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Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

12-06-2005 10:58:17

Crítica a una crítica de Ernesto Ayala-Dyp o ¿literatura de obligado compromiso?

Categoria: GeneralVicente Luis Mora


Lo que sigue es un artículo de opinión que envié al diario El País, el día 6 de junio, a raíz de la publicación de la crítica de Ayala-Dyp. Por supuesto, el periódico ha pensado que tenía cosas mejores que publicar. Aquí queda por si alguien todavía cree en la pluralidad de algunos medios de comunicación españoles.

Como crítico literario, como suscriptor de El País, como escritor y como voluntarioso estudiante de los rudimentos filosóficos de la Ética, tengo que confesar mi estupor ante el extraño artículo que el crítico de narrativa de El País, Ernesto Ayala-Dyp, publicara el pasado sábado en el suplemento cultural Babelia (“Una sátira sin indignación”, 04/06/05), a raíz de la original y sugerente novela La fiesta del asno (DVD, 2005), del escritor malagueño Juan Francisco Ferré.

Para orientar al lector, liberándolo de la necesidad de leer la citada reseña de la novela a quo, basta con hacerle una crítica literaria a la no-crítica de Ayala-Dyp. En principio, al estar anclado en la sección de Narrativa del citado suplemento, se supone que el artículo del crítico debiera haber entrado en un análisis del contenido literario de la obra, para abordar una posterior valoración. Dividida en dos párrafos, la reseña no procura ese análisis en ningún momento. Parte de la presunta intención del autor (trasladada, además, de las nada vinculantes palabras del prologuista de la novela, Juan Goytisolo) de hacer una sátira literaria sobre ETA, para divagar sobre el concepto de sátira, en una concepción distinta de la de Juan Francisco Ferré (en el dudoso caso de que por sátira entienda Ferré lo que Goytisolo entiende). Hace después el crítico fáciles referencias al Holocausto nazi, última Thule que suelen utilizar personas sin muchos conocimientos de Ética, y así acaba el primer párrafo. Todavía le quedaba un segundo apartado al señor Ayala-Dyp para entrar en la autopsia artística del libro, asunto que hasta el sábado pensábamos de la incumbencia de un crítico literario, al menos como punto de partida, pero es entonces cuando la exégesis aborda… el prólogo de Juan Goytisolo. De ahí se entronca con la situación del País Vasco, con el cómo debiera haberse tratado el tema terrorista, y se sanciona a Juan Francisco Ferré por no haber sido lo suficientemente “comprometido” con su tarea y no haber mostrado su “indignación ética” con toda explicitud y contundencia, para provocarla en el lector.

Algo pasa en los suplementos literarios nacionales (todos), desde hace tiempo, algo que requeriría un análisis más amplio, debido a su influencia –directísima– en el mercado. De hecho, esa influencia ha de provocarme, como narrador, bastantes dificultades para volver a ser reseñado en Babelia (por fortuna, me tocó Francisco Solano en mi primera y seguramente última vez), sobre todo si el crítico es Ayala-Dyp, ya que temo que mi próxima novela es bastante literaria y poco comprometida. Pero, con más o menos dudas sobre orientaciones editoriales, todos pensábamos que Babelia era una isla sabatina y cultural en un desierto de políticas y economías diarias. Después de esta reseña o más bien artículo político de Ayala-Dyp, nuestros esquemas se tambalean. Ya no importa lo que las novelas cuenten, o cómo lo cuenten (no hay en el artículo de Ayala-Dyp ni una sola mención a la innegable calidad, pulso literario, originalidad, sentido del humor, inteligencia constructiva e intertextualidad posmoderna de la novela de Ferré) sino sólo el dictamen de que La fiesta del asno no se ajusta a la noción de sátira que Ayala-Dyp ve en Juvenal (en estas exquisiteces prefiero no entrar, pero a mi juicio el vate latino tenía las miras más abiertas que las que el crítico le ajusta) como “ejercicio de indignación moral, de mordacidad y compromiso civil”, algo que está muy bien, pero que no es ningún valor literario en sí, sino que sólo aporta un plus cívico (no artístico) a la calidad de un texto concreto. También le recrimina no servir a la necesidad de ceñirse al “consenso” que parece reinar en materia antiterrorista, consenso en que no cae la nada correcta (en efecto y por fortuna) novela de Ferré; tal necesidad consensual parece haberse convertido en un desideratum, sin el cual cualquier elemento artístico o literario no tiene posibilidad alguna de ser comentado, al menos por ese crítico, que parece tener la potestad de dictar los nihil obstat de una nueva dictadura, hogaño moral, más relativa –y peligrosa– que la de los cuarteles.

