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Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

09-05-2005 21:55:07

Primera entrega de mayo

Categoria: GeneralVicente Luis Mora

Leonardo Sciascia
El archivo de Egipto; Bruguera, Barcelona, 1982

Esta novela, publicada en 1963, se sustenta sobre el mismo equívoco que otra más conocida y posterior, de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. El papel del traductor mentiroso de Calvino, Ermes Manara, es aquí representado por Fray Giuseppe de Vella, un fraile fuerte en lo corpóreo y débil en lo espiritual, que para obtener cierta renta decide traducir un manuscrito árabe, el Códice San Martino, y mantener así un estatus de cierta altura en la Sicilia de finales del XVIII. El problema es que Fray Giuseppe tiene un árabe tan frágil como su moralidad, de modo que las sospechas sobre la fidelidad de su traducción, en este caso traición deliberada, se multiplican. El modo de disiparlas de su protector, Monseñor Airoldi, es un perfecto ejemplo de la portentosa ironía de Sciascia: “¿cómo podría un hombre así tramar un embrollo que le resultaría dificilísimo aun al mismo Gregorio…? Creedme: Vella sabe árabe. Y os digo más: sólo sabe árabe, en nuestra lengua vulgar ni siquiera es capaz de escribir una carta” (p. 25). En una vuelta de tuerca posterior, se le concederá una cátedra de árabe… La impostura de Vella es colosal: para empezar, trastoca el manuscrito como si fuera una baraja de cartas; para seguir, busca “la total corrupción del texto, la transformación de los caracteres árabes en caracteres que él había decidio denominar moro-sículos (…) es decir que su tarea, en rigor, consistía en transformar un texto árabe en un texto maltés transcrito en caracteres arábigos, una vida de Mahoma en árabe en una historia de Sicilia en maltés (…) estudio y fantasía lo llevaban a límites extremos del compromiso: la creación, a partir de la nada, o casi de la nada, de toda la historia de los musulmanes de Sicilia” (pp. 26-27).

Para Sciascia, toda situación de poder o preeminencia se construye sobre la falsedad o sobre la culpa: detrás de todo cargo hay una falacia sostenida (y creída por dinero) o un crimen. La construcción social del poder es para el novelista siciliano la misma que rige a los personajes de los libros, una variedad de “la falsificación del mundo” (p. 171), una verosimilitud construida a través de pactos, de componendas y del juicio interesado del lector, del otro social, que permite al poderoso sostenerse siempre y cuando se respete su propio fraude. Como dice uno de los personajes más lúcidos de la novela, el abogado Di Blasi, “cada sociedad genera el tipo de impostura que, por así decir, se merece. Y nuestra sociedad, que en sí misma constituye una impostura, una impostura jurídica, literaria, humana… Sí, humana, incluso de existencia, diría yo… Nuestra sociedad no ha hecho otra cosa que producir, de manera natural, obvia, la impostura contraria” (p. 130). El final de la novela, una frase magistral no por sus palabras, sino por su sentido, nos da la talla de este inmenso escritor que hace de la alusión, la alegoría y la ironía corrosiva su espléndido sello de identidad.
23/04/05


César Antonio Molina
En el mar de las ánforas; Pre-Textos, Valencia, 2005


A estas alturas podemos entrever algunas características esenciales de la poesía de César Antonio Molina: su culturalismo, claramente decantado por el mundo del antiguo Mediterráneo (en este volumen, presente desde el título) y la literatura centroeuropea de finales del XIX y principios del XX, la perenne reconstrucción ficcionada de su experiencia autobiográfica (más clara en las prosas de autoficción de Regresar a donde no estuvimos), y una tensión estilística que, estando menos clara en El mar de las ánforas, no por ello deja de extender su red sonora. Cuando un poeta, como Molina, que prefiere el verso endecasilábico o el de arte menor, pero desarrollado de forma continuada, da el paso a formas más sintéticas de expresión, estrofas fracturadas y tensas, como las que llenan este libro, nos deja entrever que su persona o su obra (o ambas) están en una fase de crisis aguda, de “inesperanza” (p. 52), un nihilismo técnico que debe traslucir otra cosa. Una etapa de metamorfosis, sin duda, pero las metanoias no vienen solas, ni por capricho: algo las llama a la palestra, a jugar sus bazas. Quizá las continuas referencias a la nada, sobre todo en la primera parte del libro, el cuestionamiento irónico del papel de los filósofos, las dudas sobre la vida ultraterrena (“el más allá / no es parte alguna”, p. 37), y la comparecencia indistinta de todos los dioses antiguos bajo un prisma más culturalista que religioso, nos vaya dando pistas sobre el problema.

