Un Nadal justificado
Pedro Zarraluqui
Un encargo difícil; Destino, Barcelona, 2005
Benito Buroy, antiguo militante republicano detenido en el frente del Ebro, ve conmutada tras la guerra civil su condena a cambio de algunas delaciones y de ejecutar, de cuando en cuando, algunos trabajos de eliminación para un corrupto comisario de policía de Barcelona. En uno de ellos es enviado a la balear Isla de Cabrera, para eliminar a un curioso personaje, un espía alemán llamado Markus Vogel, que resulta ser un agente doble, entre otras cosas. Ahí, con la desgraciada historia de la posguerra española, comienza una interesante historia literaria, justa merecedora del Premio Nadal de 2005.
Hay un abandono, frente a anteriores obras de Zarraluqui, de la preocupación metanarrativa, aunque el autor utiliza una técnica bastante común en los últimos tiempos, terminar la historia que cuenta la novela en las primeras páginas de la misma, en concreto en la página 14. Esto otorga al libro dos terminaciones cabales, ambas excelentes, y no sabe uno si Zarraluqui ha establecido esa fórmula antes o después de darse cuenta de que había dos finales excepcionales. No es el único encanto, sin embargo, de este libro, que se nos muestra como una novela variada, profunda, de introspecciones nada alambicadas de gran verosimilitud, y en la cual hay momentos y escenas de notable tensión estilística. El lirismo nunca empaña la narración, sino que la decora con la justeza de la perla escasa. También hay que destacar el ingenio de algunas construcciones y frases: “la gente hablaba de sus vidas como si ya hubieran sucedido” (p. 61); “más que mirar sacaba provecho de las cosas” (p. 61). El lenguaje y la sintaxis en manos de Zarraluqui se ven dotados de una sorprendente elasticidad. Su pulso es capaz de volver entrañable el refrán y despreciable el piropo, de sacar belleza estilística de la pringue o de describir las rapacidades de una madre. Es un bisturí afiladísimo cuando se trata de explicar o recrear las miserias o los oscurantismos de la posguerra y la moralidad contrarreformista del franquismo (p. 133).
Sólo apuntar que en algún momento, el lenguaje de los respectivos monólogos no es del todo acorde con su situación. Es poco probable que una niña preadolescente de posguerra piense que su madre “me besa en el pelo demorándose un poco para olerlo” (p. 59). Salvo algún descuido ocasional, como éste, nos hallamos ante una obra convincente, sólida y llena de imaginación, capaz de convertir un pedregal como la isla de Cabrera en un territorio literario fértil y germinador.