Cuando hace algún tiempo le escuché a Rajoy decir que “los periodistas no pueden ser imparciales en la lucha antiterrorista” me entró un pánico democrático y ético que no fue secundado, inexplicablemente para mí, por casi ningún periodista de mi entorno. Tenía en mi cabeza el modo (novelesco, sí; pero, al parecer, lo novelesco es más político de lo que se piensa) en que las autoridades de 1984, según el agudo diagnóstico de Orwell, interpretaban el suministro “no imparcial” de información. El totalitarismo empieza cuando uno tiene una verdad y falsea los datos hasta encajarlos en su modelo parcial y verdadero de entender el mundo. Ese error estructural, qué ingenuo soy, lo pensaba exclusivo de los violentos y su entorno, como quintaesencia que es del fanatismo. Como yo no podía contestar por los periodistas, dejé pasar lo de Rajoy. Lo de Ayala-Dyp no puedo obviarlo, porque me escandaliza como escritor, como crítico literario que ve traicionado su difícil y poco prestigiado oficio, como suscriptor de El País, como persona de ideas progresistas y como estudiante de Ética. Los escritores no tenemos que ser ni parciales ni imparciales con el terrorismo. Los escritores tenemos que escribir buenos libros. De posturas y escritores de dudosa moralidad personal o ideológica (Virgilio, Céline, Heidegger, Foxá, Jünger, Durrell, y un largísimo etcétera) han salido obras sin las cuales la historia del arte occidental no tiene mucho sentido. Pero lo que descubre el pastel, lo peor de todo, asoma al final de la anticrítica de Ayala-Dyp: “un esperpento en el que todo vale (…) pero del que uno difícilmente puede salir de sus páginas con la suficiente dosis de indignación ética, que es lo que siempre se merece un terrorista, independientemente de lo que la alta política decida negociar para terminar con esta pesadilla”. Acabáramos. Saltó el ratón. Y ahora es cuando hacemos un poco de crítica-ficción: imaginemos que somos un crítico literario que trabaja para un diario afín a un grupo empresarial afín (soy suscriptor de El País: espero que nadie insulte a mi inteligencia negando la realidad de las cosas) al partido ahora en el gobierno. Y cae en mis manos una novela políticamente incorrecta sobre ETA en un momento delicado en que el Gobierno está pensando adoptar (o adoptando, ni lo sé ni importa al caso) una nueva política sobre el terrorismo. Lo peor es que no hace falta que nadie, desde su periódico, dé consignas al crítico. El propio crítico ejerce la peor forma de censura posible: la autocensura. Y aniquila el libro de Ferré sin entrar en su condición literaria, desde una injustificable postura de superioridad ética. Lo explicó Cernuda, después de oír a alguien que reconocía autocensurarse a menudo: “quienes no saben apreciar el valor de la libertad de expresión merecen que los priven de ella”.

