Crítica a una crítica de Ernesto Ayala-Dyp o ¿literatura de obligado compromiso?
Lo que sigue es un artículo de opinión que envié al diario El País, el día 6 de junio, a raíz de la publicación de la crítica de Ayala-Dyp. Por supuesto, el periódico ha pensado que tenía cosas mejores que publicar. Aquí queda por si alguien todavía cree en la pluralidad de algunos medios de comunicación españoles.
Como crítico literario, como suscriptor de El País, como escritor y como voluntarioso estudiante de los rudimentos filosóficos de la Ética, tengo que confesar mi estupor ante el extraño artículo que el crítico de narrativa de El País, Ernesto Ayala-Dyp, publicara el pasado sábado en el suplemento cultural Babelia (“Una sátira sin indignación”, 04/06/05), a raíz de la original y sugerente novela La fiesta del asno (DVD, 2005), del escritor malagueño Juan Francisco Ferré.
Para orientar al lector, liberándolo de la necesidad de leer la citada reseña de la novela a quo, basta con hacerle una crítica literaria a la no-crítica de Ayala-Dyp. En principio, al estar anclado en la sección de Narrativa del citado suplemento, se supone que el artículo del crítico debiera haber entrado en un análisis del contenido literario de la obra, para abordar una posterior valoración. Dividida en dos párrafos, la reseña no procura ese análisis en ningún momento. Parte de la presunta intención del autor (trasladada, además, de las nada vinculantes palabras del prologuista de la novela, Juan Goytisolo) de hacer una sátira literaria sobre ETA, para divagar sobre el concepto de sátira, en una concepción distinta de la de Juan Francisco Ferré (en el dudoso caso de que por sátira entienda Ferré lo que Goytisolo entiende). Hace después el crítico fáciles referencias al Holocausto nazi, última Thule que suelen utilizar personas sin muchos conocimientos de Ética, y así acaba el primer párrafo. Todavía le quedaba un segundo apartado al señor Ayala-Dyp para entrar en la autopsia artística del libro, asunto que hasta el sábado pensábamos de la incumbencia de un crítico literario, al menos como punto de partida, pero es entonces cuando la exégesis aborda… el prólogo de Juan Goytisolo. De ahí se entronca con la situación del País Vasco, con el cómo debiera haberse tratado el tema terrorista, y se sanciona a Juan Francisco Ferré por no haber sido lo suficientemente “comprometido” con su tarea y no haber mostrado su “indignación ética” con toda explicitud y contundencia, para provocarla en el lector.
Algo pasa en los suplementos literarios nacionales (todos), desde hace tiempo, algo que requeriría un análisis más amplio, debido a su influencia –directísima– en el mercado. De hecho, esa influencia ha de provocarme, como narrador, bastantes dificultades para volver a ser reseñado en Babelia (por fortuna, me tocó Francisco Solano en mi primera y seguramente última vez), sobre todo si el crítico es Ayala-Dyp, ya que temo que mi próxima novela es bastante literaria y poco comprometida. Pero, con más o menos dudas sobre orientaciones editoriales, todos pensábamos que Babelia era una isla sabatina y cultural en un desierto de políticas y economías diarias. Después de esta reseña o más bien artículo político de Ayala-Dyp, nuestros esquemas se tambalean. Ya no importa lo que las novelas cuenten, o cómo lo cuenten (no hay en el artículo de Ayala-Dyp ni una sola mención a la innegable calidad, pulso literario, originalidad, sentido del humor, inteligencia constructiva e intertextualidad posmoderna de la novela de Ferré) sino sólo el dictamen de que La fiesta del asno no se ajusta a la noción de sátira que Ayala-Dyp ve en Juvenal (en estas exquisiteces prefiero no entrar, pero a mi juicio el vate latino tenía las miras más abiertas que las que el crítico le ajusta) como “ejercicio de indignación moral, de mordacidad y compromiso civil”, algo que está muy bien, pero que no es ningún valor literario en sí, sino que sólo aporta un plus cívico (no artístico) a la calidad de un texto concreto. También le recrimina no servir a la necesidad de ceñirse al “consenso” que parece reinar en materia antiterrorista, consenso en que no cae la nada correcta (en efecto y por fortuna) novela de Ferré; tal necesidad consensual parece haberse convertido en un desideratum, sin el cual cualquier elemento artístico o literario no tiene posibilidad alguna de ser comentado, al menos por ese crítico, que parece tener la potestad de dictar los nihil obstat de una nueva dictadura, hogaño moral, más relativa –y peligrosa– que la de los cuarteles.
