La dificultad de decir “ahí”
Jorge Riechmann
Ahí te quiero ver; Icaria, 2005
La última de las etapas de la poesía de Jorge Riechmann (Madrid, 1962) ilumina, en realidad, tres libros: las prosas de Una morada en el aire (Los Libros del Viejo Topo, 2003), Un zumbido cercano (Calambur, Madrid, 2003) y los versos del poemario que nos ocupa en este momento, el reciente Ahí te quiero ver (Icaria, 2005). Estos tres libros confluyen en una poética que es indistintamente una ética y una estética, algo que, en principio, parece casi lugar común cuando nos referimos a Riechmann, pero que, a mi juicio, nunca se había dado con tanta coherencia en su obra. Esta poética viene marcada por la presencia de un concepto, el ahí, que vamos a intentar definir progresiva y escalonadamente, para no desorientar al lector. Riechmann la plantea de manera frontal en el prólogo de Una morada en el aire, explicitando algo más en la p. 37 y ahondando, ya sin veladuras, a partir de la p. 48. Su primera aparición (y esto no es casual en un ecologista convencido y continuo defensor de las causas protectoras de animales) es referida a un animal, un perro, una de cuyas virtudes es, según el autor, estar “de verdad en lo que está, viviendo absorto el ‘ahí’, sin tonterías ni distracciones”. Estamos, pues, ante una singular proximidad a la vida.
En segundo lugar, y elevando un poco, Riechmann encadena una serie de citas (José Jiménez, Félix Duque, Lévinas, Bauman), que desde el prestigio del pensamiento ajeno nos sitúan en la conformación de la moral del otro, que Duque resume de este modo: el autrui como el “otro-ahí como contundente respuesta de Lévinas al dasein heideggeriano”, al que opone un ahí que sería “un materialismo radical, en la medida en que concibamos el materialismo –a la manera de Marx y de Manuel Sacristán– como inmanentismo integral” (Ahí te quiero ver, p. 43). Estamos de acuerdo en parte (en la parte de Duque y Lévinas, para ser exactos), y no es difícil compartir la desolación de Riechmann ante la frialdad del modo de Heidegger de tratar el ahí, un ahí que no incluye como propio al otro, y que le resulta no inmoral, sino –casi peor– amoral (1). El profesor universitario de Ética que es Riechmann no puede dejar de tomar partido, y lo hace de un modo no sólo político o filosófico sino práctico; esto es: poético. Y entonces queda el problema de cómo cohonestar ambos planteamientos, cómo materializar creativamente lo que aparece como obvio a las luces de la razón, e incluso (esto es obvio en el poeta, que trasluce un pensamiento muy parecido al de Gary Snyder, por poner un ejemplo), a las oscuras luces del animal que somos. Pero Riechmann, sea para continuar o para confrontar, no olvida nunca al pensador de Friburgo: en “Arte breve”, dentro de Ahí te quiero ver, comienza una serie de poemas en base de tres versos con la rúbrica “heideggereando un poco” (p. 25); y, paradójicamente, es también en Heidegger donde encontramos una posibilidad de lectura total de la fórmula del ahí; no por aserto del filósofo alemán, sino por una sugestiva cita que éste hace en sus Holzwege de Rainer M. Rilke, en carta a un lector ruso: “usted debe entender el concepto de ‘abierto’ que he intentado proponer a esa elegía, de tal manera que el grado de conciencia del animal sitúa a éste en el mundo sin que tenga que enfrentarse permanentemente a él (como hacemos nosotros); el animal está en el mundo; nosotros estamos ante el mundo (...) debido a la intensificación que ha desarrollado nuestra conciencia”. Nos hallamos, pues, ante una poética de la apertura: la apertura al mundo, al otro, al uno mismo. Y creo que esa poética consiste en un desandamiento de la aparición de esa conciencia demasiado intensificada y rígida, utilizando la inconsciencia parcial que nos da el método del irracionalismo poético. Un ejemplo hermoso de esto es el siguiente texto de Riechmann: “en mi sueño edifiqué una cárcel donde continúo preso tras despertar, si es que estoy despierto. La celda, espiral de nácar, es harto más dura que mis nuevas manos de corcho y espuma: y no puedo hallar las otras” (Un zumbido cercano, p. 116). El discurso no rompe del todo el tono realista, y sin embargo el resultado es puramente onírico, al modo de los mejores momentos de Robert Walser o de su más famoso imitador, Franz Kafka.
Así pues, a la vista de lo anterior y, en concreto, del contenido lírico y prosódico de Ahí te quiero ver, la noción de ahí en Riechmann significa, acumulativamente:
• Un acercamiento al modo natural (animal) de ver, entender y, sobre todo, sentir el mundo: p. 21.
