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Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

04-08-2005 14:08:10

Esperanto según Wittgenstein

Categoria: GeneralVicente Luis Mora


Rodrigo Fresán
Esperanto (1995); Tusquets, Barcelona, 1997



Esperanto según Wittgenstein

1). Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, I, 9: “los problemas se solucionan, no dando nueva información, sino reordenando lo que siempre hemos sabido”. La almendra última, la palmera de al fondo de la mente, que diría Stevens, del Esperanto de Fresán, está en la reordenación de las cosas. Todo lo que preocupa a Federico Esperanto está ya solucionado: Cecilia ya no va a volver, como su padre y como Albertina; Lisa y Anita ya han vuelto, como la foto de “julio, 1978”, donde aparecen junto al propio músico; Montaña nunca se fue. Estaba todo solucionado, sólo faltaba que Esperanto llegara al fondo de su corazón, al final de la semana, de un domingo al otro. Esperanto es una metasemana, una reflexión semanal sobre los siete días bíblicos, pasando por la experiencia del don de lenguas de Pentecostés: la llama divina es la música, la lengua de fuego sobre los apóstoles es la lengua que entona una canción.
2). Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, 4.0312: “mi idea fundamental es que (…) no puede haber representantes de la ‘lógica’ de los hechos”. El problema de Esperanto con el entendimiento es de doble vuelta. No sólo no se le entiende a él; también Esperanto se pierde en la incomprensión (“lo que no puedo entender es… lo que nunca podré…”, p. 75). Debe esperar a revelaciones “veronesas” para actuar, debe aguardar la llegada del “Dog”, de la claridad lisérgica de la droga, para “ver”; esto es, entender. La lógica habitual, consecutiva, secuencial, no le dice nada a Esperanto, las cosas no ocurren, sino que transcurren, y la vida es sólo planos de cine, puestas en escena (p. 125), diálogos de telenovela (p. 46), amigable fotocomposición de fijaciones obsesivas reordenadas por la sustancia de un mismo sueño, no desentrañable. Ni siquiera el psicoanálisis con Lombroso da frutos hermenéuticos, es sólo dar vueltas (como el vinilo) en torno a un mismo y único centro de incomprensión.
3). Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, 5, 6: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Y Esperanto responde: “nadie me entiende”. No lo responde en ningún momento particular, lo responde siempre, cada vez que se despierta, esto es: cada vez que abandona el sueño, el mismo sueño, para llegar a la realidad; como dice el poema de Jaime Siles: “para volver de nuevo a la semana”. Y aquí, lo mejor de Esperanto, la novela metalingüística por excelencia: el nombre mismo de Esperanto, su incomprensión universal (de doble vuelta, recordemos), la incapacidad de expresar lo que le habla su mente (p. 60), el silencio musical (pero la música era su vida) al que se ha condenado después de la pérdida (la llegada al silencio) de su hija en Buizos, el diagnóstico de Lombroso: “usted, habiendo renunciado al llamado lenguaje universal de la música, pierde ahora el tiempo hablando en otro idioma, en una lengua incomprensible” (p. 73), el lenguaje ininteligible (p. 211) de su tío Ezequiel, el idioma bíblico recién adquirido por Cecilia, el neoidioma de Dani/Tony y Big Bang, empeñados en nominar el mundo de nuevo. El mito de la creación por la palabra, el fiat, el elemento constitutivo para Steiner de la Modernidad, disuelto por Fresán en la Posmodernidad perfecta y agotadora, en el bucle del sinsentido: el balbuceo agraz de los drogados.

Si no puedes pronunciarte, no existes. Si no saben pronunciarte, no te alcanzan. Nadie te entiende precisamente por eso, Federico Esperanto.

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