Cuando hace algún tiempo le escuché a Rajoy decir que “los periodistas no pueden ser imparciales en la lucha antiterrorista” me entró un pánico democrático y ético que no fue secundado, inexplicablemente para mí, por casi ningún periodista de mi entorno. Tenía en mi cabeza el modo (novelesco, sí; pero, al parecer, lo novelesco es más político de lo que se piensa) en que las autoridades de 1984, según el agudo diagnóstico de Orwell, interpretaban el suministro “no imparcial” de información. El totalitarismo empieza cuando uno tiene una verdad y falsea los datos hasta encajarlos en su modelo parcial y verdadero de entender el mundo. Ese error estructural, qué ingenuo soy, lo pensaba exclusivo de los violentos y su entorno, como quintaesencia que es del fanatismo. Como yo no podía contestar por los periodistas, dejé pasar lo de Rajoy. Lo de Ayala-Dyp no puedo obviarlo, porque me escandaliza como escritor, como crítico literario que ve traicionado su difícil y poco prestigiado oficio, como suscriptor de El País, como persona de ideas progresistas y como estudiante de Ética. Los escritores no tenemos que ser ni parciales ni imparciales con el terrorismo. Los escritores tenemos que escribir buenos libros. De posturas y escritores de dudosa moralidad personal o ideológica (Virgilio, Céline, Heidegger, Foxá, Jünger, Durrell, y un largísimo etcétera) han salido obras sin las cuales la historia del arte occidental no tiene mucho sentido. Pero lo que descubre el pastel, lo peor de todo, asoma al final de la anticrítica de Ayala-Dyp: “un esperpento en el que todo vale (…) pero del que uno difícilmente puede salir de sus páginas con la suficiente dosis de indignación ética, que es lo que siempre se merece un terrorista, independientemente de lo que la alta política decida negociar para terminar con esta pesadilla”. Acabáramos. Saltó el ratón. Y ahora es cuando hacemos un poco de crítica-ficción: imaginemos que somos un crítico literario que trabaja para un diario afín a un grupo empresarial afín (soy suscriptor de El País: espero que nadie insulte a mi inteligencia negando la realidad de las cosas) al partido ahora en el gobierno. Y cae en mis manos una novela políticamente incorrecta sobre ETA en un momento delicado en que el Gobierno está pensando adoptar (o adoptando, ni lo sé ni importa al caso) una nueva política sobre el terrorismo. Lo peor es que no hace falta que nadie, desde su periódico, dé consignas al crítico. El propio crítico ejerce la peor forma de censura posible: la autocensura. Y aniquila el libro de Ferré sin entrar en su condición literaria, desde una injustificable postura de superioridad ética. Lo explicó Cernuda, después de oír a alguien que reconocía autocensurarse a menudo: “quienes no saben apreciar el valor de la libertad de expresión merecen que los priven de ella”.
Nuestro compromiso de escritores contra el terrorismo se agota en nuestra persona, como el de todo el mundo, salvo policías, fiscales y jueces, a quienes se paga por ir más allá. Los carpinteros no están obligados a grabar “Basta ya” en los muebles que fabriquen, ni los cirujanos deben provocar indignación ética con sus operaciones, sino curar. Si una obra literaria es comprometida o no, y hasta dónde, será decisión única, libérrima y exclusiva del autor. Brecht era un poeta decente, pero su compromiso moral no lo hace superior al seguramente clasista y despreocupado Rilke. No sé si Brecht sería mejor ciudadano: lo que fue, desde luego, es peor poeta. Como crítico sé lo que es una novela (La fiesta del asno, de Ferré, lo es, y buena), y lo que no es crítica literaria. Sé, gracias a Derrida, cuando se utiliza un discurso para justificar la logomaquia de otro. Y sé, en cuestiones de ética, lo que es caer (y Ayala-Dyp, que no ha entendido la novela, cae de bruces) en las contradicciones y los fanatismos que uno presume combatir.