Nuestro compromiso de escritores contra el terrorismo se agota en nuestra persona, como el de todo el mundo, salvo policías, fiscales y jueces, a quienes se paga por ir más allá. Los carpinteros no están obligados a grabar “Basta ya” en los muebles que fabriquen, ni los cirujanos deben provocar indignación ética con sus operaciones, sino curar. Si una obra literaria es comprometida o no, y hasta dónde, será decisión única, libérrima y exclusiva del autor. Brecht era un poeta decente, pero su compromiso moral no lo hace superior al seguramente clasista y despreocupado Rilke. No sé si Brecht sería mejor ciudadano: lo que fue, desde luego, es peor poeta. Como crítico sé lo que es una novela (La fiesta del asno, de Ferré, lo es, y buena), y lo que no es crítica literaria. Sé, gracias a Derrida, cuando se utiliza un discurso para justificar la logomaquia de otro. Y sé, en cuestiones de ética, lo que es caer (y Ayala-Dyp, que no ha entendido la novela, cae de bruces) en las contradicciones y los fanatismos que uno presume combatir.

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Comentarios

  1. Muy de acuerdo con el razonamiento (y con la inquietud que ha movido la pluma, quiero decir el teclado y ratón); pero no se puede decir con tanta ligereza que Brecht fuese peor poeta que Rilke. Es un ENORME poeta, mucho menos ajustado a los estereotipos del "compromiso político" de lo que se piensa, por desgracia muy poco traducido al castellano, y por ello poco conocido. (La edición de suhrkamp de su poesía completa que yo tengo, muy prieta de letra, consta de 1.274 páginas: quizá se hayan traducido el 5% de sus poemas.Rilke ha tenido mejor suerte, claro está. Vicisitudes de la cultura en la sociedad de clases...)

    Jorge Riechmann — 17-08-2005 13:44:13

  2. El caso es que yo también prefiero a Brecht, la poesía de Brecht, sin que influya en esto su orientación política. Me parece más rica, apunta a más direcciones (y direcciones nuevas) que la de Rilke, que incide en los temas y objetivos de siempre.

    Horacio — 19-08-2005 10:36:16

  3. Caramba con Brecht, era sólo "un poner", como decimos en Andalucía. En ningún momento he querido decir que Brecht no sea un gran poeta (no he leído, desde luego, las 1274 páginas que ha leído Jorge), sino que, honestamente, opino que es un artista inferior a Rilke. No es una cuestión de gusto, a mí me gustan ambos según el día. Pero la próxima vez, Dios me guarde de poner a Brecht como ejemplo. ¿Vale decir Labordeta, en vez de Brecht, para defender que el compromiso poético, por sí solo, no nos hace mejores poetas que Rilke? ¿Valen las letras de Ismael Serrano? ¿Valen las rimas de las juventudes del PCE en las manifestaciones? Un saludo a todos. Y dadme caña, que así se me pasa agosto más rápido.

    Vicente Luis Mora — 19-08-2005 14:04:28

  4. Juan Antonio Masoliver Ródenas en La Vanguardia, 24/08/2005, añadiendo un poco de estopa sobre la reseña de Ayala-Dyp:
    “Frente a la lucidez de Goytisolo, cierta crítica, con el familiar tufo universitario que la caracteriza, ha encontrado defectos en lo que es riesgo y audacia narrativas. Por supuesto hay defectos en el libro: la prosa resulta a veces chirriante, y le falta la intensidad lírica y dramática de las grandes novelas. La estructura en secuencias puede resultar a veces digresiva e invita al juego. Y el humor negro puede rozar el mal gusto. Pero si la sátira carece de indignación, como se le ha acusado, es porque está llevada al límite. La fuerte carga paródica hace que el protagonista no sea más que una alegoría y un pelele rodeado de peleles en una sociedad dominada por el terrorismo y ese otro terrorismo de Estado que es el antiterrorismo. Para Ferré no hay buenos o malos sino una colección de estúpidos y sádicos que luchan por unos supuestos ideales que han olvidado, desconocen o no existen como tales”.