A ello hay que añadir algo novedoso en el autor: la desconfianza en la palabra poética: “no escuchar / no decir // no seguir // mintiendo” (p. 15). La última poesía de César Antonio Molina es un campo de batalla donde el sentido cae una y mil veces herido de muerte, aunque el autor intenta, también una y otra vez, restaurarlo, crearlo de nuevo, insuflarle vida dentro de la desesperanza. Es una poesía marcada por el deseo voraz de creer en algo, consciente de que “cuanto no es / eterno // queda / eternamente / envejecido” (p. 190), aunque el poeta ignore por completo cómo hacerlo, con qué tradición entroncar, con qué hilo de trascendencia operar el salto taumatúrgico. De ahí que la disposición antiestrófica del libro permita juegos de palabras (“Roma”), recurrencias, estribillos rítmicos, desglose de palabras individualizadas, abandonos casuales de la musicalidad. La postura de juego no es lúdica, es más bien la que correspondería a un anciano desengañado que se juega todo el dinero que le queda en un casino. También el verso, como el tono, busca su sentido en este libro desesperanzado, vibrante, poderoso a la vez que vencido: de ahí su grandeza. Jung decía que los hombres de intelecto tienen una crisis muy grave sobre los cuarenta-cincuenta años. Algo me dice que el espectro de esa crisis se ha asomado a la obra de César Antonio Molina. El libro se abre con un poema sobre el deseo, y termina con otro dedicado a la persona a la que ama. ¿Si intenta decir con esto que el deseo, que el cuerpo, que la ausencia de alma y la presencia de la pasión es el único bastión, la última Thule a que aferrarse ante la caída de todas las certezas? Quizá. No sería poco, en cualquier caso.
26/04/05



Javier del Arco
Ética para la sociedad red; Dykinson, Madrid, 2004
Mary Kaldor
La sociedad civil global; Tusquets, 2005


Lecturas de la sociedad global

Las nuevas circunstancias geopolíticas, tecnológicas y económicas de nuestro tiempo están constituyendo un tejido de fenómenos, sólo en apariencia disociados, que comienzan a requerir no ya anotaciones descriptivas, sino una valoración, una interpretación política que dé paso a la ética. Saber no sólo dónde y cómo estamos, sino hacia dónde y cómo (a qué precio) queremos ir. Los intelectuales comienzan a dar, con la lentitud de la prudencia, respuestas parciales a estas nuevas demandas. Hoy recogemos aquí dos, incluidas en sendas novedades de interés: La sociedad civil global (Tusquets, 2005), de Mary Kaldor, y Ética para la sociedad red (Dykinson, 2004), de Javier del Arco.

Utilizando un mapa cronológico de los derechos humanos, clara e inteligentemente expuesto por el propio del Arco, entenderemos a dónde apuntan, complementándose, ambos libros. A juicio de Javier del Arco, hay cuatro generaciones de Derechos Humanos: la primera, compuesta por los derechos que ostentan los ciudadanos frente al poder del Estado; la segunda, aquella posterior en el tiempo que defiende “cierta intervención del Estado para garantizar un acceso igualitario a los derechos” y para “compensar las desigualdades naturales creadas por las ventajas y desventajas de clases” (p. 32). La tercera aglutina los “derechos de la solidaridad”, concretados en la segunda mitad del XX, compilados en “declaraciones sectoriales que protegen los derechos de colectivos discriminados, grupos de edad, minorías étnicas o religiosas, países del Tercer Mundo, que estén afectados por alguna (…) discriminación económico social”. Y la cuarta generación, que serían: “las nuevas formas que cobran los derechos de primera, segunda y tercera generación en el entorno del ciberespacio” (p. 33). Así que es fácil ubicar los libros de Kaldor y del Arco: Kaldor explica el nacimiento de los Derechos Humanos de tercera generación, el modo en que hoy en día se organizan los colectivos que buscan su cumplimiento y, sobre todo, el proceso de su sacrificio dentro del fenómeno político más importante y desgraciado de nuestros tiempos: el conflicto bélico, la desaparición de esos Derechos Humanos en el ámbito de las innumerables guerras civiles, regionales o “mundiales”, entendiendo por tales los conflictos que alcanzan o involucran a numerosos países, como la eterna guerra de Irak. Por el contrario, el libro de Javier del Arco recoge, de manera principal, el desarrollo de esos derechos y de sus cortapisas dentro del en apariencia reducido, pero cada vez más importante, Tercer Entorno (Javier Echevarría) de las tecnologías digitales.

