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Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

12-05-2005 23:21:35

Reseñas rescatadas

Categoria: GeneralVicente Luis Mora


Por el interés de los libros, rescato estas reseñas de tres libros, uno del poeta cordobés Antonio Luis Ginés y otra del poeta asturiano Jordi Doce, que comprende un poemario y un conjunto de miscelánea.

Antonio Luis Ginés
Animales perdidos; Plurabelle, Córdoba, 2005

En este poemario es capital el sentido del movimiento, del desplazarse en un vehículo de un punto a otro de la realidad, o de hacerlo con la mente, o a través del teléfono (“Animales perdidos”). Si es cierta, y seguramente lo sea, la idea de Juan José Millás de que tener prisa es estar con el cuerpo en un sitio y con la mente en otro, todos estos cuerpos devastados que Ginés retrata tienen prisa de salir del lugar de nadie en el que están, deseando abandonar “esa quietud que estalla dentro” (“Anónimos”) en la cual el individuo debe enfrentarse a si mismo, y rendirse cuentas. La detención física es también mental, y el pensamiento produce dolor: de ahí la angustia de la velocidad, una forma circular quizá, pero eficaz, de huida: “el escape es todo él un masaje”, pudo escribir el Adorno de Minima moralia, y Ginés lo aprendió a través del Sam Shepard de Crónicas de motel y Luna Halcón, textos con los que Animales perdidos guarda concomitancias semánticas, que no estilísticas: la carretera como aparente lugar a donde ir, el sentido direccional confundido con el existencial. Una idea que ya estaba en su anterior poemario, Rutas exteriores (Ánfora Nova, 1999), y que ahora crecen aquí, por su conexión psicológica con la idea de intimidad, allí sólo apuntada. Frente a la tensión entre dos personajes que construía aquel excelente libro, el protagonista anónimo de Animales perdidos es una especie de viajante que vive en y de su vehículo, un “hombre tratando de llegar a alguna parte” (p. 40), en difícil relación con el medio, en una supervivencia que no se distancia demasiado del peligro de extinción. Su angustia es la de un animal perdido que no pocas veces debe lamerse, por sí solo, su herida, y que extraña el lugar conocido, el topos hieros de la cercanía de los suyos: los demás como lugar, como punto de huida pero fatal Ítaca de regreso. Allí se supone que también espera el amor (“ojalá / me esperes al final de todo esto”), última Thule que justifica tanto giro en el vacío.

No menos importante que la semántica es, en todos los libros de Ginés, la forma, ese cuidadosísimo descuido que preside sus versos blancos, en apariencia pulcros y disímiles y que, en su fondo constructivo, guardan una perfecta disposición estructural, donde se renuncia al igualitarismo del endecasílabo para intercalarlo de otras posibilidades versales, de los trisílabos hasta los versos de dieciséis sílabas, pasando por los más habituales eneasílabos de anticlímax. En Ginés la técnica métrica está siempre al servicio de una suave música callada, que permite una lectura rítmica, pero nunca hímnica o militarizada, lo cual se adecúa también al contexto temático: en ambos casos (fondo y forma, significante y significado), lo que se busca es sugerir, aludir sin explicitar, conceder al lector un importante papel a la hora de colocar las piezas de este sugerente puzzle existencial y térmico, donde las emociones están al rojo vivo, encubiertas por una aprente pátina de frialdad. Saber descubrirlas es la tarea lectora, la escritora (evitar el dramatismo, limar las asperezas sonoras) está sobradamente lograda. Basta leer el último poema, el magnífico “Mordiendo el polvo”: “no saben, nunca les digo / que al final de cada jornada quiero verlos, / abrazarlos, reírnos, que la vida / me sigue interesando”.


Jordi Doce
Hormigas blancas, Bartleby Editores, Madrid, 2005
Gran angular; DVD, Barcelona, 2005


Si es verdad el aserto de Scott Fitzgerald, y es digno de admiración el hombre capaz de sostener al mismo tiempo una idea y su contraria, habría que estudiar dentro de este selecto grupo si no la persona, al menos la obra de Jordi Doce. Vario dentro de su coherencia (“no repetirse, ser siempre diverso, cambiante: una llama”, dice un aforismo suyo que bien podría ser una poética), Doce viene alternando desde la publicación de su primer libro, dos estéticas distintas. La primera, que comprendería Lección de permanencia (2000) y Gran angular (DVD, 2005), se caracteriza por una mirada intimista, pulida en lo que Borges llamara “la música verbal de Inglaterra” y de sólido pie racional. La segunda poética, más áspera, intuitiva y poco adicta al raciocinio convencional, engloba Otras lunas (2002) y este magnífico cuaderno de aforismos y notas a vuelapluma, Hormigas blancas (2005), que aparece en la valiente Bartleby Editores. En este último hay claras muestras del pensamiento pararacional de Doce: “cuando pienso en la palabra lucidez se me aparece de inmediato la imagen de un desierto, pero un desierto que está, no antes, sino detrás de los espejismos” (p. 51).

En Hormigas blancas es fácil advertir la huella de Elías Canetti, tanto en la fulguración del lenguaje súbitamente agregado, como en la ocasional aparición de personajes estrambóticos presentados con el mismo inicio: “Uno que”. Así, si Canetti describe en Hampstead a “uno que se mata para matar”, Doce propone a “uno que para no pensar se pasa el día escribiendo”. Entre estas anotaciones no escasean los hallazgos: ese personaje que “se da cuenta, de repente, de que fue feliz”; o que “cuando escribe más de tres frases seguidas” cree “haber dejado atrás algún desvío” (p. 13). Sólo apuntar algún pequeño descuido, como el de repetir dos aforismos casi idénticos sobre el corazón (pp. 30 y 34).

Tanto en su prosa como en su lírica, se aprecia el intento de vertebrar una poética de mirada total a la realidad, que persigue ver la otra “mitad de este mundo, la mitad invisible” (p. 102), metaforizada en el poemario por el gran angular, la lente que es capaz de abarcar más realidad con una distorsión tolerable: “gran angular, nos haces falta / (…) el ojo que se crece / y acoge la tiniebla de los márgenes” (Gran angular, p. 13), y que busca no sólo examinar las “grandes piezas” de lo real, sino también y sobre todo las grietas, las minúsculas junturas entre partes. Aunque como poemario entiendo más arriesgado y hecho su anterior Otras lunas, en Gran angular quizá están sus mejores textos exentos: “Vuelo antiguo”, “Fuego”, o “Visión de la montaña”, una retorsión del romanticismo de Wordsworth. Y en cuanto a Hormigas blancas, su variedad y lucidez sólo encontraría parangón en los libros de notas de Lorenzo Oliván, quien firmaría con gusto aforismos brillantes como éstos: “la página es lo contrario de una ventana: hay que cubrirla para ver” (p. 52); “¿con qué palabra dijo muerte el primer hombre?” (p. 57); “Sólo cuando has respirado entero el aire de tu cuarto, despiertas” (p. 109).



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