    Vicente Luis Mora — 25-08-2005 09:17:06

  5. Querido Vicente, leo con atención tu "crítica a una crítica" y con un interés que es el que motiva estas notas. Vaya por delante que aplaudo tu postura y que comparto tu actitud, tu valoración general de la crítica y tu juicio sobre el papel de los medios, con sus nada arbitrarios modos de crear un pensamiento y un mercado único,
    pero creo que pones el dedo en una llaga que merece mayores matices que los permitidos por el formato de una respuesta y que quizá entre todos contribuyamos a enriquecer. Te apunto unas reflexiones en ese sentido, con la precariedad de no haber leído la novela de Ferré y la de haber perdido mi fe en el suplemento ¿cultural? de PRISA y sus portavoces. Ciertamente, la literatura tiene unos márgenes de autonomía que no pueden cuestionarse desde la moral, en tanto que pertenecen al territorio de la creación artística y, sobre todo, de la ficción. El problema se plantea cuando (cada vez más en este mundo empeñado en borrar fronteras) la ficción se mezcla con la historia o con la realidad. Ya no estamos en el campo de las ensoñaciones, las fantasías o los deseos personales, sino que rozamos con razones más hondas, en las que lo colectivo (el imaginario, la memoria o la
    convivencia) supone una dimensión que no se debe marginar. Nadie puede
    forzar a un escritor a fabular sobre un determinado tema más o menos
    comprometido, pero, si lo hace, debe tener en cuenta que las reglas no pueden ser exactamente las mismas que si se sitúa en otro terreno, de
    implicaciones menos trascendentes o de efectos pragmáticos más delimitados. Rilke es mejor poeta que Brecht, pero jugaban en terrenos muy distintos. No se le puede reprochar a uno que en vez de las elegías de Duino no escribiera sobre los problemas sociales de su momento, pero, si lo hubiera hecho, ¿veríamos con los mismos
    ojos una actitud evasiva, complaciente o egoísta en extremo, un mero
    esteticismo o un escapismo burlón? El carpintero no debe hacer muebles
    con consignas, pero sí muebles que cumplan su función: no vale un armario en el que el capricho de diseño inhabilite su capacidad para guardar ropa. La cirugía no puede convertirse en un acto antiterrorista, pero no debe incurrir en un capricho del médico que ponga su diversión o su gesto estético por encima de la vida del paciente.
    Por supuesto, no juzgo una novela que no he leído ni hablo de la
    ideología personal del autor, pero creo que debemos plantearnos si no ha de existir una frontera para lo permisible. ¿Cuándo una obra artística puede convertirse en una complicidad con algo perverso sin que podamos contestarlo? ¿Hasta dónde llega la legitimidad para manipular determinadas cuestiones? No podemos obligar a un escritor a que se convierta en abanderado de la lucha contra el terrorismo (o el fascismo, o la explotación o la manipulación de los medios de
    comunicación), pero si trata esos temas, ¿hemos de consentir (hablo del aprecio estético, no de la censura) que lo haga de cualquier manera? ¿Todos los enfoques son aceptables si los vestimos de un ropaje estético? ¿Es posible una estética ajena a una ética, a la que sea? ¿Debemos asumir todas las estéticas y todas las éticas? ¿También la del que llama a la discriminación, a la violencia o al genocidio?
    Insisto en que esto no cuestiona ni la novela de Ferré ni tus
    argumentos, sino que te plantea, desde la amistosa complicidad de este medio, cuál es el alcance general de algunos de los argumentos que manejas. Y, en todo caso, ojalá se publicara este artículo y muchos más como éste, para abrir un debate que brilla por su ausencia, y así nos luce el pelo (bueno, qué más quisiera yo!). Creo que es en este escenario de encefalograma plano donde florecen las consignas (políticas, eclesiásticas, editoriales, mercantiles...), pero
    también donde es posible perder la orientación. Desde la posición
    progresista y de defensa de la libertad creativa, creo que debemos separarnos de la lógica "del enemigo" y establecer con claridad nuestros referentes, desde los que justificar, reivindicar y proyectar nuestros planteamientos. Si esto sirve para que entre todos avancemos, vale. Si no, valga como correspondencia a tu gesto y a tu generosidad.
    Un fuerte abrazo. Pedro

    Pedro Ruiz Pérez — 31-08-2005 14:18:54


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