proponiendo. Saldaña recoge algunas, afines a su propia posición ideológica, como las de I. Pérez Montalbán, Méndez Rubio, David González, Kepa Murua, etc., aunque creo que junto a estos marcos de análisis cabe también reivindicar la necesidad de una sensibilidad crítica posmoderna para comprender lo que están haciendo autores tan interesantes como Jesús Aguado, Pablo García Casado, o el Diego Doncel de su poemario de próxima edición, cuya lectura crítica es imposible si no se tienen unos amplios rudimentos teóricos de base posmoderna, por la simple razón de que su escritura tiene, precisamente, esos mimbres compositivos.
Sólo queda decir que nos encantaría ver impresas en libro lo antes posible estas reflexiones de Saldaña y que, por supuesto, todavía más nos gustaría que alguna de ellas tomara además forma en la práctica de la nada posmoderna ni consciente de su tiempo crítica española de poesía.
Nikolaj Holmboe — 2006-01-13 04:43:23
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