Mary Kaldor hace en su ensayo un recorrido por las formas teóricas y prácticas de la sociedad civil hasta llegar a la globalización y nuestro tiempo, explorando el modelo (basado en la respuesta ante la “revolución” de la caída del muro de Berlín en 1989) preciso para crear la “Sociedad civil global”. Como reconoce la autora, uno de los problemas para hablar de esa sociedad global (extrapolando conceptos estatales) es que no hay, quizá por fortuna, Estado Global. A ello opone, en una aplicación de Kant no demasiado aguda a mi juicio, que “la conjunción de la ley humanitaria y de derechos humanos, el establecimiento de un tribunal penal internacional y la expansión del mantenimiento de la paz internacional apuntan a un marco de gobierno global emergente” (p. 20). Lo de la paz internacional, a menos que se entienda por tal el “sistema USA” de pacificación por las armas, no deja de ser un buen deseo más que una realidad constatable. Además, hay factores que contribuyen a crear lo que Gellner llamara “ideologías colectivistas”, que suelen combatir contra la idea de sociedad civil (y, por tanto, de sociedad civil global): los nacionalismos, el islamismo y el marxismo. Sin embargo, recordemos que Kaldor parte de un presupuesto que no tenemos por qué compartir: que esa sociedad civil global sea necesaria. De no compartirlo, como es nuestro caso, la existencia de estas ideologías refractarias al igualitarismo global podrían hacer las veces de límites, de control de los excesos del “globalitarismo”, por utilizar una expresión de Gurutz Jáuregui. El libro parece presentarse desde el prólogo como la “descripción” de una realidad, cuando en realidad, bien leído, estamos ante algo parecido a una utopía: “la sociedad civil (global) necesita gobierno (global), un marco de normas e instituciones (globales) (…) la desaparición del miedo y la ausencia de violencia y coerción en la vida cotidiana” (p. 145). Largo me lo fiáis.

Que haya manifestaciones episódicas de un marco civil supranacional (el foro de Porto Alegre, los activistas contra las minas antipersona o los grupos que defienden la eliminación de la deuda de los países pobres), no quiere decir, ni mucho menos, que nos hallemos ante formas larvarias o parciales de un Estado global, sin el cual es inviable esa Sociedad Civil Global que define todo el libro de Kaldor. La autora sostiene (p. 146) que no es necesario un Estado, sino un gobierno entendido como marco normativo, pero cualquier jurista sabe que las leyes necesitan al menos dos tipos de instituciones: las legisladoras y las ejecutantes. Los parlamentos, en aquéllas; gobiernos y jueces, en éstas. Las normas, por desgracia, no se aplican solas, con lo cual un marco de normas “autoejecutables” es una romántica pero inoperante utopía jurídica. Y además, contradictoria con los propios planteamientos de Kaldor: lo mejor de los derechos humanos, ya lo dijo el constitucionalista y experto en la materia Gregorio Peces Barba, es que sean derechos, esto es: textos legales cuya aplicabilidad pueda ser reclamada ante un juez.

Es más: esos nobles y más que necesarios movimientos internacionales, que serían la “forma incipiente” de la sociedad civil global, tienen enfrente, como rocoso impedimento para el progreso de esa sociedad, un fenómeno todavía más extensivo y potente: la pasividad cívica. Como dice Javier del Arco, la pasividad social “se ha sobrepuesto a los proyectos más altruistas que han pretendido que la Sociedad de la Información sea un nuevo estadio en el desarrollo cultural y en la humanización misma de nuestras sociedades” (p. 22). La sociedad contemporánea es esencialmente pasiva porque, como señalara hace tiempo el clarividente Lipovetsky, lo es, también en esencia, el ser humano que la protagoniza. Preocupado sólo de su bienestar, su apariencia física, su entorno epitelial y la sacralización de su ocio, el posmoderno Narciso lleva a cabo una total dejación de funciones, en manos de otras instancias que están encantadas de que tal cosa ocurra: las agencias de publicidad piensan por él, el mercado le procura la rutina existencial, el Estado la seguridad (a cambio de control), y los medios de comunicación administran el tiempo de ocio, a cambio de una minúscula aportación monetaria personal. El economista Paul Krugman, en La era de las expectativas limitadas (1990), escribe este párrafo revelador: “Considero la ausencia de respuesta ante el comportamiento básicamente sombrío de nuestra economía como el hecho más notable de América hoy en día. (...) resulta asombroso como los americanos han reducido sus expectativas de acuerdo con su actuación, de tal modo que, desde un punto de vista político, nuestra gestión económica parece ser un enorme éxito”.

Otro peligro para esa emergente sociedad global es que los medios que supuestamente contribuirían a su conformación la dinamiten intramuros. Recordemos que, si bien es cierto que Internet y el e-mail “se han convertido en herramientas esenciales para la organización (…) y las páginas web movilizan las manifestaciones globales” (Kaldor, 140), no lo es menos que con ellas “aparecen nuevas formas de aislamiento, tanto entre las personas como entre las naciones” (del Arco, 25). Si es cierto que los mecanismos sociales de redes (Kaldor, 127) han favorecido la concienciación civil internacional por la paz, no lo es menos que, como demuestra la red terrorista de Al Queda, también pueden hacer lo mismo con la guerra.