• Un acercamiento a lo femenino como fuerza o pulsión del mundo (pp.15-17); una de sus variantes es el tema de Gea como originadora de la palabra (Ahí te quiero ver, pp. 48, 50, 55) y lo ventral como principio creador (p. 48).
• Como consecuencia de lo anterior, el ahí es el lugar de la revinculación material (pero espiritual) del hombre con su entorno: “debajo del ala del escarabajo. / En la desnudez fragante de la astilla. / Ahí. (Ahí que es la palabra de lo humano)” (pieza 43 de “Arte breve”; cf. también p. 51). Lo inmediato es algo más que un dato, y es nuestra posibilidad; en realidad, nuestra única posibilidad: de ahí la necesidad de “asomarse” (p. 31) al mundo, con vocación de sorpresa: “El mundo está ahí. Misericordia. Asombro” (íbidem).
• Este entorno es también temporal, amén de espacial: “No conectar con el buen tiempo pasado, recomendaba Brecht (…) sino con el mal tiempo presente: ésta es sin duda una de las dimensiones básicas del ahí” (op. cit., p. 41).
• El “estar ahí” como una continuación ética del “dasein” de Heidegger; de hecho, las tríadas 52 a 54 de “Arte breve” están dedicadas al pensamiento del alemán.
• Enlazando con el último verso, el ahí se constituye como un proceso, un largo periplo que nos embarca como especie, como género y como individuo.
• Y enlazando, en este caso con su trilogía ensayística de la sostenibilidad, la poética del ahí se concibe como una religación teórica entre el hombre y el mundo, disociadas desde el siglo XX por la “nueva alianza” con la ciencia. A juicio de Riechmann, “la ciencia (…) nos hace perder mundo. (…) La poesía es el camino real para el imprescindible retorno (…) vuelta a las cosas, los seres y los vínculos concretos: al mundo de las cualidades y las singularidades” (“Epílogo: ciencia, poesía y la noción de ahí”, Ahí te quiero ver, p. 114).
• Para ese viaje (una verdadera Bildungsroman), la poesía tiene poderes no taumatúrgicos, pero sí preformativos: puede transformar al individuo que la lee y, desde luego, al que la escribe. Es, además, una poética: “los poetas aspiramos a más: querríamos concentrar la vida humana en una palabra. He descubierto que la mía es ese potente deíctico tan pleno de resonancias, ahí” (“Epílogo”, Ahí te quiero ver, op. cit., p. 38), y una ética: cf. p. 42.
Ahí te quiero ver es, por lo tanto, un raro ejemplo de work in progress, un puzzle (a esta construcción se añade específicamente en el último de los 99 fragmentos de “Arte breve”) que se ha ido gestando por acumulación. De hecho, el propósito inicial de “Arte breve”, hacer 33 tríadas de tres versos de arte libre, se ha visto superado, según se ve en el trigésimo tercero, para acabar llegando –siempre por una regla de tres, de acuerdo con la antigua sabiduría china– hasta tres veces 33: noventa y nueve; no sabemos, pensamos que no, si teniendo en mente la autoantología de Valente Noventa y nueve poemas. A partir de ahí, otros dos libros mayores de Riechmann, algo posteriores en el tiempo y en la misma órbita del ahí: “De ahí que” y “cincuenta microgramos de platino e iridio”. Con este montaje sucesivo, no es de extrañar que este sea uno de los primeros libros que uno ha leído con dos “Epílogos”. Y, sin embargo, no puede hablarse de inconclusión o deslavazamiento, por cuanto su acabamiento o inacabamiento estaba ya concluso desde el principio, desde la propia consideración del libro (y, más allá, de la propia palabra poética) como obra en apertura total, capaz de a/coger el mundo. Estamos, en consecuencia, ante una obra mayor de Riechmann, lo que es tanto como decir uno de los mejores poemarios publicados en lengua castellana en los últimos años.
Notas: (1): Julián Jiménez Heffernan, que ha comentado la presencia de Heidegger en los ensayos de Riechmann (ver “Gente que sí quiere ir a Marte”, ABCD la Cultura, nº 694, 31/05/2005, p. 6.), citaba un extracto de Ser y tiempo, cuya “analítica existencial” veía concretada en los Three Poems de Ashbery, que también podríamos extender a Riechmann: “el ‘espaciarse de un espacio’ del ser-ahí está constituido por la ‘dirección’ y el ‘des-alejamiento’ (…) el ser ahí es inherente al descubrir, ‘dirigiéndose’ a lo que llamamos ‘paraje’. Con este término mentamos el ‘adónde’ de la posible ‘pertinencia’ del útil ‘a la mano’ y situable en el mundo circundante” (cf. J. J. Heffernan, “Prólogo” a John Ashbery, Tres poemas; DVD, Barcelona, 2005, p. 57.