Una aberración indispensable
George Saunders
Guerracivilandia en ruinas; Mondadori, 2005
Lo menos extraño de este libro es el título. Aficionado a leer toda clase de libros raros, de autores límite, de experimentalismos, de vaguedades literarias, creo que jamás he utilizado para ningún escritor el adjetivo “desconcertante”, pero Saunders me desconcierta. No cabe duda de que estamos ante un autor de raza, un escritor notable, pero… ¿qué clase de escritor? ¿Qué literatura es la de Saunders? No podemos hablar de realismo, pero tampoco de surrealismo, ni de irracionalismo, en el dudoso caso de que esta categoría, como defiende Julián Jiménez Heffernan, tenga extrapolación literaria. Hay fantasía, pero no ciencia-ficción. Hay psicologías, pero no psicologismo, ni conductismo, ni una vocación sociológica, porque los entornos dibujados, los esperpénticos ambientes físicos y corales creados por Saunders no son reales, ni han existido nunca, y deseamos, no imaginan cómo, que no existan nunca. ¿Literatura distópica? Quizá, pero ¿conocen algún antecedente con sentido del humor? ¿Se imaginan a los severos Huxley u Orwell haciendo aparecer en sus profundísimas utopías negativas a un ecologista “disfrazado de la Muerte Comiendo Patatas Fritas (p. 109)”? Yo no.
Lo más parecido que hay a la literatura de Saunders, si es que parecerse es un verbo atribuible al más singular –me arriesgo– de todos los narradores vivos, es la de Rabelais. El Gargantúa es lo más asimilable a este desmoronamiento racional, a esta sátira de sátiras que Saunders acomete, en una narración que, además, abandona varios de los cánones posmodernistas de su generación: no es autorreferencial, no es hiperliteraria, no es hiper ni deconstructiva, no hace intertextos ni juega con modelos textuales, no quiebra ni flexibiliza los géneros. Es un contador de historias, un relatista puro, contaminado de todas las referencias habituales de los escritores de su edad pero –de ahí el milagro– intemporal, acrónico, un Borges cruel y visionario de la clase obrera (un Borges imposible). J. M. Pozuelo Yvancos escribía recientemente que “la literatura de hoy (…) parece renunciar a toda trascendencia, no ya sólo, pero también de compromiso político-social, sino de gran relato” (Narrativa y Posmodernidad; Centro de Profesores y Recursos de Cuenca, 2005, p. 21) y, sin embargo, en Saunders encontramos un profundo calado social (que no sociológico, como hemos dicho antes) y que, dentro de sus elaboradas y a veces muy gratuitas crueldades, alcanza una vigorosa dosis de denuncia y una desarmante capacidad ocasional de ternura, como quizá nadie hoy pueda mostrar. El relato titulado “Isabelle”, donde un niño decide sacrificar su vida para cuidar a una niña con una deformidad absoluta, es de una sensibilidad humana tal que consigue quebrar al lector más congelado. Junto a esa valoración de la vida en general, hay un examen muy detenido, casi exhaustivo, de las condiciones generales de la existencia, en concreto las de las clases más favorecidas: aquellas detenidas en los escalones más bajos del trabajo por cuenta ajena, donde la permanencia en el puesto laboral depende de la capacidad de genuflexión y aguante. Por estas páginas corrosivas, dulces, desesperantes, esperanzadas, pasan mutantes esclavizados en una sociedad futura atenazada por el pánico terrorista y las contaminaciones globales, chaperos sin fortuna, recogedores de bostas, animadores temporales de parques temáticos, gordos objeto de continuas burlas, chicas obligadas a prostituirse para mejorar, jefes de estercoleros humanos. Todos los inagotables gradientes de la corrupción moral, de la depravación sexual, de la degradación humana, del acoso laboral, de la perversidad establecida y premiada, comparecen aquilatados en una prosa fresca, vivísima, amena, durante cuya lectura el corazón permanece angustiado de temor ante la próxima ocurrencia de Saunders, que suele ser aún más terrible (por acertada) que la anterior. Papini decía en El libro negro que el problema de hojear manuales de psicopatología es que vemos en ellos el perfecto retrato de nuestros mejores amigos. El riesgo de leer a Saunders es que, por debajo de sus excéntricas arquitecturas de parques temáticos, trabajos imposibles y lugares inimaginables reconozcamos, sin atisbo de duda, toda la crueldad estructural de nuestra sociedad y, lo que es peor, la de nuestra propia.