Otro de los problemas de la sociedad civil global es su diversidad. Como apunta agudamente del Arco, las diversas concepciones culturales impiden unas normas éticas globales (podemos añadir: jurídicas, morales, políticas), ya que costumbres ancestrales en algunos pueblos son vistas en otros como discutibles, peligrosas o prohibidas. Las normas sobre consumo de vacuno no pueden ser aplicadas en la India, donde las vacas son sagradas. El peligro permanente que nos acucia ante la nueva sociedad civil global es que su aparente diversidad puede esconder, como la mítica Hidra, un terror uniforme y único de fondo, al permitir que la multiplicación de los lugares mediáticos afirme su autoridad bajo la forma de la unilateralidad. La violencia no es ya la de la censura –como en otros tiempos o bajo otros regímenes–, sino la de la pasividad, la de la ausencia de respuesta por parte del ciudadano, como vieran Jacques Derrida (No escribo sin luz artificial; Cuatro Ediciones, 1999, p. 82) o Ramón Fernández Durán, (Contra la Europa del capital y la globalización económica; Talasa, 1996, p. 185). Destruido sistemáticamente por la psicopatología, la experiencia literaria y artística y aniquilado por la cultura de masas, el yo contemporáneo ha sido comparado con una nube de conciencia, disoluta y difusa, que al no tener clara noticia de sí misma, pierde el interés por lo que le rodea. Las indiferencias parciales multiplican su abulia al juntarse, hasta lograr el todo apático: “la sociedad posmoderna es aquella en que reina la indiferencia de la masa”, definía Gilles Lipovetsky; Hanna Arendt también advirtió de los peligros futuros de “la más inerte y estéril pasividad que la historia ha conocido”, y Eduardo Galeano comentaba los astutos mecanismos de sustitución de la exigencia por la esperanza.

Cabe preguntarse qué dirección tomar en este estado de cosas, cuando en un nivel sociológico “un exceso de liberalismo ha socavado las instituciones democráticas” (Bejamin Barber, Strong Democracy, 1984). A juicio de Barber, es necesaria una democracia fuerte, como apunta en el título del libro, “que alimente la comunidad sin destruir la autonomía (...) que supere la pasividad y el vacío del liberalismo”, algo que me parece más necesario aplicar país por país, que a una entelequia civil global. Obviamente, como escribiera Victoria Camps, “es un error pensar que la democratización de la vida política vendrá sola, sin democratizar antes otras cosas” (Paradojas del individualismo, 1996). La lógica de la construcción del mundo y las leyes termodinámicas de la entropía tienen una curiosa tendencia a manifestarse en todo cuanto ocurre en el universo; lo que quiero decir es que todo tiende a corromperse cuando uno deja actuar a un sistema, sea biológico, físico, nuclear, filosófico o social. La intervención constituyente para la buena fundación de la democracia no ha de hacerse una sola vez, no ha de terminar cuando se aprueban, mediante referéndum, las constituciones de los pueblos. La función constituyente, para serlo, ha de ser continua, ha de afectar a todas las instituciones e involucrar a todos los ciudadanos, en todo momento. Dejar el poder en manos de unos pocos desentendiéndose de su recta utilización no es distinto de abandonarlo, de perderlo para siempre. Cualquiera que sea la plausible solución para los problemas de este mundo (local, si se estima que esa es la dirección correcta; global, si se piensa con firmeza en un sistema jurídico transnacional), ha de encontrar a todos los ciudadanos del planeta enfrascados en la tarea de solucionarlo, local o globalmente, o ambas cosas a la vez. No sabemos si así se conseguirá plenamente el objetivo propuesto; sí sabemos, por el contrario, de qué manera no se consigue nada, absolutamente nada, para lograrlo.

28/04/2005


SOBRE EL AUTOR DE LA BITÁCORA

Vicente Luis Mora (Córdoba, España, 1970) es escritor y crítico de Cuadernos del Sur y de las revistas Archipiélago, Clarín y Mercurio. Ha publicado el conjunto de cuentos y miscelánea Circular (Plurabelle, 2003), las plaquettes El dios humano (1996) y Serie (2004) y los poemarios Texto refundido de la ley del sueño (1999), Mester de cibervía (Pre-Textos, 2000), Nova (Pre-Textos, 2003) y Autobiografía. Novela de terror (Universidad de Sevilla, 2003). Organiza el Mapa Literario que se celebra anualmente en Córdoba.

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Comentarios

  1. saludos vicente !

    miguel — 02-08-2005 01:26:26


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